Prólogo

Prólogo
Ghislaine se encontraba emocionada.
No entendía por qué el hijo mayor de la familia Boreas carecía de talento para la espada, pero poseía una habilidad excepcional para el combate cuerpo a cuerpo. Y ahora, lo estaba experimentando en carne propia.
Se lanzó al ataque con su espada de acero. Donde Magnus Boreas Greyrat no titubeó cuando la mujer bestia robusta se precipitó a una velocidad vertiginosa invadiendo su zona segura. Haciendo un movimiento giratorio con su pierna izquierda y pateó el mango con suficiente fuerza que desarmo a Ghislaine dejándola privada de su espada.
Pero Ghislaine tenía una gran experiencia y tampoco podía confiar en siempre pelear con su espada que terminó cambiando su estilo de pelea. Donde ambos comenzaron a pelear en una distancia cercana.
El cuerpo a cuerpo.
Un fuerte puñetazo que doblaba el aire paso rosando cerca del pecho de Magnus. Gracias a su velocidad de reacción, inclino su cuerpo para escapar de aquel ataque.
El puñetazo siguió su curso impactando al suelo de tierra robusta. Dejando una gran grieta.
“Eres sorprendente.”
Elogió Magnus a Ghislaine.
“Tú tampoco está nada mal.”
Respondió Ghislaine, mientras lo felicitaba.
No iban a seguir conversando con palabras.
Magnus lanzó una patada rápida que iba dirigido a la cabeza de Ghislaine. Las orejas de Ghislaine se movieron como también su cuerpo.
La patada de Magnus impactó al suelo endurecido. Dejando también una grieta.
Luego ambos se miraron por unos segundos, una tensión silenciosa que invadió incluso para los presentes, conteniendo su respiración por el combate que ambos estaban mostrando.
Sin perder más el tiempo.
Dejaron de esquivar los ataques de cada uno. Ghislaine fue golpeada por un duro puñetazo en su estómago, igualmente Magnus fue castigado por un duro puñetazo en su mandíbula.
Ambos escupieron, especialmente Magnus que escupe sangre.
Limpiando el resto de sangre en su labio. Continúo con otros movimientos de ataque.
Los ojos de Ghislaine se movían de un lado a otro, observando perfectamente los movimientos que venían para ella. Una patada en su espinilla que logro esquivar, y luego recibir un puñetazo en su plexo solar, pero protegiéndose de ese golpe con el antebrazo de su brazo derecho.
Ghislaine era increíblemente superior a Magnus. Aunque él tuviera un entrenamiento físico increíble, no podría hacer nada contra alguien que lleva años de experiencia en el combate a muerte.
Magnus suspiro. “Bien. Termino la pelea.”
Ghislaine asintió con una ligera risa.
“Has demostrado ser alguien talentoso en el combate cuerpo a cuerpo. Siéntete orgulloso de eso chico.”
La tensión comenzó a disiparse lentamente.
Magnus bajó la guardia y dio un paso atrás, respirando con dificultad. El dolor en la mandíbula pulsaba con fuerza, pero su expresión permanecía serena, casi indiferente. Ghislaine observó con atención ese detalle: no había frustración, ni rabia, ni orgullo herido. Solo aceptación.
Fue entonces cuando una voz rompió el silencio.
“¡Oye! ¡Eso fue increíble!”
Eris Boreas Greyrat apareció desde un costado del patio, con los puños apretados y los ojos brillando de emoción. No había miedo en su mirada, solo una exaltación casi salvaje. Había visto combates antes, muchos. Pero ninguno como ese.
Se acercó a Magnus sin dudarlo.
“¡Le diste un golpe a Ghislaine!” exclamó, señalándolo acusadora. “¡De verdad la golpeaste!”
Magnus la miró y esbozó una leve sonrisa cansada.
“Y ella a mí.” respondió con tranquilidad. “Varias veces.”
Eso solo hizo que Eris frunciera el ceño, como si la respuesta no fuera la que esperaba.
“¡Eso no importa!” replicó, chasqueando la lengua. “¡Ghislaine es fuerte! ¡Muy fuerte! ¡Todos dicen que es un monstruo!”
Ghislaine soltó una carcajada grave ante el comentario, sin molestarse lo más mínimo.
“No estás equivocada, pequeña,” dijo, cruzándose de brazos. “Pero tu hermano mayor tampoco es normal.”
Eris giró la cabeza hacia Ghislaine, sorprendida.
“¿Eh? ¿De verdad?”
“Sí.” La mujer bestia asintió. “No pelea como un espadachín. Su cuerpo es su arma. Eso no se consigue solo entrenando un poco.”
Eris volvió a mirar a Magnus. Esta vez con una atención distinta.
“Entonces…” apretó los dientes, como si le costara admitirlo. “¿Eres fuerte?”
Magnus no respondió de inmediato. Se llevó una mano al labio, limpiando la sangre seca, y luego negó despacio.
“No tanto como crees,” dijo. “Solo entrené de una forma distinta.”
Eris se quedó callada unos segundos. Luego sonrió ampliamente.
“¡Entonces yo también quiero entrenar así!” declaró sin pensar. “¡Quiero ser más fuerte! ¡Más fuerte que todos!”
Magnus soltó una pequeña risa.
“Eso díselo a Ghislaine.”
La mujer bestia observó a la niña, luego a Magnus, y finalmente habló con un tono más serio.
“El camino que sigue tu hermano no es fácil, Eris. Duele. Cansa. Y puede matarte si cometes un error.”
Eris infló el pecho.
“¡No me importa!”
Magnus apoyó una mano en la cabeza de su hermana y le revolvió el cabello con suavidad.
“Primero aprende a caminar sin tropezarte,” dijo. “Luego piensa en correr.”
Eris apartó su mano de un manotazo.
“¡No me trates como una niña!”
Pero no había verdadero enojo en su voz.
Ghislaine observó la escena en silencio. Entonces, su mirada se desvió hacia el horizonte, hacia las montañas que se alzaban al norte del territorio Boreas.
“Así que ese es tu camino…” pensó. “Montañas, agua, dolor y resistencia.”
Y por primera vez desde que aceptó quedarse con los Boreas, sintió una genuina curiosidad por ver hasta dónde podía llegar ese chico.
Había llegado un nuevo mañana.
El sol comenzaba a asomarse por el este, tiñendo el cielo de tonos suaves mientras los pueblerinos salían de sus hogares para dirigirse a sus trabajos. El territorio Boreas despertaba poco a poco, con el sonido de pasos, puertas de madera y voces apagadas.
Dentro del hogar Boreas, sin embargo, el hijo mayor ya no se encontraba allí.
Magnus Boreas Greyrat había partido mucho antes de que el sol hiciera su aparición.
Avanzaba a paso constante por el denso bosque, vestido únicamente con un pantalón ligero, una camisa sencilla y zapatos de cuero gastados. El aire frío de la mañana rozaba su piel, pero no parecía afectarle. Su respiración era estable, medida, como si cada paso formara parte de una rutina bien establecida.
Tras varios minutos de caminata, el terreno comenzó a elevarse.
Los árboles se volvieron más escasos, dando paso a un paisaje rocoso. Frente a él se alzaba una montaña de paredes irregulares, cubierta de grietas, salientes y piedras erosionadas por el tiempo.
Había llegado.
Magnus se detuvo al pie de la montaña. Se quitó los zapatos y los dejó a un lado, luego se desprendió de la camisa, dejando al descubierto un cuerpo marcado por el esfuerzo constante: músculos firmes, cicatrices pequeñas y callos evidentes en las manos.
Antes de comenzar, realizó algunos estiramientos lentos. Movió los hombros, flexionó los brazos, giró el cuello. No había prisa. Cada movimiento tenía un propósito claro: preparar el cuerpo para lo que venía.
Finalmente, colocó las manos sobre la roca fría.
Sus dedos buscaron hendiduras firmes, probando la resistencia antes de cargar su peso. Los pies siguieron el mismo principio, apoyándose solo en superficies estables. Magnus avanzaba con cuidado, observando cada tramo con atención, evitando aquellas rocas que, a simple vista, parecían demasiado frágiles para sostenerlo.
La escalada comenzó.
El contacto directo con la piedra endurecía la piel de sus manos, mientras los músculos de sus brazos y espalda se tensaban con cada ascenso. No había cuerdas. No había ayuda. Un error significaba una caída.
Y, aun así, continuó.
Subía, se detenía, evaluaba el terreno y volvía a avanzar. El sudor comenzó a deslizarse por su espalda, mezclándose con el polvo de la roca. Sus antebrazos ardían, pero no se permitía descansar demasiado. Permanecía colgado durante largos segundos, obligando a sus músculos a soportar su propio peso hasta que el temblor se hacía evidente.
Entonces seguía.
Una y otra vez.
La montaña no era un obstáculo que conquistar, sino una prueba constante. Una que Magnus aceptaba cada mañana sin decir una sola palabra.
La roca se volvía más áspera a medida que ascendía.
Los músculos de los brazos comenzaban a arder de forma constante, una quemazón profunda que se extendía hasta los hombros. Magnus respiraba por la nariz, lenta y profundamente, obligando a su cuerpo a mantener la calma aun cuando el temblor ya no podía ocultarse.
Se detuvo.
Suspendido a varios metros del suelo, apoyado apenas en una saliente estrecha, dejó que el peso de su cuerpo castigara sus brazos durante largos segundos. Los dedos se clavaron en la piedra. El antebrazo se tensó hasta doler.
Cuando sintió que el límite estaba cerca, avanzó.
Un movimiento más. Luego otro.
El sol ya se encontraba más alto cuando alcanzó un punto donde la montaña no ofrecía más caminos seguros. Allí, Magnus se mantuvo inmóvil, respirando con dificultad. Su pecho subía y bajaba con fuerza, el sudor cayendo desde su mentón hasta perderse en el vacío.
No había victoria en llegar arriba.
Solo resistencia.
Permaneció colgado hasta que los músculos comenzaron a fallar. Cuando el temblor se volvió incontrolable, se dejó caer hacia una repisa inferior, amortiguando el impacto con las piernas.
La bajada comenzó entonces.
Descender era tan peligroso como subir. Cada apoyo debía ser exacto. Los brazos ya fatigados protestaban con cada movimiento, y las manos, entumecidas, apenas respondían como debían.
Una piedra cedió bajo su peso.
Magnus reaccionó de inmediato, soltando esa mano y girando el cuerpo para encontrar otro punto de apoyo. El corazón se aceleró durante un breve instante, pero su expresión no cambió. Continuó bajando, ignorando el dolor que recorría su espalda y sus brazos.
Cuando finalmente tocó el suelo, sus piernas cedieron por un momento.
Cayó de rodillas, respirando con dificultad, el pecho ardiendo como si hubiese corrido durante horas. Permaneció así varios segundos, hasta que el pulso comenzó a estabilizarse.
Luego se puso de pie.
Sin descansar demasiado, tomó sus zapatos y su camisa, y retomó el camino.
El lago no se encontraba lejos.
El bosque se volvió más húmedo a medida que avanzaba. El sonido del agua comenzó a hacerse presente, suave y constante. Pronto, la vegetación se abrió, revelando un lago amplio y profundo, de superficie tranquila y reflejo oscuro.
Magnus dejó sus pertenencias en la orilla.
El sudor, y, el polvo cubría su cuerpo. Se acercó al agua y se sumergió sin dudarlo. El frío lo envolvió al instante, robándole el aliento durante un breve segundo.
No gritó. No retrocedió.
Se hundió por completo.
Bajo el agua, abrió los ojos. El mundo se volvió silencioso. Sus pulmones ardían, reclamando aire, pero Magnus no subió. Movió el cuerpo con brazadas lentas, controladas, avanzando bajo la superficie mientras contaba mentalmente cada segundo.
Uno.
Dos.
Tres.
El pecho comenzó a doler. Los músculos del abdomen se contrajeron de forma involuntaria. Aun así, continuó.
Cuando la necesidad de aire se volvió insoportable, ascendió y tomó una bocanada profunda. Luego volvió a sumergirse.
Una y otra vez.
No nadaba para relajarse. Nadaba para forzar a sus pulmones a soportar la falta de aire, para entrenar la calma bajo presión, para aprender a moverse cuando el cuerpo pedía desesperadamente detenerse.
Cuando finalmente salió del agua, su cuerpo temblaba.
Se quedó de pie en la orilla, respirando con dificultad, el agua escurriendo por su piel marcada por el esfuerzo. Miró la superficie del lago durante unos segundos, sin expresión alguna.
Aún quedaba entrenamiento por delante.
Con el cuerpo exclamando por el dolor y el cansancio, Magnus no se detuvo.
Cada paso era pesado. Los músculos protestaban, los ligamentos ardían y sus pulmones aún reclamaban aire. Aun así, avanzó entre los árboles hasta llegar a un claro donde tres enormes rocas se alzaban juntas, y firmes como la propia montaña.
Se detuvo frente a ellas.
No había rabia en su rostro. Tampoco emoción. Solo concentración.
Separó ligeramente las piernas, afirmando los pies contra la tierra húmeda. Enderezó la espalda y tensó todo su cuerpo. Los músculos se marcaron bajo la piel castigada; el abdomen se contrajo con fuerza, cada fibra respondiendo al límite al que había sido llevada esa mañana.
Llevó el brazo derecho hacia atrás.
Los dedos se cerraron lentamente, formando un puño. Los nudillos se volvieron pálidos por la presión. El dolor en la mano era intenso, pero no dudó.
¡BANG!
El estruendo sacudió el claro.
La roca central estalló casi por completo, fragmentos de piedra saliendo despedidos en todas direcciones. El impacto levantó polvo y pequeñas piedras que cayeron como lluvia alrededor.
Magnus bajó el brazo.
Miró su puño.
La piel estaba abierta, la sangre brotaba con lentitud, resbalando entre los dedos. Entre la carne desgarrada se alcanzaban a ver los huesos blanquecinos de los nudillos. El poder destructivo era evidente. Brutal. Temible.
Pero Magnus no sonrió.
Apretó el puño herido y lo soltó con lentitud.
“No sirve…” murmuró, con la voz baja y cansada.
Destruir una roca no significaba nada.
En su mente apareció la imagen del combate reciente. La velocidad de Ghislaine. Su lectura perfecta de los movimientos. La forma en que había esquivado incluso cuando Magnus había logrado acercarse.
Incluso si hubiera liberado todo ese poder contra ella…
No habría logrado tocarla.
No importaba cuán fuerte golpeara si no podía acertar. No importaba cuánta destrucción pudiera causar si el enemigo nunca estaba allí cuando el puño descendía.
Magnus cerró los ojos por un instante.
Luego, con el brazo sangrando y el cuerpo al borde del colapso, se dio media vuelta y comenzó a caminar de regreso al lago.
El entrenamiento aún no había terminado.
Dentro del hogar Boreas, el ambiente era inusualmente tenso.
Eris Boreas Greyrat se encontraba de pie en medio del pasillo, con los brazos cruzados y el ceño fruncido de forma evidente. Sus pasos resonaban con impaciencia sobre el suelo mientras caminaba de un lado a otro.
Magnus no se encontraba por ningún lado.
Eso, por sí solo, ya era suficiente para irritarla.
Las mucamas, que habían comenzado sus labores antes del amanecer, habían sido las primeras en notarlo. Al pasar frente a la habitación del hijo mayor, encontraron la puerta abierta. La cama intacta. Ningún rastro de él.
Y eso había sido… hace más de dos horas.
“¡Siempre hace lo mismo!” bufó Eris, apretando los puños. “¡Se va sin decir nada!”
Una de las mucamas, visiblemente nerviosa, inclinó la cabeza con respeto.
“El joven amo Magnus suele salir temprano, señorita Eris…” dijo con cautela. “Pero nunca tarda tanto.”
Eris chasqueó la lengua.
“¡Eso es lo que me molesta!” replicó. “¡Ayer estaba aquí y hoy desaparece!”
No sabía exactamente por qué estaba tan alterada. No era la primera vez que Magnus salía solo. Tampoco era la primera vez que entrenaba fuera de la mansión.
Pero esta vez era distinto.
Lo había visto pelear con Ghislaine.
Había visto la sangre. La forma en que había recibido los golpes sin quejarse. La expresión tranquila que había mantenido incluso cuando estaba herido.
Eso la inquietaba más de lo que quería admitir.
Eris se giró bruscamente.
“¿Ghislaine?” preguntó, alzando la voz. “¿Sabes dónde fue?”
La mujer bestia, apoyada contra una columna cercana, abrió los ojos lentamente. Había estado observando a Eris en silencio desde hacía rato.
“Sí.” respondió con calma. “Tengo una idea.”
Eris levantó la mirada de inmediato.
“¿Entonces?”
Ghislaine se incorporó, cruzándose de brazos.
“No es un lugar para niños.”
Eso solo logró que Eris apretara los dientes con más fuerza.
“¡No me importa!” exclamó. “¡Es mi hermano!”
Ghislaine la observó durante unos segundos, evaluándola. Luego suspiró.
“Si vas.” dijo finalmente. “Será bajo tu responsabilidad.”
Los ojos de Eris brillaron.
“¡Bien!”
Sin esperar más, salió corriendo por el pasillo, decidida.
Ghislaine la siguió con la mirada.
“Ese chico…” pensó. “Ni siquiera se da cuenta de cuánto afecta a los demás.”
Ghislaine guió el camino sin apresurarse.
Avanzaban entre los árboles, internándose cada vez más en el bosque. Eris caminaba detrás, observando los alrededores con atención. Al principio su expresión era de simple curiosidad, pero poco a poco fue cambiando.
Los árboles cercanos estaban dañados.
Algunos tenían marcas profundas, otros estaban partidos a media altura. Varias rocas yacían esparcidas por el suelo, fragmentadas como si hubieran sido golpeadas con una fuerza desmedida. Y entre la tierra removida, Eris distinguió manchas oscuras.
Sangre seca.
Su ceño se frunció de inmediato.
“No veo a mi hermano en este lugar…” dijo, mirando alrededor. “Pero es evidente que él estuvo aquí.”
Ghislaine se detuvo. Observó el terreno con ojo experto, leyendo las huellas invisibles para cualquiera que no estuviera acostumbrado a sobrevivir.
“Sí,” respondió. “Esto es suyo.”
Eris tragó saliva.
“Entonces… ¿dónde está?”
Ghislaine arqueó una ceja y señaló hacia una zona donde el bosque se volvía más denso y el terreno más irregular.
“Tuvo que adentrarse más allá.” dijo. “Salió de la zona segura.”
Eris siguió la dirección de su mirada. El ambiente cambiaba de forma evidente: menos luz, árboles más antiguos, silencio pesado. Incluso el aire parecía distinto.
“¿Más allá…?” repitió en voz baja.
“Ahí ya no patrullan guardias.” continuó Ghislaine. “Y las bestias no huyen del ruido.”
Eris apretó los puños.
“¿Hay monstruos?”
“Sí.”
La respuesta fue directa. Sin suavizarla.
Ghislaine bajó la mirada hacia la niña.
“Si seguimos avanzando, podríamos encontrarnos con alguno. Y no será uno débil.”
El silencio se extendió entre ambas.
Eris dudó por primera vez.
Sus piernas se tensaron, y durante un breve instante, la imagen de Magnus cubierto de sangre volvió a su mente. Recordó el golpe que había recibido en la mandíbula. La forma en que había seguido peleando sin decir nada.
Apretó los dientes.
“…Voy a seguir.” dijo al final.
Ghislaine la observó con atención.
“No te obligaré.” advirtió. “Pero si vienes, harás exactamente lo que yo diga.”
Eris alzó la mirada, desafiante.
“No soy una carga.”
Ghislaine sonrió apenas.
“Eso lo veremos.”
Sin decir nada más, retomó la marcha. Eris la siguió, esta vez en silencio, con la mano cerrada con fuerza en un puño.
Más adelante, el bosque aguardaba.
Y en algún punto, también lo hacía Magnus.
Al fin lo encontraron.
Magnus se encontraba de pie a la orilla del lago, el cuerpo aún húmedo, respirando con lentitud mientras observaba el agua en silencio. La sangre seca manchaba parte de su torso y su mano derecha estaba vendada de forma improvisada con un trozo de tela empapada.
Eris lo vio.
Y todo el enojo que había contenido durante el camino estalló de golpe.
“¡Magnus!”
Corrió hacia él sin pensarlo.
Antes de que pudiera reaccionar, Eris saltó con brusquedad y se aferró a él, usando las piernas como si fueran garras. Su rostro se acercó de golpe al suyo y, sin advertencia, le mordió el labio inferior con fuerza.
“¡¿Qué rayos andas haciendo en este lugar?!” exclamó con furia.
El sabor metálico de la sangre se extendió de inmediato.
Magnus soltó un gruñido ahogado y reaccionó instintivamente. Alzó la mano sana y sujetó la cabeza de Eris con firmeza, deteniéndola antes de que tirara con más fuerza y empeorara la herida.
“¡Eris, basta!” ordenó con voz grave.
La niña forcejeó durante unos segundos, los dientes aún apretados, hasta que finalmente se apartó con un movimiento brusco. La sangre resbalaba por el labio de Magnus, goteando hasta el mentón.
Eris respiraba agitadamente. Su rostro estaba enrojecido, no solo por la rabia, sino por algo más difícil de definir.
“¡Te fuiste sin decir nada!” gritó. “¡Hay sangre por todos lados! ¡Rocas rotas! ¡Árboles destruidos! ¿¡Estás loco!?”
Magnus la miró en silencio.
No había enfado en su expresión. Tampoco sorpresa. Solo cansancio. Un cansancio profundo que iba más allá del cuerpo.
“Estoy entrenando.” respondió con calma.
Eso solo hizo que Eris apretara los puños.
“¡Eso no es entrenar!” replicó. “¡Eso es intentar matarte!”
Magnus llevó la mano vendada hacia abajo, observando la sangre que aún escapaba del labio herido.
“Si no lo hago así.” Dijo. “No sirve.”
Eris abrió la boca para responder, pero se detuvo al notar algo. Su mirada descendió lentamente: las heridas, la venda empapada, los temblores leves en los músculos de su hermano.
Por primera vez desde que lo vio, su voz vaciló.
“… ¿Te duele?”
Magnus no respondió de inmediato.
“Sí.” admitió al final. “Mucho.”
El silencio cayó entre ambos.
Desde unos pasos atrás, Ghislaine observaba la escena sin intervenir. Sus orejas se movieron ligeramente al percibir el cambio en el ambiente.
Eris bajó la cabeza, los dientes aún apretados.
“Eres un idiota…” murmuró. “Un idiota enorme.”
Pero no volvió a golpearlo.