CAPÍTULO 1.- En lo que parece ficticio
Sabía que la vida no podia ser la existencia en tanto que la salud y la muerte, la felicidad, el amor, el ser reconocido o vivir para comer u otros placeres. No podía ser que el balance de la infelicidad era muy a favor de ésta, y no podía ser que, después de un largo proyecto o misión inacabados, tuviéramos el ciencuenta por ciento de morir en cada segundo del día.
Ahora, cuando acababa de reflexionar esta última idea, Joaquín Rozman sentíase bien , al haber atrapado, la primera vez con consciencia suficiente, el concepto nada que provenía, en ese instante, de no tener nada desoculto al respecto. Porque la nada era un concepto, para cuya sobrevivencia requería de su contrario (como siempre). La nada le llevaba, primero, al todo y, segundo, comprendió que esos valores solo eran aptos en la lógica. La conclusión no podía ser otra que instalarse en el todo de la lógica o, lo que era igual, la lógica del todo.
¿Y si todo fuera una mera apariencia, una ilusión, en el bien entendido que solo era una estructura racional, lógica donde no había materia, como en los sueños, solo conceptos que se comprendían en este mundo racional?
Llamó a un íntimo amigo (se llamaba Joaquín Rozman-Uno) a quien deseaba mostrarle su juego. Para ello, mientras Rozman se encontraba junto a un árbol, Rozman-Uno se hallaba junto a una casa. Después, Rozman y el amigo estuvieron juntos cantando durante el crepúsculo vespertino, para luego, a las 12 de la noche no separarse tampoco mientras oían en un pub, la Sinfonía fantástica de Berlioz. Entonces, le dio una noche para que reflexionara Rozman-Uno.
Las cosas no aportaban nada, no existían. Solamente tenía vida el yo. (He olvidado, yo, el narrador, relatar que en uno de aquellos momentos de la prueba cambiaron de sitio, el pensador se fue al lado de la casa mientras su amigo ocupaba el puesto junto al árbol). Habían comprendido que cuando el yo cambiaba de la casa al manzano, no podía afirmar que ahora seguía junto a la vivienda. Lo que no cambiaba era el esto, el ahora y el aquí. Eso es lo único que sabían; es decir, dependía dónde estuviera el yo que podían afirmar algo; lo mismo que no escucharon la sinfonía francesa al anochecer, ni cantaron de ninguna manera a media noche.
Durante unos días a solas, el amigo fue veloz en el pensamiento. Joaquín Rozman fue invitado al domicilio de Rozman-Uno, y recién llegado, el otro le mostró un melón que había abierto, de los del melonar infinito que cuidaba.
Exhortado Joaquín Rozman a que observara el melón largamente, Rozman-Uno terminaría, luego de diferentes batallas dialécticas, explicando que el melón no existía, ya que sus cualidades (dulce, pepitas, color verde, blando) para formar la cosa, el melón, y al darse esas propiedades en otras cosas (lo dulce de la miel...), como digo, para formar esas cualidades independientes de la cosa, debía haber una fuerza hacia dentro para formar el melón, pero, debía haber otra fuerza hacia fuera a fin de que, como se ha dicho, las propiedades fueran independientes, o sea, formaran otras cosas. Es más, en el juego de esas dos fuerzas contrarias es donde se producía la única fuerza (como pasa con la electricidad negativa y la electricidad positiva). Ahora bien, al tirar las fuerzas hacia espacios contrarios, nunca llegaban lo dulce o lo blando a independizarse, pero tampoco nunca llegaba el melón a existir, siquiera una décima de segundo.