Capítulo 1
P.O.V. Nerdjo
Estaba sumergido en un manual de arquitectura de microprocesadores RISC-V. Es un tema seco, denso, perfecto para ignorar la realidad. Pero entonces, el aire cambió. No fue un sonido, fue una perturbación en mi campo magnético personal. Un perfume —ámbar, algo de vainilla y el aroma limpio de la lluvia— se instaló en mis pulmones antes de que pudiera registrar quién lo portaba.
Escuché el suave roce de tela contra el cuero sintético del asiento contiguo. Me obligué a no mirar.
—"Concéntrate en el registro de 64 bits, Toru"— me dije. Pero mi visión periférica traicionó mi voluntad.
Primero vi unas sandalias de tiras finas sobre una piel bronceada, luego el dobladillo de un vestido blanco, inmaculado, que contrastaba violentamente con la frialdad de la terminal. Y entonces, cometí el error de girar la cabeza.
Fue como si alguien hubiera overclockeado mi corazón de 0 a 100 en un nanosegundo.
Ella era… una anomalía estadística de belleza. Su piel tenía ese tono canela profundo que sugería veranos eternos. Sus brazos estaban decorados con tatuajes negros, líneas geométricas y flores que parecían bailar bajo las luces fluorescentes. Pero mi atención, traicionera y obsesiva, quedó anclada en el centro de su figura.
Desde que tengo uso de razón, he tenido lo que mis amigos llamarían una "debilidad específica", y lo que yo llamo una preferencia estética fundamental: la fascinación por las Tetas grandes. Y Yasmina —aunque aún no sabía su nombre— era el epítome de esa fascinación. El diseño de su vestido, con ese corpiño fruncido y elástico, apenas contenía la magnitud de su busto. La tela blanca se tensaba sobre sus senos, revelando una plenitud que desafiaba la gravedad y mi capacidad de razonamiento. Eran grandes, pesados y se mecían con una suavidad hipnótica mientras ella se acomodaba un mechón de su trenza oscura.

Sentí que mi garganta se cerraba. Intenté volver al libro, pero las letras empezaron a flotar como hormigas borrachas. Mi mente, en un acto de rebelión pura, empezó a calcular la física del movimiento de esa tela blanca. Estaba perdido.
Cuando estoy bajo estrés sensorial, mi sistema motriz falla. Es una ley física en mi vida. Necesitaba agua. Mis manos, ahora torpes y húmedas, intentaron hurgar en el bolsillo lateral de mi mochila, que descansaba pesadamente sobre mis muslos junto a la laptop abierta.
—Maldita sea —murmuré, sintiendo que mis gafas se resbalaban por el puente de la nariz.
Al intentar ajustarlas con el hombro mientras sacaba la botella, el equilibrio de mi pequeño universo se colapsó. El libro de microprocesadores se deslizó. La laptop, ese tesoro de aluminio de dos mil dólares, empezó a caer. En un acto reflejo, me lancé hacia adelante para atraparla, pero solo logré golpear la mochila, que se volcó como un cubo de basura lleno de cables USB, cuadernos, mi pasaporte y una bolsa de caramelos de menta que salió disparada.
Quedé en el suelo, de rodillas, rodeado de restos tecnológicos y papeles. El calor de la vergüenza me subió desde el cuello hasta la punta de las orejas. "Felicidades, Toru. Te has convertido en un meme andante frente a la mujer más increíble de este hemisferio", pensé.
—¿Estás bien? —La voz era profunda, con una cadencia que me recordó al violonchelo.
—Sí… no… la gravedad es una constante muy persistente hoy —balbuceé, recogiendo cables de forma errática cómo si quisiera salvar mi vida.
Entonces, ella se inclinó para ayudarme.
En ese momento, el tiempo no solo se detuvo; se invirtió. Al estar yo en el suelo y ella inclinándose desde el asiento hacia mí, el ángulo de visión resultó ser una trampa mortal para mi compostura. Ella estiró un brazo para recoger mi pasaporte, y el escote de su vestido se separó ligeramente de su piel.
Mis ojos, sin permiso de mi consciencia, se clavaron en la visión. Desde mi posición de rodillas, la perspectiva era abrumadora. La plenitud de sus senos se revelaba en toda su gloria, la piel suave, brillando bajo la luz directa, la curva que se perdía en la sombra del vestido. Era una visión de una generosidad física que me dejó sin aire. Me quedé congelado, con un cable HDMI en la mano, mirando fijamente esa hendidura perfecta, maravillado por la textura y el volumen que el vestido apenas lograba gestionar.
Me quedé allí un segundo más de lo socialmente aceptable. Dos segundos. Tres segundos.
Ella dejó de recoger los papeles. Sosteniendo mi pasaporte con una mano, usó la otra para acomodarse el cabello, pero no se incorporó de inmediato. Me miró directamente a los ojos. Yo era un libro abierto: mi cara era un semáforo en rojo y mi mirada era la de un devoto ante un altar.
Yasmina soltó una risita. No fue una burla fría; fue una risa cálida, divertida, casi halagada.
—Espero que estés guardando los datos importantes en el disco duro, porque pareces estar teniendo un error de sistema —dijo ella, con una chispa juguetona en los ojos.
—Yo… lo siento. Yo… mi cerebro acaba de experimentar un desbordamiento de búfer —dije, levantándome de golpe. Mis gafas se torcieron y casi vuelvo a caerme—. Eres… muy… la arquitectura de este lugar es muy impresionante. No, no la arquitectura del aeropuerto. Tú. Tú eres impresionante—.
Me senté de nuevo, apretando la laptop contra mi pecho como si fuera un escudo sagrado. No podía mirarla. Estaba seguro de que me odiaba o que pensaba que era un depravado.
—No tienes por qué pedir perdón —dijo ella, sentándose de nuevo y cruzando sus piernas, lo que hizo que su vestido subiera un poco por sus muslos—. La honestidad es un recurso escaso en este aeropuerto. La mayoría de los hombres me miran de reojo intentando que no me dé cuenta. Tú me miraste como si estuvieras viendo un milagro. Es… refrescante eso—.
Ella me entregó el pasaporte. Sus dedos rozaron los míos. Sentí que mi sistema nervioso enviaba señales de alerta roja a cada célula de mi cuerpo.
—Soy Yasmina —dijo, con esa sonrisa que hacía que sus mejillas se redondearan de una forma adorable.
—Nerdjo —respondí. Mi voz sonó una octava más aguda de lo normal—. Bueno, Toru, pero prefiero Nerdjo. Es más eficiente—.
—¿Eficiente? Me gusta eso. Entonces, Nerdjo, el chico eficiente… ¿qué es eso tan denso que estabas leyendo antes de que tu mochila decidiera que quería vivir en el suelo?—
Me sorprendió que no quisiera hablar de cosas banales. Le mostré la portada del libro, esperando que pusiera los ojos en blanco.
—Es un manual de microprocesadores. Básicamente, cómo hacer que las máquinas piensen más rápido con menos energía—.
—Fascinante —dijo ella, y lo decía en serio. Se inclinó hacia mí, apoyando su codo en el reposabrazos que compartíamos. Su hombro rozó el mío. Al estar tan cerca, la visión de su escote volvió a invadir mi espacio visual, pero esta vez la tensión era distinta. Era cómoda—. Cuéntame algo que nadie sepa sobre eso—.
Y entonces, ocurrió el milagro. Cuando hablo de lo que me apasiona, mi timidez se retrae. Le hablé de las señales eléctricas, de cómo el silicio es básicamente arena a la que le enseñamos a pensar. Le expliqué que un procesador es como una ciudad diminuta donde cada habitante debe estar en el lugar exacto en el nanosegundo preciso.
—Es como este aeropuerto —dije, gesticulando con las manos, olvidando por un momento mi nerviosismo—. Cada pasajero es un bit de información. Si el controlador se equivoca un segundo, hay una colisión—.
Ella me escuchaba con una intensidad que nunca había experimentado. Sus ojos no se desviaban de los míos, aunque de vez en cuando bajaban a mis labios cuando yo hacía una pausa.
—Entonces —murmuró ella, acercándose un poco más, su voz volviéndose un susurro que competía con los anuncios de los altavoces—, ¿qué tipo de código crees que soy yo? Porque me tienes aquí sentada, ignorando mi teléfono muerto solo para escucharte hablar de la arena que piensa—.
Tragué saliva. La cercanía física era eléctrica. Podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo. Mi mirada, inevitablemente, bajó de nuevo a la curva de sus senos, que subían y bajaban con su respiración rítmica. Me armé de valor, usando mi lógica de nerd como armadura.
—Tú no eres código estándar, Yasmina —dije, mi voz volviéndose más baja, más segura—. Tú eres una interrupción de hardware. El tipo de señal que el procesador no puede ignorar. Cuando apareces, todo lo demás se detiene. El sistema se congela porque eres demasiado importante para ser procesada en segundo plano—.
Yasmina se quedó en silencio. Un silencio cargado, denso, donde solo existía el aroma de su perfume y el latido de mi corazón. Ella se mordió el labio inferior, y por primera vez, vi un destello de algo parecido a la timidez en ella. O quizás era deseo.
—Esa es la cosa más inteligente y sexy que me han dicho en mucho tiempo, Nerdjo.
Anunciaron por los altavoces que el vuelo de Yasmina a Estambul se retrasaría dos horas más debido a problemas técnicos en la pista. Ella suspiró, pero no parecía molesta.
—Parece que el sistema tiene un error —dijo ella, mirándome de reojo—. ¿Te importa que me quede un rato más interrumpiendo tus procesos?—
—Por favor —respondí con una rapidez que la hizo reír—. De hecho, creo que mi batería está al 100% ahora mismo—.
Pasamos esas dos horas en una burbuja de cristal. No me dijo mucho sobre su trabajo, pero me dijo que sus tatuajes eran mapas de los lugares donde había dejado un pedazo de su corazón. Yo le hablé de mi gato, de mi obsesión por el café de especialidad y de cómo me sentía más cómodo entre líneas de código que entre personas.
En un momento dado, ella se estiró. Fue un movimiento perezoso, como el de un felino. Arqueó la espalda, y el tejido de su vestido blanco se tensó hasta el límite sobre su pecho. Mis ojos quedaron atrapados en la forma en que la tela se moldeaba a su contorno, revelando la magnificencia de su figura. Ella se dio cuenta. Se quedó en esa posición un segundo más de lo necesario, observándome a través de sus pestañas largas.
—¿Te gusta lo que ves, Nerdjo? —preguntó con una voz suave, casi un desafío.
—Me maravilla —respondí con una honestidad que me sorprendió—. No solo porque seas físicamente… increíble, que lo eres. Sino porque eres real. No intentas ser otra persona. Y sí, tu vestido debería ganar un premio por resistir tanta belleza—.

Ella se rió, una risa que terminó en un suspiro suave. Se acercó a mí, invadiendo por completo mi espacio personal. Su mano tatuada se posó sobre mi muslo, justo encima de donde terminaba mi laptop.
—Nerjo, eres un peligro —dijo ella—. Eres tan dulce que haces que quiera que este aeropuerto se quede sin aviones para siempre—.
Finalmente, el altavoz llamó a los pasajeros del vuelo 882. El momento de la desconexión había llegado.
Nos levantamos al mismo tiempo. Yo me sentía como si estuviera despertando de un sueño lúcido. Ella recogió su bolso pequeño y me miró. La diferencia de altura nos ponía en una posición perfecta: ella tenía que mirar un poco hacia arriba, y yo… bueno, yo tenía la vista privilegiada de su rostro y, una vez más, de su generoso escote.
—No quiero que esto sea un error de una sola vez —dijo ella, tomando mi mano.
—Yo tampoco. Mi base de datos no está lista para borrarte —dije, intentando mantener el tono ligero para no desmoronarme.
Ella tomó mi teléfono de mi mano, lo desbloqueó (yo no tenía clave, lo cual la hizo sonreír) y anotó su número. Se tomó una selfie rápida —una foto donde ella salía radiante y yo salía con cara de haber sido golpeado por un rayo de felicidad— y la guardó como su contacto.
—Escríbeme cuando aterrice. Y Nerdjo… —se acercó y me dio un beso en la mejilla, rozando apenas la comisura de mis labios. Su cuerpo presionó el mío por un instante, y sentí la suavidad de su pecho contra mi brazo, una sensación que grabé en mi memoria táctil con la precisión de un láser—. Sigue mirando así a las mujeres. Pero solo a las que sepan apreciar que las ves como un milagro—.
Se dio la vuelta y caminó hacia el túnel de embarque. Su paso era seguro, rítmico. Antes de desaparecer, se giró y me lanzó un beso con la mano.

Me quedé allí, de pie en la Terminal 4, rodeado de miles de personas, pero sintiéndome como el único hombre en la tierra que acababa de descifrar el código más complejo y hermoso del universo. Miré mi teléfono, miré el contacto de "Yasmina (Interrupción de Alta Prioridad)" y supe que mi vida, como un sistema operativo después de una actualización crítica, nunca volvería a ser la misma.
Me senté, abrí mi libro de microprocesadores y sonreí. Por primera vez en mi vida, la realidad era mucho más interesante que la ficción.