El safari de Hwang

Summary

Hyunjin, un CEO alfa frío y calculador acostumbrado a poseer todo lo que desea, visita un exclusivo club y queda hipnotizado por el angel caído, un enmascarado bailarín omega de fama legendaria. Su obsesión es instantánea y absoluta; está dispuesto a pagar cualquier precio para descubrir al hombre tras la máscara y hacerlo suyo. Lo que Hyunjin no sabe es que "El ángel caido" lleva años observándolo desde las sombras. Durante el día, el objeto de su deseo no es un fantasma, sino Felix, su propio y discreto empleado, quien oculta un pasado compartido y doloroso.

Genre
Thriller
Author
Zoe_25x
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Un


...

El club era el mismo ambiente de siempre: olor a dinero derrochado, alcohol premium y el espectáculo hipnótico de los strippers girando en los tubos, sus atuendos mínimos y provocadores destellando bajo las luces de neón.

El lugar rezumaba lujo, una burbuja exclusiva diseñada para alfas con cuentas bancarias infladas y un poder que podía palparse en el aire.

-Señor Hwang, bienvenido. Por aquí, señor -un mesero con una elegancia impersonal guió a Hyunjin hacia la zona VIP, separada del gentío por un velo de silencio y privacidad.

Era la primera vez que Hyunjin pisaba aquel antro. Las recomendaciones habían sido tan insistentes que al final cedió, decidido a darle una oportunidad.

Al fin y al cabo, era su pasatiempo habitual: beber en bares de alto standing, probar suerte en casinos, observar strippers y pasar la noche con cualquiera que capturara su interés momentáneo. Era un hombre soltero, sin ataduras y, sobre todo, sin preocupaciones que no pudiera solventar con un cheque.

Tomó asiento en un sofá de cuero negro y escudriñó el entorno. Reconoció varios rostros entre la penumbra alfas conocidos, magnates de industrias diversas, todos con poder. Aun así, no inclinó la cabeza ni esbozó una sonrisa de cortesía. Considerar eso habría sido un desperdicio de su tiempo y una energía que no estaba dispuesto a malgastar.

Un camarero depositó una copa de champán frente a él. En ese instante, las luces generales del club se atenuaron hasta casi desaparecer, sumiendo el espacio en una oscuridad expectante. Un haz de luz blanca y pura pintó el escenario central.

De las sombras surgieron los bailarines, sus rostros ocultos tras máscaras de plumas o cuero, sus cuerpos enfundados en lencerías que eran más un concepto que una prenda.

Hyunjin sintió cómo sus músculos se tensaban levemente bajo el traje caro, pero su rostro permaneció impasible, tallado en mármol. El show había comenzado.

Los omegas se movían con una precisión coreográfica que era casi científica, cada giro de cadera, cada extensión de brazo, calculado para provocar. El movimiento de sus manos era extrañamente delicado, hermoso en su intencionalidad.

-Pero qué lindos omegas... -musitó Hyunjin para sí mismo, llevando la copa a sus labios con gesto contemplativo.

Aquel bar tenía fama por la calidad de sus "diamantes": omegas de una belleza etérea y cuidadosa, que hipnotizaban a la audiencia. Sus cuerpos, esculpidos y mimados, eran el lienzo perfecto para las telas caras y provocadoras que vestían.

El ambiente, pese a la lujuria latente, era de una tranquilidad ordenada, un ritual de alto standing. A Hyunjin, contra todo pronóstico, el lugar empezaba a gustarle. Pero lo que realmente aguardaba con una curiosidad casi clínica era el plato fuerte de la noche :el donsel del que todos hablaban.

Lo llamaban, el ángel caído.

Los rumores lo pintaban como el bailarín más hermoso del circuito, con una cintura de avispa, caderas generosas y un trasero que era tema de conversación en susurros envidiosos.

Sus ojos, decían, brillaban con una luz propia. Todo en él sonaba a una perfección fabricada, y Hyunjin, escéptico por naturaleza, necesitaba comprobarlo con sus propios ojos.

De pronto, la música cambió. El ritmo electrónico dio paso a una melodía de cuerdas exóticas y acompasadas. Los demás bailarines se desvanecieron en la oscuridad, absorbidos por ella. El show especial de la noche estaba por comenzar.

Hyunjin se acomodó en el sofá, desplegando una postura que gritaba poder y control absoluto: espalda recta, piernas cruzadas con lentitud deliberada. Sus ojos, agudos y ávidos, no se despegaban del escenario vacío. La expectación era un nudo en el aire.

Esa noche, el espectáculo prometía ser único: una danza árabe, un ejercicio de seducción milenaria.

La música árabe, un tejido de cuerdas tensas y ritmos de tambor lejanos, llenó la sala. Entonces, una nota prolongada de flauta rasgó el aire. Y él apareció.

No surgió de las sombras. Se materializó en el centro del haz de luz, como si siempre hubiera estado allí, esperando a que el mundo se dignara a verlo.

El Ángel Caído.

Lo primero que Hyunjin registró no fue el cuerpo, sino la postura. Una curva elegante y desafiante de la espalda, el cuello extendido como el de un cisne, los brazos levantados en un marco perfecto.

La luz se aferraba a cada músculo definido de su torso desnudo, a la cintura diminuta ceñida por un cinturón de monedas doradas. Los pantalones de seda fluidos, atados en sus caderas, se movían como humo.

Pero era la máscara lo que sellaba el hechizo. De plata finamente labrada, cubría la mitad superior de su rostro. A través de las estrechas aberturas, dos ojos de un ámbar brillante e inescrutable capturaron la luz.

Por un instante, pareció que su mirada barría el público y se detenía en la zona VIP, en Hyunjin. Era una ilusión, probablemente, pero la intensidad fue como un impacto físico.

El Ángel comenzó a moverse. No era el baile provocativo de los otros. Esto era matemática hecha carne, seducción convertida en geometría sagrada. Cada isolación de sus caderas era un latido, cada giro de sus muñecas una historia. Las monedas de su cinturón cantaban un tintineo hipnótico.

Hyunjin olvidó que respiraba. La copa de champán, olvidada en su mano, estaba tibia. Una tensión nueva y absoluta se anudó en su bajo vientre. No era el deseo simple y aburrido de siempre.

Era algo más profundo, más urgente. Una necesidad visceral de poseer aquella perfección en movimiento, de descifrar el misterio tras la máscara de plata, de ser la única razón por la que esos ojos ámbar brillarían.

En el clímax, el bailarín ejecutó una pose final que dejó al público en un silencio boquiabierto: una inclinación que mostraba la línea sublime de su cuerpo, una ofrenda y una burla al mismo tiempo.

La luz se apagó, sumiéndolo en la nada. Un silencio electrizante llenó el club, antes de que estallara un aplauso contenido.

Hyunjin no aplaudió. Permaneció inmóvil. El lugar donde había estado el bailarín ahora estaba vacío, pero la imagen quemaba su retina y una palabra resonaba en su mente con la fuerza de un decreto: Mío.

Un sirviente se acercó con una bandeja, una tarjeta de visitante blanca sobre ella.

-Del dueño del establecimiento,señor Hwang. Para el Ángel Caído, las ofertas se presentan por escrito antes de medianoche.

Hyunjin tomó la tarjeta. No dudó. La sentencia que garabateó en ella no fue una oferta. Fue un pronóstico, seco y terminante, escrito con la certeza de quien acaba de encontrar el único objeto de deseo que ha sentido real en años:

"Tu próxima función es para mí. Solo para mí. Define el precio."

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El aire en la zona VIP se había vuelto frío y cortante. Hyunjin ya se ajustaba los puños de la camisa, listo para marcharse con el sabor amargo de lo inesperado en la boca, cuando el mismo sirviente reapareció. Su postura era rígida, una máscara de profesionalismo agrietándose por los bordes.

-Señor Hwang... siento informarle -la voz del sirviente era apenas un hilo de sonido, tenso como una cuerda de violín a punto de romperse.

-¿Qué pasa? -Hyunjin no le dirigió siquiera una mirada, sus ojos aún clavados en el escenario vacío donde unos minutos antes había estado su obsesión.

-El Ángel Caído... ha rechazado su oferta.

Un silencio de fracción de segundo, cargado de electricidad estática.

-¿El qué? -Hyunjin se volvió por fin, no con rapidez, sino con una lentitud peligrosa. Sus ojos, antes concentrados, ahora perforaban al sirviente. ¿Era posible? La palabra "no" no existía en su diccionario, y mucho menos dirigida a él.

-Sí, señor. Si él lo rechaza, no podemos hacer nada más. Son las reglas del establecimiento -el sirviente tragó saliva con dificultad.

-¿Cómo? -la voz de Hyunjin bajó un octavo, volviéndose más peligrosa-. Es solo un bailarín. Dile al dueño de este antro que lo quiero. Lo compro. -Sus nudillos, al apoyarse en el respaldo del sofá, se pusieron blancos.

-Señor Hwang, aquí las cosas... no funcionan así.

-¡Me vale un carajo cómo funcionen! -estalló Hyunjin, su volumen subiendo bruscamente, atrayendo miradas discretas de las mesas vecinas-. ¿Acaso no me escuchaste? ¡Lo quiero! ¡Pagaré lo que sea!

-Por favor, le pedimos que baje la voz -suplicó el sirviente, sudando.

-¡No me digas qué hacer!

El sirviente estaba al borde del desmayo cuando otra voz, serena y con una autoridad distinta, cortó la tensión.

-¿Qué pasa aquí?

Un hombre se acercó. Vestía un traje impecable que gritaba más. propietario que cliente . El sirviente, aliviado, hizo una reverencia casi imperceptible.

-Señor Lee.

-Minho, ¿qué haces aquí? -preguntó Hyunjin con un fastidio que no se molestó en disimular, reconociendo a su conocido.

-La pregunta es por qué armas este escándalo, amigo. -Lee Minho cruzó los brazos, una ceja ligeramente arqueada. No había verdadera amistad en su tono, solo una evaluación fría.

-¿Escándalo? -Hyunjin soltó un bufido de incredulidad.

-Puede irse -Minho le dijo al sirviente con un gesto de la cabeza-. Yo lo calmaré. -Le lanzó a Hyunjin una sonrisa que no llegaba a los ojos, cargada de una compasión que resultaba más irritante que el insulto.

-No, él no se irá -rugió Hyunjin, el rubor de la furia subiéndole por el cuello-. ¡Hasta que me den una respuesta!

-¿Por qué estás tan alterado, Hyunjin? -Minho preguntó, fingiendo inocencia

-. ¿Vas a ayudarme con esto o no?

-No -la respuesta fue plana y rápida.

-Entonces no me jodas -espetó Hyunjin, dejándose caer de nuevo en el sofá de cuero. Su ceño estaba profundamente fruncido, y la furia parecía una bola de serpientes retorciéndose en su pecho, creciendo a cada segundo.

-No me digas que es porque viste al Ángel Caído -Minho se rió suavemente, como ante una ocurrencia infantil-. Se burló de ti, ¿verdad, amigo?

-¿Y eso a ti qué? -Hyunjin le lanzó una mirada gélida.

-No insistas, Hyunjin. Ese ángel es intocable. No es una mercancía.

-Por ahora -contestó Hyunjin, tomando un trago largo y agresivo de su copa, ahora tibia y desagradable.

-No, amigo. En serio. No hay manera de comprarlo, ni de tener shows exclusivos. Es imposible.

-¿Por qué lo dices? -Hyunjin clavó sus ojos en Minho, buscando una grieta, una mentira.

-Porque esa es la regla fundamental. Puedes ver los shows, admirarlo desde lejos, pero acercarte... acercarte demasiado está prohibido. Es parte del encanto, y de su seguridad.

-¿Y por qué carajos protegen tanto a ese maldito bailarín? -la voz de Hyunjin volvió a elevarse, desafiando el ambiente contenido del lugar.

-Hyunjin, baja la voz o te sacarán a la fuerza -Minho advirtió, sin un ápice de broma.

-¿Sacarme? Por favor -Hyunjin ladeó la cabeza con una sonrisa burlona y arrogante, la de quien nunca ha sido expulsado de ningún lugar en su vida.

-No hables mal de su ángel. Al dueño... no le gusta -Minho corrigió, enfatizando el posesivo.

-Ya, mejor dime: ¿qué tiene? ¿Qué lo hace tan especial? -preguntó Hyunjin, cambiando de táctica, su curiosidad alimentando el fuego de su obsesión.

-¿Qué tiene? ¿Y por qué lo quieres tú? -Minho le cantó una ceja, un destello de perspicacia en sus ojos.

-Eso... no te incumbe -esquivó Hyunjin, molesto.

-Bueno, ese ángel es el pilar de este negocio. Es tan perfecto que atrae clientes de todo el mundo. ¿Tú crees que lo venderían al primero que ofrece un fajo de billetes? Sería como matar a la gallina de los huevos de oro.

Hyunjin se quedó en silencio por un momento. La lógica empresarial era impecable, pero en lugar de calmarle, la furia solo creció, alimentada por una frustración nueva. ¿Por qué tanto escándalo por un simple bailarín? ¿Por qué tanta protección alrededor de algo que, al final, era un objeto de entretenimiento? Le parecía una absurda tontería, un capricho ridículo.

-¿En serio no hay manera? -preguntó Hyunjin, suavizando su voz en un intento final de sonsacar información-. Ni con... incentivos considerables.

-No, amigo. Créeme, yo ya lo intenté hace mucho -confesó Minho con un deje de genuina resignación-. Ni siquiera aceptan millones. Su voluntad es inquebrantable.

-¿Ni siquiera eso? -la incredulidad de Hyunjin era genuina. En su mundo, todo tenía un precio. Todo.

-Increíble, ¿no? -Minho miró hacia el escenario vacío-. A veces me pregunto qué ocultará ese ángel tras la máscara. Qué secreto lo hace tan... intransigente.

-Demasiado perfecto para ser verdad -murmuró Hyunjin para sí, siguiendo la mirada de Minho hacia las tablas desiertas. Pero en sus ojos no había admiración, sino la chispa fría y calculadora de un nuevo objetivo. Si no podía comprarlo, tendría que encontrar otra manera. La palabra "no" solo había convertido al Ángel Caído en el desafío más importante de su vida.

--

El camerino era una burbuja de paz irreal después del frenesí del escenario. El olor a maquillaje, cera caliente y sudor seco colgaba en el aire. Felix estaba sentado frente al espejo iluminado por bombillas, envuelto en una bata de seda color vino que se abría levemente en su pecho.

Con movimientos metódicos y precisos, se deshacía del rímel y la base que eran su máscara diaria. Su mirada en el reflejo no era de cansancio, sino de una evaluación fría. Se observaba, analizando cada rasgo, preguntándose, como hacía cada noche, qué era exactamente lo que volvía su imagen tan irresistible para los hombres que creían que el mundo era suyo por compra.

-Idiotas -musitó para sí, con una sonrisa que no tenía nada de cálida. Era la sonrisa de un jugador que conoce todas las cartas del mazo.

La puerta se abrió sin ceremonia, y la voz animada de su amigo irrumpió en el silencio.

-¡Amigo! ¿En serio lo rechazaste? -Jeongin apareció a su lado, ya medio vestido para su propio número, los ojos brillando con curiosidad de chismoso.

-Sí, Innie. ¿Por qué habría de aceptar? -Felix no apartó la vista del espejo, su tono era plano, como si hablara del tiempo.

-¡Porque es guapo! -protestó Jeongin, como si fuera la razón más obvia del mundo.

-¿Solo porque sea guapo tengo que aceptarlo? -Felix, por fin, giró la cabeza para mirarlo, arqueando una ceja con escepticismo absoluto.

-Bueno... es guapo, tiene dinero y es Hwang Hyunjin -insistió Jeongin, marcando el nombre como si fuera un título nobiliario.

-Todos los clientes que vienen aquí son exactamente como él -refutó Felix, volviendo al espejo-. Arrogantes, ricos y acostumbrados a comprar personas. La única diferencia es que ellos no se llaman 'Hwang Hyunjin'.

-Además, es un idiota -añadió Felix, su voz bajando un tono, adquiriendo una dureza nueva-. Tú no lo conoces, pero yo sí. Es una bestia sin corazón. Ya he tenido que lidiar con él y su tipo en el pasado. No son más que depredadores con corbata.

-Lo sé, lo sé... -Jeongin suspiró, pero no pudo evitar un brillo juguetón-. Pero si yo tuviera la oportunidad, no la desaprovecharía. ¿Te imaginas cómo se sentiría su torso desnudo bajo tus manos?

-Por Dios, Innie, cálmate -Felix soltó un bufido entre risa y fastidio-. Solo es un magnate más. Nada especial. Y ahora apresúrate, es tu turno de salir al escenario. No hagas esperar a tus admiradores.

-Eres un gruñón, Lixie -Jeongin puso los ojos en blanco, pero obedeció, ajustándose la máscara plateada en el rostro con un gesto experto antes de salir disparado.

Cuando la puerta se cerró, el silencio volvió a caer, más pesado que antes. Felix observó su reflejo un momento más.

Ese hombre... era guapo, sí. Peligrosamente guapo. Pero Felix lo conocía. Conocía exactamente de qué estaban hechos los hombres como Hwang Hyunjin. No quería ninguna interacción con un maldito como él. No importaban los millones que ofreciera, ni su sonrisa perfecta, ni la intensidad de su mirada. No había manera en la tierra de que ese hombre llegara siquiera a rozar un cabello de su cabeza.

Al mismo tiempo, en las afueras del club, un motor rugía con furia contenida. Hyunjin salió del estacionamento como un proyectil, su auto negro derrapando levemente antes de lanzarse a la avenida vacía. Rebasó la velocidad permitida, la lógica, el sentido común. Su puño golpeó el volante.

-¿Cómo se atreven? -su voz era un gruñido para sí mismo, áspero por la rabia-. ¿Cómo se atreve ese maldito doncel a rechazarme? ¿Qué se cree que es? ¿Un dios?

La humillación le ardía en las venas como ácido. Por primera vez en años, quizás en toda su vida adulta, alguien le había dicho "no" de una forma que no podía ignorar, sobornar o intimidar. Había perdido el control de la situación, y la sensación era insoportable.

-Pero esto no se quedará así -prometió al aire envenenado de la cabina, sus ojos fijos en la carretera oscura que devoraba-. Claro que no. Voy a investigarte. Te haré lo que sea necesario, pero serás mío. Lo juro. Tú, Ángel Caído, terminarás en mi cama, pidiéndomelo.

Aceleró hasta que el paisaje urbano se convirtió en un borrón. Su destino no era un simple apartamento; era su mansión, una fortaleza de cristal y acero lejos del ruido, lejos de las miradas, lejos de las personas que pudieran presenciar su derrota momentánea. Necesitaba ese silencio gélido para pensar, para planear. Para convertir la rabia en una estrategia infalible.

Se sentía humillado. Y Hwang Hyunjin no perdonaba las humillaciones. Las coleccionaba, las convertía en trofeos, o las borraba del mapa.

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El aire en la oficina de Hyunjin era tan denso que se podía cortar. El CEO se encontraba tras su monumental escritorio de ébano, con unas ojeras que delataban noches de insomnio e irritación. Su mal humor era una nube negra que saturaba la habitación; una sola mirada suya podía fulminar a cualquiera.

Las últimas semanas habían sido una tortura. Revisaba documentos con furia contenida, cada firma un gesto agresivo. Le faltaba un informe crucial, y el responsable de ese retraso era Minho, su mano derecha y, en ese momento, su objetivo de ira número uno.

La agitación no era solo por un papel. Hyunjin era el CEO de "Lux Aeterna", el imperio de maquillaje de lujo que había construido desde cero.

Un imperio que ahora se postulaba no solo como líder en Corea, sino como una de las marcas más codiciadas del mundo. Cada logro era una batalla ganada, y la disciplina era su ley. La negligencia de Minho era una mancha en su perfección.

Se levantó de un salto y salió de su oficina, sus pasos resonando como martillazos en el silencioso pasillo de la planta ejecutiva. Su aura de furia era tan palpable que los empleados que se cruzaban con él bajaban instantáneamente la mirada, encogiéndose, rezando por no ser el siguiente blanco de su ira.

-Me lleva al chingada... Odio la vida -gruñó para sí mismo, la frase cargada de un fastidio visceral.

Llegó a la oficina de Minho. Afuera, junto al escritorio auxiliar, estaba el secretario. Hyunjin ni siquiera se molestó en mirarlo; su visión estaba enfocada en la puerta cerrada como si fuera el portón de una fortaleza enemiga. Se acercó y golpeó la madera con los nudillos, no para llamar, sino para exigir entrada.

-¡Minho, ahora! -su voz no era un grito, era un rugido contenido, cargado de una rabia que amenazaba con desbordarse.

-Señor Hwang, por favor... -una voz suave, cuidadosamente neutral, surgió a sus espaldas. Era el secretario, intentando ejercer una cordura que aquí no existía.

-¡Minho! -rugió Hyunjin de nuevo, ignorando por completo al empleado.

-Señor Hwang, el señor Lee está ocupado en este momento -insistió la voz, firme a pesar de su suavidad.

Fue entonces cuando Hyunjin se dio la vuelta. Lo hizo con la furia aún encendida en sus ojos, listo para fulminar a quien se interpusiera. Pero su mirada, cargada de veneno, se encontró con algo que lo detuvo en seco. El reproche murió en sus labios.

El joven ante él era... extrañamente familiar. Una sensación incómoda y punzante, como el eco de un sueño olvidado, le recorrió la espina dorsal

Su mente, tan nítida para los negocios, hizo una conexión forzada, lógica el cabello de un rubio cenizo claro, similar al del Ángel Caído bajo los focos. No, era imposible. Pero la semejanza, o quizás solo el deseo obsesivo de su mente, lo paralizó por un segundo. Este secretario, lo miraba con una mezcla de temor respetuoso y una paciencia exasperada.

-¿El señor Lee tiene visita? -preguntó Hyunjin, su tono cambiando bruscamente, la furia dando paso a una curiosidad gélida.

-Sí, señor. El encargado del departamento de marketing, el señor Kim, está con él -explicó bajando la mirada bajo la intensidad escrutadora de Hyunjin. Se sentía diminuto, analizado como un espécimen bajo un microscopio.

-¿Kim? ¿Kim Seungmin? -preguntó Hyunjin, pero su atención ya no estaba en la visita. Estaba clavada en el secretario.

-Sí, señor. Él -confirmó incómodo.

-¿Y tú cómo te llamas? -la pregunta salió de la boca de Hyunjin antes de que pudiera pensarlo. Su voz se había suavizado de una manera extraña, casi involuntaria.

-¿Yo, señor? Soy Lee Felix...

-¿Señor Lee? ¿Eres nuevo? -inquirió Hyunjin, su mirada recorriendo el rostro imperturbable del joven, buscando algo, anything, que confirmara o descartara la alucinación.

-No, señor. He trabajado en la empresa durante cuatro años... -respondió Felix, su tono era plano, profesional, pero sus ojos brillaban con un destello de incredulidad apenas contenido.

-¿Y cómo es que nunca te había visto? -Hyunjin no podía creerlo. Cuatro años. ¿Cómo era posible que una presencia así, que ahora le resultaba tan... llamativa, hubiera pasado completamente desapercibida?

-Bueno... usted siempre me ignora cuando viene por aquí, señor -soltó Felix con una franqueza que rayaba en la insolencia, pero su rostro permaneció perfectamente inexpresivo.

-¿En serio? -musitó Hyunjin, más para sí mismo que para Felix. Este solo asintió levemente.

La breve tregua se rompió. La mención a la visita de Seungmin devolvió a Hyunjin al motivo original de su furia. Su voz recuperó el filo de acero.

-Señor Lee, ¿por qué deja que Minho y el señor Kim se encierren a hacer cosas incoherentes en horario de trabajo? -El ataque era directo, acusatorio, diseñado para desequilibrar.

-¿Disculpe? -Felix parpadeó, genuinamente desconcertado por el giro y la insinuación.

-No se haga. Usted bien sabe lo que esos dos hacen ahí dentro -insistió Hyunjin, con una mirada que sugería que conocía todos los secretos, reales o imaginados.

-P-pero... -tartamudeó Felix, pero no tuvo oportunidad.

-¡Minho, abre! -Hyunjin giró sobre sus talones y golpeó la puerta de nuevo, cortando cualquier explicación.

Al hacerlo, no vio cómo los labios de Felix se movían en un susurro imperceptible, cargado de un desprecio profundo y familiar

- Maldito viejo amargado...

La puerta se abrió de golpe, y de ella salió, casi a tropezones, Kim Seungmin. Su aspecto era el de un hombre sorprendido in fraganti: la camisa arrugada, la corbata desanudada y colgando, el cabello revuelto como si hubiera pasado por un huracán. Sin mediar palabra, ni una reverencia apropiada, el joven de marketing esquivó a Hyunjin con los ojos muy abiertos y salió corriendo por el pasillo.

Hyunjin entró en la oficina de Minho, cerró la puerta con un golpe seco y se apoyó contra ella por un segundo. La furia por el informe faltante seguía ahí, pero ahora tenía un competidor en su mente: la imagen del secretario, Lee Felix.

Esa sensación extraña, esa familiaridad perturbadora que no podía ubicar. ¿Cómo era posible que en cuatro años no lo hubiera visto? Y, lo más inquietante, ¿por qué ahora, después de haber visto al Ángel Caído, ese rostro ordinario de secretario le resultaba tan... significativo?

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Espero les este gustando, la historia tiene giros muy inesperados, haci qué no te la pierdas.

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