Damián Hold - La Academia Mystralis

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Summary

Arcanis es un mundo donde la magia nunca estuvo oculta. Con el paso de los siglos, evolucionó junto a la tecnología: ciudades iluminadas por runas, vehículos impulsados por hechizos y academias donde la magia se estudia como si fuera ingeniería. Pero Damián Hold no creció en ese mundo. Criado en una pequeña aldea druida, donde los hechizos se aprenden como antiguas ceremonias y las historias de héroes aún se cuentan junto al fuego, Damián siempre soñó con convertirse en un gran mago. Ahora, a sus doce años, llega a Mystralis, la academia mágica más prestigiosa de Arcanis. El problema es que la magia moderna no se parece en nada a los cuentos. Entre exámenes imposibles, rivales peligrosos y una ideología oscura que empieza a crecer dentro de la academia, Damián y sus nuevos amigos descubrirán que el verdadero poder de la magia no está en la fuerza… sino en lo que decides hacer con ella.

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
13+

Prólogo: Damián Hold

El enemigo era inmenso. Tenía la piel rugosa, cubierta de musgo milenario, y sus garras eran raíces retorcidas que se hundían en la tierra profunda. Para cualquier otro, era un roble antiguo; para Damián, de siete años, era el Gran Dragón Verde que amenazaba el reino.

—¡Atrás, bestia! —gritó Damián, blandiendo su espada (una rama de pino a la que le había quitado la corteza).

Saltó sobre una piedra, su capa hecha con una sábana vieja ondeando a su espalda. Damián no quería ser un mago aburrido que se pasaba el día leyendo pergaminos.

Él quería ser como Will, el Caballero de la Tormenta. Héroe de acción. Espada y escudo.

—¡Toma esto! —bramó, y asestó una estocada con todas sus fuerzas contra el tronco.

¡CRACK!

El golpe resonó en el claro. La madera de su espada vibró en sus manos.

Pero justo después del golpe, se escuchó otro sonido. Un silbido agudo, seguido de un golpe blando contra las raíces.

Plic.

Damián se quedó congelado. La adrenalina del combate se evaporó.

Miró hacia el suelo, entre las raíces del "dragón". Allí, sacudiéndose débilmente sobre las hojas secas, había un pequeño azulejo. Había caído del nido por la vibración del golpe. Tenía un ala extendida en un ángulo extraño y piaba con un sonido que partía el alma.

—No... —susurró Damián. Soltó la espada de madera. Cayó al barro con un ruido sordo, olvidada al instante.

Se arrodilló. Sus manos, que segundos antes buscaban la gloria de la batalla, ahora temblaban.

—No fue mi culpa... —se dijo a sí mismo, pero el nudo en la garganta le decía lo contrario—. Yo solo quería...

El pajarito cerró los ojos, respirando agitadamente.

Damián lo recogió. Lo hizo con un miedo reverencial, ahuecando las manos como si sostuviera una burbuja de jabón. El animal no pesaba nada; era apenas un puñado de plumas calientes y un corazón que latía desbocado contra su palma.

—Resiste, por favor —suplicó.

Con una mano ocupada sosteniendo al ave contra su pecho, Damián rebuscó torpemente bajo su capa y sacó el tomo pesado que siempre cargaba. Las Crónicas de Ávalon.

Pasó las páginas frenéticamente, ignorando los capítulos de batallas épicas que tanto le gustaban. Buscó la sección que siempre se saltaba: la de Gale, el Sabio.

—Gale era aburrido... Gale solo hablaba... —murmuró, pasando hojas con la nariz sorbiendo mocos—. Aquí.

El grabado mostraba al mago Gale arrodillado junto a Will, el espadachín, curando sus heridas tras la batalla final.

Damián leyó las palabras rúnicas. Eran complicadas. Extrañas.

Cerró los ojos e intentó imitar la postura del dibujo.

—Sanare... Vitalis... —recitó, frunciendo el ceño con fuerza, intentando ordenar a la magia que saliera.

Una chispita de luz verde, pálida y enfermiza, brotó de sus dedos. Parpadeó y se apagó. El pájaro soltó un quejido más débil.

No funcionaba. Damián no era un mago. Solo era un niño con un palo.

Las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas sucias de tierra.

—Lo siento... lo siento mucho —lloró, y dejó caer la frente sobre el libro abierto.

Entonces, leyó la frase al pie de la ilustración. Una frase que Gale le decía al guerrero impaciente:

"La magia no es una espada que se empuña, Will. Es un río. No la fuerces. Siéntela."

Siéntela.

Damián dejó de intentar hacer un truco.

Se olvidó de las palabras raras.

Solo abrazó al pajarito contra su pecho, cerró los ojos y deseó, con cada fibra de su pequeño cuerpo, que el dolor desapareciera. Imaginó que le prestaba su propia fuerza, que su calor pasaba al cuerpo frágil del ave

—Ponte bien... —susurró, no como una orden, sino como una petición a la tierra misma.

Y entonces, sucedió

.

No hubo chispas ni ruidos.

Una luz cálida, dorada como la miel al sol, brotó del pecho de Damián. Envolvió sus manos y al pájaro en un capullo de calor puro. El bosque pareció guardar silencio, observando.

El pajarito se agitó.

Damián abrió las manos.

El ala ya no estaba torcida. El azulejo sacudió las plumas, soltó un trino fuerte y alegre, y miró al niño con sus ojos negros y brillantes.

—¡Volaste! —rió Damián, con la cara aún mojada por el llanto.

El ave alzó el vuelo, trazando círculos alrededor de la cabeza del niño. Damián corrió tras él, riendo, saltando sobre las raíces, tropezando y levantándose. Ya no luchaba contra el bosque; jugaba con él.

La tarde comenzó a caer, tiñendo el cielo de naranja y violeta.

—¡Damián! —una voz de mujer, firme pero cariñosa, resonó desde el sendero—. ¡Damián Hold! ¡Tu padre dice que si no vienes ya, se comerá tu postre!

—¡Y sabes que lo haré! —agregó una voz grave, riendo a lo lejos.

Damián se detuvo. El azulejo se posó en una rama alta y le dedicó un último canto antes de perderse en la espesura.

—Adiós, amigo —susurró el niño.

Se dio la vuelta para volver.

Sus ojos se posaron en la espada de madera tirada en el barro.

Damián pasó de largo sin recogerla.

En su lugar, abrazó el libro Las Crónicas de Ávalon contra su pecho, asegurándose de no perderlo nunca, y echó a correr hacia la voz de sus padres.

Antes de entrar en la seguridad de los árboles que llevaban a su casa, Damián miró hacia el horizonte, donde el bosque terminaba.

—¡Ya voy! —gritó, y se perdió en la seguridad del bosque.

A lo lejos, recortada contra el sol poniente, se alzaba la silueta de un mundo que Damián no concebía.

Enormes torres de cristal y metal flotaban desafiando la gravedad, y luces nocturnas comenzaban a parpadear, devorando la oscuridad natural. Era un mundo de acero y ruido, ajeno a la magia silenciosa de las raíces y la sanación.

Damián no sabía que algún día esa ciudad intentaría devorarlo a él también.