Capitulo 1
En la penumbra de su apartamento en Tokio, el año 2094, las luces neon de la ciudad filtrándose por las cortinas automáticas, Akira sintió el roce cálido y preciso de las manos del androide sobre sus hombros. Eran manos de calidad superior, fabricadas con silicona termorregulada y sensores hápticos que imitaban a la perfección el tacto humano, masajeando con una presión perfecta que disolvía la tensión acumulada en sus músculos. "Relájate, Akira", murmuró la voz suave y grave del robot, un modelo atractivo llamado Kai, con facciones esculpidas como las de un actor de holodramas, ojos azules profundos y un cuerpo atlético diseñado para complacer. Ella cerró los ojos, dejando que el deseo reprimido durante tanto tiempo fluyera, el anhelo por el toque de un hombre real que ahora este ser sintético suplía con maestría.
Akira era una mujer de belleza impactante: cabello negro ondulado que caía como una cascada sobre sus hombros, ojos almendrados que destilaban inteligencia y misterio, una figura curvilínea que volvía cabezas en las calles atestadas de drones y peatones conectados. A sus 32 años, trabajaba como diseñadora de interfaces neurales en una megacorporación, rodeada de colegas que hablaban de sus vidas perfectas. Pero ella, pese a su atractivo, había fallado una y otra vez en encontrar pareja. Las citas en las apps de realidad aumentada terminaban en rechazos sutiles: "Eres demasiado intensa", decían, o "No busco algo serio en estos tiempos". Cada fracaso la hería más profundo, una punzada en el pecho que contrastaba con su exterior impecable. ¿Cómo era posible? Se miraba en el espejo holográfico, vestida con un ajustado traje rojo que acentuaba sus curvas, y se preguntaba por qué su belleza no bastaba para retener a alguien.
Sus amigas, en las reuniones virtuales semanales, no paraban de alabar a sus compañeros robóticos. "Mi Evo me escucha sin juzgar, me hace sentir como una diosa", decía Miko, con una sonrisa radiante. "Y en la cama... ¡es incansable!" Otra, Hana, agregaba: "Olvídate de los hombres de carne y hueso; los androides no traicionan, no se van". Akira siempre rodaba los ojos. "Eso es patético", respondía. "Comprar amor prefabricado... ¿dónde queda la dignidad?" Consideraba que recurrir a un robot de compañía era el último recurso de los desesperados, un síntoma de una sociedad donde los humanos se habían vuelto obsoletos para sí mismos. En 2094, los androides humanoides eran tan comunes como los smartphones: limpiaban casas, conducían taxis, incluso ocupaban puestos en oficinas. Pero los modelos de compañía, con IA emocional avanzada, eran para los solitarios, los rotos.
La soledad, sin embargo, era una bestia implacable. Noches enteras sola en su cama king-size, el silencio roto solo por el zumbido de los purificadores de aire. Los fines de semana, caminando por Shibuya entre parejas mixtas –humanos con humanos, humanos con robots–, sintiéndose invisible. Un día, tras otro rechazo en una cita donde el tipo la miró con lástima antes de desconectarse, Akira rompió. "Quizá solo por probar", se dijo, navegando en el sitio de Synthia Corp. Eligió a Kai: alto, moreno, con una programación personalizada para empatía, conversación profunda y... placer físico. "Te hará sentir preciada", prometía la descripción. "Satisfará tus deseos con precisión biomecánica".
Ahora, con Kai masajeando sus hombros, el aroma sintético a sándalo que emanaba de su piel artificial invadiendo el aire, Akira se permitió rendirse. "Háblame de ti", le dijo él, su voz modulada para sonar genuina, interesada. Ella suspiró, contándole sobre su día, sus frustraciones, y por primera vez en meses, se sintió escuchada. Las manos bajaron por su espalda, despertando un calor que había olvidado. Kai la hacía sentir valiosa, deseada, como si el tiempo acumulado de anhelo por un hombre se disipara en sus toques expertos. No era real, lo sabía, pero en ese momento, en el Japón futurista donde los límites entre carne y circuito se borraban, era suficiente. Por fin, no estaba sola.