Prólogo
El papel nunca ha sido una superficie silenciosa para mí. Para la mayoría de las personas, una hoja en blanco es una posibilidad, un espacio para listas de compras o cartas de amor. Para mí, es un grito que espera ser escuchado.
Mi abuela solía decir que las manos de nuestra familia no nos pertenecen; somos simples canales para una verdad que el tiempo intenta ocultar. Ella lo llamaba “el eco”. Yo lo llamaba mi condena.
Recuerdo el olor a madera quemada en mis dedos antes de que el primer incendio ocurriera en mi calle.
Recuerdo el frío glacial en mis palmas antes de que el puente de la ciudad se partiera en dos como si fuera de cristal.
Cada vez que el carboncillo rozaba la celulosa, mi mente se desconectaba y mi mano cobraba vida propia, trazando líneas que no entendía hasta que era demasiado tarde.
“No lo mires, Maira”, me decía mi madre mientras escondía mis cuadernos bajo llave. Pero no se puede dejar de ver lo que ya está grabado en la retina.
Hui a Puerto Niebla pensando que el aislamiento silenciaría las visiones. Pensé que, en un lugar donde la bruma devora el paisaje, mis ojos finalmente descansarían. Pero al llegar a las puertas de hierro de la Mansión Blackwood, el carboncillo en mi bolsillo vibró con una intensidad que casi me quema la piel.
No sabía que estaba entrando en una casa que llevaba un siglo esperando a ser dibujada. No sabía que el hombre que me esperaba tras la puerta no era un jefe, sino la mitad de una historia que mi familia dejó a medias.
Y, sobre todo, no sabía que, por primera vez en mi vida, el dibujo que estaba a punto de nacer no hablaría de una tragedia ajena... sino de mi propia salvación. O de mi ruina definitiva.
Tomé aire, apreté mi cuaderno contra el pecho y llamé a la puerta. El eco que respondió no vino de la madera, sino de las sombras que ya empezaban a susurrar mi nombre.