Parte 1
La sala de interrogatorios estaba en silencio.
Un silencio espeso, casi pegajoso, que parecía quedarse suspendido en el aire junto al olor metálico de la sangre seca.
Yolanda llevaba allí más de tres horas.
Sentada en una silla de plástico gris, con los hombros ligeramente encorvados, los brazos apoyados sobre la mesa metálica. La luz blanca del fluorescente del techo caía directamente sobre ella, sin piedad, revelando cada rasguño, cada mancha, cada hilo desgarrado de su ropa.
La camiseta negra estaba rota por el costado y por el hombro. La tela estaba rígida, endurecida por la sangre que había empapado el algodón y luego se había secado. No toda era suya.
En los nudillos tenía la piel abierta.
El pómulo izquierdo estaba inflamado y comenzaba a oscurecerse bajo la piel. Un corte pequeño atravesaba su labio inferior, todavía húmedo.
Parecía una niña que hubiera pasado por una tormenta.
Pero no temblaba.
Tenía la mirada perdida en la superficie fría de la mesa, como si estuviera mirando algo que solo ella podía ver.
La puerta se abrió.
El sonido del metal contra el marco rompió el silencio de golpe.
Entraron dos personas.
Primero el subinspector Pascual Domínguez, corpulento, camisa arremangada, el rostro cansado de quien llevaba demasiadas horas despierto. Detrás de él, la subinspectora Elena García cerró la puerta con cuidado.
Pascual dejó una carpeta sobre la mesa.
El golpe seco resonó en la habitación.
Yolanda ni siquiera levantó la cabeza.
Pascual se sentó frente a ella.
Elena ocupó la silla lateral, un poco más atrás, observando en silencio.
Durante unos segundos nadie habló.
Solo se escuchaba el zumbido constante del fluorescente.
Pascual abrió la carpeta.
Pasó un par de páginas.
Luego levantó la vista hacia ella.
—Vamos a intentarlo otra vez.
Nada.
—Llevamos aquí varias horas, Yolanda. Y créeme cuando te digo que preferiría que esto terminara de otra manera.
Silencio…
Pascual entrelazó las manos sobre la mesa.
—Voy a actualizarte sobre la situación de los chicos.
Yolanda no reaccionó.
—Diego Velázquez sigue en el hospital. Ha salido del quirófano hace una hora. Tiene varias fracturas y una perforación en el abdomen. Los médicos dicen que va a sobrevivir.
Una pausa.
—Borja Escalona tiene la mandíbula rota y dos costillas fisuradas.
El papel de la carpeta crujió cuando Pascual lo cerró.
—Los dos dicen que tú empezaste la pelea.
La mirada de Yolanda seguía fija en la mesa.
Pascual se inclinó un poco hacia delante.
—Pero también tenemos testigos.
Otra pausa.
—Testigos que dicen que llevaban meses acosándote.
Elena levantó ligeramente la vista.
—Insultos. Empujones. Vídeos en redes sociales. Amenazas.
Yolanda seguía inmóvil.
Pascual suspiró.
—Mira… Yolanda.
El nombre quedó flotando en el aire.
—Sabemos lo que ha pasado en ese instituto. Hemos leído los informes. El orientador escolar, las incidencias, las denuncias que nunca prosperaron…
Sacudió la cabeza con una mezcla de cansancio y frustración.
—Lo entendemos.
Silencio.
—Pero lo que ha pasado esta noche es otra cosa.
Su voz se endureció un poco.
—Dos chavales están en el hospital. Uno de ellos casi se desangra en el suelo del patio.
La mirada de Yolanda no se movió ni un milímetro.
Pascual la observó durante unos segundos.
—Antes has dicho una cosa.
Su tono cambió, más bajo.
—Has dicho que no te arrepientes.
Yolanda no respondió.
—También has dicho que solo te defendiste.
Elena cruzó los brazos, observando.
Pascual apoyó los codos sobre la mesa.
—Y puede que tengas parte de razón.
Un silencio largo.
—Pero ahora mismo estás detenida por lesiones graves.
Sacó un bolígrafo y lo dejó girar entre sus dedos.
—Tienes diecisiete años.
Otra pausa.
—Eso significa que tu caso va directo a la Fiscalía de Menores.
La voz del fluorescente parecía más fuerte ahora.
—Y si el juez considera que esto es lo suficientemente grave…
Dejó la frase a medias.
—Puede mandarte a un centro de internamiento.
Elena levantó ligeramente la mirada.
Pascual siguió hablando.
—Un correccional.
La palabra cayó como una piedra en la mesa.
—Esos sitios no son agradables.
Se inclinó más hacia ella.
—Y menos para alguien como tú.
Elena se tensó en la silla.
Pascual continuó, más despacio.
—Si en el instituto lo has pasado mal…
Sus ojos se clavaron en ella.
—Imagínate lo que puede ser un centro de menores.
El silencio se volvió incómodo.
—Chicos violentos. Gente que está allí por robos, agresiones, cosas peores.
Se inclinó un poco más.
—¿Sabes lo que pasa cuando entras allí siendo… diferente?
Elena habló por primera vez.
—Pascual…
No fue un reproche.
Solo una advertencia suave.
Pascual no apartó la mirada de Yolanda.
—Estoy intentando que entienda la situación.
Elena no respondió.
Pascual volvió a hablar.
—Pero si cooperas… si explicas lo que pasó… si reconoces que esto se te fue de las manos…
Golpeó suavemente la mesa con el dedo.
—Eso puede cambiar muchas cosas.
Nada.
Ni una palabra.
Ni un gesto.
Yolanda seguía mirando la mesa.
Su respiración era lenta, casi imperceptible.
Como si todo aquello estuviera ocurriendo muy lejos de ella.
Pascual esperó unos segundos más.
Luego miró el reloj de su muñeca.
Las dos y veintitrés de la madrugada.
Exhaló por la nariz.
—Bien.
Cerró la carpeta.
—Supongo que eso es todo por hoy.
Se levantó de la silla.
Elena también se puso en pie.
Antes de salir, Pascual miró una última vez a la chica sentada bajo la luz blanca.
Sola.
Con las manos manchadas de sangre seca.
Sin miedo.
Sin palabras.
Pascual apagó la grabadora.
—Se suspende el interrogatorio.
El clic del dispositivo fue el único sonido en la habitación.
Después, los dos policías salieron de la sala.
Yolanda no levantó la cabeza.