Capitulo 1
En las profundidades húmedas y calientes de Erotia, donde el aire mismo huele a sexo y los ríos fluyen con néctar espeso que hace temblar las caderas, las Lustifae esperaban ansiosas. El bosque gemía constantemente: ramas que se frotaban como cuerpos entrelazados, flores que se abrían y cerraban al ritmo de un latido acelerado, y el suelo cubierto de musgo suave que invitaba a rodar y frotarse sin parar.
Esa noche, en el mundo mortal, una virgen llamada Lira —de piel morena, curvas generosas y deseos reprimidos durante años— finalmente se quebró. No fue un polvo rápido ni tímido. Fue una entrega total al placer prohibido. Su amante la tenía contra la pared de una habitación oscura, las manos fuertes apretando sus muslos mientras la penetraba lento al principio, luego con furia salvaje. Lira sentía cada centímetro abriéndola, llenándola, rompiendo la barrera que había guardado como un tesoro maldito. El dolor se mezcló con un placer tan intenso que sus uñas rasgaron la espalda del hombre. Sus gemidos empezaron bajos, pero pronto se convirtieron en gritos ahogados, en jadeos desesperados.
Cuando el orgasmo la atravesó como un rayo —su cuerpo convulsionando, sus paredes internas apretando con fuerza rítmica alrededor de él, chorros calientes escapando entre sus piernas—, soltó el gemido. Un sonido largo, gutural, animal. Un “¡Aaaahhh… sí… más… rómpeme…!” que resonó como un trueno erótico y atravesó el velo entre mundos.
En Erotia, el bosque entero tembló. Las Lustifae existentes —cuerpos desnudos, alas rojas palpitantes, pezones erectos y sexos húmedos reluciendo— se detuvieron en medio de su orgía eterna. Una de ellas, con los dedos aún dentro de otra hada, susurró: “Una nueva hermana… y viene cargada de lujuria pura.”
Del centro de un capullo carnoso, rojo y pulsante como un clítoris hinchado, brotó Tinkara. Emergió desnuda, empapada en fluidos mágicos que brillaban como semen luminoso. Su cuerpo era pecado hecho carne diminuta: pechos grandes y firmes que rebotaban con cada respiración agitada, cintura estrecha que invitaba a agarrarla, caderas anchas perfectas para embestir, y un culo redondo que pedía nalgadas eternas. Sus alas, translúcidas pero teñidas de rojo sangre, vibraban tan rápido que emitían un zumbido erótico, como un vibrador gigante. El cabello plateado con reflejos carmesí caía en mechones desordenados sobre sus hombros, y sus ojos —verdes oscuros, casi negros de deseo— se abrieron con hambre insaciable.
Tinkara no esperó. Apenas tocó el suelo con sus piececitos delicados, llevó una mano entre sus piernas. Sus dedos encontraron su clítoris hinchado y lo frotaron con urgencia, gimiendo mientras exploraba su propio cuerpo recién nacido. “Mmm… tan mojada… tan caliente…” murmuró, metiendo dos dedos dentro de sí misma hasta el fondo. El placer la hizo arquearse, sus alas extendiéndose al máximo mientras un chorrito de néctar mágico salpicaba el musgo a sus pies.
Las otras Lustifae se acercaron en círculo, sus cuerpos rozándose, pechos contra pechos, lenguas lamiendo cuellos y pezones. La más cercana —una hada de curvas aún más exageradas, con labios gruesos y un sexo depilado que goteaba— se arrodilló frente a Tinkara. Sin palabras, separó sus muslos diminutos y hundió la lengua en su entrada virgen de placer. Tinkara gritó de éxtasis, agarrando el cabello de la hada mientras sus caderas se movían instintivamente, follando esa boca hambrienta.
Otra Lustifae se colocó detrás, presionando sus pechos contra la espalda de Tinkara, mordiendo su cuello mientras sus dedos jugaban con el ano apretado de la recién nacida. “Bienvenida, hermana… aquí el placer nunca termina…” susurró, introduciendo un dedo lubricado por néctar. Tinkara se estremeció, el doble estímulo haciéndola llegar al primer orgasmo de su existencia en segundos. Su cuerpo convulsionó, alas batiendo furiosamente, y un chorro de luz roja salió de su entrepierna, alimentando el bosque y haciendo brotar nuevas flores que olían a sexo.
Pero eso fue solo el comienzo. Tinkara, con la mente ya pervertida por el gemido que la creó, miró a sus hermanas con una sonrisa maliciosa. “Quiero más… quiero hacer gemir a mortales… quiero que cada virgen grite mi nombre mientras se corre…”
Se elevó en el aire, alas zumbando, cuerpo brillando de sudor y fluidos. Voló hacia el borde del velo, lista para cruzar al mundo humano y cazar su primera presa: vírgenes inocentes que, sin saberlo, estaban a punto de dar a luz a más Lustifae con sus gemidos de placer roto.
Y así, Tinkara Vell —la reina de la lujuria eterna— comenzó su reinado de perversión absoluta en Erotia. 🥵🔥🥵