Prólogo: “El despertar”
«Sus mensajeros descendieron del gran astro y predicaron la palabra del Único y verdadero dios soberano de todas las criaturas.
Entonces, las gentes quemaron los ídolos de sus falsas deidades, y adoraron a uno solo».
De El Libro Rojo.
Cuando ella despertó, sintió frío. No un frío doloroso, como lo sienten las criaturas creadas por Dios o por la naturaleza. No. Era el frío de quien se observa a sí mismo y sabe que su cuerpo necesita entrar en calor, aunque su piel no le avise de ello. Era como habitar un cuerpo ajeno.
Se irguió. Miró a su alrededor. Se encontraba en una bóveda de piedra tallada, sobre un enorme bloque labrado en la roca misma, algo elevado del suelo. Un pequeñísimo tragaluz abarrotado alumbraba ligeramente la estancia desde una esquina.
Frente a ella, del otro lado de la habitación, vio una puerta de metal oxidada por el paso del tiempo. Había en ella una ventanilla a la altura del rostro por la cual se podía entrever algo del exterior. Las sombras de los barrotes se agitaban levemente dentro de la recámara, movidas por el fuego crepitante de lo que parecían antorchas tras la puerta.
Pero a ella nada de eso importaba. Ni siquiera había abierto los ojos del todo; no lo necesitaba. Solo una cosa habitaba en su mente: un aroma, un olor. O, más bien, una esencia. Aunque ella no habría sabido ponerle nombre. Había olvidado por completo el lenguaje, si es que alguna vez conoció alguno. Y cuando empezó a pensar lo hizo mediante ideas abstractas, como piensan las criaturas carentes de lenguaje hablado. Era como una bestia. Se guiaba por sus instintos, y su instinto predominante en aquel momento era el olfato.
Dejándose guiar por su nariz, dio con un par de cadáveres en el suelo, a la derecha de donde había estado acostada, en los que, por la altura de la cama y su falta de interés, no había reparado hasta ese momento.
El primero, que tenía más cerca, era un hombre peliblanco, barba cuidada y de formidable figura. Yacía horriblemente desangrado, con una parte considerable del cuello desgarrada, como si una criatura de gran tamaño le hubiese mordido allí donde su carne faltaba.
El otro cadáver, que estaba algo más lejos, contrastaba con el primero como contrastan el día y la noche: era delgado, barbilampiño, pálido y no muy alto. Pero sus rasgos, tanto faciales como corporales, eran finos y verdaderamente hermosos como los de una doncella. Descansaba con una expresión apacible, como quien muere de vejez, rodeado de las personas a las que ama. Y tenía una daga de aspecto lujoso clavada justo en el corazón.
Ella husmeó el aire y notó que el aroma parecía provenir del hombre más pequeño. Trató de acercarse a él, más no pudo: grilletes en pies y manos la retenían en aquella cama de piedra fría con olor a sangre seca.
Tiró de manos y pies con toda la fuerza que pudo. Sus miembros estaban delgados y flácidos, y parecían poder deslizarse entre los anillos de las cadenas sin demasiado esfuerzo. Sin embargo, no fue así. Aplicó más fuerza aún, hasta que en una de sus muñecas escuchó el crujir de los huesos. La mano, ahora dislocada, salió desprendida del grillete, dejando en él gran parte de la piel y haciendo que los huesos se dibujaran con detalle en su muñeca despellejada.
No sintió dolor.
Hizo lo mismo con el resto de los miembros. Los pies ofrecieron algo más de resistencia. Escuchó cómo le crujían los huesos y se le desgarraban los tendones. Finalmente, luego de unos cuantos jalones, cedieron. Se encontró libre al fin, aunque dislocada de pies y manos.
Se levantó con torpeza, como un animal recién nacido. Y mientras lo hacía, escuchó otro crujido. Provenía de su muñeca. Se miró la mano despellejada y notó que los huesos se le habían acomodado de alguna forma. Y en ese momento, mientras observaba con curiosidad las articulaciones de su mano recompuesta, vio de reojo al hombre con la daga en el corazón, y descubrió que su olor le agradaba. Se inclinó sobre su cuello y comió de él como una hiena que se alimenta de apetitosa carroña.
En ese momento le sobrevino un éxtasis insoportable, y no pudo parar de comer. Se vio en un trance de placer tal que, al menos mientras duraba, olvidó aquel aroma conocido. Su aroma. El aroma de… ¿de quién?
Una vez se vio satisfecha y aquel cadáver lucía ahora como el primero, con el cuello medio devorado como por una fiera, el aroma volvió a tomar control sobre ella. Notó que el olor no provenía del que le había servido de alimento, sino que salía, como un rastro humeante, por la imponente puerta de hierro.
Ladeó la cabeza como un animal curioso, observando el bloque de metal robusto. El sonido de pasos múltiples retumbó en el pasillo.
Su cuerpo, al contrario que su mente, respondió con la naturalidad de un cazador. La guió a tomar del pecho de su presa la daga que había visto clavada en su corazón, y se acurrucó en una esquina, observando desde aquel ángulo la pequeña ventanilla abarrotada.
—¡Deprisa, imbécil! —retumbó una voz gruesa desde el otro lado de la puerta— si la descubren viva, el jefe nos matará. ¡Y lo matarán a él también!
El hombre de la voz gruesa se asomó por la ventanilla. Sus ojos eran grandes, pero no pudo verla. Más ella sí lo pudo ver a él. Conocía aquellos ojos.
—¡¿Pero qué mierda pasó ahí dentro?! —gritó la voz desde el otro lado—. ¡William! ¡Conde William! ¿Se encuentra bien? —Le dio un golpe a la puerta —¡Carajo!
Empezó a escucharse el sonido de una llave girando en el ojo de la puerta. El guardia entró con cautela.
—Lanza en ristre, hijo.
—S-sí —respondió una voz más juvenil.
Abrieron la puerta de una patada.
—Bien —dijo un hombre robusto entrando a la celda.
—¿Ve algo, señor Sabrini? —dijo la voz joven, que no se había internado aún por completo.
—Por el Dios Único… ¿qué demonios…? Ven acá, hijo, creo que necesitaré ayuda.
Con un suspiro de resignación, el guardia joven entró, y la puerta chilló sobre sus goznes hasta casi volver a cerrarse.
—Menudo embrollo —dijo el guardia más viejo, rascándose la nuca—. ¿Cómo vamos a explicar esto al jefe?
La puerta no se cerró. Tras ella, descubrió a una mujer desnuda, flaca, y casi calva. Los escasos cabellos que conservaba eran blancos y finos como los de una anciana.
—Jefe, ella… —dijo el joven señalando con el dedo.
—Calma —dijo su superior—, solo es una mujer. A lo que vamos.
Puso la lanza en ristre. Ella miró la punta que le apuntaba al pecho, pero permaneció quieta. El guarida, sin dudar siquiera, le propinó una certera estocada en el corazón. La lanza le atravesó el pecho y le salió por la espalda. Su víctima quedó empalada allí donde estaba, mirándolo con ojos curiosos.
El enorme guardia se sorprendió al ver la naturalidad con la que la mujer recibía el golpe.
—Pero qué…
Sin dejarlo terminar, la mujer se abalanzó sobre él, con la lanza aún en el pecho, y empuñando aquella daga que le parecía tan familiar al tacto, le rajó el cuello de lado a lado. El guarida soltó la lanza y cayó al suelo con ambas manos en la garganta. Se retorció como una serpiente apedreada mientras la sangre le manchaba el pecho.
La mujer reparó en su compañero, el hombre pequeño y lampiño. Temblaba. Parecía que la lanza se le iba a caer en cualquier momento.
Ella husmeó el aire y encontró en él un olor conocido. El joven soldado se había meado encima. Respiraba agitadamente, buscando el borde de la puerta con la mano, sin dejar de mirar a la asesina.
Su compañero dejó de moverse al fin, haciendo que la mujer se volviese hacia él durante un segundo. El joven, al encontrar la puerta con los dedos, la abrió de golpe y salió corriendo a través del pasillo.
***
El joven guardia había dejado atrás su lanza. Curiosas miradas lo seguían desde las ventanillas de las puertas de hierro a su alrededor. Más prisioneras. Le gritaban, le escupían, le pedían ayuda. Pero él solo podía pensar en escapar.
Resbaló y cayó de frente, estrellándose la nariz contra el suelo. Trató de levantarse, pero se había roto la rodilla. Al mirar hacia arriba, vio la salida. La luz del sol se filtraba a través de una rendija en las pesadas puertas de la mazmorra. Cojeó hasta ella y descubrió al fin un rostro conocido. Los ojos de un compañero suyo se entornaron desde la abertura, tratando de reconocerlo.
“Estoy salvado”, pensó.
Sus compañeros abrieron para él. El sol le cegó la vista, pero solo podía sentir alivio.
—¿Estás bien? —le preguntó el compañero que lo avistó.
El joven se volvió hacia él mientras recuperaba el aliento, las manos apoyadas en las rodillas.
—Ella… viene.
En ese instante, una lanza salió disparada desde la oscuridad de la mazmorra y le atravesó el cráneo.