Prólogo

Todas las personas de la capital de Caldris, del Imperio Calreth, vinieron a ver el espectáculo que se estaba por montar en la plaza principal de la ciudad. Las personas están furiosas, coléricas y eufóricas al mismo tiempo; parecen excitadas por la situación. No los culpo, yo estaría igual si las circunstancias fuesen otras.
Las cadenas en mis muñecas y pies son muy pesadas y me lastiman, pero lo merecía; no era una buena persona, no después de todo lo que he hecho. Seis guardias me escoltan; dos están delante de mí y otros dos atrás; de los otros dos restantes, uno me sujeta del brazo derecho y otro del izquierdo para que camine. No hace falta, yo estoy más que dispuesta a cooperar. Después de todo, yo fui la persona que hizo todo esto.
Caminé por el estrecho espacio que las personas dejaban para que pudiera pasar. Me arrojan comida podrida, piedras y sabrán los Dioses qué más. No dije nada, no grité, no lloré, no hice nada; mi expresión se mantuvo inexpresiva en todo momento. Merezco esto.
«Por fin podré descansar», pensé.
Me subieron a la tarima donde todas las personas que son importantes para mí están paradas. Observo a cada uno, estudiando sus expresiones, y siento un profundo dolor por dejarlos; sin embargo, he dejado todo resuelto para que ninguno pase necesidades y puedan vivir en paz. Hasta mi reino queda en buenas manos, me aseguré de ello.
Llego al centro de la tarima y todos los ojos están puestos en mí; no me intimidan. El nuevo Emperador camina hacia el frente y me observa con tristeza unos segundos, para luego cambiar a su expresión serena de siempre y decir:
—Estimados ciudadanos de Calreth —la muchedumbre se calló al oírlo hablar—, estamos hoy reunidos aquí para presenciar la ejecución de la ex emperatriz Melissande Elara Calreth, por ser acusada y declararse culpable de asesinar a tres miembros de la familia real y conspirar para subir al trono.
La muchedumbre se volvió a hacer oír al gritar groserías en mi nombre, maldecirme, arrojarme piedras y comida podrida. El Emperador volvió a su posición y las personas miraban expectantes.
El verdugo se acerca con su imponente hacha y me hacen inclinarme sobre un mugroso tronco donde puedo ver restos de sangre seca; el olor me causa náuseas, pero me las aguanto.
«Espero encontrarte en la próxima vida, amor mío».
Fueron mis últimos pensamientos antes de que me decapiten.









