Capítulo 1: El choque
La mañana era fría y elegante frente al enorme edificio de vidrio de Salvatierra Group, una de las empresas más influyentes de la ciudad. Decenas de empleados caminaban apresurados con café en la mano, hablando por teléfono o revisando documentos antes de entrar.
Entre todos ellos avanzaba lentamente Leonardo Salvatierra.
Su silla de ruedas eléctrica se movía con suavidad por la acera mientras él observaba el edificio con la misma mirada analítica que usaba en los negocios. Tenía apenas treinta años, pero ya era conocido como uno de los empresarios más brillantes del país. Su inteligencia para invertir y tomar decisiones lo había convertido en millonario a una edad muy joven.
Sin embargo, su vida personal era casi inexistente.
Leonardo siempre mantenía distancia de la gente, especialmente de las mujeres.
No por timidez.
Sino por necesidad.
Mientras avanzaba hacia la entrada del edificio, una joven caminaba en dirección contraria mirando unos papeles. Parecía apurada y distraída, revisando números mientras caminaba sin prestar atención al camino.
Y entonces ocurrió.
¡PUM!
La chica chocó directamente contra la silla de Leonardo. Los papeles volaron por el aire como una pequeña tormenta de hojas blancas.
—¡Ay! ¡Perdón! —exclamó ella rápidamente, agachándose para recoger los documentos.
Leonardo frunció el ceño.
Estaba acostumbrado a ese tipo de accidentes, pero lo que esperaba ahora era otra cosa: la reacción.
Siempre ocurría.
Picazón en la piel.
Respiración pesada.
La sensación de que el cuerpo entraba en alerta.
Pero pasaron unos segundos…
y no ocurrió nada.
La chica levantó la mirada.
Tenía ojos oscuros, cabello ligeramente desordenado por el viento y una expresión honesta.
—De verdad lo siento —dijo con vergüenza—. No estaba mirando.
Leonardo la observó con atención.
Estaba demasiado cerca.
Mucho más cerca de lo que cualquier mujer había estado sin que su cuerpo reaccionara.
Y sin embargo…
no sentía nada.
No había alergia.
No había irritación.
Solo silencio en su cuerpo.
La chica terminó de recoger los papeles y se levantó.
—Bueno… lo siento otra vez.
Y simplemente siguió caminando.
Leonardo la observó alejarse, completamente confundido.
Por primera vez en su vida…
una mujer no le provocó alergia.