Nahia
El móvil vibró sobre la mesa del comedor. El nombre de Nico iluminó la pantalla como una advertencia que no quería enfrentar. Abrí el mensaje con un nudo frío en el estómago.
“Esta semana vendrá el camión de la mudanza para llevarse mis cosas.”
Sentí un vacío repentino, como si el aire se hubiese retirado de golpe. No necesitaba más palabras: era el final. Nuestro final.
Durante unos segundos me quedé inmóvil, suspendida en esa calma que precede a los derrumbes. Después, casi sin pensarlo, me levanté y abrí el cajón de la entrada. Busqué el pasaporte con manos temblorosas, como si sostenerlo fuese lo único capaz de mantenerme a flote. Lo apreté contra el pecho y, guiada por un impulso puro, encendí el portátil. Lo siguiente fue reservar un vuelo a una pequeña isla que prometía silencio. No sabía qué iba a encontrar allí, solo que necesitaba irme lejos. De él. De su ausencia.
La redacción estaba sumida en el caos de la campaña de otoño, pero ya no tenía fuerzas para sostener nada más. Marta me debía días de vacaciones, y por primera vez decidí reclamarlos sin dudar. Abrí un correo nuevo y escribí lo justo:
“Hola, Marta: Necesito tomarme mis vacaciones pendientes. A partir del lunes estaré fuera por tres semanas. Gracias por entenderlo. Nahia.”
Quedaban dos días para el viaje y la lista de tareas era un recordatorio constante de que mi cabeza estaba en todas partes menos donde debía. Miré el reloj de la cocina; la mañana acababa de empezar y yo ya sentía el caos subirme por la espalda.
Pluto, mi compañero de cuatro patas, me observaba desde su cama con esa serenidad tan suya. Tenía revisión con el veterinario para confirmar que todo estaba en orden antes de dejarlo con mi hermana Cris. Me preocupaba más por cómo llevaría él mi ausencia que por el viaje en sí. Pluto es sensible con la comida y últimamente ha necesitado medicación para evitar nuevas indigestiones. Aun así, sabía que Cris lo cuidaría bien.
En el escritorio, los últimos artículos esperaban mis revisiones y las entregas debían quedar coordinadas antes de irme. Trabajé como pude, empujando la carga de una rutina que ya no me pertenecía. El pensamiento inevitable —la mudanza de Nico— atravesaba cada pausa como un escalofrío. Empaquetar su vida, y con ella una parte de la mía, era una despedida que aún no sabía cómo encajar.
Me obligué a respirar hondo. Había decidido marcharme, y ahora solo quedaba seguir adelante.
El aeropuerto de la isla era pequeño y algo antiguo, pero tenía un encanto inesperado. Las baldosas gastadas y los murales coloridos daban la sensación de que allí el tiempo transcurría de otra manera.
A la salida, una fila de taxis esperaba bajo el sol. Un hombre mayor que yo se acercó enseguida al verme lidiar con la maleta.
—Déjeme ayudarla, señorita —dijo con amabilidad, cargando el equipaje antes de que pudiera responder.
—Gracias —murmuré, dejándome guiar hacia el coche.
Durante el trayecto me quedé en silencio, observando el paisaje tropical que avanzaba tras la ventanilla mientras el taxista tarareaba la música de la radio. El camino serpenteaba entre vegetación frondosa y destellos del mar.
El albergue apareció al final de una calle tranquila, de madera pintada en tonos suaves de verde y blanco. El jardín alrededor estaba lleno de hibiscos rojos y hamacas que se mecían ligeramente con la brisa.
Una mujer de cabello oscuro trenzado salió a recibirme con una sonrisa cálida.
—Bienvenida a la isla, preciosa. Soy Saroya —dijo con un tono que transmitía cercanía sin exagerar.
—Nahia —respondí, agradecida por la calidez.
—Ven, te enseño tu habitación.
La seguí mientras me preguntaba si era mi primera vez allí, si venía sola. Su voz tenía esa suavidad de quien conoce los ritmos del lugar. Al llegar a la puerta número 7, se detuvo.
—Aquí estás, cielo. Tienes toallas sobre la cama. El desayuno lo servimos a las ocho en el jardín. Y si necesitas cualquier cosa, tienes mi número en la mesita.
La habitación era sencilla y hermosa en su propio modo: paredes blancas, vigas de madera oscura en el techo y un pequeño balcón desde el que se veía, a lo lejos, un pedazo de mar. Todo daba la sensación de ser un comienzo. Un espacio en blanco.
Me quedé un momento en silencio, permitiendo que ese aire nuevo me atravesara. Cuando me giré, Saroya ya se había marchado. Deshice parte de la maleta despacio, dejándome acompañar por la calma inesperada del lugar.
Por primera vez en muchos días, respiré sin que doliera.