Capitulo 1
Me llamo Daniela. Tengo 17 años recién cumplidos en abril. Vivo en Santo Domingo Este, en una casa grande con patio donde siempre hay ruido de primos, tíos y música de bachata saliendo de algún parlante viejo. Mi mamá trabaja todo el día en una peluquería, mi papá sale temprano a la construcción, y yo paso el tiempo entre el colegio (ya casi termino bachillerato) y ayudando en la casa.
Gabriel es mi primo. También 17, pero nació en diciembre, así que siempre dice que es "el mayor" aunque solo sean meses. Vive en la misma cuadra, dos casas más allá, con su mamá (mi tía). Desde chiquitos jugábamos juntos: escondite en el solar, carreras en bicicleta, robándonos mangos del árbol del vecino. Pero este año… algo se siente diferente.
Llegó el verano y el calor está insoportable. El apagón es diario, el ventilador no alcanza, y todos andamos en chancletas y ropa ligera. Gabriel empezó a venir más seguido a casa porque su mamá viaja por trabajo a Santiago unos días cada semana. Dice que "se aburre solo", pero yo creo que le gusta el desorden de mi casa: mis hermanos menores gritando, la música alta, el olor a sancocho que hace mi abuela.
La primera vez que noté algo raro fue una tarde de junio. Estábamos en el balcón de arriba, sentados en las sillas plásticas rotas, comiendo chinola helada. Él se había quitado la camiseta porque sudaba mucho, y se quedó solo con el short de baloncesto. Vi su pecho subiendo y bajando, el tatuaje del sol en el cuello brillando con el sudor, y de repente sentí un cosquilleo extraño en la barriga. No era hambre. Era… otra cosa.
Me quedé mirándolo más de lo normal. Él se dio cuenta y sonrió de lado, esa sonrisa torcida que siempre me molestaba de niña pero ahora me hace el corazón latir más rápido.
—¿Qué miras tanto, Daniela? ¿Te gusta lo que ves? —dijo bromeando, pero con un tono más bajo, más serio.
Me puse roja al instante. Sentí el calor subiendo por el cuello, las orejas ardiendo. Negué con la cabeza rápido.
—Idiota… solo… tienes el tatuaje más chulo que antes —mentí, mirando para otro lado.
Él se rio suave y se acercó un poquito más en la silla. Nuestras rodillas se tocaron. Fue solo un roce, pero sentí electricidad. Mi pulso se aceleró tanto que pensé que él lo iba a oír. Las hormonas… Dios, las hormonas me estaban traicionando. Últimamente pienso en cosas que antes no: besos, manos en la cintura, cuerpos pegados. Y ahora, con él tan cerca, oliendo a jabón barato y sudor limpio, todo se sentía más intenso.
Esa noche no pasó nada. Solo hablamos hasta tarde: de música, de planes para después del colegio, de que a veces nos sentimos atrapados en este barrio. Pero cuando se fue a su casa, me quedé en la cama mirando el techo, con la mano en el pecho sintiendo cómo latía fuerte. Me toqué la piel del brazo, imaginando que eran sus dedos. Me sentí culpable al segundo. "Es mi primo, Daniela. ¿Qué te pasa?" Pero al mismo tiempo… no podía parar de pensar en él.
Los días siguientes fueron iguales, pero peor (o mejor, no sé). Nos buscábamos excusas para estar solos: "vamos a comprar refresco", "ayúdame con la tarea de mate", "ven a ver este video en mi celular". Cada vez que nos rozábamos "sin querer" —un brazo contra brazo, una mano que se queda un segundo más en la espalda— sentía un calor bajando por mi vientre. Mis pechos se sentían más sensibles, como si la tela del brasier me molestara. Y abajo… humedad que no entendía del todo, pero sabía que era por él.
Una tarde, solos en el cuarto de lavado (porque supuestamente íbamos a sacar ropa del tendedero), se acercó mucho para ayudarme a alcanzar una sábana alta. Su pecho contra mi espalda. Sentí su respiración en mi cuello. No me moví. Ninguno de los dos se movió.
—Daniela… —susurró, voz ronca.
Mi corazón iba a salirse. Quería girarme y besarlo. Quería correr. Quería las dos cosas a la vez.
Pero no pasó nada ese día. Solo nos quedamos así unos segundos eternos, respirando agitados, hasta que oímos a mi mamá llamando desde abajo.
Esa noche, en mi cama, me toqué por primera vez pensando en él. Fue intenso, rápido, culpable. Lloré un poquito después. Pero no paré de imaginarlo.