Bajen la voz, que tengo examen

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Summary

Angela no es una santa. Es una imán de desastres con suerte de milagro. La ciudad la llama "La Niña Ángel" por sobrevivir a lo imposible: secuestros, incendios y hasta una cisterna en plena cara. Pero hay algo que las noticias no dicen: los milagros no son suyos. Mientras Angela solo quiere pasar desapercibida en la universidad, el Cielo la juzga en silencio. Los ángeles están resentidos: ella se lleva el crédito por "sus" hazañas. Nadie quiere ser su guardián... excepto Gabriel. Gabriel es el ángel de la vieja escuela. Impecable, antiguo y arrogante. Aceptó el caso de Angela porque a alguien tan increíble como él le dan igual los rumores. Su regla es simple: proteger, cumplir y desaparecer. Pero su plan perfecto se rompe en el instante en que Angela gira la cabeza, lo mira directamente a los ojos y le dice: "¿Puedes callarte? Que estoy estudiando". Ahora, el ángel más famoso del cielo tiene un problema: su protegida puede escucharlo. Y lo que empezó como una guardia celestial, se está convirtiendo en el secreto más peligroso entre la tierra y el Cielo.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 0: “No me agradezcan, mejor grítenme”

Qué malagradecida me siento.

Tengo una bonita y cálida familia, con padres que se aman con locura, lo que hizo de mi infancia una gran y confortante experiencia.

Solo que había un detalle: me perseguían las desgracias.

Aunque tanto mis padres como el resto de la ciudad lo veía de otro modo. Ellos los consideraban milagros.

“Ella salvó a mi hijo de ser secuestrado a los cinco años.”

“Ella sacó a mi bebé del incendio.”

“Ella rescató a mi perro que quedó atrapado.”

“Ella es una niña milagro.”

Niña milagro, es así como fui conocida desde el kinder, porque fue desde entonces que empezaron a ocurrir estos sucesos a mi alrededor. Sucesos en los que yo terminaba convirtiéndome en una salvadora.

Pero absolutamente nadie se preguntó por qué es que yo siempre estoy presente en esas desgracias. Nadie pensó que yo estuviera involucrada en alguno, o si traía la mala suerte ante tantas coincidencias.

No, todos pensaron bien de mí y aseguraron que yo provocaba milagros.

Y por eso me siento malagradecida, porque si mis padres, vecinos y las personas a las que “salvé” me agradecen por ser tan milagrosa, ¿cómo es que yo puedo pensar lo contrario?

Mientras más elogios y recompensas recibía, más culpable me sentía. Porque creía que no merecía nada de eso.

No merecía sus agradecimientos.

No merecía nada de esto.

Porque tal vez, de verdad fui yo quién causó esos accidentes. Tal vez sí atraigo la mala suerte, y en vez de ser castigada solo recibí bendiciones.

Y por pensar así me siento malagradecida. Hoy más que nunca.

Tal vez por eso estoy aquí, en el borde del edificio de mi escuela.

Fue fácil escabullirme. Fue fácil esquivar a los guardias y subir hasta el último piso. Fue fácil trepar la baranda y pararme en esta esquina de cemento en donde mis zapatos apenas y caben.

Me sostengo con fuerza de la malla metálica que tengo atrás y miro hacia abajo, a los cuatro pisos de distancia que me separan del suelo.

Localizo el gran plástico que extendí abajo, y me muevo un poco a la derecha para asegurarme de atinar bien, de que, cuando toque el camino pavimentado, mis restos no dejen una mancha difícil de limpiar.

Respiro hondo al saber que ha llegado la hora. Y, de nuevo, me invaden las dudas.

A pesar de que me siento así, no debería llegar a este extremo. Tal vez… estoy siendo un poco dramática.

¿Qué hay de mis padres? ¿En serio estoy dispuesta a lastimarlos tanto solo porque me siento culpable?

No les dejé una carta de despedida porque supuse eso los torturaría, lo cual es irónico cuando estoy a punto de hacer algo mucho peor.

Perder a un hijo es… horrible. Lo sé muy bien.

Ellos no se lo merecían. Ni tampoco mis padres.

Me giro rápido y me sujeto de la malla, lista para treparla y salir de ahí.

Qué tonta me siento en este momento, y me aseguraré de pedirles perdón a mis padres el resto de mi vida.

Trepo con cuidado, que el vértigo empieza a hacerme efecto, y el saber que atrás de mí hay una gran caída me pone bastante nerviosa. Irónico.

Estoy a mitad de camino de la malla, cuando noto movimiento frente a mí, en la puerta metálica que atravesé hace media hora. Como está oscuro no puedo distinguir si se trata de una persona o un ave, o si solo fue mi imaginación.

Cuando cruzamos miradas confirmo que se trata de una persona. Y en el siguiente segundo, ya estoy cayendo.

Tal vez fue la sorpresa de encontrar un público presenciando mi vergonzoso espectáculo de telenovela. Tal vez fue el fuerte viento que corre a esta hora. O el nerviosismo que debilitó mis manos e hizo que resbalara.

No importa la razón, no cuando estoy por morir.

Miro por última vez el cielo nocturno y cierro los ojos, como si eso fuera a ayudarme a no sentir dolor una vez impacte contra el suelo.

Solo espero… atinarle al plástico.