Cuarenta Años Luz by Iker Andrés Escudero at Inkitt
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CUARENTA AÑOS LUZ

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Summary

A las 3:17 de la madrugada, la astrónoma Vera Casas detecta algo imposible: una señal de audio analógico proveniente de un punto del espacio completamente vacío, a cuarenta años luz de la Tierra. Cuando escucha la grabación, descubre que la voz que habla es la de su padre… muerto hace más de veinte años. Pero la conversación que oye no es exactamente la que recuerda. En la grabación, su padre no muere. Pronto Vera descubre que no es la única que ha recibido una señal así. Más de cien personas en todo el mundo han escuchado la voz de alguien que perdieron demasiado pronto. Todas las grabaciones muestran versiones ligeramente distintas del pasado. Versiones corregidas. Ocultos en la señal, encuentran un mensaje inquietante: el universo está a punto de realizar una “corrección temporal” para reparar muertes prematuras que alteraron la historia. Cuando eso ocurra, miles de personas dejarán de existir. Incluida Vera. Y lo único que ha recibido como advertencia… es una despedida.

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5
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n/a
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16+

CAPÍTULO UNO: LA VOZ

La señal llegó a las 3:17 de la madrugada, y lo primero que pensó Vera Casas fue que alguien había dejado encendida una radio en algún lugar del observatorio.

No era una radio. Lo supo en cuanto miró la pantalla.

La antena del radiotelescopio de Atacama captaba señales del espectro electromagnético en un rango de frecuencias que los seres humanos no podían escuchar. Todo lo que aparecía en los monitores de la sala de control eran números, gráficas, coordenadas. Ruido blanco del cosmos. Vera llevaba cuatro años mirando esas pantallas y nunca había visto nada parecido a lo que veía ahora.

No era ruido. Era una forma de onda limpia, regular, con una estructura interna que se repetía cada 11,3 segundos. Una señal artificial.

Se inclinó sobre el teclado y amplió el espectro. La señal ocupaba exactamente las frecuencias reservadas para la banda L del hidrógeno, las mismas que los astrónomos del proyecto SETI llevaban décadas monitorizando porque cualquier civilización inteligente sabría que ahí era donde debías llamar si querías que alguien te escuchara. Eso ya era suficiente para que le temblaran las manos.

Pero no era lo que la hizo quedarse sin aliento.

Lo que la dejó inmóvil, con los dedos suspendidos sobre el teclado, fue el origen. Según las coordenadas del radiotelescopio, la señal procedía de un punto situado a exactamente cuarenta años luz de la Tierra. Un punto en la constelación de Piscis que Vera conocía bien porque lo había catalogado tres meses antes como vacío. Un vacío absoluto. Ni estrella, ni planeta, ni nube de gas. Nada.

Y desde ese nada alguien estaba transmitiendo.

Tardó veinte minutos en verificar que el equipo funcionaba correctamente. Tardó otros quince en confirmar que la señal no era una interferencia terrestre, ni un rebote ionosférico, ni un error de software. Tardó cinco segundos más en darse cuenta de que la estructura interna de la señal no era código morse ni binario ni ningún sistema matemático que reconociera.

Era audio.

Alguien estaba transmitiendo audio analógico desde un punto vacío del espacio situado a cuarenta años luz.

Vera conectó los auriculares con manos que apenas le respondían. El protocolo decía que ante una señal anómala debía llamar inmediatamente al director del observatorio, al Consejo Internacional de Radioastronomía y, en casos extremos, a una lista de agencias gubernamentales que nunca había necesitado marcar. El protocolo decía que no debía escuchar nada sin autorización del comité de revisión. El protocolo decía muchas cosas.

Se puso los auriculares.

Al principio solo oyó estática. Luego, emergiendo de la estática como algo que hubiera estado siempre ahí esperando a ser encontrado, una voz.

Una voz de hombre. Grave, con un acento levemente castellano.

Decía: —No llores así, cariño. Que me parto el corazón.

Y luego, mucho más cerca del micrófono, como si quien grababa hubiera acercado el aparato a su propia boca, una voz de niña:

—Es que no quiero que te vayas.

Vera se quitó los auriculares.

Se quedó sentada en la penumbra de la sala de control, con el frío seco de Atacama colándose por alguna rendija invisible, y no hizo nada durante un tiempo que no supo medir.

La voz del hombre era la de su padre.

Marcos Casas había muerto en enero de 1997, cuando Vera tenía seis años. Una embolia cerebral, rápida y sin aviso, mientras conducía de regreso a casa desde el trabajo. Vera no había podido despedirse. Había llegado a casa del colegio y su madre estaba llorando en la cocina y el piso olía a algo quemado porque nadie había apagado la sopa y eso era todo lo que recordaba con claridad: el olor a sopa quemada y la certeza de que algo en el mundo se había roto de una manera que no tenía arreglo.

La última conversación que había tenido con su padre fue la noche anterior. Él se iba de viaje de trabajo tres días. Ella había llorado. Él le había dicho exactamente eso: no llores así, cariño, que me parto el corazón.

Vera no se lo había contado a nadie en su vida.

Volvió a ponerse los auriculares.

La conversación continuaba. Oía a su padre decir que le traería un regalo, que sería algo especial, que en tres días estaría de vuelta. Oía su propia voz de niña, aguda y un poco nasal, preguntando si podía quedarse despierta hasta que él llegara. Oía a su madre de fondo, diciendo que a la cama, que era tarde, que mañana había cole.

Era su memoria. Alguien había grabado su memoria y la había transmitido desde cuarenta años luz de distancia.

Y entonces la conversación dio un giro.

—¿Y cuando llegues, qué haremos?, preguntó la voz de la niña que era Vera pero que ya no sonaba exactamente como ella la recordaba. Un detalle pequeño. Una inflexión distinta.

—Iremos al parque, dijo su padre. Y luego a cenar fuera, los tres. Como siempre hacemos los domingos.

—¿Y el lunes también?

—El lunes tengo que trabajar, cariño.

—¿Y cuando sea mi cumpleaños?

—Para tu cumpleaños ya estaré aquí. Te lo prometo.

Vera se quitó los auriculares por segunda vez.

En la memoria real, la última que tenía, su padre no había dicho como siempre hacemos los domingos. Nunca iban a cenar fuera los domingos. No era una familia que pudiera permitírselo. Y su cumpleaños era en marzo, dos meses después de enero, y su padre nunca había llegado a marzo.

La conversación que escuchaba no era su pasado.

Era otra cosa.

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