Capítulo 1 — El archivo
Cuando abrí el teléfono, lo primero que vi fue mi cara.
Una foto tomada desde fuera de mi habitación.
Yo sentada en el escritorio.
La fecha: ayer.
El teléfono no es mío.
Lo encontré debajo del cojín del sofá hace cuarenta segundos, mientras buscaba el mando a distancia. Sin funda. Sin rasguños. Como si alguien lo hubiera colocado ahí a propósito.
Miro el pasillo.
La puerta de la habitación de Claudia está cerrada. Dentro se oye su respiración, lenta y perfecta. Mi hermana siempre ha dormido así. Como si el mundo no pudiera alcanzarla.
Vuelvo a mirar la foto.
Dieciséis en total.
Yo entrando al edificio. Yo en el supermercado. Yo esperando el metro. Con esa expresión que pongo cuando creo que nadie mira.
Tres semanas vigilándome.
Y en la última foto hay algo que no es imagen.
Es texto.
Un mensaje, transcrito de audio, enviado a un número sin nombre:
“Si se acerca demasiado, elimínala.”
El teléfono se me resbala de las manos.
Lo atrapo antes de que caiga.
—¿Vale?
La voz de Claudia, desde el pasillo. Adormilada. Normal.
Escondo el teléfono detrás de la espalda.
—Rompí un vaso —digo.
Silencio.
—Ven a dormir.
Sus pasos se alejan. La puerta se cierra.
Espero. Cuento hasta treinta.
Después miro el número del mensaje.
Y lo reconozco.
No duermo.
A las 6:52 entro en la cafetería de la planta baja de mi facultad con el teléfono envuelto en una camiseta dentro de la mochila. El camarero me pone el café sin preguntarme. Llevo dos años siendo predecible, transparente, invisible.
Eso siempre me ha protegido.
Creía yo.
Saco el teléfono. Las fotos siguen ahí. El mensaje sigue ahí. Y el número —ese número que reconocí anoche y que llevo horas intentando convencerme de que me equivoqué— también sigue ahí, sin moverse, sin desaparecer.
Estoy a punto de buscarlo en mis contactos cuando alguien deja una taza de café en mi mesa.
Una taza que yo no pedí.
Levanto la cabeza.
Él está de pie frente a mí. Chaqueta oscura todavía mojada por la lluvia. Alto, mandíbula tensa, con unos ojos que no son marrones ni negros, sino algo intermedio. Algo difícil de clasificar.
No lo había visto nunca.
Y sin embargo me mira como si llevara tiempo esperando este momento.
—Te lo vas a derramar —dice, señalando el vaso que tengo en la mano izquierda.
Me doy cuenta de que estoy temblando.
—No te pedí esto.
—Lo sé. —Se sienta en la silla de enfrente sin que yo lo invite. Con una calma que me resulta irritante e hipnótica al mismo tiempo—. Pero llevas diez minutos mirando ese teléfono como si fuera a destruirte.
—¿Quién eres tú?
Una pausa. Calculada. De esas que duran exactamente lo necesario para ponerte nerviosa.
—Alguien que también está buscando algo. —Sus ojos no se apartan de los míos—. Y creo que los dos buscamos lo mismo.
Me levanto.
Él también.
—No deberías investigar esto —dice. Su voz baja de volumen, pero gana en peso. En urgencia—. No sola.
—Dame una razón.
Me mira un segundo.
Dos.
—Porque si tu hermana descubre que hablamos… —hace una pausa que me parte en dos— hace tres días ya estarías muerta.
El mundo se detiene.
Quiero decirle que está loco. Que no sabe de qué habla. Que Claudia es mi hermana y la conozco desde que nací y jamás me haría daño.
Quiero decírselo.
Pero entonces él pone su teléfono sobre la mesa.
Con la pantalla hacia arriba.
En la pantalla hay una foto.
Claudia.
Sonriendo.
Con el hombre que mató a mi madre.
El mundo tarda tres segundos exactos en derrumbarse.
—¿Cómo tienes esto?
—Del mismo modo en que tú tienes lo que tienes en la mochila. —Su voz es baja, constante, como alguien que ha ensayado esta conversación muchas veces—. Encontrándolo cuando alguien quería que no lo encontraras.
Me levanto. La silla raspa el suelo.
—No te conozco.
—Todavía no.
Salgo. Empujo la puerta de cristal, entro al frío de la mañana, con el corazón disparado y la foto ardiendo en la cabeza.
Claudia.
Mi hermana.
El hombre que destrozó nuestra familia.
Llevo dos años creyendo que ese hombre estaba muerto.
Me detengo en mitad de la acera.
La gente me rodea, indiferente, con sus auriculares y sus vidas que no se están rompiendo en este momento concreto.
Saco el teléfono que encontré anoche.
Busco el número sin nombre.
Lo comparo con mis contactos.
Y ahí está.
Guardado. Con nombre. Con apellido.
El número que envió el mensaje —si se acerca demasiado, elimínala— pertenece a la única persona en el mundo que tenía llave de nuestro apartamento.
La única persona que sabía que yo había empezado a investigar.
Mi hermana lleva tres semanas vigilándome.
Y lo que todavía no sé es que Claudia no está intentando protegerme.
Está intentando llegar antes que yo.
Antes de que yo descubra que mamá no murió en ese accidente.
Antes de que yo descubra que alguien la ayudó.
Y que ese alguien…
vive en mi casa.
Fin del Capítulo 1
[Capítulo 2: El desconocido sabe mi apellido. Nunca se lo dije.]