Capítulo 1
El lugar de siempre
Mac Daxson siempre fue mi lugar seguro.
Estábamos sentados en el muro de siempre, el mismo donde habíamos grabado nuestras iniciales cuando teníamos diez años. La piedra estaba un poco fría bajo mis manos, pero eso no era lo que me hacía sentir nerviosa.
Eran sus rodillas rozando las mías.
Para Mac era algo completamente normal. Siempre había sido así entre nosotros: cercanos, cómodos, como si no existiera ninguna distancia en el mundo que pudiera separarnos.
Para mí… nunca fue tan simple.
—¿En qué piensas, Amara? —preguntó sin mirarme, mientras lanzaba una piedra al vacío.
Observé cómo la piedra desaparecía entre los árboles del pequeño barranco frente a nosotros.
Mac siempre hacía eso cuando estaba pensando en algo: lanzar piedras como si el mundo fuera un lago enorme donde las preocupaciones podían hundirse.
—En que vamos a llegar tarde —respondí.
Era mentira.
Mac soltó una pequeña risa, esa risa suave que conocía demasiado bien.
—Siempre dices eso.
Giró la cabeza hacia mí y por un segundo el mundo pareció detenerse.
Sus ojos encontraron los míos con esa familiaridad que solo da el tiempo. Diez años de amistad hacen que una mirada diga más cosas de las que uno quiere admitir.
Conocía a Mac desde que éramos niños.
Era el chico que me defendió cuando alguien se burló de mis lentes en cuarto grado.
El que compartía su almuerzo conmigo cuando olvidaba el mío.
El que se sentó a mi lado durante horas en el hospital cuando mi abuela enfermó.
Mac siempre estaba ahí.
Siempre.
Tal vez por eso me acostumbré a pensar que algún día se daría cuenta.
Que algún día dejaría de verme solo como su mejor amiga.
Porque había momentos… pequeños, casi invisibles… que me hacían creer que había algo más.
Como ahora.
Su rodilla tocando la mía.
Su mirada quedándose un segundo más de lo necesario.
El silencio entre nosotros que nunca era incómodo.
A veces pensaba que los dos lo sentíamos.
Que solo estábamos esperando el momento correcto.
—¿Qué? —preguntó Mac al notar que lo estaba mirando.
Negué con la cabeza rápidamente.
—Nada.
Pero en realidad pensaba lo mismo de siempre.
Tal vez hoy.
Tal vez hoy dejaríamos de ser ese extraño casi que llevábamos años siendo.
Mac se inclinó hacia atrás, apoyando las manos en el muro, mirando el cielo como si no tuviera ninguna preocupación en el mundo.
—¿Recuerdas cuando grabamos nuestras iniciales aquí? —dijo de repente.
Sonreí un poco.
Las letras todavía estaban ahí:
M + A
Talladas torpemente por dos niños de diez años que pensaban que las promesas podían durar para siempre.
—Dijiste que ese muro iba a ser nuestro lugar secreto —recordé.
—Lo sigue siendo.
Por un segundo sentí algo cálido en el pecho.
Porque cuando Mac decía cosas así, era imposible no imaginar algo más.
Entonces su teléfono vibró.
El sonido rompió el silencio como si alguien hubiera arrojado una piedra al agua tranquila.
Mac sacó el celular de su bolsillo.
Y sonrió.
Pero no era la sonrisa que me daba a mí.
Era diferente.
Más brillante.
Más… nueva.
—Es ella —dijo.
Mi estómago se apretó antes de que siquiera dijera el nombre.
Cuando lo pronunció, sentí como si alguien hubiera abierto una vieja herida que nunca terminó de cerrar.
—Me está esperando —añadió, levantándose del muro—. ¿Te importa si me voy antes?
Lo miré por un segundo.
Quería decir muchas cosas.
Quería decirle que no fuera.
Quería preguntarle por qué sonreía así por alguien más.
Quería recordarle que yo había estado aquí todo este tiempo.
Pero al final solo sonreí.
—Claro —dije—. Ve.
Mac me revolvió el cabello como hacía desde que éramos niños.
—Nos vemos mañana, Ama.
Y se fue.
Me quedé sentada en el muro de siempre, mirando las iniciales que habíamos grabado años atrás.
M + A.
Antes pensaba que significaban Mac y Amara.
Ahora parecía que solo eran dos letras que se habían quedado demasiado cerca… sin llegar a ser nada más.