Entre Sombras & Runas

All Rights Reserved ©

Summary

​"En un mundo regido por la perfección de las runas, un solo error es una sentencia de muerte." ​Aria Valen lo tenía todo para ser la salvadora de su linaje: el nombre, la herencia y un ritual de unión pactado para estabilizar el Núcleo de su tierra. Pero la noche de la ceremonia, el sistema no la reconoció. El sello no se cerró; se fracturó, marcándola con una anomalía que la Confederación de Hierro considera una amenaza para la realidad misma. ​De la noche a la mañana, Aria pasa de ser la esperanza de Valen a ser una prisionera en su propio hogar. ​Para investigar el fallo y "limpiar" la zona, el Cónclave envía a su mejor arma: la unidad Luna Negra, liderada por el Alfa Kieran Mordrek. Kieran es un hombre forjado en la lógica y la ausencia de piedad. Para él, Aria no es una mujer, es un componente defectuoso en un mapa que debe ser perfecto. Su misión es simple: auditar su sangre, determinar su peligrosidad y, si es necesario, ejecutar la orden de expropiación total. ​Bajo una ocupación militar asfixiante y el escrutinio de unos ojos grises que parecen ver a través de su alma, Aria descubre que su fractura no es una debilidad, sino el despertar de un poder antiguo que el sistema teme por encima de todo. ​No hay lazos de sangre que los unan. No hay destino que los proteja. Solo una tensión prohibida que vibra en la misma frecuencia que el colapso del mundo. ​El sistema dice que ella es un error. Kieran dice que ella es un riesgo. Pero mientras el eclipse se acerca, ambos descubrirán que la única forma de sobrevivir es rompiendo todas las reglas que juraron defender.

Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1 — El Ritual

Aria:

El incienso siempre olía igual en la Sala del Sello: dulce al inicio, amargo al final. Mi madre decía que era una tontería supersticiosa, que el aroma no podía predecir nada. Pero yo había crecido aquí, entre estas paredes de piedra que han visto nacer y morir linajes enteros. Había visto demasiadas manos temblar, demasiadas espaldas enderezarse a fuerza de orgullo, demasiadas miradas rotas después de una ceremonia “perfecta”. El aire aquí no es aire; es la suma de todas las expectativas que cargamos los que nacemos con sangre Alfa.

​Hoy era mi turno.

​La piedra negra del suelo estaba fría incluso a través de las suelas, una frialdad que subía por mis piernas y se instalaba en mi pecho. Un círculo de runas talladas —antiguas, impecables— rodeaba el altar central, brillando con una luz propia y mortecina. La luz de las antorchas se estiraba sobre los símbolos como si tuviera miedo de tocarlos, proyectando sombras que bailaban en las paredes altas y abovedadas. El eco de los murmullos subía y bajaba como un mar contenido, una marea de voces que esperaba que yo hiciera lo correcto.

​Mi nombre no se pronunciaba en voz baja por respeto. Se pronunciaba con cautela, como si fuera un cristal a punto de romperse bajo la presión.

​Aria Valen.

La hija de Elira.

El linaje que no podía fallar.

​Sentía los ojos de mi manada clavándose en mi nuca mientras avanzaba por el pasillo central. Algunos intentaban sonreír, pero sus labios apenas se movían, tensos por la incertidumbre. Otros, los más jóvenes, me miraban con esa devoción que duele porque no te la mereces; me veían como su salvadora, como la garantía de que Valen seguiría siendo nuestro. Los mayores eran distintos: evaluaban cada movimiento, cada respiración, cada parpadeo, como si mi cuerpo fuese el mapa de todas las desgracias que nos podían pasar si yo no era lo suficientemente fuerte para sostener el Núcleo.

​No caminé sola.

​A mi lado iba Cassian, elegido por el consejo de acuerdos para ser mi contraparte. Vestía el manto ceremonial de su casa: tonos profundos, costuras antiguas que hablaban de siglos de poder, y una insignia discreta en el pecho que lo convertía en algo más que un hombre. Lo convertía en un símbolo de la Manada Carmesí, la potencia que necesitábamos para sobrevivir.

​Cassian era guapo de una manera segura, correcta, diseñada para tranquilizar a las masas. Tenía ojos claros que nunca parecían parpadear ante la duda, una mandíbula limpia y esa postura de Alfa entrenado desde niño para que el mundo lo siga sin cuestionar. Cuando me miró y sonrió, por un segundo pareció que el futuro realmente podía ser estable, que mi vida podía reducirse a este pacto y que eso sería suficiente.

​Yo devolví la sonrisa por reflejo.

​Por mi gente. Por la supervivencia. Por la promesa que mi madre y yo habíamos repetido hasta el cansancio, como una oración antes de dormir: si la paz cuesta orgullo, el orgullo se paga. Si la paz cuesta una unión, la unión se sostiene hasta que los huesos se vuelvan polvo.

​Elira estaba al frente, a un costado del círculo, con la espalda tan recta que parecía parte de la arquitectura. No quería ocupar el centro ni siquiera cuando el centro le pertenecía por derecho. Vestía de negro, sin joyas, sin adornos que distrajeran de su autoridad. Su cabello oscuro estaba trenzado con una precisión militar y su rostro era una máscara de calma absoluta. Pero yo la conocía demasiado bien.

​No era calma. Era control. Era el muro que levantaba para que nadie viera las grietas de una madre que estaba entregando a su única hija al sistema.

​Cuando nuestras miradas se cruzaron, el aire se me atascó en la garganta. No había ternura en su expresión; no había rastro del "todo saldrá bien" que cualquier hija buscaría en su madre antes de un sacrificio. Había una orden silenciosa, vibrando en la frecuencia de los Alfas: No tiembles. No hoy. No frente a todos.

​Asentí apenas, sintiendo el peso de su corona imaginaria sobre mis hombros.

​El Cónclave esperaba cerca del altar. No eran alfas, no tenían el fuego en la sangre ni la fuerza de la transformación. Eran guardianes, sombras vestidas del color de la ceniza, con las manos cubiertas por guantes oscuros. Se movían con una parsimonia irritante, como si el tiempo fuera algo que ellos poseían y nosotros solo pidiéramos prestado.

​El guardián principal alzó una vara delgada de metal grabado. La punta tenía un pequeño hueco donde ardía una chispa azulada. No era fuego, no exactamente; era energía rúnica pura, el filtro que el sistema usaba para "validar" nuestras almas.

​—Aria Valen —pronunció, y mi nombre se extendió por la sala como una sentencia de muerte.

​Di un paso al círculo. La runa bajo mi pie pareció latir, reconociendo mi herencia.

​—Cassian… —continuó, y el nombre de él recibió un murmullo colectivo de aprobación.

​Él se colocó frente a mí, acortando la distancia hasta que apenas nos separaba un suspiro. Podía oler su piel limpia, ese aroma a madera y hierro pulido que usan los alfas de linaje para anunciar poder sin decir una palabra. Sus ojos bajaron un instante hacia mi mano, buscando el lugar donde se grabaría nuestro destino, y luego volvieron a los míos. No estaba nervioso. O, al menos, su loba estaba mucho más domesticada que la mía.

​Yo tenía las manos frías. No por miedo, sino por la conciencia brutal de todo lo que dependía de mí. En mi interior, mi loba caminaba inquieta, arañando los bordes de mi mente con garras de ansiedad. Ella no entendía de tratados; solo entendía que estábamos atrapadas en un círculo de luz bajo la mirada de extraños.

​El guardián cantó una frase en lengua antigua —palabras que no significaban nada para los humanos, pero que aquí hacían que mi sangre hirviera, recordándome que soy algo más que carne y hueso. Dos custodios colocaron un cuenco de piedra entre nosotros, lleno de una mezcla de tinta ritual y plata molida que brillaba con una luz iridiscente, como sangre de estrella.

​—Ofreced.

​Cassian extendió su mano sin dudar, con la palma abierta al cielo. Yo hice lo mismo. El guardián tomó una hoja delgada —un instrumento rúnico, no un cuchillo— y con un movimiento experto nos hizo un corte superficial. El dolor fue breve, ofensivo por lo pequeño que era comparado con el peso de la ceremonia. La sangre cayó en el cuenco, mezclándose con la tinta en un baile oscuro que el sistema pareció reconocer de inmediato.

​El aire se tensó. El guardián acercó la vara. La chispa azul tocó la mezcla y el cuenco vibró. Las runas del suelo respondieron con un pulso bajo, un rugido sordo que subió por mis talones.

​—Unión por pacto. Unión por equilibrio. Unión por sangre.

​Cassian se acercó más, invadiendo mi espacio personal. Yo sostuve su mirada, obligándome a no parpadear. Sentí la atención de mi madre clavada en mí, recordándome que cada gesto estaba siendo analizado por el Concilio desde las sombras.

​Él tomó mi muñeca con una suavidad estudiada. No fue un gesto de dominio, sino una presentación pública de posesión legítima. El guardián introdujo la punta de la vara en la tinta plateada y se aproximó a mi muñeca izquierda. La marca siempre se hacía ahí, el lugar donde el pulso es más evidente, donde la vida se siente con más fuerza.

​Sentí el frío de la tinta sobre mi piel. Pero cuando la vara tocó la carne, el frío se convirtió en un fuego abrasador. El primer trazo ardió como si la línea se estuviera grabando en mis huesos, no en mi epidermis. Respiré lento, luchando por mantener la compostura. A mi alrededor, el mundo desapareció; la sala entera parecía haber dejado de respirar conmigo.

​El segundo trazo… no encajó.

​Fue una sensación de locura absoluta. La tinta siguió la ruta prevista por los guardianes, pero el camino bajo mi piel parecía haber desaparecido. Como si mi cuerpo estuviera rechazando la geometría del sello. El guardián dudó una fracción de segundo, y esa duda fue un grito en el silencio. Sentí el pulso bajo mis pies cambiar de ritmo, volviéndose errático, violento.

​Cassian apretó mi muñeca, su mirada antes segura ahora mostraba una grieta de alarma.

—Aria —murmuró, solo para mí—. Tranquila.

​Mi loba estaba aullando ahora, lanzándose contra las rejas de mi autocontrol. Ella sentía el rechazo del sistema como un ataque físico.

​Pero el tercer trazo no ardió. Se quebró.

​La tinta, en lugar de extenderse con firmeza, se abrió como una grieta en un cristal golpeado. Una línea imperfecta, temblorosa, que se negó a formar el símbolo de la unión. El aire golpeó la sala con una presión invisible, una onda de choque que nos obligó a retroceder. Un suspiro colectivo, lleno de horror puro, escapó de la multitud.

​El guardián retiró la vara bruscamente, como si el metal le quemara. La chispa azul vaciló hasta apagarse. Por primera vez en mi vida, vi miedo real, humano y crudo, en los ojos de un custodio del Cónclave.

​Mi muñeca ardía con una intensidad insoportable. No era el calor de una marca; era el dolor de una herida que se negaba a cerrar, una fractura en mi propia esencia. Bajé la mirada y se me revolvió el estómago. La marca estaba ahí, pero estaba rota. Una parte era nítida, perfecta; la otra era una maraña de líneas quebradas que cortaban el símbolo desde dentro.

​El mundo se detuvo. Mi corazón latía tan fuerte que podía escucharlo en mis oídos, compitiendo con los murmullos que empezaron a estallar como incendios forestales.

​—¿Qué es esto?

—Imposible… el Cónclave nunca falla.

—Miren su brazo… miren la marca.

​Mi madre avanzó un paso, rompiendo su formación. Su rostro seguía siendo una máscara, pero sus ojos estaban fijos en mi muñeca con una intensidad que me hizo querer esconderme. Su mirada era una advertencia final: No te muevas.

​Cassian soltó el aire de golpe y se alejó unos centímetros, lo suficiente para que la ruptura entre nosotros fuera evidente. Su pulso estaba desbocado. Me miró con una mezcla de confusión y algo que se parecía mucho al miedo. Él buscaba una alianza, no una anomalía.

​—Silencio —ordenó el guardián, pero su voz carecía de la autoridad de antes.

​El sistema se estaba tambaleando. En la Confederación Lunar, las runas son la ley absoluta. Si el filtro se quiebra, la culpa no es del filtro; es del sujeto. Mi loba se ovilló en un rincón de mi mente, gimiendo, sintiendo el estigma antes de que alguien lo nombrara.

​—El Sello… —dijo el guardián con voz trémula— no ha completado la unión.

​Un silencio pesado y putrefacto se instaló en la sala. Cassian enderezó los hombros, intentando salvar lo que quedaba de su dignidad, pero ya era tarde. El aire estaba viciado por la palabra que alguien finalmente se atrevió a pronunciar desde el fondo:

​—Una anomalía.

​Esa palabra me golpeó como un latigazo. Anomalía no significa "especial". Significa "error". Significa algo que debe ser analizado, contenido o erradicado para que el resto del mecanismo siga funcionando. Pensé en mi manada, en los niños que jugaban cerca del Núcleo, en el futuro de Valen que acababa de deshacerse en mi muñeca. Si yo era un riesgo, ellos también lo eran.

​Miré a mi madre. No se acercó. No me abrazó. Pero sus ojos me gritaban que resistiera.

​Sin embargo, el ardor no cesaba. Era como si algo invisible estuviera intentando terminar el trabajo que los guardianes habían empezado, intentando cerrar la grieta con una fuerza que no pertenecía a este ritual. Cassian soltó mi muñeca con una delicadeza que me dolió más que un golpe; se estaba limpiando de mí.

​Mantuve la mano en alto, sintiéndome como un animal en exhibición. Y entonces, el aire de la sala se volvió gélido.

​No fue un cambio gradual. Fue una caída libre hacia el invierno más profundo. Los custodios en la puerta se tensaron tanto que parecían a punto de romperse. Mi manada se quedó inmóvil, el olor del miedo volviéndose espeso. Mi loba, que hasta hace un segundo gemía de dolor, se puso de pie de un salto, erizando cada pelo de su lomo. Ella reconoció el aroma antes que yo: ceniza, metal frío y muerte antigua.

​Giré la cabeza lentamente hacia la entrada.

​En el umbral oscuro, inmóvil como un presagio, estaba él. No vestía las túnicas grises del Cónclave ni los colores brillantes de las manadas aliadas. Llevaba el uniforme negro de Luna Negra. Su sola presencia parecía absorber la luz de las antorchas, dejando un vacío a su alrededor que nadie se atrevía a llenar.

​Mi sangre se convirtió en granizo dentro de mis venas.

​No necesitaba ver su rostro para saber quién era. El instinto alfa me lo gritaba, pero mi memoria era más cruel. Ese uniforme... ese emblema de plata... era el mismo que llevaban los hombres que habían asediado nuestras fronteras. Era el mismo que llevaba el ejecutor que, años atrás, había terminado con la vida de mi hermano Aeren bajo las órdenes del Concilio.

​Si él estaba aquí, esto ya no era un error místico. Era una intervención militar.

​El ardor de mi muñeca latió con una fuerza final, una punzada eléctrica que me recordó que ya no era dueña de mi destino.

El sistema me ha marcado como su próxima presa.