El universo claramente me odia
Si existe un universo que controla nuestras vidas, estoy convencida de que el mío se levanta cada mañana pensando:
“¿Cómo podemos arruinarle el día a esta chica hoy?”
Ese lunes empezó exactamente así.
Mi alarma no sonó.
O tal vez sí sonó y yo la apagué medio dormida, lo cual sería totalmente típico de mí.
Abrí los ojos y miré el reloj.
8:47.
Mi entrevista era a las 9:30.
Al otro lado de la ciudad.
—Perfecto… —murmuré, levantándome de la cama como si el colchón estuviera en llamas.
Salté al baño, me lavé la cara en modo supervivencia y traté de domar mi cabello, que había decidido parecer un experimento científico fallido.
Cuando por fin me miré al espejo, suspiré.
—Bueno… al menos sigo viva.
No era exactamente la imagen de una mujer elegante lista para una entrevista importante, pero tampoco parecía una completa catástrofe.
Más o menos.
Agarré mi bolso, mis documentos y salí corriendo del apartamento.
El café que cambió todo
Había algo que necesitaba antes de enfrentar una entrevista.
Café.
Mucho café.
Entré a la cafetería de la esquina y pedí el más grande que tenían. El tipo del mostrador me miró con algo parecido a lástima.
—Lunes difícil —dijo.
—Si sobrevivo te cuento —respondí.
Pagué, agarré el vaso y salí caminando rápido por la acera mientras revisaba el mapa en el celular.
Gran error.
Porque cuando levantas la vista demasiado tarde…
chocas con alguien.
Y no fue un simple golpecito.
Fue una colisión épica.
Mi café salió volando como en cámara lenta.
Y aterrizó directo en la camisa blanca perfectamente planchada del hombre frente a mí.
Nos quedamos en silencio.
Mirando la mancha marrón que ahora decoraba su pecho.
Levanté la vista.
Y casi se me olvida respirar.
Era alto.
Muy alto.
Cabello oscuro, ligeramente despeinado como si no hubiera intentado peinarlo demasiado.
Mandíbula marcada.
Ojos intensos.
Y una expresión que mezclaba sorpresa con algo parecido a… irritación.
Básicamente, parecía el tipo de hombre que sale en anuncios de perfume caro.
Y yo acababa de bañarlo en café.
—Wow —dijo finalmente.
Su voz era profunda, calmada… peligrosamente atractiva.
—Eso fue… agresivo.
Parpadeé.
—Fue un accidente.
—Claro —respondió mirando su camisa—. Siempre sospeché que algún día alguien intentaría asesinarme con café.
No pude evitar fruncir el ceño.
—Si quisiera atacarte lo haría con algo más fuerte.
Él levantó una ceja.
—¿Eso fue una amenaza?
—Eso fue sarcasmo.
Durante unos segundos nos quedamos mirándonos.
Y fue extraño.
Porque debería haber estado avergonzada.
Pero él tenía una forma de mirarme que parecía un desafío.
Como si estuviera esperando que dijera algo más.
Finalmente suspiré.
—Mira, lo siento. De verdad.
Él miró la mancha otra vez.
Luego me miró a mí.
Y sonrió un poco.
—Al menos fue café caro.
—¿Cómo sabes?
—Porque huele bien.
No pude evitar reír.
Muy bajito.
Pero lo hice.
Entonces revisé el reloj y casi grité.
—¡Estoy tardísima!
Empecé a caminar rápido otra vez.
—Oye —dijo él.
Me detuve.
—¿Sí?
—La próxima vez que ataques a alguien con café… apunta mejor.
Rodé los ojos.
—La próxima vez








