Capítulo 5
Yo estaba descontrolada, en realidad, súper excitada, sentía el fuego chisporroteando por todos mis poros y gemía como una gatita en celo, besando a Sheldon demasiado entusiasmada. Él reaccionó después de un rato y sus manos fueron de inmediato a mis nalgas, estrujándolas, anhelando sus redondeces y firmezas. Eso me hizo tener aún más fuegos incendiando mis intimidades.
También hice volar su correa y después le arranché de un tirón su jean dejándolo en slip. Me encantó verlo tan masculino, viril, excitado y me pareció que era un volcán pronto a hacer erupción. Mordí mis labios extasiada, abaniqué mis ojos, sentí muchos truenos y relámpagos reventando en mi cabeza y las descargas eléctricas se multiplicaron, remeciendo toda mi humanidad volviéndome mucho más impetuosa a cada segundo.
Sheldon me cargó sin soltar mis nalgas y me llevó al dormitorio. Yo lo seguía besándolo con desesperación, le acariciaba los pelos y me había encadenado con mis tobillos a sus caderas, me aferré con mis uñas en su espalda y gemía sin cesar, como una melodía sensual que solo hablaba de amor extremo. Douglas me aventó, literalmente, a la cama como si fuera una muñeca y luego, sin ninguna sutileza, me arranchó el baby doll y el sostén, dejando mis pechos al aire convertidos en grandes colinas, deliciosos, apetecibles, con sus puntas insinuantes, pidiendo a gritos que los muerda y los bese con premura y devoción, a la vez.
Sheldon jaló, después, mi calzón y entonces quedé a su entera merced, completamente desnuda. Yo estaba obnubilada, eclipsada, sumida en la inconsciencia, en pleno viaje sideral al espacio, rodeada de muchas estrellas y luces, mientras él me dominaba totalmente y se apoderaba de mis valles y sinuosas carreteras, besándome con desesperación, acariciando mi piel tan suave como el velo de una novia, conquistando hasta el último rincón de mi armónico ser llegando hasta los parajes más distantes de mi deliciosa anatomía.
Me quedé sin defensas, inerme, sollozando sin cesar, rendida y excitada, mientras Douglas iniciaba con premura la conquista de mis profundidades igual a un potentísimo huracán arrasando con mis poquísimas defensas.
-¡¡¡Fuerte, fuerte, más fuerte!!!-, clamaba yo seducida y excitada, sintiendo su virilidad invadiendo mis vacíos convertida en un tórrido río que se desbordaba incontrolable hacia las fronteras más lejanas de mi sensualidad, alcanzando distancias que yo ignoraba y que me hacían delirar aún más, al extremo de sentirme naufragando en un idílico océano sin tener donde asirme o sujetarme.
Yo me arranchaba los pelos desesperada sintiéndolo avanzar como un tren descarrilado, incluso le mordí los brazos desesperada, y luego volví a hundir mis uñas en su espléndida y formidable espalda, abriéndole surcos en su musculatura, víctima de mi desesperación, haciéndole brotar hilos de sangre en esas rajaduras en su piel. Yo estaba demasiado eufórica, en realidad. Deliraba en los brazos de Sheldon. Seguí chillando de placer, calcinada en mis propias llamas, excitada hasta la locura, sintiéndome la mujer más sexy y sensual del mundo. Mi feminidad explotaba y eso me volvía enajenada de pasión y de emoción entregada a Douglas.
Cuando él llegó al techo máximo de mis límites, quedé estupefacta, boquiabierta, con mis ojos desorbitados, sin reacción, entumecida y complacida a la vez. Ser completamente suya de Douglas, fue tan excitante que mi cuerpo estallaba en fuego y emergían profusas llamaradas hasta de mis orejas.
Me derrumbé finalmente sobre las almohadas exánime, sudorosa, sin fuerzas, agotada, convertida en una piltrafa, con mis pelos arranchados, mi corazón rebotando igual a una pelota en mi busto, exánime, suspirando y exhalando mucho humo en mi aliento.
Douglas también se desplomó, cayendo de bruces sobre mí, aplastándome. Él no podía respirar, tenía su corazón muy acelerado, estaba duchado de sudor y se encontraba, igualmente demasiado excitado y extasiado.
-Maravilloso-, me dijo, incluso, él tratando de recuperar las fuerzas pero le era imposible, estaba completamente exhausto, hasta que agotados, nos quedamos dormidos, convertidos en dos grandes pilas de carbón humeantes después de haber ardido en nuestras llamas en aquella faena tan excitante de pasión y romance.
Fue un idilio muy intenso el que teníamos. Pero hubo un pequeño gran problema: Douglas se había obsesionado conmigo y era bastante celoso. Me acaparaba además. A veces estallaba en furia e ira y se tornaba violento. Eso ya lo había notado en varias ocasiones. Él era alto, fuerte, fornido y amedrentaba a quien se me acercaba con su corpulencia. A mí no me gustaba que fuera así de iracundo, porque yo no era, en absoluto, su propiedad.
Otro error que cometí fue que no le conté nada de mis ex enamorados anteriores. Él tampoco me preguntó al respecto por lo que no le dije nada sobre los hombres que en el pasado me habían apasionado demasiado. Debí decírselo.
Pese a eso, nuestro amor fue creciendo y haciéndose grande. Douglas ahora quería casarse conmigo. -Ya es hora de tener familia-, me dijo esa tarde almorzando en mi casa, aprovechando mi día libre en la comandancia. Yo no había pensado en eso, no estaba en mis planes en realidad. Yo ansiaba convertirme, primero, en comandante de la policía. Había hecho los méritos suficientes y tenía las condiciones para acceder al cargo. Contaba con el apoyo de los mandos, además.
-Aún es pronto-, le dije a Douglas. le había hecho un estofado de pollo delicioso.
-Te amo mucho, Fabiola, nos entendemos de maravillas, hacemos buena química, yo quiero casarme contigo-, Douglas estaba decidido a dar el paso. Él había fracasado en su matrimonio anterior, no podía ver a sus hijos y eso lo mortificaba y frustraba. Por eso quería casarse conmigo de una buena vez. Ansiaba una revancha consigo mismo, recuperar una felicidad perdida en su anterior compromiso. Extrañaba a gritos a sus hijos marchados a otro país, además.
Douglas me gustaba mucho, lo amaba con locura, lo veneraba e idolatraba y me sentía feliz a su lado, sin embargo, ya les digo, no estaba en mis planes casarme, al menor por esos días.
-No nos apuremos-, intenté una vana salida.
-Ya llevamos buen tiempo juntos, Fabiola, no me pidas que te espere un siglo.-, se molestó Douglas. Ya se había engullido en un dos por tres el plantillo que le serví. Yo ni siquiera había empezado.
-No quiero que me presiones-, apelé a otra salida muy tonta.
-Es que tú me tomas como un juego Fabiola, no me valoras, no me tratas con consideración-, se molestó Douglas y lanzando la servilleta a la mesa, se colgó su morral al hombro y ¡pum! tiró mi puerta y se marchó rebuznando y dando bufidos. Yo me quedé en la mesa, sin siquiera haber probado el delicioso estofado que había hecho. Sin embargo, Douglas tenía razón. Él estaba muy prendado de mí, quería casarse, tener hijos, formar un hogar y yo no mostraba entusiasmo porque estaba demasiada abocada a mi trabajo.