Entre tú y yo (Omegaverse)

Summary

Faye Peraya Malisorn una alfa y Yoko Apasra Lertprasert una omega y el destino. Cabe destacar que esta historia es +18, palabras vulgares y sexo explícito, temas sensibles Sientanse libres de comentar (⁠●⁠♡⁠∀⁠♡⁠)Gracias por su apoyo

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Chapter 1


Faye Peraya Malisorn regentaba un pequeño pero formidable estudio de abogados en pleno centro de Bangkok. Siempre había sido una trabajadora infatigable, una cualidad que forjaba su carácter pero que, a la vez, la mantenía en un estado de tensión perpetua. Su especialidad era el derecho de familia: pensiones, custodias y el complejo laberinto de las disputas entre alfas, betas y omegas. Despreciaba la debilidad de aquellos alfas y omegas que abandonaban a los pequeños a su suerte y le resultaba especialmente inaceptable que un padre rechazara a su hijo por ser declarado omega, una condición que la sociedad se encargaba de vilipendiar sin piedad.

Bajo la fachada de la profesional serena, se ocultaba la esencia de una depredadora. Faye de 31 años era una alfa de élite, imponente con sus 1.75 metros y una contextura forjada por la disciplina. Su cabello largo y negro azabache enmarcaba unos ojos de café oscuro, tan profundos que parecían negros cuando su atención se agudizaba. En el trabajo, su atuendo era una armadura de tonos oscuros y su aire severo, una advertencia. Pero quienes lograban traspasar esa barrera descubrían a una mujer de lealtad feroz y un ingenio mordaz. Su arrogancia no era un defecto, sino un derecho de nacimiento que su profesión la obligaba a contener. En su mundo, no podía permitirse el lujo de mostrar debilidad; era la lanza que defendía a los desvalidos.

Para canalizar la presión, Faye tenía una regla inquebrantable: los viernes eran para liberar la bestia que llevaba dentro. Y ese viernes, ya tenía un plan. Aunque su círculo era reducido, tenía una confidente de confianza: Lux Sulax. Lux, de 28 años, era su contraparte en apariencia: una alfa tan alta y estilizada como coqueta, dedicada a conquistar a cualquier omega que captara su atención. Compartían el mismo encanto letal y la misma arrogancia innata, pero Lux la desataba sin tapujos, mientras que Faye la mantenía a raya con cadenas de acero.

**Viernes, 19:00 horas.**

—Faye —Lux irrumpió en la oficina con su energía habitual—. ¿Seguir encerrada? Te lo ordeno: deja esa mierda para el lunes —dijo, sentándose audazmente en el borde del escritorio de Faye.

—¿Acaso eres mi alfa ahora, Lux? —replicó Faye sin apartar la vista de los documentos, su voz un murmullo bajo y controlado—. Dame cinco minutos para firmar y somos tuyas.

—¿Segura? —preguntó Lux con un brillo pícaro—. Esta noche te llevaré a un lugar que te sacará de tu monotonía.

—No confío ni un segundo en tu criterio. Siempre terminamos en problemas—replicó Faye, entrecerrando los ojos con una advertencia casi imperceptible.

—Faye, te doy mi palabra de que no pasará nada que no quieras. Solo un bar que conozco —Lux posó su mano sobre el hombro de Faye, un gesto de dominio amistoso—. Basta ya. Son las 19:30 y tu jornada terminó hace horas. No estás siendo irresponsable, estás liberando tensiones. Lo necesitas.

—Vale, vale —Faye soltó un suspiro, una rendición calculada—. ¿Qué más puedo perder?.

Se puso su chaqueta de cuero y, tras un trayecto en silencio, se alejaron del caos del centro. El bar era discreto, un lugar con normas propias. El guardia les pidió un nombre y, tras verificarlas en la lista, les entregó un shot de tequila a cada una. La atmósfera era relajada, tensa pero controlada.

A las 00:00, el equilibrio se rompió. Un grupo de hombres vestidos de negro con máscaras de conejo surgió de las sombras. Se acercaron a cada cliente y les entregaron un pequeño frasco con dos píldoras: una negra con una "C" y otra blanca con una "S".

—Lux, ¿qué es esta basura? —preguntó Faye, su voz ahora fría como el acero. Agarró a su amiga por el cuello de la camisa, sin fuerza, pero con una autoridad innegable—. Me dijiste que era un bar tranquilo.

—Te diré la verdad —confesó Lux, imperturbable ante la ira de Faye—. Este es un santuario. Después de medianoche, puedes tomar a quien desees. La pastilla negra activa tu celo. Quería que soltaras ese control que te devora, Faye. Mira a tu alrededor —señaló con la cabeza—. Está lleno de omegas espléndidas, y más de una te está mirando y pensando que tienes entre las piernas.

Faye dirigió su mirada a un grupo de omegas y vio cómo la devoraban con la mirada, una mezcla de anhelo y sumisión. Soltó un suspiro de pura exasperación.

—Necesito que mi amiga, la alfa que se esconde bajo esa corbata, vuelva a salir. Un buen polvo te hará bien —continuó Lux—. Y quién sabe, quizás encuentres a tu pareja. La otra pastilla, la blanca, es un inhibidor de alta calidad. Tu salida segura.

—Estás completamente loca —soltó Faye, liberándola—. ¿No podías buscar algo que no implicara drogas de dudosa procedencia en un antro?

—Siempre tan dramática —Lux se encogió de hombros—. Si no quieres, no pasa nada. Nadie te obliga. Puedes beber, observar o tomar la píldora blanca. El control sigue siendo tuyo.

Las horas pasaron y el aire se espesó, saturado de feromonas. Era evidente que muchos habían cedido a la tentación de la pastilla negra. Para Faye, el espectáculo de la lujuria descontrolada era repulsivo. Allí estaba ella, una alfa de élite, reducida a observar el circo desde una distancia prudente.

De repente, se vio rodeada. Un enjambre de omegas se acercó, algunas se atrevían a dejarle besos en el cuello, otras se frotaban contra ella como gatas en celo. Faye las apartaba con un gesto seco, cada vez más irritada. No tenía interés en coger esa noche, pero sí en emborracharse hasta olvidar su propio nombre. Pidió una cerveza tras otra, luego copas de vino; una mezcla letal, pero ¿a quién le importaba? Tenía dinero de sobra y el mañana era problema de otra Faye.

En algún momento, con una botella de whisky en la mano, vio un ascensor. Subió hasta el último piso, marcado con el número 10. Las puertas se abrieron a una enorme azotea, un oasis de sillones y luces tenues. La brisa nocturna era un alivio. Pero no estaba sola. Parejas y tríos se entregaban a la pasión entre las sombras. Faye frunció el ceño. La falta de decoro la ofendía.

Se movió con sigilo entre los sillones, buscando el lugar más aislado. Encontró un gran sofá negro y se descalzó, estirándose con la botella aún en la mano. La noche estaba estrellada. Puso música en su móvil y se dejó llevar, ebria y, por fin, en paz. Poco a poco, sus ojos se cerraron, sumergiéndose en un merecido olvido.