Anatomía de un Engaño

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Summary

Adam convirtió su dolor en propósito. Desde que su padre murió envenenado con belladona cuando él apenas comenzaba la universidad, juró que encontraría al responsable. Hoy, como agente joven del FBI, su obsesión no es un secreto: todos saben que vive para ese caso. Lo que no saben es que el pasado ha comenzado a moverse... y alguien parece estar guiándolo hacia una verdad que podría destruirlo. Los mensajes anónimos llegan con una precisión inquietante. Demasiado íntimos. Demasiado exactos. Y entonces aparece ella. Misteriosa. Inteligente. Irritantemente imperturbable. Entra en su vida cuando las piezas del caso empiezan a encajar, como si supiera exactamente cuándo hacerlo. Adam no cree en las coincidencias... pero quiere creer en ella. A medida que la atracción crece, también lo hace la sospecha. Porque hay miradas que esconden secretos. Sonrisas que disimulan culpas. Verdades que prefieren otro nombre. Y mientras Adam se acerca peligrosamente a la mujer que comienza a significarlo todo, no imagina que la respuesta que ha perseguido durante años podría estar mirándolo directamente a los ojos. Algunas historias hablan de justicia. Otras hablan de destino... La suya siempre trató de veneno.

Genre
Mystery
Author
Kevin
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

CAPITULO 1 ● Todo comienza asi...

La tarde de ese día era silenciosa, y eso que la ciudad era un caos. Claro, que con mis audífonos puestos, no podía escuchar nada de lo que pasaba a mi alrededor.

Solo me faltaban unas cuantas calles para llegar hasta donde mi padre trabajaba. Le llevaba su café y su croissant favorito, a esta hora siempre lo hacía.

Me gustaba ir a visitarlo y poder ver las oficinas, sabía que algún día tendría un puesto ahí.

Estudiaba criminología en el Georgetown University, iba en mi primer semestre, tenía un largo camino por delante.

Justo cuando estaba por cruzar la entrada, una chica que iba algo apurada se cruzó en mi camino.

- ¡Cuidado! - exclame - por poco derramas el cafe. Eres alguna clase de persona torpe "derrama cafes"

- ¡Disculpame en serio! No era mi intención.

En ese instante la vi. Mis ojos se iluminaron, y parecía que todo lo demás se había esfumado. Era tan hermosa. Tenía unos ojos que con tan solo mirarlos quedabas atrapado en ellos.

- Hola - le dije, un poco apenado por mi reacción - perdona mi comentario.

- No te preocupes, creo que empezamos con el pie izquierdo - contestó ella - Soy Jade, un gusto.

- No hay cuidado. Soy Adam.

Pasó un minuto de silencio incómodo antes de que ella lo rompiera.

- De verdad lo siento, me tengo que ir, pero fue un placer "chocar" contigo.

- Si, hasta luego, el placer es tuyo... ¡Mio! quise decir mío.

Soltó una pequeña risita. Luego dio la vuelta y salió por la puerta principal. ¿Quién era esa chica? No sabía ¿Probablemente la vería de nuevo? Tal vez...

Pase por el filtro, en el cual ya conocía a todos. Los saludé amablemente y tomé el elevador para llegar con mi padre.

Las puertas se abrieron y como si el destino me hubiera escuchado, mi padre se encontraba justo al otro lado.

Le di un abrazo y le entregué su café, él agradeció tanto el gesto como si fuera la primera vez que lo había hecho en toda la vida. Complemento con un "¡Mi hijo todavía me amá!", un grito clásico que él hacía cada que yo le llevaba su café.

Nos sentamos juntos en su oficina. Me contó sobre su día y yo le conté el mio. Pasamos un rato agradable. Después de unas horas, era hora de irme.

- ¿También sales?

- No hijo, estaré otro rato aquí, tengo que checar unas cosas.

- Bien.

La verdad ahora que lo pienso, si hubiera obligado a mi padre a salir ese día junto conmigo, no hubiera sucedido "el trágico accidente". Pero mi estupido ser de 18 años no podía pensar en eso. Bueno, a nadie se le hubiera ocurrido que pasaría eso.

Más tarde, mientras mi madre, mis dos hermanos y yo cenábamos juntos, llamaron a la puerta. Mi mamá se levantó y fue ella quien recibió primero la noticia. Cuando escuchamos que su celular había caído al piso, corrimos para ver qué sucedía. La escena que teníamos frente a nosotros nos destrozó por completo, no solo ese día, si no por el resto de nuestras vidas. Mi madre, sostenida por los brazos de una de las compañeras de mi padre, llamada Juliette, lloraba desconsoladamente en el piso.

Yo me imaginaba la situación y cuando le hice la seña a la mujer, lo confirme todo. Mi padre había muerto. Mejor dicho, había sido asesinado.

Al día siguiente fui el primero en estar en la escena del crimen. Todo ya había sido encintado y por obvias razones, el cuerpo de mi padre ya no se encontraba ahí. La noche anterior no había podido llorar. Yo era de ese tipo de personas, que aunque pasara lo peor en mi vida, nunca había llorado.

Esa mañana, al ver todas las cosas de mi padre, revueltas por su escritorio y algunas por el suelo, me hicieron derramar unas cuantas lágrimas.

A la hora del funeral, no podía creerlo. Claramente era una situación que te deja sin saber el porqué de las cosas, pero en este caso ¿Quien le tenía tanto odio a mi padre para haberle hecho esa atrocidad?

En ese preciso momento decidí, que dedicaría mi vida entera a descubrir a la maldita persona que había cometido ese crimen.

Con el paso de los años, y mi aprendizaje que obtenía en la universidad, fui obteniendo más y más datos. Después de pasar los exámenes, las entrevistas, las pruebas que te hacen para entrar, por fin era parte del FBI, y por supuesto, concluiría lo que hace tiempo había empezado.

El día del accidente, había recopilado algunas cosas. Primero, en la escena del crimen encontraron un pedazo de una pañoleta de alguna chica. Esa fue la primera pista que los hizo deducir que tal vez el asesino podía ser una mujer. Pero varios factores influyeron en esa idea, para hacerla cambiar por completo, y por eso el caso nunca se cerró.

Pero el pedazo lo había conservado yo. Sabía que sería parte importante de mi investigación. También se supo, que tal vez mi padre no había sido apuñalado o asesinado físicamente, si no que alguien lo había envenenado. En aquel tiempo yo también fui catalogado como sospechoso, pero después de varias pruebas, claramente salio negativo. ¿Cómo había gente capaz de creer que yo había matado a mi padre? Era el mejor ser que había conocido en esta tierra, era incapaz de hacerle daño.

Habían revisado algunas cosas, y cuando parecía que todo estaba perdido, encontraron una sustancia en una de las botellas de agua que mi padre había pedido antes de mi llegada ese día.

Cuando hicieron algunas pruebas, se dio la conclusión que esta había sido mezclada con un polvo de belladona, una planta letal, que en grandes dosis, puede matar a cualquier ser vivo.

Ahora entendía algo. Mientras la belladona hacía efecto, mi padre se retorcía por todo el lugar. Por eso sus cosas estaban regadas por todos lados.

Osea que en el momento de su muerte, no había nadie. Todo había sido planeado con antelación.

Volviendo a la actualidad, me encontraba sentado en la oficina que me habían asignado. Revisaba algunos otros casos que habían surgido en estas fechas, pero el caso de mi padre era el que ocupaba gran parte de mi tiempo.

En eso, entró Francis, un ex compañero mío de la universidad. También había ingresado junto conmigo al FBI y durante este tiempo corto que había estado aquí, me había acercado un poco a él.

- ¿Otro café? - pregunto al ver el vaso que estaba acomodado justo frente a mi.

Ese día ya me había bebido dos, y con este ya eran tres.

- Sabes que lo necesito para estar despierto.

- ¿Otra noche sin dormir?

- Así es - contesté. Un bostezo salió de mi sin que pudiera resistirme - Disculpa. Ya sabes que no puedo dormir.

Cada noche una pesadilla merodeaba mi mente y era la causa de mi insomnio.

En ella, me encontraba en un callejón. El fondo se veía profundo, y parecía no tener fondo. Sin saber cómo, ni querer hacerlo, caminaba hacia donde un punto rojo de luz se asomaba a lo lejos. A cada paso que daba, la cabeza me dolía más y más. Cuando sentía estar cerca de aquel punto llamativo, una mano se posaba en mi hombro y una voz me susurraba al oído.

"La respuesta está más cerca de lo que crees, La belladona es bella pero Mortal".

En ese momento despertaba. Sentía un escalofrío recorrer todo mi cuerpo. A nadie le había contado sobre ese sueño, excepto a mi psicólogo, que decía que podría ser algún trauma del pasado. ¿Trauma? Pero no tenía idea a qué se refería con que la respuesta estaba más cerca de lo que creía.

- ¿Qué hay de nuevo? - pregunto.

- Ya sabes, lo de siempre, fraudes, el caso del asesino de la dueña de aquella tienda.

Mi compañero echó un vistazo a mi escritorio.

- Y el caso de tu padre.

- Y el caso de mi padre.

- Llevas con eso ya un largo tiempo ¿Estás seguro de encontrar al asesino?

-No me importa, se que la encontraré.

- ¿Y qué tal si ya no vive aquí, en Nueva York?

- No lo creo, tengo pistas que me dicen que la tengo muy cerca.

- Espera, ya dijiste dos veces "la" ¿Crees que sea una "ella"?

- No estoy cien por ciento seguro, pero algo me dice que si, es una mujer - saque mi evidencia de un cajón, osea el pedazo de pañoleta, y se la mostré.

- ¿Esto qué es?

- Es una de mis primeras pistas, estoy seguro que pertenece a una pañoleta de una chica, de esas que usan en el cuello.

En eso mi teléfono sonó. Contesté. Saludé, pero nadie respondió del otro lado.

- Esta es una broma de mal gusto.

Del otro lado, sólo se escuchó una respiración acelerada. Se escuchó un susurró inaudible, del cual apenas escuché: Se lo merecía. Decidí que era mejor colgar.

- ¿Quién era? - preguntó mi amigo.

- No lo sé, nadie respondió. Algo se escuchó, pero no se entendió mucho.

- ¿Y qué escuchaste?

- Se lo merecía.

-¿Quién?

- No, así dijo, eso escuche.

No pudimos hablar más porque una persona entró por la puerta y nos dijo que el jefe nos solicitaba en su oficina.

Después de una larga charla, lo único en lo que podía pensar en ese momento era en una dona de el mejor lugar de donas de la ciudad.

Le pertenecía a una de mis amigas de la ciudad, era mucho más mayor que yo. Se puede decir que la conocí un día por error en el metro, cuando por accidente, una persona con mal carácter y malos modales, tiró su bolso. Lo levanté y me disculpe por aquel ser, ella me dijo que no me preocupara, y que agradecía el gesto.

En agradecimiento me dio la prueba de una nueva dona que estaba inventando. El sabor entró pronto por mi paladar y sentí algo nuevo que jamás había probado.

No quiso revelar sus ingredientes, pero me invitó a donde se encontraba su tienda.

Esa tarde, después de un día muy cansado, claramente volvería por mi dona favorita y un café, que aunque ya había tomado varios en el día, uno más no lo consideraba pecado, total, sería descafeinado.

Luego de recibir mi pedido, y despedirme de la señora, caminé hacia mi casa.

El trayecto no era largo y necesitaba sentir el aire de aquella noche para sentir que seguía con vida.

Al llegar a mi departamento, me derrumbé en mi sofá, dejando mis pertenencias en la mesa de centro. Encendí la televisión y me dispuse a ver mi serie favorita.

Podría parecer un poco cliché, pero la serie que me tenía completamente atrapado en ese momento era La Ley y el Orden.

Me encantaba observar cómo los detectives, aunque ficticios, resolvían cada caso con una precisión impecable, de una manera tan convincente que era imposible que no me gustara.

Ya habían pasado algunas horas desde que había llegado, cuando mi teléfono vibró. Había recibido un mensaje de un número desconocido. Más que mensaje, era una foto.

Cuando la abrí, solté el teléfono de inmediato. Era una foto de mi mismo, entrando esa noche a mi casa. Justo debajo un mensaje que decía:

"Nunca subestimes a quien te sigue en silencio... el silencio también tiene planes".

Sin dudar, llamé a mi mejor amigo y le compartí la foto. En cuestión de segundos me llamó.

- ¿Qué demonios es eso, Adam? - escuché que preguntó, y en su voz no había burla... solo alarma.

- ¡No lo sé, Francis! ¡Te juro que no lo sé! ¿Quién me está siguiendo? ¿Quién está intentando averiguar cosas sobre mí?

- Tal vez... - Hubo una pausa incómoda - sea solo una chica a la que le llamaste la atención.

- ¿Estás escuchándote? Esto no es un juego. Alguien está husmeando en mi vida... y lo peor no es que quiera saber de mí... es que quizá ya lo sabe todo.

Cuando estaba apunto de decir otra palabra más, llamaron a la puerta. Mi corazón palpitaba sin parar, y mis manos sudaban como de costumbre cuando me encontraba en situaciones estresantes.

Colgué la llamada y dejé el teléfono en el sofá.

No quería abrir, pero algo me decía que debía hacerlo. Me acercaba cada vez más hasta tener mi mano justo en la manija de la puerta.

La persona del otro lado de la puerta tocaba con más intensidad, y eso me preocupaba cada vez más.

Podría ser una persona que necesitaba ayuda con algo, o todo lo contrario, un personaje que quería hacerme daño. Con las cosas que me habían sucedido anteriormente, la segunda opción era más probable.

Al fin, abrí la puerta. Toda preocupación se esfumó al ver a mi hermano frente a mi, alterado por que no abría.

-¿Jack? Eres un maldito.

-Esa es la forma de recibir a tu hermano mayor.

-Perdóname en serio - me disculpe, dejando pasar y colgando su abrigo en el perchero - ¿Qué te trae por aquí?

-Vine a visitarte y... - mostró su mano derecha que traía oculta desde que llegó, en ella traía una bolsa con dos cajas de comida china, mi favorita, la mejor de la ciudad.

Nos sentamos en mi mesa y traje dos copas y una sidra de manzana que tanto nos gustaban. Me agradeció y abrimos el alimento.

Platicamos sobre nuestros días. Primero empezó él, me contó que tenía problemas con su jefe, pero lo que le había alegrado el día era la noticia que me venía a dar. Su esposa estaba embarazada.

- Felicidades, y ¿Ya saben que será?

- Humano, obviamente, que crees que sea ¿E.T.?

-No, osea, ¿niño o niña?

-Si, ya sabemos. Será niña.

-Siempre quisiste una niña - dije, levantándome después para darle un abrazo.

- Así es - probó otro bocado de su comida ‐ y... a ti ¿Como te ha ido? ¿Si te sientes capaz de llenar los zapatos de papá?

-Lo que menos quiero estando en ese lugar, es llenar sus zapatos. Tú sabes que nadie puede llegar a su nivel. Lo único que quiero es encontrar al responsable de su muerte, y saber porque había sido asesinado.

- ¡¿Mi padre fue asesinado?!

-Si ¿No lo sabías? ‐ le dije después de probar mi comida.

-No ¿Cómo es eso?

-Mi padre ingirió una planta llamada Belladona, la cual es letal para cualquier tipo de ser vivo. Esta estaba mezclada en una de las botellas de agua que él siempre pedía para su oficina...

- Y ya preguntaron a la empresa.

-Ya lo hemos hecho. Pero dicen que ellos no tuvieron nada que ver. Registraron cada parte del lugar y no encontraron nada.

-¿Pero quién habría querido matar a nuestro padre?

- No lo sé... Mi papá jamás se metió en nada sucio. No era un hombre que despertara odio... o eso quiero pensar.

Por un segundo, dudé un poco del hombre. Había algunas veces, cuando él salía de la ciudad, pero no decía a que. Si hubiera tenido que ser algo del trabajo, a veces nos avisaba, o cuando le preguntaba a Juliette, ella me lo decía.

Mi teléfono comenzó a sonar. Francis. Contesté.

Estaba alterado por lo que había ocurrido minutos antes. Intenté tranquilizarlo: le dije que no había sido nada, que quien había llegado era mi hermano... pero sobre la persona que me había tomado las fotos, no tenía respuestas. Ninguna.

Colgó, no sin antes despedirse un poco más tranquilo.

- ¿Alguien te tomó una foto? - preguntó Jack.

- Si, a eso iba. Una persona me siguió hasta aquí y me tomó esta foto.

Tomé mi celular y le mostré la foto. El número era desconocido. Ni siquiera tenía alguna descripción.

- Tienes que tener cuidado. Recuerda que no podemos confiar en nadie.

Entre platica y platica, nos dieron las 12 de la madrugada. Le dije que era mejor que se quedara esa noche en mi casa, ya que manejar a esas horas era muy peligroso.

Esa noche, la pesadilla regresó.

Pero esta vez fue distinta. Dejé de lado el punto rojo y aquella voz que solía susurrarme en la oscuridad.

Esa noche, por fin, me atreví a voltear. Frente a mí había unos ojos azules... intensos, brillantes, como los diamantes más puros y fríos del mundo.

Y aun así, no me eran desconocidos.

Había algo en ellos... algo inquietantemente familiar. Como si los hubiera visto antes. Como si alguna vez me hubieran mirado sin que yo lo supiera.

Una ráfaga de viento atravesó la escena y la figura se desvaneció.

Pero antes de desaparecer, dejó algo atrás. Un mensaje. Del cual solo pude rescatar una frase:

"Nunca conociste realmente a quien juraste entender... y todo lo que le ocurrió fue consecuencia de lo que ocultaba."

Desperté. En mi se podía notar el sudor frío que recorría cada parte de mi cuerpo y unos pequeños susurros de los cuales se escapaba la frase: Es mentira. Mi mente estaba en varios lugares menos en donde debería. Tenía tantas preguntas. Odiaba ese sentimiento, odiaba no tener respuesta para ninguna.

Me desperté justo a las cinco en punto, justo dos horas antes de ir a las oficinas. Mi hermano aun no se levantaba, decidí dejarle una nota en el refri diciéndole que estaba en su casa y si quería desayunar, no dudará en tomar lo que quisiera.

Salí de mi casa y me dirigí hacia el café que quedaba a dos cuadras de donde trabajaba.

Me entregaron el café y, como si el destino quisiera intervenir, sentí el golpe de alguien detrás de mí. Me giré bruscamente.

- ¡¿Qué demonios?! - reaccione.

- ¡¿Cual es tu problema?! - escuche de su parte.

Esa voz, sabía que ya la había escuchado antes, pero no sabía en dónde.

Cuando la mire a los ojos, pude reconocerla.

- ¿Tú?

- Tu - contestó.

- ¿Eres...?

- Soy Jade... soy esa clase de persona torpe "derrama cafes"

Cuando pronunció esas palabras, su nombre me golpeó por dentro como un eco que nunca se había ido.

La reconocí al instante. Era ella.

La misma chica que apareció aquel día marcado por la desgracia... segundos antes de que mi mundo se fracturara en silencio.

La había saludado con una sonrisa distraída, creyendo que solo era un encuentro más, un rostro bonito entre tantos.

No sabía que en ese gesto casual había firmado algo invisible. Un pacto que yo no entendía. Una puerta que no debía abrir.

Sus ojos tenían esa luz dulce que promete refugio... pero también la sombra de algo que no supe leer a tiempo.

Me miró como si ya supiera quién era yo. Como si me hubiera estado esperando.

Y sin notarlo, sin sospecharlo, ese instante - tan breve, tan inocente - fue el punto exacto donde comenzó a desmoronarse todo lo que conocía.

Porque lo que sentí no fue amor.

Fue la ilusión del amor. Y esa ilusión... fue el primer paso hacia la caída.

Ese saludo fue la chispa. El susurro inicial de una historia que no hablaba de destino, sino de engaño.

Lo que vino después no fue casualidad. Fue consecuencia.

Y ahora lo entiendo:

Aquel momento no fue un comienzo romántico.

Fue el origen de la tragedia que estaba a punto de devorarnos a todos.