Monstruo Herido
El pasillo de la prisión era un túnel de gritos y manos desesperadas que se lanzaban entre los barrotes como garras rotas. Adelin caminaba flanqueada por dos guardias, la cabeza baja, la mandíbula tan apretada que sentía el gusto metálico de su propia sangre.
Cada paso resonaba más pesado que el anterior, como si el suelo quisiera tragársela.
Solo cuando la puerta de acero se cerró a su espalda con un golpe seco y definitivo, se permitió romperse.
El sonido que salió de su garganta no era un llanto. Era algo más antiguo, más salvaje. Un aullido ronco, desgarrado, que reverberó contra las paredes desnudas. Se desplomó sobre el suelo helado, abrazándose las rodillas con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. El cuerpo le temblaba entre rabia y un dolor tan profundo que parecía partirle los huesos por dentro.
Pensaba en Liora. En esa niña de cinco años a la que había convertido en pieza de su propio juego sucio. No podía odiarla. Liora solo era otra víctima inocente… igual que ella lo había sido una vez.
Entre sollozos ahogados, repetía una y otra vez, como una promesa y una maldición:
—Nos voy a proteger, Anton… Nos voy a proteger. Saldré de aquí. Y sé que tú también podrás salir. Te amo. Con cada pedazo roto que queda de mí… te amo.
Agotada, se quedó dormida en el suelo, aferrando con fuerza el pequeño botón rojo del traje de Anton contra su pecho. El plástico se le clavaba en la palma, pero no lo soltó.
Ahora estaba mucho más que herida.
Y cuando Versania lograra escapar, Celia Domanti no conocería el infierno.
Conocería al monstruo que ella misma había creado.