Capitulo 1
En el aula de la universidad, bajo las luces fluorescentes que zumbaban como un enjambre de abejas, se sentaba Ana, una chica de 18 años con el cabello recogido en una coleta desordenada y una mochila gastada a sus pies. El profesor hablaba monótonamente sobre historia contemporánea, proyectando diapositivas que se deslizaban en la pantalla como sombras aburridas. Pero Ana no estaba allí, no realmente. Sus ojos se perdían en el vacío, fijos en el pizarrón pero sin ver nada. En cambio, su mente la arrastraba de vuelta a un recuerdo que aún le picaba como una cicatriz fresca.
Tenía 12 años entonces, en el patio de la escuela primaria, un lugar caótico de risas, empujones y secretos susurrados. Su madre siempre había sido clara: "Si alguien te molesta, no te quedes callada. Devuélvele el golpe, mija. No dejes que te pisoteen". Esas palabras resonaban como un mantra en la cabeza de Ana, especialmente ese día. La niña se llamaba Carla, una bully de pelo rubio teñido y uñas pintadas de rojo chillón. Carla la había estado fastidiando durante semanas: robándole el almuerzo, empujándola en los pasillos, riéndose con su pandilla de cómo Ana era "la rara" por leer libros en el recreo.
Ese mediodía, bajo el sol implacable del Caribe, Carla cruzó la línea. La acorraló contra la pared del baño, le tiró del pelo y le escupió: "Eres una perdedora". Algo se rompió dentro de Ana. Recordando el consejo de su madre, no dudó. Giró con furia, su puño cerrado volando hacia el rostro de Carla. El impacto fue brutal; sus uñas, sin querer, rasgaron la piel cerca del ojo de la niña. Carla gritó, sangre brotando como un río rojo, y Ana se congeló al ver cómo el ojo de su enemiga se hinchaba, casi saliéndose de su órbita. "¡Le saqué el ojo!", pensó Ana en pánico, aunque no fue tan grave. Las maestras llegaron corriendo, separándolas. Carla terminó en el hospital con puntos y una venda, y Ana fue suspendida por una semana.
De vuelta en la universidad, Ana parpadeó, volviendo al presente. El profesor seguía hablando, pero ella sentía un nudo en el estómago. Aquel "devuélvele el golpe" le había dado poder en el momento, pero también culpa eterna. ¿Valió la pena? Carla nunca más la molestó, pero Ana se preguntaba si la violencia era la única respuesta.