ALAS II: EL CÓDIGO DE HIERRO

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Summary

El Velo se cerró, pero dejó a miles de hadas exiliadas en un mundo que no les pertenece. Sin la magia de sus reinos, las cortes están muriendo. Se rumorea que existe el Cálice de Luna, un artefacto antiguo oculto en el corazón de Manhattan que puede abrir un portal permanente o consumir la vida de quien lo toque. Joud, ahora con sus alas de luz consolidadas, debe proteger el cálice antes de que las hadas desesperadas destruyan la ciudad para recuperarlo.

Genre
Fantasy
Author
Josefina
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

CAPÍTULO 1: LA ÚLTIMA GOTA DE MAGIA

El silencio en el taller de Joud ya no era el de una mecánica descansando tras una larga jornada. Era el silencio de una tumba. Las herramientas colgaban inertes de las paredes, pero el aire se sentía espeso, cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de sus brazos se erizara.

Joud se quitó los guantes. En el centro de su palma, la cicatriz del estigma del Verano seguía allí, pero ya no era blanca. Ahora palpitaba con un tono violeta oscuro, como un moretón que se negaba a sanar.

—No deberías estar aquí, Caelum —dijo Joud sin darse la vuelta.

—Ninguno de nosotros debería estar aquí —respondió la sombra desde el rincón oscuro del taller—. El mundo de los hombres nos está rechazando, Joud. La ciudad es como un cuerpo que intenta expulsar una infección.

Caelum dio un paso hacia la luz. Su rostro, antes arrogante y hermoso, estaba demacrado. Sus ojos, que solían brillar con la profundidad de un bosque antiguo, parecían ahora cristal empañado.

—Las hadas que quedaron atrapadas cuando cerraste el Velo están perdiendo el juicio —continuó él, apoyando su espada de plata en el banco de trabajo—. Sin el sustento de sus tierras, la magia se está volviendo ácida en sus venas. Se están convirtiendo en Sombras Hambrientas.

Joud se acercó a un pequeño frasco sobre su mesa. Dentro, una única gota de néctar de hada brillaba con una luz mortecina. Era todo lo que quedaba de las provisiones de Ael.

—Si no abrimos una grieta, aunque sea pequeña, Manhattan se convertirá en un cementerio de seres mágicos —dijo Joud, apretando los dientes—. Pero si la abro, las Cortes de la Luz y la Oscuridad entrarán para reclamar este mundo como su nuevo patio de juegos.

De repente, un estruendo sacudió el techo del taller. No fue un trueno. Fue el sonido de algo orgánico chocando contra el hormigón.

Joud alzó la vista y vio cómo las vigas del techo empezaban a cubrirse de una hiedra negra que crecía a una velocidad antinatural. Las hojas tenían bordes afilados como cuchillas y goteaban un líquido esmeralda que quemaba el suelo.

—Es ella —susurró Caelum, desenvainando su arma con manos temblorosas—. La Enviada de la Corte de la Tierra.

De entre la hiedra, descendió una figura que parecía hecha de raíces y espinas. No era una máquina, era la naturaleza en su estado más cruel. Sus ojos eran dos flores amarillas que se abrían y cerraban al ritmo de su respiración agitada.

—Tejedora... —la voz de la criatura sonó como el crujido de un árbol viejo al romperse—. Tu sangre es la llave. La ciudad está seca y mis hermanos mueren de sed. Danos tu vida para que nosotros podamos florecer.

Joud sintió un tirón en su espalda. Sus alas, esas que pensó que se habían vuelto cenizas, empezaron a vibrar bajo su piel, desgarrando su ropa. Esta vez no eran de hierro, sino de pura voluntad etérea.

—Mi sangre no es vuestro abono —respondió Joud, y su voz resonó con el poder de quien ha aprendido a hablarle al destino—. Si queréis magia, tendréis que aprender a vivir sin devorarlo todo a vuestro paso.

La criatura de espinas se lanzó hacia ella, y el taller de Joud dejó de ser un refugio para convertirse en el primer campo de batalla de una guerra por la supervivencia.