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Devoción la otra version

Summary

Cuando conoces a tu alfa conoces la pasión y el sexo y ellos te hacen su dueño

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Complete
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1
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n/a
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18+

Devoción la otra versión +18 (omegaverse)

Faye Malisorn no era cualquier alfa de barrio. A sus veintiocho años, era la quinta generación al frente de Viñedos Malisorn, un imperio de 2,000 hectáreas que producía algunos de los tintos más codiciados del mundo. Heredera de una dinastía iniciada en 1902, había tomado las riendas a los veintidós tras la muerte prematura de su padre, enfrentando a una industria donde los hombres no creían que una mujer —y mucho menos una alfa joven— pudiera dirigir una bodega de prestigio. Había demostrado que estaban equivocados. Bajo su liderazgo feroz, la empresa había duplicado su extensión, introduciendo métodos biodinámicos que la vieja guardia consideraba herejía. Controlaba cada etapa con precisión obsesiva: desde la poda invernal hasta el embotellado, desde las barricas de roble francés hasta las exportaciones a cuarenta países. Pero el control absoluto exigía válvulas de escape. Esta noche, Faye no controlaba nada. Esta noche, estaba borracha en un bar de mala muerte, buscando pelea como quien busca olvido.

La noche caía pesada sobre la ciudad, con gotas de lluvia que golpeaban el asfalto como diminutos proyectiles. En el bar “Cloverleaf”, la atmósfera era densa de humo y alcohol, con música estridente que intentaba ahogar los susurros y gritos de los clientes.

Faye, con su cabello negro azabache cayendo sobre hombros firmes y sus ojos oscuros brillando con furia, se enfrentaba a un hombre corpulento en medio del bar.

—¡Te dije que me dejaras en paz!— rugió Faye, su voz alfa resonando con poder natural.

—¿Y quién te crees que eres, perra?— respondió el hombre, agarrándola del brazo.

En un instante, la pelea estalló. Faye, moviéndose con la gracia letal de una depredadora, esquivó el primer golpe y respondió con un puñetazo certero a la mandíbula del hombre. La multitud retrocedió, algunos aplaudiendo, otros gritando. El camarero intentó intervenir, pero fue empujado a un lado.

—¡Fuera de aquí!— gritó el dueño del bar, apareciendo detrás de la barra con un bate de béisbol en mano.

Faye lanzó una última mirada desafiante antes de ser empujada bruscamente hacia la puerta, tropezando y cayendo en el charco de lluvia que se formaba en la acera. La puerta se cerró tras ella con un estruendo, dejándola sola, borracha, mojada y sangrando por un corte en la ceja y en el pómulo.

Mientras tanto, en el cercano convento de Santa María, Yoko terminaba sus oraciones nocturnas, la joven omega se preparaba para retirarse a su celda cuando escuchó un ruido afuera.

—¿Qué fue eso?— murmuró para sí misma.

Con sigilo, se acercó a una ventana y vio la figura caída cerca de las puertas del convento. A pesar de las reglas sobre no salir después de las oraciones, algo en su interior la impulsó a actuar.

—Dios mío, alguien necesita ayuda— susurró, tomando una linterna y una manta antes de salir discretamente por una puerta lateral.

La lluvia fría la golpeó de inmediato, empapando su hábito en segundos. Se acercó con cuidado a la figura inmóvil, sin saber quién era. Solo veía a una mujer herida, vulnerable bajo la lluvia torrencial.

—Señora... ¿Está bien?— preguntó suavemente Yoko, arrodillándose junto a la figura desconocida.

La alfa apenas podía abrir los ojos, que brillaban con el brillo borroso del alcohol y el dolor. Intentó decir algo, pero solo emitió un gruñido incoherente.

—Estás herida y... parece que estás borracha— dijo Yoko, su instinto omega activándose ante la vulnerabilidad de la alfa. —Te ayudaré.—

Con esfuerzo, Yoko ayudó a la mujer a levantarse, apoyando el peso de la mujer mucho más alta y fuerte que ella. El olor a alcohol, perfume caro y el aroma único de alfa; olor a tierra de viñedo después de la tormenta, roble de barricas recién abiertas, oscuro, mineral, fértil, dominante, de la desconocida inundó los sentidos de Yoko, provocando una respuesta extraña en su cuerpo que intentó ignorar.

—Vamos, dentro... nadie nos verá— susurró Yoko, guiando a la mujer hacia una entrada lateral del convento que rara vez se usaba.

Una vez dentro, lejos de la tormenta, Yoko ayudó a la mujer a sentarse en un pequeño banco de piedra. La alfa temblaba, no solo por el frío sino también por la abstinencia y el dolor.

—Gracias— logró decir la mujer, su voz ronca.

—Dios nos envía pruebas inesperadas— respondió Yoko, limpiando suavemente la sangre de la ceja y pómulo de la mujer con un paño que había sacado de su bolsillo. —Descansa aquí, volveré con agua y vendas.—

Cuando Yoko regresó, encontró a la mujer con los ojos cerrados, respirando profundamente. Por un momento, la omega sintió el impulso de tocar el cabello negro de la alfa, de sentir su calor. Se detuvo, recordando su voto de castidad y su propósito en el convento.

—Estás de vuelta— murmuró la mujer sin abrir los ojos.

—Sí, traje agua y algo para tus heridas— respondió Yoko, su voz apenas un susurro.

Mientras Yoko cuidaba de la herida de la desconocida, ambas mujeres sintieron una conexión inesperada, un puente entre dos mundos que nunca deberían cruzarse. La extraña caída y la monja devota, unidas por una noche de tormenta y un destino que apenas comenzaba a desvelarse.

—¿Por qué me ayudas?— preguntó la mujer, abriendo finalmente sus ojos oscuros y encontrando los de Yoko.

—Porque es lo correcto— respondió la omega, aunque en su corazón sabía que había algo más, algo que no entendía pero que sentía con una intensidad que la asustaba y la atraía a la vez.

—¿Cómo te llamas?— preguntó la alfa, su voz más clara ahora.

—Soy Yoko Lertprasert. ¿Y tú?—

—Faye Malisorn— respondió la mujer y por primera vez esa noche, una pequeña sonrisa apareció en sus labios mientras sus ojos se encontraban con los de la monja.

Yoko terminó de limpiar la última gota de sangre de la ceja de Faye, sus dedos temblando ligeramente al contacto con la piel cálida de la alfa. El corte no era profundo, pero la proximidad estaba haciendo algo extraño al interior de Yoko.

—Deberías descansar aquí esta noche— sugirió Yoko, su voz suave pero con una urgencia inesperada. —La tormenta no cesará hasta mañana.—

—No puedo quedarme en un convento— respondió Faye, intentando levantarse pero cayendo de nuevo en el banco con un gemido. —No soy... no soy como tu gente.—

Fue entonces cuando sucedió. Una ola de calor intenso recorrió el cuerpo de Yoko, comenzando en la base de su espina dorsal y extendiéndose hasta cada fibra de su ser. Su corazón aceleró, y un calor húmedo comenzó a acumularse entre sus piernas. Sus ojos chocolate se abrieron con pánico, reconociendo los síntomas inmediatamente.

—No... ahora no— murmuró para sí misma, sus manos temblando mientras se alejaba de Faye. —No puede ser.—

Faye levantó la cabeza, sus ojos oscuros encontrando los de Yoko. El aroma del celo de la omega, el olor a vainilla y frutos rojos llenó la pequeña habitación, un perfume dulce y tentador que despertó algo primal en la alfa.

—Tu celo... ha comenzado—dijo Faye, su voz baja y ronca, cargada de un deseo que intentaba contener.

—Debo irme— dijo Yoko, dando un paso hacia la puerta, pero su cuerpo parecía pesado, resistiéndose a moverse. —Tengo que... tengo que alejarme de ti.—

—No puedes— respondió Faye, levantándose lentamente, su herida olvidada ante la llamada del celo de la omega. —No deberías.—

Los ojos de Faye brillaban con un instinto alfa dominante, su presencia llenando la habitación hasta que Yoko sintió que no podía respirar sin inhalar el aroma de la alfa. Cada parte de su ser gritaba por acercarse, por someterse, pero su mente luchaba contra sus votos.

—Soy una monja— susurró Yoko, su voz quebrada. —He hecho votos de castidad. No puedo...—

—Tu cuerpo dice otra cosa— respondió Faye, acercándose lentamente, como un depredador acechando a su presa. —Puedo oler tu necesidad. Puedo ver cómo tiemblas.—

Yoko retrocedió hasta que su espalda golpeó la pared fría. No había adónde correr. El calor interno se intensificó, y un líquido resbaladizo comenzó a humedecer sus muslos, manchando el hábito. Su omega interno le gritaba, le suplicaba.

—Por favor, Faye... tienes que irte— rogó Yoko, aunque sus ojos se fijaban en los labios de la alfa, anhelando un beso que no debía desear.

—No puedo dejarte así— respondió Faye, ahora muy cerca, su calor envolviendo a Yoko. —No en este estado.—

Faye levantó una mano, y Yoko pensó que la tocaría y lo estaba deseando. En cambio, la alfa apartó un mechón de cabello castaño del rostro de la omega, su dedo rozando apenas la piel de Yoko. El simple contacto envió una descarga eléctrica a través del cuerpo de la monja.

—Oh, Dios— gimió Yoko, sus rodillas debilitándose. —Ayúdame... por favor, ayúdame a resistir.—

—¿Resistir qué?— preguntó Faye, su voz un susurro bajo junto al oído de Yoko. —¿A lo que tu cuerpo necesita? ¿A lo que nosotras necesitamos?—

—A esto... a ti— confesó Yoko doblegada ante las feromonas de Faye, sus ojos llenos de lágrimas de frustración y deseo. —Mi omega... está gritando dentro de mí. Me dice que me quite este hábito, que te deje...— Se tapó la boca al percatarse lo que estaba diciendo.

—¿Dejarme qué?— provocó Faye, sus ojos oscuros brillando con intensidad.

—Que me penetres hasta que no pueda pensar en nada más en ti— admitió Yoko, el rubor cubriendo sus mejillas mientras las palabras escapaban de sus labios. —Pero no puedo. No debo.—

—Tu cuerpo no miente, Yoko— dijo Faye, su aliento caliente contra la piel de la omega. —Y el mío tampoco.—

Yoko sintió la erección de Faye presionando contra su vientre, dura y prominente incluso a través de sus ropas. El conocimiento de que la alfa la deseaba con la misma intensidad casi la hizo arrodillarse allí mismo.

—Esto está mal— dijo Yoko, aunque sus manos se movieron instintivamente para descansar en el pecho de Faye. —He dedicado mi vida a Dios.—

—Dios te dio este cuerpo, estos deseos— respondió Faye, bajando su cabeza para rozar sus labios contra los de Yoko sin besarla todavía. —No es pecado responder a ellos.—

—Pero mis votos...—

—Los votos se hicieron antes de conocerme— susurró Faye, su mano deslizándose por la cintura de Yoko hasta descansar en la curva de su cadera. —Antes de que supieras que existía.—

Yoko cerró los ojos, una lágrima solitaria deslizándose por su mejilla. Estaba atrapada entre dos mundos, dos deseos. Su mente gritaba una cosa, pero su cuerpo y su omega interno gritaban otra.

—Solo una noche— sugirió Faye, su voz cargada de promesa. —Déjame cuidarte. Déjame darte lo que necesitas. Después, puedes decidir.—

—No puedo— dijo Yoko, aunque su cuerpo se inclinaba hacia el de Faye, buscando más contacto. —No debería.—

—Pero lo quieres— dijo Faye, finalmente sellando sus labios con los de Yoko en un beso que robó el aliento de la omega.

El beso fue todo lo que Yoko había temido y deseado. Dominante, posesivo, perfecto. La lengua de Faye exploró su boca, reclamándola, marcándola como suya. Yoko sintió cómo sus defensas se rompían, cómo su omega interior triunfaba sobre su mente racional.

—Faye...— gimió Yoko contra los labios de la alfa cuando finalmente se separaron para respirar. —Faye, por favor...—

—Sí, mi omega— respondió Faye, su mano deslizándose bajo el hábito de Yoko para encontrar la piel caliente y temblorosa debajo. —Te daré lo que necesitas. Te daré todo.—

Yoko sintió cómo los dedos de Faye encontraban su humedad, cómo la alfa la exploraba con una habilidad que la hizo arquear contra la pared. Su mente intentaba formar una protesta, pero las palabras se convirtieron en gemidos incoherentes.

—Este hábito... tiene que irse— murmuró Faye, sus dedos trabajando en los botones. —Quiero verte. Quiero toda tu piel contra la mía.—

Yoko asintió, incapaz de hablar, incapaz de resistir más. Mientras Faye desabrochaba su hábito, Yoko sintió una mezcla de pánico y liberación. Estaba a punto de romper el voto más sagrado que había hecho, pero en ese momento, todo lo que importaba era la alfa frente a ella y el tormento dulce que solo ella podía aliviar.

Cuando el hábito finalmente cayó al suelo, dejando a Yoko desnuda ante Faye, la omega sintió una vergüenza momentánea seguida de una oleada de deseo puro. Los ojos de Faye se oscurecieron al verla, su erección pulsando contra su propia ropa.

—Eres perfecta— dijo Faye, su voz ronca de emoción. —Perfecta.—

Yoko sintió cómo la alfa la levantaba fácilmente, sus piernas envolviendo la cintura de Faye instintivamente. La pared fría contra su espalda era un contraste delicioso con el calor del cuerpo de Faye.

—Por favor, Faye... ahora— rogó Yoko, su omega interior tomando el control por completo. —Lléname. Márcame como tuya.—

Faye respondió ajustándose entre las piernas de Yoko, su erección listándose en la entrada de la omega. Por un momento, ambas se miraron a los ojos, reconociendo que este momento cambiaría todo para siempre.

—¿Estás segura? Si lo hacemos— preguntó Faye, aunque su cuerpo temblaba con la necesidad de entrar.

—Nunca he estado tan segura de nada en mi vida— susurró Yoko, sus ojos chocolate llenos de un deseo que no podía negar más.

Con un rugido bajo de satisfacción, Faye se hundió dentro de Yoko en un movimiento profundo y firme. La omega gritó, una mezcla de dolor y placer indescriptible recorriéndola mientras la alfa la llenaba por completo.

—¡Dios! ¡Faye!— gimió Yoko, sus uñas arañando la espalda de la alfa a través de su ropa.

—No es Dios quien te está follando ahora, mi omega— gruñó Faye, comenzando a moverse con un ritmo implacable. —Es tu alfa. Es a la que perteneces.—

Cada embestida de Faye empujaba a Yoko contra la pared, sus cuerpos unidos en una danza primitiva de dominación y sumisión. El calor del celo de Yoko se intensificó, creando un lubricante natural que permitía a Faye moverse más rápido, más profundo.

—Mira cómo me tomas— dijo Faye, agarrando la barbilla de Yoko para obligarla a mantener el contacto visual. —Mira cómo tu cuerpo ansía mi polla. Eres mi putita ¿no es así? Eres mía.—

—Sí, soy tu puta— confesó Yoko, la vergüenza mezclándose con un placer abrumador, de su boca estaban saliendo cosas que nunca pensó en decir, algo se había desatado. —¡Soy tuya!—

Faye aceleró su ritmo, el aroma del sexo llenaba la pequeña habitación, un perfume embriagador de celo, sudor y deseo.

—Te voy a llenar tanto que no podrás caminar mañana— prometió Faye, sus labios besando y mordiendo el cuello de Yoko . —Voy a marcarte por dentro y por fuera. Todo el mundo sabrá que me perteneces.—

Yoko solo podía gemir en respuesta, su mente nublada por el placer. Cada célula de su cuerpo gritaba por más, por la liberación que solo Faye podía darle. Sus piernas se apretaron alrededor de la cintura de la alfa, tratando de llevarla aún más profundo.

—¡Más! ¡Por favor, más!— rogó Yoko, sus caderas moviéndose al unísono con las de Faye. —¡Hazme tuya!—

Faye respondió girándola bruscamente, haciéndola encarar la pared. La alfa le abrió las piernas para entrar en ella desde atrás con una fuerza que hizo que Yoko gritara contra la piedra.

—¿Te gusta así, mi monjita sucia?— preguntó Faye, su mano encontrando el clítoris de Yoko y frotándolo con movimientos rápidos. —¿Te gusta que te folle como a la perra en celo que eres?—

—¡Sí! ¡Sí! Soy tu perra— gritó Yoko, sus manos apoyadas en la pared mientras Faye la tomaba brutalmente. —¡Soy tu perra en celo!—

El clítoris de Yoko pulsaba bajo los dedos de Faye, su cuerpo temblando con la anticipación de un orgasmo que prometía ser devastador. La alfa sentía cómo los músculos de Yoko comenzaban a contraerse alrededor de su erección.

—Vente para mí, mi omega— ordenó Faye, su voz dominante desatando la liberación de Yoko. —Vente ahora—

Yoko explotó, un orgasmo tan poderoso que sus rodillas se doblaron, sus gritos de placer llenando la habitación. Sus músculos vaginales se contrajeron violentamente alrededor de la polla de Faye, ordeñándola, exigiendo su liberación.

—Sí, así, Tómalo todo— gruñó Faye, sintiendo cómo su propio orgasmo la golpeaba. Con un último empuje profundo, liberó su semen caliente dentro de Yoko, marcándola, reclamándola como suya.

Permanecieron así por un momento, sus cuerpos pegajosos de sudor y otros fluidos, sus respiraciones pesadas en el silencio de la habitación. Faye permaneció dentro de Yoko, su erección aún dura, reclamando su territorio.

—Mía— murmuró Faye, besando la espalda de Yoko. —Completamente mía.—

Yoko asintió, demasiado exhausta para hablar, su cuerpo temblando con las reverberaciones de su orgasmo. Se sentía completa, llena, como si finalmente hubiera encontrado el lugar donde pertenecía, aunque significara romper cada voto que había hecho.

—No hemos terminado— dijo Faye, retirándose lentamente de Yoko y girándola para enfrentarla. —Tu celo apenas ha comenzado. Y yo tengo toda la noche para satisfacerlo.—

Yoko miró a la alfa, sus ojos chocolate brillando con una nueva comprensión. Había cruzado un punto de no retorno, y en ese momento, no tenía arrepentimientos, solo un deseo insaciable por todo lo que Faye podía darle.

—Por favor— susurró Yoko, sus manos encontrando las de Faye. —Muéstrame todo.—

Faye sonrió, una sonrisa depredadora y llena de promesas. La alfa guió a Yoko hacia un pequeño colchón en el suelo, la única superficie disponible en la habitación.

—De rodillas, mi omega— ordenó Faye, su voz dejando claro que no era una sugerencia.

Yoko obedeció de inmediato, su cuerpo respondiendo al dominio de la alfa sin pensarlo. Se arrodilló en el colchón, sus manos en el regazo, sus ojos bajos en sumisión.

—Mírame— ordenó Faye.

Yoko levantó la vista, encontrando los ojos oscuros de Faye brillando con deseo. La alfa se paró frente a ella, su erección todavía erecta y goteando con sus fluidos mezclados.

—Abre y saca la lengua— dijo Faye, su voz baja y dominante. —Lámelo.—

Yoko extendió la lengua, lamiendo la punta de la erección de Faye con reverencia. El sabor salado de su semen mezclado con sus propios fluidos la embriagó. Tomó a Faye en su boca, sintiendo cómo la alfa se hinchaba aún más.

—Así... sí... chúpame bien, mi perrita— gimió Faye, sus manos entrelazándose en el cabello castaño de Yoko. —Muéstrame cuánto deseas la polla de tu alfa.—

Yoko trabajó con fervor, su boca y su lengua satisfaciendo a Faye con una habilidad que no sabía que poseía. Cada movimiento, cada lamida, era una adoración, una aceptación de su lugar como la omega de esta alfa.

—Me voy a venir en tu boca— advirtió Faye, sus caderas comenzando a moverse, follando la boca de Yoko. —Y vas a tragártelo todo. ¿Entendido?—

Yoko asintió, incapaz de hablar con la boca llena de la erección de Faye. Sentía cómo la alfa se acercaba al clímax, sus testículos apretándose, sus movimientos volviéndose más erráticos.

—¡Ahora! ¡Trágalo todo, mi omega!— gruñó Faye, liberándose en la boca de Yoko.

Yoko se tragó obedientemente, el líquido caliente corriendo por su garganta. Cuando Faye se retiró, Yoko limpió la última gota con la lengua, su mirada encontrando la de la alfa.

—Buena chica— dijo Faye, su voz suave pero todavía dominante. —Ahora, acuéstate boca arriba. Quiero saborearte por completo.—

Yoko obedeció, su corazón latiendo con anticipación. Sabía que esta noche cambiaría todo, que nunca podría volver a ser la misma. Mientras Faye se acercaba, con los ojos brillando de hambre, Yoko sintió una paz inesperada. Había encontrado su lugar, no en los brazos de Dios, sino en los de la que consideraba su alfa.

La habitación olía a sexo y sudor, un perfume embriagador que llenaba los pulmones de Yoko mientras Faye se acercaba a ella. La alfa se arrodilló entre las piernas abiertas de Yoko, sus ojos oscuros brillando con un hambre insaciable.

—Voy a devorar toda tu humedad, mi omega— prometió Faye, sus dedos separando los labios de Yoko para revelar su clítoris hinchado y pulsante. —Voy a chuparte hasta que llores.—

Yoko gimió anticipándose, sus caderas levantándose instintivamente hacia la boca de la alfa. Faye sonrió, una sonrisa depredadora antes de bajar la cabeza y succionar el clítoris de Yoko con fuerza.

—¡Faye! ¡Dios mío!— gritó Yoko, sus manos agarrando el cabello negro de la alfa.

—Dios no puede salvarte de mí ahora— murmuró Faye contra el sexo de Yoko antes de introducir su lengua profundamente dentro de la omega. —Eres mía para saborear, mía para usar.—

Faye olió el coño de Yoko, el olor del celo la embriagaba, y quería comérsela, la lengua de Faye trabajó con una habilidad diabólica, explorando cada pliegue, cada recoveco de Yoko. La alfa alternaba entre lamer, succionar y morder suavemente, llevando a Yoko al borde del clímax una y otra vez solo para retroceder en el último momento.

—¡Por favor! ¡Déjame terminar!— rogó Yoko, sus lágrimas de frustración y placer corriendo por sus mejillas.

—No hasta que te lo diga yo— respondió Faye, introduciendo dos dedos dentro de Yoko mientras continuaba lamiendo su clítoris. —Vas a venir cuando yo quiera, como yo quiera.—

Los dedos de Faye encontraron el punto G de Yoko, presionándolo con un ritmo que hizo que los ojos de Yoko se giraran hacia atrás. La omega sintió cómo una presión intensa se construía en su interior, una tormenta que prometía arrasarla por completo.

—¡Por favor, Faye! ¡Te lo ruego!— gimió Yoko, su cuerpo temblando incontrolablemente.

—Ahora, mi omega. Vente para mí ahora— ordenó Faye, mordiendo suavemente el clítoris de Yoko.

Yoko explotó, un orgasmo tan poderoso que su visión se nubló, sus gritos de placer silenciados por la intensidad de la sensación. Sus fluidos corrieron, empapando la cara y las manos de Faye.

—Así... así es como me gusta— dijo Faye, levantándose y lamiendo sus labios. —Mi omega, completamente entregada a mí.—

Faye se posicionó entre las piernas de Yoko, su erección aún dura y lista. La alfa entró en Yoko con un movimiento rápido, haciendo que la omega gritara de placer.

—¡Eres mía! ¡Completamente mía!— gruñó Faye, comenzando a moverse con un ritmo brutal. —¡Te voy a follar hasta que no puedas caminar, hasta que solo puedas pensar en mi polla dentro de ti!—

Yoko solo podía gemir, su cuerpo respondiendo a cada embestida de Faye con un placer creciente. El sonido de sus cuerpos chocando, mezclado con sus gemidos y susurros sucios, llenaba la habitación.

— ¡Voy a llenarte tanto que lleves mi semen durante días!— prometió Faye, sus manos agarrando las caderas de Yoko para entrar más profundo. —Eres mi puta, mi receptáculo, mi omega—

—¡Sí! ¡Soy tu puta! ¡Soy tu receptáculo!— gritó Yoko, completamente perdida en el placer y la sumisión. —¡Lléname! ¡Úsame!—

Con un rugido final, Faye se liberó dentro de Yoko, su semen caliente llenando a la omega una vez más. Permanecieron así, sus cuerpos pegajosos y exhaustos, hasta que ambas se quedaron dormidas, entrelazadas en el pequeño colchón.

Al día siguiente, Yoko se despertó sola. El lado del colchón donde Faye había dormido estaba frío, sin rastro de la alfa excepto por el aroma a sexo que aún impregnaba la habitación. La omega sintió una punzada de dolor, una mezcla de abandono y alivio.

—Se fue— susurró Yoko para sí misma, sus ojos llenándose de lágrimas. —Como debía ser.—

Se levantó, su cuerpo dolorido pero satisfecho, y encontró su hábito tirado en el suelo. Lo recogió, sintiendo el peso de sus votos y su pecado. Mientras se vestía, notó manchas de semen en la tela, un recordatorio tangible de su noche de pasión.

—Dios mío, ¿qué he hecho?— murmuró Yoko, sus manos temblando mientras se abrochaba el hábito.

Pasó el día en un estado de confusión, rezando y buscando perdón, pero su cuerpo ansiaba el regreso de Faye. Cada sonido la hacía sobresaltar, esperando ver a la alfa aparecer en la puerta.

Cuando llegó la noche, Yoko se acostó en su pequeña celda, intentando dormir pero fracasando miserablemente. Su cuerpo todavía estaba en celo, aunque más suave que la noche anterior, y su mente no podía dejar de pensar en Faye.

Fue cerca de la medianoche cuando escuchó el ruido. Un crujido suave, como si alguien estuviera forzando la cerradura de su puerta. Yoko se incorporó, su corazón latiendo con fuerza.

—¿Quién está ahí?—susurró, aunque ya sabía la respuesta.

La puerta se abrió lentamente, revelando la figura de Faye en la oscuridad. La alfa entró sin hacer ruido, cerrando la puerta tras ella.

—¿Qué estás haciendo aquí?—preguntó Yoko, aunque su cuerpo ya respondía a la presencia de Faye.

—Vine a por lo que es mío—respondió Faye, su voz baja y peligrosa. —Vine a usar mi omega de nuevo.—

—No... no podemos—dijo Yoko, retrocediendo en su cama. —Fue un error. No puedo...—

—¿No puedes qué?—interrumpió Faye, acercándose a la cama. —¿No puedes dejarme usar ese cuerpo tan jugoso? ¿No puedes abrirme las piernas como la buena perra que eres?—

—¡No me hables así!—protestó Yoko, aunque sus muslos se apretaron con deseo.

—¿O qué? ¿Me castigará Dios?—se burló Faye, sentándose en el borde de la cama. Dios no puede salvarte de mí. Tu cuerpo ya me pertenece.

Faye agarró a Yoko por el cabello, tirando de ella hacia sí misma. La alfa la besó brutalmente, su lengua invadiendo la boca de Yoko con fuerza.

—¿Ves? Tu cuerpo quiere esto. Quiere que te abuse, que te use como a la perra en celo que eres—dijo Faye, separándose de Yoko. —Ahora, quítate ese hábito. Quiero ver mi propiedad—.

Yoko tembló, una mezcla de miedo y excitación recorriéndola. Sabía que debería luchar, que debería gritar, pero su omega interior estaba rugiendo de placer.

—No... no puedo—susurró Yoko, aunque sus manos ya se movían hacia los botones de su hábito.

—¡Hazlo!—ordenó Faye, su voz dominante sin dejar lugar a discusión.

Yoko obedeció, sus dedos temblando mientras desabrochaba su hábito. Cuando quedó desnuda, Faye sonrió, una sonrisa cruel y llena de deseo.

—Acuéstate boca abajo. Pon ese culo en el aire— ordenó Faye —Voy a follarte por el culo esta vez. Quiero que grites.—

—No... nunca he hecho eso—protestó Yoko, sus ojos llenos de pánico.

—Lo harás ahora—respondió Faye, empujando a Yoko sobre la cama. —Y te gustará. Te gustará todo lo que te haga.—

Yoko se acostó boca abajo, su corazón latiendo con fuerza. Sentía el peso de Faye sobre ella, las manos de la alfa separando sus nalgas.

—¡Faye, por favor! ¡Ten cuidado!—rogó Yoko, sintiendo el dedo de Faye rozar su ano

—Calla y solo disfrutalo—respondió Faye, introdujo un dedo lubricado con la humedad de Yoko en su ano, provocando un gemido ahogado de la omega. La sensación era nueva, intensa, una mezcla de dolor y placer que la dejó sin aliento.

—¡Faye! ¡No! ¡Es demasiado!—gimió Yoko, aunque su cuerpo empujaba hacia atrás, buscando más.

— Relájate, respiras tranquila y poco a poco toma lo que te doy—gruñó Faye, introduciendo un segundo dedo y estirando el ano de Yoko. —Vas a aprender a amar que te folle por el culo. Vas a aprender a amar todo lo que te haga.—

Yoko sintió cómo el ano se adaptaba a los dedos de Faye, el dolor transformándose lentamente en un placer profundo y oscuro. Cada movimiento de los dedos de la alfa enviaba ondas de electricidad a través de su cuerpo, despertando un deseo que no sabía que existía.

—Por favor... más—rogó Yoko, su voz quebrada por el placer.

—¿Más qué?—preguntó Faye, sus dedos trabajando con más intensidad. ¿Más dedos? ¿O quieres mi verga?

—Tu verga ¡Quiero tu verga en el culo!—confesó Yoko, el rubor cubriendo sus mejillas. —¡Quiero que me folles el culo!—

Faye sonrió, una sonrisa de satisfacción y poder. Retiró sus dedos y posicionó su erección en la entrada del ano de Yoko.

—Esto va a doler, mi omega, relájate, te gustará. Te gustará sentirme, estirarte, llenarte—dijo Faye, antes de entrar lentamente en Yoko.

Yoko gritó, un grito de dolor y placer indescriptibles. Sentía como si estuviera siendo partida en dos, como si Faye la estuviera reclamando de una manera nueva y más profunda.

—¡Dios! ¡Faye! ¡Para!—gimió Yoko, aunque su cuerpo permanecía inmóvil, aceptando la invasión.

— Esperaré a que te adaptes y luego no voy a parar hasta que esté completamente dentro de ti—respondió Faye, continuando su lenta penetración. —Hasta que sientas cada pulgada de mi verga en tu culo—

Cuando Faye estuvo completamente dentro, Yoko sintió una sensación de plenitud que nunca había experimentado. El dolor se había transformado en un placer pulsante, un anhelo de movimiento.

—Muévete... por favor, muévete—rogó Yoko, sus caderas moviéndose instintivamente.

—¿Así? ¿Quieres que te folle el culo mi perrita linda?—preguntó Faye, comenzando a moverse con un ritmo lento pero profundo.

—¡Sí! ¡Sí! ¡Fóllame el culo! ¡Soy tu perrita!— gimió Yoko, completamente perdida en el placer.

Faye aceleró su ritmo, sus embestidas se hicieron más fuertes, más profundas. Cada empuje hacía que Yoko gritara, su cuerpo respondiendo con un placer creciente.

—¡Te voy a llenar! ¡Voy a venir en tu culo, mi omega!—gruñó Faye, sus manos agarrando las caderas de Yoko para entrar más profundo.

—¡Sí! ¡Lléname! ¡Dame tu leche! ¡Quiero toda tu leche en mi culo!—rogó Yoko, sus ojos girando hacia atrás por el placer.

Yoko sentía cómo el ano se contraía alrededor de la polla de Faye, cómo cada embestida la acercaba al clímax. Nunca había imaginado que pudiera sentir tanto placer, que su cuerpo pudiera responder de esta manera.

—¡Vente para mí, mi omega! ¡Vente con mi verga en el culo!—ordenó Faye, su voz dominante desatando la liberación de Yoko.

Yoko explotó, un orgasmo tan poderoso que sus gritos se convirtieron en llanto incoherente. Su cuerpo tembló violentamente, sus músculos contrayéndose alrededor de la verga de Faye.

—¡Sí! ¡Así! ¡Tómalo todo! ¡Toda mi leche para ti!—gruñó Faye, liberándose dentro del ano de Yoko con un rugido de satisfacción.

Yoko sintió el calor del semen de Faye llenándola, una sensación que la hizo gemir de placer. Permanecieron así por un momento, sus cuerpos pegajosos y exhaustos, Faye todavía dentro de Yoko.

—Mía—murmuró Faye, besando la espalda de Yoko. —Completamente mía.—

—Suya —respondió Yoko, su voz apenas un susurro. —Completamente suya.—

Faye se retiró lentamente de Yoko, y la omega sintió un vacío inmediato, un deseo de volver a sentir a la alfa dentro de ella.

—No te vayas—rogó Yoko, girándose para mirar a Faye. —Por favor, quédate esta noche.—

—No puedo—respondió Faye, ya vistiéndose. —Tengo que irme. Pero volveré. Volveré a usar mi omega cuando quiera.—

Yoko asintió, una mezcla de tristeza y anticipación recorriéndola. Sabía que esta relación estaba mal, que estaba rompiendo cada voto que había hecho, pero no podía resistir el llamado de su omega interior.

—Volveré por ti—prometió Faye, antes de desaparecer en la oscuridad.

Yoko se quedó sola en su cama, su cuerpo dolorido pero satisfecho, el ano goteando el semen de Faye. Se tocó, sintiendo la humedad, el calor de la posesión de la alfa.

—Dios mío, ¿qué me está pasando?—susurró Yoko, pero sabía la respuesta. Estaba enamorada de la forma en que Faye la usaba, del juego de poder y sumisión. Estaba enamorada de ser abusada por su alfa.

Cerró los ojos, esperando el regreso de Faye, esperando ser usada de nuevo. Por primera vez en su vida, Yoko sentía que estaba exactamente donde debía estar: en los brazos de su alfa, sin importar el pecado, sin importar las consecuencias.

Durante los días siguientes, la celda de Yoko se convirtió en un santuario de pecado. Cada noche, bajo el cobertor de la oscuridad, Faye aparecía como un fantasma sediento, deslizándose a través de su ventana o de la puerta que Yoko dejaba deliberadamente la ventana entreabierta. Algunas noches, Yoko esperaba en su cama, desnuda y temblando, su cuerpo ya preparado para la posesión de su alfa. Otras, Faye la encontraba arrodillada en oración, le encantaba arrancarle el hábito y poseerla, pero follarla con el hábito puesto la excitaba aún más, la ponían dura, una blasfemia que las dejaba a ambas sin aliento.

—Eres mi pecado favorito, mi monjita sucia—susurraba Faye una noche, su voz ronca contra el oído de Yoko mientras la tomaba por detrás, el hábito de Yoko levantado sobre su cintura. —Mi perrita devota, rezando a Dios mientras mi polla te llena—.

—¡Sólo a ti... sólo te rezo a ti—gemía Yoko, su frente presionada contra el suelo frío de su celda, sus manos aferradas a las sábanas. —Soy tuya, sólo tuya!—

Las noches eran un torbellino de piel sudada, gemidos sofocados y susurros sucios. Faye la usaba, la poseía, la llenaba con su semen hasta que Yoko sentía que se desbordaba, y cada mañana despertaba con el aroma de la alfa impregnado en su piel y en su alma, un recordatorio constante de su rendición.

Pero luego, una semana de silencio.

Siete días y siete noches en las que la ventana de Yoko permaneció cerrada, la puerta segura. Siete días en los que Yoko rezó con una ferocidad renovada, intentando exorcizar el fantasma de Faye de su corazón y su cuerpo. Siete noches en las que se acostó sola, su cuerpo anhelando el peso, el calor, la posesión de su alfa. La duda la consumía. ¿La había abandonado? ¿La había usado y luego la había desechado como un juguete roto?

El octavo día, la Madre Superiora le pidió que fuera a la ciudad para recoger unos medicamentos especiales para la enfermería del convento. Yoko aceptó, con la esperanza de que el aire fresco y la tarea la ayudaran a olvidar, aunque por un instante, una parte oscura de su corazón esperaba ver a Faye.

Yoko la vio desde lejos. En la plaza principal, bajo la luz del sol de la tarde, estaba Faye, sonriendo. No estaba sola. Una mujer de cabello rojo intenso, vestida con una elegancia casual que Yoko solo podía soñar, reía a algo que decía Faye. Luego, la pelirroja se inclinó y le dio un beso a Faye en la mejilla, un gesto tierno y familiar. Faye le devolvió el gesto, su mano rozando el brazo de la otra mujer con una intimidad que clavó una daga de hielo directamente en el corazón de Yoko.

Un fuego helado recorrió las venas de Yoko. No era el calor del celo; era la gélida furia de la traición. Cada beso, cada promesa susurrada en la oscuridad de su celda, se convirtió en mentira. Respiró hondo, forzando una máscara de calma sobre el rostro que gritaba de dolor. Se acercó, sus pasos medidos, su expresión impasible.

—Faye—dijo, su voz sorprendentemente tranquila, aunque sus ojos chocolate brillaban con una ferocidad contenida.

Faye se giró, y su sonrisa se desvaneció al ver a Yoko. La pelirroja la miró con curiosidad.

—Yoko... ¿Qué haces aquí?—preguntó Faye, su voz ligeramente tensa.

—Necesito hablar contigo. Es urgente—dijo Yoko, sin mirar a la otra mujer, su tono dejando claro que no era una petición.

—Ahora no es buen momento—respondió Faye, echando una mirada a su acompañante.

—No me importa. Es importante—insistió Yoko, su dominio omega, alimentado por la rabia, desafiando el de la alfa.

La pelirroja frunció el ceño. —Faye, ¿quién es esta monja y por qué te habla así? — replicó la pelirroja

—Una... conocida del convento, asuntos privados —respondió Faye, antes de suspirar y volverse hacia la pelirroja. —Lily, cariño, dame un momento. Ve a ese café y pídenos un par de cafés. Vuelvo enseguida—

Lily pareció a punto de protestar, pero una mirada de Faye la silenció y con una última mirada de curiosidad hacia Yoko, se dirigió al café.

Cuando se fue, Faye se giró hacia Yoko, sus brazos cruzados. Bien, ¿qué es tan importante que tienes que interrumpirme?

—¿Quién era ella?—preguntó Yoko, su voz baja, peligrosa.

—Te dije que es una conocida. No es asunto tuyo—respondió Faye, su tono arrogante.

—¿No es asunto mío?—la voz de Yoko subió de tono, la máscara de calma rompiéndose. —¡Pasas las noches enteras dentro de mí, diciéndome que soy tuya, que soy tu omega, y luego sales a la calle a ser la perrita de otra!—

—¡Baja la voz!—ordenó Faye, sus ojos oscuros brillando con advertencia.

—¡No voy a bajar la voz!—gritó Yoko, dando un paso hacia ella, su dedo índice apuntando al pecho de Faye. —¡Me llenas, me marcas, me haces sentir como si fuera la única mujer en el mundo, y resulta que soy solo una de tus muchas putas de conveniencia!—.

—¡Cállate!—gruñó Faye, agarrando la muñeca de Yoko.

—¡No! ¡Tú cállate y escúchame!—explotó Yoko, arrancando la mano.—¡Tú eres mía Faye! ¡Me dijiste que era tuya! ¡Cómo te atreves a tocar a otra, a besarla, cuando mi cuerpo todavía huele a ti!—.

La rabia de Yoko era palpable, una fuerza de la naturaleza que sorprendió a Faye. La alfa observó a Yoko, sus ojos oscuros evaluando la furia desatada de su omega. Y entonces, algo cambió. La ira en los ojos de Faye se transformó en otra cosa. En diversión. En deseo.

—Dios mío—dijo Faye, una sonrisa lenta y depredadora extendiéndose por su rostro. —Estás celosa. Realmente e increíblemente celosa—.

—¡Claro que estoy celosa!—admitió Yoko, sus labios temblando. —¡Te he dado todo! ¡Mi cuerpo, mi alma, mis votos... y tú los tiras por la borda por la primera rubia que se te cruza!—.

—Pelirroja, para ser exactos—corrigió Faye, su voz ahora un ronroneo bajo y excitado. —Y no te preocupes. Es solo una amiga.—

—¡Una amiga a la que besas y acaricias!—replicó Yoko, aunque sintió una ola de alivio que intentó ahogar con más rabia.

—No te preocupes por eso—dijo Faye, acercándose, su presencia dominante llenando el espacio entre ellas. — Preocúpate por lo que te voy a hacer cuando vaya a tu celda esta noche—.

Yoko se quedó sin aire, su rabia chocando con el deseo repentino y abrumador. Vio cómo los ojos de Faye se oscurecían con lujuria, cómo su mirada recorría el cuerpo de Yoko como si ya la estuviera desnudando.

—¿Te gusta esto, mi omega? —preguntó Faye, su mano subiendo para rozar el cuello de Yoko. —¿Te gusta saber que, sin importar con quien esté o con quien bese, siempre volveré a ti? Siempre volveré por mi perrita, eres una celosa y me encanta—.

—Eres cruel—susurró Yoko, aunque su cuerpo se inclinaba hacia el toque de Faye.

—Soy tu alfa—respondió Faye, su voz un murmullo junto al oído de Yoko.

—Voy a follarte con tanta fuerza que olvides incluso tu propio nombre—terminó de decir Faye, su aliento caliente contra la piel de

Yoko, que tembló, una mezcla de rabia residual y un deseo arrollador que la dejaba sin defensas. El aroma a alfa dominante de Faye la envolvía, ahogando su furia y reemplazándola con un anhelo animal.

—Vuelve con tu amiguita—dijo Yoko, aunque su voz carecía de convicción, sus ojos fijos en los labios de Faye. —No te esperaré—.

—Mientes—dijo Faye con una sonrisa cruel. —Y ambas lo sabemos. Esta noche, cuando estés sola en tu celda, te mojarás pensando en mí. Pensarás en mis manos, en esa pelirroja, en mi boca besándola. Y odiarás no ser tú, pero te excitará saber que, al final, soy tuya—.

Con esas palabras, Faye se giró y regresó al café, dejando a Yoko sola y temblando en medio de la plaza. La omega observó cómo Faye se sentaba junto a la pelirroja, cómo le sonreía, cómo le tomaba la mano. Cada gesto era una puñalada, pero también, perversamente, una promesa. La rabia se había transformado en un anticipo febril.

Esa noche, Yoko no se arrodilló a rezar. Se acostó desnuda sobre su cama, las sábanas frescas contra su piel ardiente. Esperó, cada crujido del convento la hacía sobresaltar, su corazón latiendo con una mezcla de esperanza y humillación. Se sentía como una perra en celo esperando a su amo.

Cerca de la medianoche, la ventana se abrió en silencio. Faye se deslizó hacia adentro, sin hacer ruido, como un depredador nocturno. No dijo nada. Solo se quedó allí, observando a Yoko, sus ojos oscuros brillando en la oscuridad.

—¿Estás lista para tu castigo, mi celosa?—preguntó Faye, su voz un murmullo bajo y peligroso.

—No he hecho nada malo —respondió Yoko, aunque su cuerpo ya estaba respondiendo a la presencia de la alfa, sus pezones endureciéndose, una humedad familiar acumulándose entre sus piernas.

—Hiciste una escena. Me desafiaste en público—dijo Faye, acercándose lentamente a la cama. —Las omegas obedientes no hacen eso, las omegas obedientes esperan pacientemente en casa a que sus alfas regresen—.

—No soy de tu propiedad—replicó Yoko, aunque su voz era un susurro débil.

—¿No?—Faye se sentó en el borde de la cama, su peso haciendo que el colchón se hundiera junto a Yoko. —Entonces, ¿por qué estás aquí, desnuda y temblando, esperando que te use, a que te domine, sé que te gusta ser mi sumisa

Yoko no respondió, pero su silencio fue una admisión. Faye sonrió, una sonrisa de triunfo y poder.

—Exacto. Eres mía. Para usar como yo quiera— dijo Faye, su mano encontrando el tobillo de Yoko y subiendo lentamente por su pierna. —Y esta noche, voy a recordártelo. Voy a follarte hasta que no puedas pensar en nadie más. Hasta que el único nombre que puedas gritar sea el mío—

Faye se acostó sobre Yoko, su cuerpo pesado y dominante. La alfa no se apresuró. Tomó su tiempo, besando cada centímetro de la piel de Yoko, mordisqueando sus pezones hasta que la omega gemía, arqueándose contra ella.

—Por favor, Faye... por favor—rogó Yoko, sus manos agarrando los hombros de Faye.

—¿Por favor qué? ¿Por favor que te folle? ¿Por favor que te llene?—burló Faye, sus dedos encontrando el sexo de Yoko, ya húmedo y listo. ¿O por favor que te deje ir? Porque esa opción ya no existe, mi omega—

Faye entró en Yoko con un movimiento rápido y profundo, haciendo que la omega gritara de placer y dolor. La alfa comenzó a moverse, su ritmo implacable, cada embestida era un recordatorio de su dominio.

—¿Sientes eso? ¿Sientes cómo te lleno? ¿Cómo te estiro hasta tu límite?—gruñó Faye, sus labios junto al oído de Yoko. Eres mía. Este cuerpo es mío. Cada pulgada de ti me pertenece—.

—Sí— ronroneo— Soy tuya, soy tuya—confesó Yoko, sus piernas envolviendo la cintura de Faye, tratando de llevarla más profundo. —Sólo tuya ¿Y qué pasa con las otras mujeres?

—¿Qué pasa con Lily?—preguntó Faye, su voz cruel y excitante. —¿Qué te hace pensar que tienes derecho a mí cuando otras me desean?—

—¡No! ¡Soy yo la que te desea! ¡Soy yo la que te necesita y tú Faye eres mia!—gritó Yoko, sus garras arañando la espalda de Faye. —¡Soy tu omega y tú eres mi alfa!—.

—¡Demuéstramelo! ¡Demuéstrame cuánto me necesitas!——ordenó Faye, acelerando su ritmo, sus embestidas volviéndose más brutales. —¡Vente para mí! y demuéstrame que eres mía!—.

Yoko explotó, un orgasmo tan poderoso que su visión se nubló, sus gritos de placer llenando la pequeña celda. Sus músculos se contrajeron violentamente alrededor de la polla de Faye exigiendo su liberación.

—¡Sí! ¡Así! ¡Tómalo todo! ¡Toda mi leche para mi omega celosa!—gruñó Faye, liberándose dentro de Yoko con un rugido de satisfacción.

Permanecieron así por un momento, sus cuerpos pegajosos y exhaustos, Faye todavía dentro de Yoko.

—Mía—murmuró Faye, besando la frente de Yoko. —Eres completamente mía—.

— y tú eres mía—respondió Yoko, su voz apenas un susurro, su cuerpo temblando con las reverberaciones de su orgasmo.

Faye se retiró lentamente, y Yoko sintió el vacío inmediato, el deseo de volver a sentir a la alfa dentro de ella. Se giró para mirar a Faye, sus ojos chocolate brillando con una devoción que asustaba a la propia Yoko.

—No volveré a ver a Lily—dijo Faye, su voz suave, casi inaudible. —No si te molesta tanto—.

—No... no es eso —respondió Yoko, aunque su corazón latía con una esperanza traicionera. —Solo... solo quiero ser la única para ti—.

—Eres la única omega para mí, Yoko—dijo Faye, su mano encontrando la de Yoko y entrelazando sus dedos. —Las otras... no significan nada. Eres tú la que me enloquece. La que me vuelve loca de deseo—.

Yoko sonrió, una lágrima solitaria deslizándose por su mejilla. Sabía que estaba perdida, que nunca podría escapar del control de Faye, y en ese momento, no quería hacerlo. Estaba exactamente donde debía estar: en los brazos de su alfa, sin importar el pecado, sin importar las consecuencias.

—Quédate esta noche —rogó Yoko, su voz suave. —Por favor, quédate conmigo—.

—Esta noche y todas las noches —prometió Faye, besando a Yoko con una ternura que la sorprendió. —Eres mi omega, Yoko. Y yo nunca dejo ir lo que es mío—.

Yoko se acurrucó contra el pecho de Faye, escuchando el latido de su corazón, sintiéndose segura por primera vez en mucho tiempo. Sabía que el mañana traería nuevas dudas, nuevos conflictos entre su fe y su deseo, pero por esta noche, todo lo que importaba era el calor de la alfa a su lado, la seguridad de sus brazos, y la certeza de que, sin importar lo que pasara, siempre volverían a estar juntas.

El alba se filtró por la pequeña ventana de la celda de Yoko, pintando de dorado y rosa las paredes de piedra. Por primera vez en semanas, Yoko no se despertó sola. El peso de un brazo sobre su cintura, el calor de un cuerpo junto al suyo, el ritmo constante y poderoso de una respiración que no era la suya. Abrió los ojos lentamente y allí estaba Faye, dormida a su lado, su rostro sereno en la luz de la mañana, libre de la arrogancia y el dominio que la caracterizaban cuando estaba despierta.

Yoko se quedó quieta, apenas respirando, con miedo de que cualquier movimiento rompiera el hechizo. Observó el contorno de los labios de Faye, la forma en que su cabello negro caía sobre su frente, el ligero movimiento de sus párpados mientras soñaba. Una oleada de ternura, tan poderosa que le dolió, inundó su pecho. Este era el lado de Faye que nadie más veía. El lado que solo pertenecía a ella.

Movió con cuidado una mano y la deslizó sobre el pecho de Faye, sintiendo el latido de su corazón bajo sus palmas. Fuerte, constante. Un ancla en el mar turbulento de su alma. Se sentía completa. Sagrada, incluso, como si esta unión prohibida fuera una forma diferente de oración.

Faye se movió, murmurando algo incoherente, y sus ojos oscuros se abrieron lentamente. Por un momento, parecieron nublados por el sueño, pero luego se enfocaron en Yoko, y una sonrisa perezosa se extendió por su rostro.

—Buenos días, mi pecadora—dijo Faye, su voz ronca por el sueño.

—Buenos días—respondió Yoko, su voz suave, tímida. —Pensé... pensé que te habías ido—.

—¿Irme? ¿Y perderme la oportunidad de verte con la luz del mañana? No hay manera—dijo Faye, estirándose antes de tirar a Yoko hacia sí misma para darle un beso largo y lento. —Además, quería asegurarme de que mi omega estuviera bien atendida después de la noche que tuvo—.

Yoko sonrió contra los labios de Faye, su cuerpo respondiendo al beso con una familiar calidez que se extendió por sus venas. —Estoy más que bien atendida. Estoy... satisfecha—.

—Satisfecha es solo el principio—murmuró Faye, su mano deslizándose por la espalda de Yoko hasta descansar en la curva de su nalgas. —Todavía no te he follado en la ducha del convento. Todavía no te he tomado en el jardín de oración. Todavía no te he...—

—¡Faye! ¡Cállate!—rió Yoko, aunque su cuerpo se excitaba con las palabras de la alfa. —Alguien podría oírte—.

—Déjalas oír. Que sepan que eres mía—dijo Faye, pero bajó la voz, su tono volviéndose.

más serio. —En realidad... me quedé porque quería hablar contigo—.

Una punzada de nerviosismo atravesó la calma de Yoko. —Hablar... ¿de qué?—

—De esto. De nosotras. De lo que vamos a hacer —dijo Faye, sentándose en la cama, las sábanas cubriéndole las piernas. —No puedo seguir entrando y saliendo de tu celda como una ladrona en la noche. No es suficiente para mí. Y no debería serlo para ti—.

Yoko se incorporó, sujetando las sábanas contra su pecho, un gesto de modestia que parecía ridículo después de todo lo que habían compartido. —¿Qué... qué quieres decir?—

—Quiero que dejes todo esto, Yoko. El convento, los votos, la vida que no te hace feliz —dijo Faye, su voz firme, sus ojos oscuros fijos en los de Yoko. — Quiero que vengas conmigo. A mi mundo. Donde puedas ser mi omega abiertamente, donde no tengas que esconderte.—

El corazón de Yoko se aceleró, una mezcla de pánico y un anhelo abrumador. Dejar el convento. Dejar todo lo que había conocido. Era una idea aterradora y, al mismo tiempo, la única que parecía tener sentido.

—No... no puedo, Faye, es mi vida, es mi fe—

protestó Yoko, aunque sus propias palabras sonaban vacías incluso para ella.

—¿Tu fe? ¿La fe que te hace sentir culpable por desearme? ¿La fe que te obliga a rezar por un perdón que no necesitas?—preguntó Faye, su voz suave pero penetrante. —Yoko, lo que sientes por mí no es pecado. Es natural. Es real. Es lo que Dios nos dio—.

—Pero mis votos... mis promesas...—

—Las hiciste antes de conocerme. Antes de que existiera un nosotras —dijo Faye, tomando la mano de Yoko. —No estoy pidiendo que renuncies a Dios, estoy pidiendo que renuncies a una vida que te hace infeliz. Que elijas una vida conmigo.—

Yoko miró sus manos entrelazadas, las de Faye fuertes y seguras, las de ella temblando ligeramente. La elección parecía imposible, pero en el fondo de su corazón, ya estaba tomada.

—¿Y si no puedo? ¿Y si no soy lo suficientemente fuerte para dejar todo esto?—preguntó Yoko, sus ojos llenos de lágrimas.

—Serás fuerte. Serás fuerte porque yo estaré a tu lado —respondió Faye, levantando la mano de Yoko para besar sus nudillos. —Te protegeré. Te cuidaré. Te amaré—.

La palabra —amor— colgó en el aire entre ellas, pesada y significativa y Yoko nunca había esperado escucharla de los labios de Faye, y menos aún en el contexto de un futuro juntas.

—¿Me... me amas?—preguntó Yoko, su voz apenas un susurro.

—Te amo más de lo que he amado a nadie, Yoko. Te amo con una ferocidad que me asusta —confesó Faye, su voz ronca de emoción. —Te amo tanto que la idea de perderte me destruye—.

Las lágrimas finalmente se derramaron por las mejillas de Yoko, lágrimas de alivio y alegría. Se lanzó a los brazos de Faye, abrazándola con fuerza, como si temiera que desapareciera.

—Sí. Sí, iré contigo, Faye. Dejaré todo esto por ti —dijo Yoko, su voz quebrada por la emoción. —Seré tuya, completamente tuya—.

Faye la abrazó con fuerza, su rostro enterrado en el cabello de Yoko. —Nunca te arrepentirás, mi amor, te lo prometo, te daré el mundo, eres el centro de mi universo—.

—Todo lo que necesito eres tú —respondió Yoko, levantando la cabeza para besar a Faye. —Eres mi mundo—

Permanecieron así por un tiempo, abrazadas en la luz de la mañana, dos almas encontradas en el lugar más improbable. El futuro era incierto, lleno de desafíos y sacrificios, pero por primera vez en mucho tiempo, Yoko sentía una paz inquebrantable. Había tomado su decisión. Había elegido el amor sobre el deber, el deseo sobre la devoción, a su alfa sobre todo lo demás.

—¿Cuándo... cuándo me voy?—preguntó Yoko, con su voz suave.

—Esta noche. Cuando todos estén durmiendo. Te esperaré afuera, en la calle que esta detrás del convento—dijo Faye, besando la frente de Yoko. —Solo trae contigo lo indispensable. Todo lo demás, te lo compraré—.

Yoko asintió, su corazón latiendo con una mezcla de miedo y emoción. —Esta noche —.

—Esta noche —repitió Faye, su sonrisa prometiendo un futuro lleno de pasión y amor. —Será el comienzo de nuestra nueva vida, mi omega. Juntas—.

—Juntas—. La palabra resonó en el alma de Yoko, llenando los vacíos que nunca supo que tenía. Estaba a punto de cometer el mayor sacrilegio de su vida, pero en ese momento, se sentía más cerca del cielo de lo que nunca se había sentido arrodillada en un confesionario. Había encontrado su salvación, no en los brazos de Dios, sino en los de su alfa. Y nunca la dejaría ir.

El día transcurrió en una neblina de anticipación para Yoko. Cada tarea, cada oración, cada interacción con las otras monjas se sentía como una actuación. Mientras barría el suelo del coro, su mente no estaba en los salmos, sino en la forma en que el sol de la mañana iluminaba el cabello de Faye. Mientras servía la comida en el refectorio, sus manos temblaban ligeramente, y no era por el peso de la olla. Estaba contando las horas, los minutos, hasta que pudiera escapar.

Por la tarde, se encerró en su pequeña celda. No para rezar, sino para despedirse. Miró a su alrededor: la cruz de madera en la pared, el rosario gastado sobre su mesita de noche, el libro de oraciones abierto. Estos habían sido sus anclas, su consuelo. Ahora, sentía que eran las cadenas de una vida que ya no le pertenecía. Abrió el pequeño armario y sacó una bolsa de tela. Dentro, solo guardó lo que Faye le había dicho: un pequeño crucifijo de plata que su madre le había dado, un par de ropas interiores y el dinero que había ahorrado de sus pequeñas asignaciones de cuando era niña. Todo lo demás, el hábito, los libros, la vida de la monja, Yoko, lo dejó atrás.

Cuando el sol comenzó a ocultarse, pintando el cielo de naranja y púrpura, Yoko se arrodilló una última vez. Pero no rezó por perdón, rezó por fuerza. Por el valor para dar el paso hacia la incertidumbre, por la sabiduría para navegar un mundo que no conocía, por el amor para no fallarle a la alfa que la había rescatado.

La noche cayó, densa y silenciosa. El convento se sumergió en la quietud del sueño. Yoko se vistió con la única ropa que tenía aparte de su hábito: un vestido simple y oscuro que apenas recordaba haber comprado. Era ropa de una civil, de una Yoko que casi no existía. Miró su reflejo en el pequeño espejo de su celda. Vio a una mujer con los ojos chocolate brillantes de determinación y miedo. Vio a la omega de Faye.

Con la bolsa en la mano y el corazón en la garganta, se deslizó por los pasillos oscuros, evitando las tablas que crujían. Cada sombra parecía un guardia, cada sonido una alarma. Llegó a la puerta lateral que daba al jardín trasero, una que rara vez se usaba y que a menudo dejaba sin asegurar. Con un suspiro tembloroso, la abrió.

El aire frío de la noche la golpeó, y por un momento, el pánico casi la hace retroceder. Pero entonces, la vio.

Faye estaba allí, de pie bajo la luz de una luna creciente, una figura oscura y poderosa junto a la muralla de piedra. No estaba sola. Una motocicleta negra y brillante descansaba a su lado, un símbolo de libertad y velocidad que parecía completamente fuera de lugar en el tranquilo jardín del convento. Faye llevaba pantalones de cuero y una chaqueta negra, y sonrió cuando vio a Yoko, una sonrisa que era todo lo que Yoko necesitaba para seguir adelante.

Yoko corrió hacia ella, y cuando llegaron, Faye la envolvió en sus brazos, protegiéndola del frío de la noche y de sus propios miedos.

—Estás aquí —dijo Faye, su voz un murmullo bajo y reverente. —Realmente lo hiciste.—

— Tenía que marcharme —respondió Yoko, su voz ahogada por la emoción. — Tenía que estar contigo.—

Faye la besó, un beso profundo y lleno de promesas. No era un beso de lujurioso, sino de posesión y bienvenida. Era un sello sobre su pacto.

—Ven—dijo Faye, tomando la pequeña bolsa de Yoko. —Te he traído algo—.

Le tendió un casco de cuero negro, liso y sin adornos. Yoko lo tomó, sus manos temblando mientras se lo ponía. El olor a cuero nuevo y a Faye la embriagó. Faye se montó en la motocicleta y le indicó a Yoko que se subiera detrás de ella. Yoko lo hizo, sus brazos rodeando la cintura de Faye, su cuerpo pegado al de la alfa, sintiendo la fuerza y el calor de ella a través de la ropa.

—Agárrate fuerte, mi amor —dijo Faye sobre su hombro. —Vamos a casa—.

Con un rugido del motor, salieron disparadas, dejando atrás los muros del convento, la única vida que Yoko había conocido. El viento silbaba en los oídos de Yoko, frío y emocionante. Las luces de la ciudad se convirtieron en manchas borrosas de color mientras aceleraban, y Yoko sintió una libertad que nunca había experimentado. Estaba volando, volando hacia su nueva vida, con los brazos de su alfa como su única ancla.

Viajaron durante lo que pareció una eternidad, pero que en realidad fue solo una hora. Dejaron atrás las luces brillantes del centro de la ciudad y se adentraron en barrios más tranquilos, hasta que Faye giró hacia un camino sinuoso que subía una colina. La motocicleta se detuvo frente a unas puertas de metal modernas que se abrieron automáticamente.

Estaban frente a una propiedad. No una casa, una finca. La residencia principal de Viñedos Malisorn. Diseño minimalista, de cristal y acero, con vistas impresionantes de las luces de la ciudad parpadeante abajo y, más allá, las siluetas oscuras de los viñedos que se extendían por las laderas. Era el hogar de una alfa exitosa y dominante. Era el mundo de Faye.

Faye apagó el motor y el silencio que siguió fue abrumador. Se bajó y ayudó a Yoko a desmontar, quitándole el casco.

—Bienvenida a casa, Yoko—dijo Faye, su voz suave mientras apartaba un mechón de cabello desordenado del rostro de Yoko. —Bienvenida a los viñedos.—

Yoko miró la propiedad, luego a Faye, y una ola de pánico la golpeó. Esto era real. Estaba aquí. Había dejado todo atrás. —Es... es muy grande. Es muy... tú—

—Es nuestro ahora —dijo Faye, tomando la mano de Yoko. —Ven, te enseñaré todo—

La guió a través de las puertas de cristal hacia un interior espacioso y lujoso. Muebles modernos, arte en las paredes, una ventana de piso a techo que mostraba el cielo nocturno, las luces de la ciudad y, en la distancia, las filas ordenadas de vides que Faye controlaba con la misma precisión con la que controlaba todo lo demás. Era impresionante, intimidante.

—Es hermoso —dijo Yoko, sintiéndose pequeña y fuera de lugar.

—No es tan hermoso como tú—respondió Faye, deteniéndose y girando a Yoko para mirarla. —Pero lo haremos nuestro. Lo llenaremos de tu presencia, de tu aroma.

Faye la guió por la casa, mostrándole la cocina gourmet, la sala de estar con un sistema de sonido que ocupaba una pared entera, el estudio lleno de instrumentos musicales. Cada paso era un recordatorio del abismo que existía entre sus mundos. Pero también había elementos que hablaban del negocio vinícola: la bodega climatizada visible a través de un muro de cristal, con barricas de roble apiladas en filas perfectas; la sala de catas con mesa de madera maciza y copas cristalinas dispuestas como soldados; los certificados de premios enmarcados en las paredes, testigos del dominio de Faye en su campo.

Finalmente, llegaron a un dormitorio. Era grande, con una cama king-size y una pared de cristal que daba a un balcón privado. Desde allí se veían los viñedos, oscuros y misteriosos bajo la luna. Era el santuario de Faye.

—Esta es nuestra habitación —dijo Faye, su voz baja. — Donde dormirás a mi lado cada noche. Donde te tomaré cuando quiera, te amaré tanto mi amor, te lo haré delicioso—.

Yoko tembló, su cuerpo respondiendo a las palabras de Faye con una familiar calidez. Se giró para mirar a Faye, sus ojos encontrándose en la luz tenue de la habitación.

—Gracias —dijo Yoko, su voz suave —Gracias por rescatarme—.

—No te rescaté, Yoko, solo te hice ver lo que necesitabas—respondió Faye, acercándose y besándola suavemente. — Estabas destinada a ser mía. Solo tuve que ir a buscarte—

La besó de nuevo, y esta vez el beso se profundizó, lleno del deseo no resuelto de los últimos días. Las manos de Faye se deslizaron por la espalda de Yoko, acercándola, reclamándola. Yoko respondió con igual pasión, sus manos subiendo por el pecho de Faye, anhelando sentirla, poseerla como ella era poseída.

Faye la levantó fácilmente, como si Yoko no pesara nada, y la llevó hacia la cama. Sus labios nunca se separaron, el beso se volvía más profundo, más urgente. El mundo exterior, la mansión, la ciudad parpadeante, los viñedos que se extendían hasta el horizonte, todo se desvaneció. Solo existían ellas, el calor de sus cuerpos y la promesa de una nueva vida comenzando en ese mismo instante.

Faye depositó a Yoko suavemente sobre las sábanas de seda negra, un contraste exquisito con su piel pálida. Se quedó mirándola por un momento, sus ojos oscuros recorriendo cada curva, cada temblor de deseo.


—Mírame—ordenó Faye, su voz un ronroneo bajo y dominante. —Mírame mientras te desnudo. Quiero ver la rendición en tus ojos.—

Yoko obedeció, su mirada fija en la de Faye mientras las manos de la alfa se deslizaban bajo el vestido simple que llevaba. Faye lo deslizó lentamente hacia arriba, sus dedos trazando patrones de fuego en la piel de Yoko. Cuando el vestido finalmente pasó por encima de su cabeza y fue arrojado a un lado, Yoko quedó desnuda, vulnerable y temblando bajo la mirada posesiva de su alfa.

—Perfecta—susurró Faye, antes de inclinarse y tomar un pecho en su boca, su lengua rodeando el pezón duro hasta que Yoko arqueó la espalda con un gemido. —Eres perfectamente mía.—

Faye pasó los siguientes minutos explorando cada centímetro de Yoko con su boca y sus manos. Mordisqueó el interior de sus muslos, lamió la piel sensible detrás de sus rodillas, besó cada costilla. Era una adoración lenta y metódica, un mapeo de su territorio, y Yoko se sentía como si estuviera ardiendo viva, cada célula de su cuerpo gritando por más.

——Por favor, Faye... por favor——rogó Yoko, sus manos aferrándose a las sábanas, sus caderas levantándose en una invitación inequívoca.

——¿Por favor qué, mi omega? ¿Qué necesita mi perra?——preguntó Faye, su voz burlona pero cargada de deseo. —¿Necesita que la lama? ¿Que la folle hasta que no pueda recordar su propio nombre?—

——¡Sí! ¡Todo! ¡Dame todo!——gritó Yoko, su omega interior tomando el control por completo.

Faye sonrió, una sonrisa depredadora y llena de promesas. Se bajó de la cama y se despojó de su propia ropa con una lentitud tortuosa, revelando su cuerpo fuerte y musculoso, sus pechos firmes, su erección prominente y goteando. Yoko la observó con la boca abierta, su cuerpo respondiendo con una humedad creciente.

Faye se acercó a la cama y se arrodilló entre las piernas de Yoko. Pero en lugar de entrar, se agachó y pasó su lengua por toda la longitud del sexo de Yoko, desde su ano hasta su clítoris.

——¡Dios! ¡Faye!——gimió Yoko, sus caderas levantándose instintivamente hacia la boca de la alfa.

——No es Dios quien te está comiendo ahora, mi omega——murmuró Faye contra su carne, antes de volver a hacerlo, esta vez centrándose en su clítoris hinchado. —Es tu alfa. Es la que te pertenece.—

La lengua de Faye trabajó con una habilidad diabólica, succionando y lamiendo hasta que Yoko estaba retorciéndose en la cama, sus gemidos llenando la habitación. Faye introdujo dos dedos dentro de Yoko, encontrando su punto G con una precisión que la hizo gritar.

——¡Faye! ¡No puedo... voy a venir!——gritó Yoko, sus manos agarrando el cabello de Faye.

——Entonces venrr, mi omega. Vente para mí——ordenó Faye, y su voz dominante fue todo lo que Yoko necesitó para desintegrarse en un orgasmo poderoso, sus fluidos corriendo, empapando la cara y las manos de Faye.

Mientras Yoko temblaba, recuperando el aliento, Faye se levantó y se posicionó entre sus piernas. Frotó la cabeza de su erección contra la entrada de Yoko, cubriéndola con el lubricante natural de la omega.

——¿Listas para empezar nuestra nueva vida, mi amor?——preguntó Faye, su voz suave pero todavía dominante.

——Sí, por favor... entra en mí——rogó Yoko, sus brazos abiertos en una invitación. —Hazme tuya. Para siempre.—

Faye entró en Yoko con un movimiento lento y profundo, y ambas gemieron al unísono. Era más que sexo, era una consumación. Era el sello final sobre su pacto, la primera vez que se unían como iguales, como alfa y omega en su propio hogar, en el territorio que Faye controlaba con mano de hierro.

Faye comenzó a moverse, su ritmo al principio lento y tierno, pero pronto se volvió más urgente, más primal. Cada embestia era una declaración, un recordatorio de la posesión.

—Eres mía, Yoko. Mía para amar, mía para proteger—gruñó Faye, sus manos agarrando las caderas de Yoko para entrar más profundo. —¿Entendido?—

——¡Sí! ¡Soy tuya! ¡Para siempre tuya!——gritó Yoko, sus piernas envolviendo la cintura de Faye, sus uñas arañando su espalda.

——Te voy a llenar tanto que lleves mi esencia durante días——prometió Faye, sus labios besando y mordiendo el cuello de Yoko. —Voy a marcarte por dentro y por fuera. Todo el mundo sabrá que te perteneces a mí.—

——¡Sí! ¡Márcame! ¡Lléname! ¡Dame tu leche!——rogó Yoko, completamente perdida en el placer y la sumisión. —¡Quiero ser tu receptáculo!—

Con un rugido final, Faye se liberó dentro de Yoko, su semen caliente llenando a la omega una y otra vez. Permanecieron así por un momento, sus cuerpos pegajosos y exhaustos, Faye todavía dentro de Yoko, reclamándola desde el interior.

—Mía—murmuró Faye, besando la frente de Yoko. —Mi omega. Mi amor. Mi vida.—

—Tuya—respondió Yoko, su voz apenas un susurro, su cuerpo temblando con las reverberaciones de su orgasmo. —Completamente tuya.—

Faye se retiró lentamente y se acostó a su lado, tirando de Yoko para que se acurrucara contra su pecho. El latido de su corazón era un tambor constante y reconfortante en el oído de Yoko.

—¿Asustada?—preguntó Faye, su voz suave mientras acariciaba el cabello de Yoko.

—Un poco—admitió Yoko. —Es todo... tan nuevo. Tan grande.—

—No tienes que preocuparte por nada nunca más—dijo Faye, besando la parte superior de su cabeza. —Yo soy tu hogar ahora, Yoko. Todo lo que necesitas, todo lo que eres, está aquí, en mis brazos.—

Yoko levantó la cabeza y la miró, sus ojos chocolate brillando con un amor y una devoción que nunca antes había sentido. —Te amo, Faye.—

—Yo también te amo, mi omega. Más de lo que jamás pensé que sería capaz de amar—respondió Faye, su voz ronca de emoción. —Y pasaré el resto de mi vida demostrándotelo.—

Cerraron los ojos, abrazadas en la oscuridad de su nueva habitación, en su nueva casa, en medio de los viñedos que habían construido el imperio de Faye. El futuro era incierto, lleno de desafíos, pero por primera vez en su vida, Yoko no tenía miedo. Estaba exactamente donde debía estar: en los brazos de su alfa, al comienzo de su nueva vida. Juntas.

Las semanas siguientes fueron un sueño para Yoko. Se despertaba cada mañana en los brazos de Faye, en una cama gigante con vistas a una ciudad que ya no le parecía ajena y a los viñedos que se extendían como un mar ordenado. Faye la cuidaba, la mimaba, la vestía con sedas y encajes, la llevaba a restaurantes caros y le compraba todo lo que sus ojos codiciosos deseaban. Pero a medida que la novedad se desvanecía y la rutina se instalaba, algo comenzó a cambiar dentro de Yoko.

La sumisión que una vez la había llenado de un propósito sagrado ahora empezaba a sentirse como una jaula dorada. Amaba a Faye, amaba la forma en que la alfa la poseía, pero una parte de ella, la omega que había aprendido a sobrevivir en un mundo de reglas estrictas, anhelaba más. Anhelaba el control. Observaba a Faye, la alfa segura y dominante que dirigía un imperio con mano de hierro, y un hambre primal comenzó a crecer en su interior. No quería dejar de ser su omega; quería ser la omega de su alfa, la única que podía hacerla temblar, la única que podía doblegarla, su celo se estaba acercando, estaba despertando algo en ella que no conocía

Una noche, después de una cena íntima, Yoko decidió que era hora de cambiar las reglas del juego, su celo había llegado como una tormenta para agitar el mar

Faye estaba en el sofá del salón, con una copa de vino en la mano;un tinto de su propia cosecha, de la línea; Luna Negra, que había ganado tres premios internacionales, relajada y satisfecha. Yoko se acercó, pero no se sentó a su lado como solía hacer. En cambio, se arrodilló lentamente ante ella, sus manos reposando con delicadeza sobre los muslos de Faye.

-¿Qué tienes en mente, mi omega?-preguntó Faye, una sonrisa divertida en sus labios, asumiendo que era solo otro de sus juegos de sumisión.

—Shhh. No hables—susurró Yoko, su voz baja y sedosa, un tono que Faye nunca había escuchado antes. —Solo siéntate y disfruta.—

Con movimientos lentos y deliberados, Yoko desabrochó el cinturón de Faye y luego el pantalón. La alfa levantó una ceja, intrigada. Yoko deslizó su mano dentro de la ropa interior de Faye, encontrándola ya dura y caliente.

—Mmm, alguien está ansiosa—murmuró Faye, su voz ronca.

—Siempre lo estoy por ti—respondió Yoko, pero su tono no era el de una peticionaria. Era el de una proveedora. Sacó la polla de Faye, ya erecta y pulsante, y la miró con devoción. —Pero esta noche, no eres tú quien me va a usar. Soy yo quien te va a usar.—

Antes de que Faye pudiera responder, Yoko se inclinó y tomó a Faye en su boca. No fue la succión ansiosa y sumisa de antes. Fue lenta, profunda, controlada. Usó su lengua, sus labios, su garganta con una habilidad que dejó a Faye sin aliento. La alfa se inclinó hacia adelante, sus manos encontrando el cabello de Yoko, pero Yoko se detuvo.

—Las manos a los lados, mi alfa. O me detengo—ordenó Yoko, sus ojos oscuros fijos en los de Faye.

Por primera vez, Faye vaciló. Vio algo en los ojos de Yoko que la excitó y la asustó a la vez: una determinación feroz, una voluntad de dominar, el celo de Yoko la había transformado en una mujer dominante, Faye gimió e inhaló el olor a vainilla y frutos rojos de la omega y como nunca se rindió, soltó el cabello de Yoko y apoyó las manos en el sofá a ambos lados de su cuerpo.

—Buena chica—susurró Yoko, antes de reanudar su oral, llevando a Faye al borde del clímax una y otra vez, solo para retroceder en el último momento.

—Yoko, por favor, déjame venir—rogó Faye, su voz quebrada, su control desmoronándose.

—No hasta que te lo diga yo—respondió Yoko, retirándose por completo. —Ahora, vamos a la habitación. Y quítate la ropa. Yo te diré cuándo.—

Faye, sorprendida por su propia obediencia, se levantó y siguió a Yoko hasta el dormitorio, despojándose de su ropa en el camino. Yoko la observó, una sonrisa de poder en sus labios. Cuando llegaron a la habitación, Yoko señaló la cama.

—Acuéstate. Boca arriba—ordenó Yoko.

Faye obedeció, su corazón latiendo con una mezcla de anticipación y una extraña emoción. Se sentía vulnerable, expuesta, y le encantaba.

Yoko se acercó a la cama, pero en lugar de unirse a ella, fue a un cajón y sacó dos bufandas de seda.

—¿Qué... qué vas a hacer?—preguntó Faye, su voz temblando ligeramente.

—Voy a atarte. Quiero que estés completamente a mi merced—respondió Yoko, su voz firme y dominante. —¿Te vas a negar?—

Faye negó con la cabeza, incapaz de hablar. Yoko ató sus muñecas a las barras de la cabecera de la cama, luego hizo lo mismo con sus tobillos, dejándola completamente inmovilizada y abierta. La alfa estaba a su merced, completamente vulnerable.

—Dios mío, Yoko...—susurró Faye, sus ojos oscuros brillando de lujuria y sumisión.

—No es Dios a quien le estás rogando ahora, mi alfa—dijo Yoko, subiendo a la cama y posándose sobre Faye, sin tocarla todavía.

— Es a mi.—

Yoko pasó los siguientes minutos torturando a Faye con su boca y sus manos. Le chupó los pechos hasta que estaban hinchados y sensibles, le mordisqueó el cuello, le lamió el interior de los muslos. Pero nunca tocó la polla erecta de Faye, que ahora se alzaba orgullosa y goteaba con necesidad.

—¡Por favor, Yoko! ¡Te lo ruego! ¡Hazme algo!—rogó Faye, tirando de sus ataduras.

—¿Qué quieres, mi alfa? ¿Qué quieres que te haga tu omega?—provocó Yoko, sus dedos rozando la piel justo al lado de la erección de Faye.

—Quiero que me la chupes, quiero tu boca en mí— pido Faye, perdida en el placer y la sumisión.

—Como quieras—dijo Yoko, antes de bajar la cabeza y pasar su lengua por toda la longitud de la polla de Faye, desde la base hasta la cabeza hinchada.

Faye gritó, un grito de placer y liberación. Yoko trabajó con una ferocidad que no sabía que poseía, su boca y su lengua satisfaciendo a Faye con una habilidad que la hizo arquear contra la cama.

——¡Sí! ¡Así! ¡No pares! ¡Por favor, no pares!——gemía Faye, sus caderas levantándose para encontrarse con la boca de Yoko.

Yoko sintió cómo la polla de Faye comenzaba a pulsar, cómo su respiración se volvía más rápida. Sabía que estaba al borde.

—¿Vas a venir, mi alfa? ¿Vas a venir en la boca de tu omega?—preguntó Yoko, su voz dominante desatando la liberación de Faye.

—¡Sí! ¡Ahora! ¡Para ti, Yoko! ¡Todo para ti!—gritó Faye, su cuerpo temblando violentamente mientras un orgasmo devastador la golpeaba.

Yoko la siguió, tragando todo lo que Faye le daba, hasta que la alfa quedó exhausta y temblando en la cama.

Yoko se subió lentamente, su cuerpo brillando de sudor y poder. Se desató el vestido de seda que llevaba y se desnudó, luego se posicionó sobre la boca de Faye.

—Ahora, mi alfa. Es tu turno. Hazme venir—ordenó Yoko, bajándose lentamente sobre la boca de Faye.

Faye obedeció, su lengua encontrando el sexo de Yoko con un fervor recién descubierto. La alfa, ahora sumisa, satisfacía a su omega con una devoción que la hizo gemir.

—Así... sí... chúpame bien, mi alfa buena—gemía Yoko, sus manos agarrando la cabecera de la cama. —Muéstrame cuánto deseas el sexo de tu omega.—

Yoko se movió sobre la boca de Faye, usándola, dominándola, hasta que su propio orgasmo la golpeó, una ola de placer que la dejó temblando y satisfecha. Se bajó lentamente de Faye, su cuerpo brillando de sudor y poder, y desató a su alfa. Faye se quedó tendida en la cama, con los ojos cerrados, el pecho subiendo y bajando, un rictus de pura rendición y éxtasis en su rostro.

Yoko se acostó a su lado, acariciando suavemente el sudor de la frente de Faye. La alfa abrió los ojos y la miró, y en su oscuridad no había sombra de desafío, solo una devoción cegadora.

——Dios mío, Yoko...——susurró Faye, su voz ronca y quebrada. —Nunca... nunca he sentido nada así.—

——¿Te gustó, mi alfa? ¿Te gustó que tu omega te dominara?——preguntó Yoko, su voz un murmullo triunfal.

——Me encantó. Me encantó más de lo que creía posible——respondió Faye, girándose para facing Yoko, su mano encontrando la cadera de la omega. —Jamás te había visto así. Tan poderosa, tan... feroz. Es la cosa más sexy que he visto en mi vida.—

Un calor profundo se extendió por el pecho de Yoko. No era solo lujuria, era una sensación de derecho, de plenitud. Había domado a su alfa, no con fuerza bruta, sino con el poder de su omega, con la intensidad de su deseo.

—Te amo, Faye. Te amo más que a nada en este mundo—confesó Yoko, y esta vez, las palabras no eran una súplica, sino una declaración.

—Yo también te amo, Yoko. Más de lo que jamás pensé que sería capaz de amar—respondió Faye, y sus ojos se llenaron de una emoción tan profunda que Yoko sintió que se le partía el corazón. —rendirme a ti... me ha hecho amarte más.

Faye se incorporó, su mirada intensa y seria. —Pero... falta una cosa, Yoko. Una cosa para sellar esto. Para hacerlo eterno.—

—¿Qué cosa?—preguntó Yoko, aunque una parte de ella, la parte más instintiva, ya sabía la respuesta.

—La marca. El nudo—dijo Faye, su voz baja y reverente. —Quiero marcarte. Morderte el cuello, justo en el punto de unión, para que todo el mundo sepa que eres mía. Quiero anudarme contigo, sentirte contra mí desde el interior, bloquearme dentro de ti durante horas, días... Quiero sellar nuestro vínculo para siempre—.

Yoko sintió un escalofrío recorrer su cuerpo, no de miedo, sino de anticipación pura y primitiva. El nudo. El anclaje biológico que unía a una alfa y una omega de una manera irreversible. Era el paso final, la consumación última de su relación.

—Sí—susurró Yoko, sus ojos llenándose de lágrimas de alegría. —Sí, Faye. Hazlo. Márcame, anúdame —.

—¿Estás segura, mi amor? Es para siempre. No hay vuelta atrás —dijo Faye, aunque sus ojos brillaban con una esperanza feroz.

—Nunca he estado más segura de nada en mi vida—respondió Yoko, inclinando la cabeza para exponer su cuello, una señal de sumisión total y confianza. —Te pertenezco, Faye. Siempre te he pertenecido. Hazlo oficial.—

Un rugido bajo y profundo escapó de la garganta de Faye, un sonido de posesión animal que hizo que el sexo de Yoko se contrajera con deseo. La alfa se movió sobre Yoko, su cuerpo pesado y dominante, sus ojos oscuros ardiendo con una lujuria sagrada.

—Voy a follarte, Yoko. Voy a follarte hasta que gimes mi nombre. Y luego, cuando te hayas venido, cuando tu cuerpo esté completamente receptivo, te marcaré. Te llenaré con mi nudo y te sellaré como mía para siempre—prometió Faye, su voz un murmullo junto al oído de Yoko.

—Por favor, Faye. Ahora—rogó Yoko, sus piernas abriéndose para recibir a su alfa.

Faye entró en Yoko con un movimiento rápido y profundo, y ambas gimieron al unísono. Era diferente esta vez. No era solo sexo, era un ritual. Cada embestida era una declaración, cada movimiento un paso hacia su unión final.

——Eres mía, Yoko. Mía para amar, mía para proteger, mía para dar hijos——gruñó Faye, sus manos agarrando las caderas de Yoko para entrar más profundo. —¿Entendido?—

—Sí, Soy tuya, para siempre tuya, dame tus hijos—hablo, completamente perdida en el placer y la sumisión. —Quiero ser tu receptáculo— ¡Quiero tener tu cría!—

Las palabras de Yoko desataron algo en Faye. La alfa comenzó a moverse con una ferocidad brutal, sus embestidas se volvieron más fuertes, más profundas. El sonido de sus cuerpos chocando, mezclado con sus gemidos y susurros sucios, llenaba la habitación.

—¡Te voy a marcar, voy a dejar mi huella en ti para que todos la vean, voy a anudarme contigo hasta que te desborde!—gruñó Faye, sus labios besando y mordisqueando el cuello de Yoko. —¡Te voy a hacer mi esposa, mi omega, la madre de mis hijos!—

—Sí, márcame, anúdame, ¡Lléname!—rogó Yoko, sus uñas arañando la espalda de Faye. —¡Quiero ser tuya para siempre!—

Yoko sintió cómo una presión intensa se construía en su interior, una tormenta que prometía arrasarla por completo. El cuerpo de Faye se tensó sobre ella, y sintió cómo la base de la polla de la alfa comenzaba a hincharse.

—Ahora, mi omega, vente para mí, vente con mi nudo dentro de ti—ordenó Faye, y su voz dominante fue todo lo que Yoko necesitó para desintegrarse en un orgasmo devastador.

Mientras el placer la arrasaba, Yoko sintió un dolor agudo y exquisito en su cuello. Faye la había mordido, sus colmillos penetrando la piel, marcándola como suya. Al mismo tiempo, el nudo de Faye se expandió dentro de ella, bloqueándola, llenándola de una manera que nunca había experimentado.

—¡FAYE!—gritó Yoko, un grito de dolor y placer indescriptibles.

——¡MÍA!——rugió Faye, liberándose dentro de Yoko con un torrente de semen caliente y abundante.

Permanecieron así, unidas, anudadas, mientras el orgasmo las sacudía a ambas. Yoko sintió el calor de la marca de Faye en su cuello, el peso de su nudo dentro de ella, y se sintió completa, llena, sagrada.

Cuando el temblor finalmente se calmó, Faye se recostó sobre Yoko, su peso reconfortante. La lamió suavemente en el lugar de la mordida, un gesto de consuelo y posesión.

—Mía—murmuró Faye, su voz llena de una emoción abrumadora. —Mi omega. Mi esposa. Mi todo.—

—Tuya—respondió Yoko, su voz apenas un susurro, su cuerpo temblando con las reverberaciones de su unión —Completamente tuya, para siempre.—

Permanecieron abrazadas, anudadas, durante lo que pareció una eternidad. El mundo exterior no existía. Solo ellas, su amor, su vínculo, sellado en carne y sangre.

——Pronto estarás embarazada, Yoko. Pronto llevarás a mi hija o a mi hijo——dijo Faye, su voz suave mientras acariciaba la barriga de Yoko. —Serás una madre. Nuestra madre.—

—Sí—susurró Yoko, poniendo su mano sobre la de Faye. —Quiero eso más que a nada en el mundo. Quiero darte hijos. Quiero construir una vida contigo.—

—Lo haremos, mi amor. Lo haremos—terminó de decir Faye, su voz llena de una promesa solemne.

El nudo comenzó a relajarse horas después, cuando el primer atisbo de alba teñía el cielo de un violeta pálido. La retirada de Faye fue lenta, delicada, y Yoko gimió suavemente al sentir el vacío y el rastro de la posesión de su alfa corriendo por sus muslos. Faye la envolvió en sus brazos, impidiéndole moverse, y la limpió con paños húmedos y tiernos, sus movimientos llenos de una reverencia que hizo que los ojos de Yoko se llenaran de lágrimas.

No hubo palabras. Solo el peso reconfortante del cuerpo de Faye sobre el suyo, el latido rítmico de su corazón contra su espalda y la sensación pulsante y cálida de la marca en su cuello. Era una herida, pero era un ancla. La prueba física de que ya no le pertenecía a sí misma ni a Dios, sino a la mujer que yacía a su lado.

Cuando el sol se elevó por completo, Faye se levantó y la llevó en brazos al baño de mármol. La bañó, lavando cada centímetro de su cuerpo con un cuidado que rozaba la adoración. Yoko se dejó hacer, sintiéndose como una estatua que estaba siendo consagrada. En el gran espejo del baño, Yoko vio la marca por primera vez. No era una simple mordida. Era una obra de arte primal, un lunar oscuro y perfectamente formado, casi una flor de pétalos morados y rojos en la curva suave de su hombro. Era hermosa. Era la prueba de que había sido reclamada, conquistada, amada.

—Es perfecto—, susurró Faye, parada detrás de ella, sus brazos rodeando su cintura mientras ambas miraban el reflejo. —Ahora todo el mundo sabrá que eres mía. Que yo te protejo—

—Soy tuya— confirmó Yoko, su mano subiendo para tocar la marca, un escalofrío de placer recorriéndola. —Siempre—.

—Vamos a la cama, mi omega, necesitas descansar. Has sido anudada, tu cuerpo necesita recuperarse... y prepararse—, dijo Faye, su voz baja y significativa.

La llevó de vuelta a la cama y la acostó, cubriéndola con las sábanas de seda. Faye no se fue a trabajar ese día. No salió de la habitación. Se quedó con Yoko, alimentándola con trozos de fruta y queso, acariciando su cabello, sus ojos nunca se apartaban de ella. Era como si Faye estuviera esperando, vigilando, protegiendo la semilla que acababa de plantar.

—¿Qué es esto, Faye?, preguntó Yoko por la tarde, mientras Faye le masajeaba los pies. —No eres tú... quedarte en casa—.

—Mi lugar está aquí ahora—, respondió Faye, sin dejar de masajearle el arco del pie. —Mi lugar está contigo. Mi omega acaba de ser marcada y anudada. No hay nada más importante que esto. Que tú—.

El corazón de Yoko se hinchó de amor. La alfa dominante y controladora que había conocido —la mujer que dirigía un imperio vinícola con mano de hierro, que tomaba decisiones que afectaban a cientos de empleados y cuyos vinos eran vendidos en los restaurantes más exclusivos del mundo— se había transformado en una protectora devota, y Yoko se dio cuenta de que su dominio la había liberado a ambas.

Los días se convirtieron en semanas. La vida se asentó en una nueva rutina, una rutina de intimidad y cuidado. Faye seguía siendo la poderosa alfa en el mundo exterior —la dueña de Viñedos Malisorn que enfrentaba a inversores, que decidía qué cosechas merecían la etiqueta; Luna Negra, y cuáles serían descartadas, que cerraba acuerdos millonarios con un apretón de manos, pero en casa, con Yoko, era diferente. Escuchaba sus opiniones, consultaba sus deseos, la trataba como a su igual, como a su pareja. El amor entre ellas floreció, más profundo y más real de lo que Yoko había imaginado alguna vez. Y en el centro de todo estaba la marca, un recordatorio constante de su vínculo.

Un mes después, Yoko se despertó sintiéndose... diferente. Una náusea leve la obligó a correr al baño, donde se arrodilló frente al inodoro, vaciando el contenido de su estómago. Faye estaba a su lado en un instante, sosteniéndole el cabello, frotándole la espalda.

——Shhh, ya pasara, mi amor—, susurró Faye. —¿Te sientes mal?

—No sé... es como si se me revolviera todo por dentro—. respondió Yoko, apoyándose contra ella, pálida y temblorosa.

Faye la ayudó a volver a la cama y le trajo un vaso de agua con un trozo de limón. Yoko lo bebió a sorbos, sus ojos encontrando los de Faye. Una comprensión silenciosa pasó entre ellas.

—Faye...—, comenzó Yoko, su mano bajando para descansar sobre su vientre, que aún estaba plano. —Creo... creo que ya no estoy sola, ya no estamos solas—.

Faye se quedó inmóvil, su mirada fija en la mano de Yoko sobre su estómago. Luego, una sonrisa lenta y radiante se extendió por su rostro. Se arrodilló ante la cama

—Te amo, Yoko. Te amo más de lo que las palabras pueden expresar—dijo Faye, su voz temblando. —Vas a ser la madre de mis hijos. Vas a ser mi esposa. Eres mi todo—.

—Y tú eres mi alfa. Mi amor. Mi vida—. respondió Yoko, su corazón tan lleno que sentía que podría estallar.

Faye se acurrucó a su lado, su mano reposando sobre la de Yoko en su vientre. —Nuestro bebé— susurró. —Nuestra pequeña cría—.

—Nuestro futuro- corrigió Yoko, inclinándose para besar a Faye. —Nuestro mundo y estoy segura que será una niña—.

Y mientras yacían allí, abrazadas en la luz de la mañana, con los viñedos de Faye extendiéndose como un océano ordenado más allá de las ventanas, Yoko supo que había tomado la decisión correcta. Había dejado atrás una vida de sumisión vacía por una vida de amor y poder. Había dejado atrás a Dios solo para encontrarlo en los brazos de su alfa. Estaba a punto de traer una nueva vida al mundo, una vida concebida en pecado pero nacida del amor más puro y verdadero. Y no había nada más sagrado que eso.

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excelente historia..gracias🦋🌻

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