PINCHITO

All Rights Reserved ©

Summary

Pinchito es un niño formado a base de imperdibles, recorrerá un largo trayecto en busca de su identidad. primero pasara por la ciudad de los juguetes, luego de las agujas y finalmente en la ciudad de los libros donde descubrirá quien es. un cuento ideal para el día de los niños.

Status
Complete
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
16+

I

I

Ese día el mercado dominical estaba despierto desde muy temprano.

—¡Pan, pancitos calientitooos!

—¡Caserita, caserito acérquese!

—¡Papas, papas fresquecitas!

—¡Tenemos mazanas, las mejores manzanas, rojitas como tomates!

Las voces se mezclaban las unas con las otras, subían, bajaban, reían y gritaban. Una gran multitud se movían de un lado para otro.

Olía a pan recién salido del horno, a frutas frescas y a tierra mojada. Entre ese espacio demasiado estrecho estaba Bibilo y su papá, agarrados de la mano y abriéndose paso entre la gente. El papá llevaba una cubeta grande y Bibilo una más pequeña, lo que Bibilo tenía grande eran los ojos, esos ojos que miraban atentamente, todo a su alrededor.

De pronto, se detuvo. Y se detuvo de golpe.

Sobre una mesita vio pequeños muñequitos de Minecraft, brillaban tanto que perecían estar en su trono, parados uno del otro, como esperando ser elegidos. Sus cabezas cuadradas, parecían moverse con cada pisada de los gigantes ajenos a su realidad cuadrada, y cercanos, a sus metros cuadrados.

—Papá… —dijo Bibilo en voz bajita —. ¿me compras uno?

—No tenemos dinero hijito, será la próxima semana —dijo el papá bajándose un poco a su tamaño.

No alcanzaba el dinero, entonces tampoco alcazaba la sonrisa, Bibilo no dijo nada, solo bajo la mirada, sus ojitos se pusieron tristes, como cuando una nube tapa al sol.

De repente una vos apareció sin cuerpo, como suelen aparecer en los mercados.

—Amigo, ¿me vende una chichita?

—Claro —respondió—. ¿morada o de piña?

—De piña.

La botella salió de la cubeta, vio la luz y cambio de dueño rápidamente. La persona pago, pero antes de irse miro a Bibilo que seguía calladito. Las tristezas pequeñas, se notan rápidamente.

—¿Qué pasó, campeón? —pregunto

Bibilo no respondió.

La persona rebusco sus bolsillos y saco una pequeña bolsita transparente, dentro brillaban varios imperdibles.

—Toma —le dijo, agachándose—. puedes jugar con estos, si quieres.

Bibilo tomo con mucho cuidado la bolsita, como si de una granada se tratase, y los imperdibles sonaron clin, clin al moverse, como si también entendieran el momento. No sabía exactamente qué hacer con ellos, pero algo en su pecho se sintió más ligero.

Cuando Bibilo llegó a casa, sintió que todo volvía a su tamaño: el mercado, la bulla, la guerra en general, habían quedado afuera. Ahora era solamente Bibilo en su trinchera. Adentro estaba su lugar seguro, era una sola habitación, era dormitorio, cocina, baño, comedor, demos por hecho que era todo, era el lugar donde las cosas no sobraban, pero alcanzaban.

Mientras su papá dejaba la cubeta en un rincón, Bibilo metía la mano en el bolsillo, tocaba la bolsita, lo sacaba apresurado, metía nuevamente la mano y sentía los imperdibles y nuevamente sacaba la mano, esta vez, sin ese equipaje pequeño demasiado pesado. Luego se decidió por completo: sacó la bolsita y la puso sobre la mesa, los imperdibles se movieron un poco, chocándose entre ellos, como si también se estuvieran acomodando después de un día largo.

Bibilo los miró con atención y pensó que tal vez las cosas pequeñas también podían servir para algo. Entonces empezó a unir dos imperdibles con cuidado, le parecieron pies, le parecieron firmes, y pensó que los pies eran para eso: para sostenerse, para no caerse cuando el camino se pone difícil, para aprender a quedarse de pie, aunque uno sea pequeño.

Luego eligió otro imperdible para el cuerpo, no era el más bonito, pero era fuerte. Pero hay que entender, que a veces, el cuerpo no siempre se ve bonito, pero es lo que aguanta todo.

Buscó unas liguitas de cabello con las que amarró dos imperdibles al tronco; esos ya parecían brazos. Mientras lo hacía, uno de los imperdibles le pinchó el dedo y Bibilo se chupó la puntita y frunció la nariz. Pero todo lo que duele no es malo, a veces, para construir algo bueno, tienes que pincharte un poco.

Después fue por unos libros viejos, le arrancó una hoja sin pena y le hizo una camisa de papel, no quedó derecha ni pareja, pero lo cubría. Las camisas no siempre tienen que ser bonitas, ni derechas, ni parejas; a veces solo tienen que abrigar.

Cuando terminó, se dio cuenta de que algo faltaba, miró a su alrededor y recordó que dentro de la cangurera de su papá estaban las etiquetas adhesivas para precios, sacó uno y lo sostuvo de momento entre los dedos, le gustó que fuera pequeño y liviano. lo pegó arriba del cuerpo y ya teníamos la cabeza.

Luego buscó unos plumones y le dibujó una cara tibia: ojos tranquilos, una boca apenas triste, no mucho, apenas lo justo para delatar el ánimo. Nadie nota fácilmente las caras tristes media dibujadas, como si el papel se adelantara a algo.

Bibilo lo observó un largo rato.

—Tú vas a ser mi mejor amigo —le dijo.

Miró su dedo todavía un poquito rojizo y sonrió.

—Te voy a llamar Pinchito.

En ese momento, su papá lo llamó desde la puerta y dejó a Pinchito sobre la mesa, bien sentado, como alguien que sabe esperar, antes de salir, le dijo que no se moviera, que volvería pronto.

“Pinchito”

Esa cosa no parecía Minecraft, pero ya tenía un mejor amigo.

Cuando la puerta se cerró, la habitación quedó en silencio. No un silencio vacío, sino uno de esos silencios que esperan. Todo parecía igual: la mesa, la cama, los cuadernos, la ropa doblada a medias. Sin embargo, algo había cambiado, sobre la mesa estaba Pinchito, el muñequito escuálido, con su cabecita y su camisa verde, sentado como lo había dejado Bibilo. Durante un momento no pasó nada. Luego, muy despacio, Pinchito se recostó de espaldas contra la mesa.

No era extraño. Tal vez fue el viento. Aunque las ventanas estaban cerradas.

Entonces ocurrió algo inexplicable: el cuarto despertó todo junto, sin turnarse, sin pedir permiso, los cuadernos empezaron a acomodarse solos, deslizándose unos sobre otros, buscando quedar derechos. Las hojas sueltas corrían para meterse entre ellos, felices de volver a tener un lugar. Los libros se estiraron en silencio, orgullosos de guardar historias, aunque nadie las estuviera leyendo.

El ropero se abrió apenas y la ropa comenzó a moverse. Las medias buscaron a sus pares, las camisetas se desdoblaron como pudieron, los pantalones se acomodaron sin quejarse.

La mesa se movía despacio de un lado a otro, contenta. No porque quisiera irse, sino porque estaba sosteniendo algo nuevo, miraba hacia arriba, atenta, cuidando que Pinchito no se cayera. Sabía que no todos los días se sostiene a alguien que acaba de llegar al mundo.

Los lapiceros rodaban sobre la mesa, chocando entre ellos, dejando pequeñas marcas invisibles, como si estuvieran escapando. En el suelo, los zapatos caminaban solos, torpes, buscando refugio. Algunos se escondieron debajo de la cama, otros se acomodaron uno al lado del otro, los platos tintineaban bajito, la jarra se acomodó en su rincón, quieta, viendo fijamente la mesa.

Todo se movía.

Todo parecía murmurar, pero sin decir nada que pudiera repetirse después, las medias con las medias, la cama con las sábanas, los libros con los cuadernos y el ropero, los platos con las cucharas y los zapatos con los zapatos.

—¿Qué es?

—¿se mueve?

—¿mesa, dinos que es? —pregunto alguien.

Y justo en medio de ese ruido vivo, curioso y desordenado, algo empezó a cambiar en Pinchito, movió primero los brazos, torpes, buscando el equilibrio, como quien aprende a saludar al mundo. Luego movió los pies, inseguros, entendiendo poco a poco para qué sirven. Después levantó la cabeza, sus ojos pintados parpadearon rápido, sorprendidos de estar viendo.

Despertó sin miedo, de la manera más inocente posible, como despiertan los que no saben todavía lo difícil que puede ser el día. Se puso de pie y se miró el cuerpo con atención. Por un instante se asustó al ver sus pies de imperdible, tan frágiles, tan delgados.

Pero luego sonrió al ver su camisa, con sus manitas recorrió las líneas torcidas de los cuadrados de la hoja mal doblada, siguiéndolas con cuidado, como si estuviera leyendo un mapa. Y así, en esa habitación pequeña donde nada sobraba, pero todo servía, Pinchito terminó de despertar.

Miró a su alrededor con cuidado. Había ojos por todas partes, o eso le pareció. La mesa mirándolo desde abajo, los cuadernos medio asomados, los lapiceros quietos como si no respiraran. Pinchito no entendía por qué lo miraban así, no sabía qué había hecho para llamar tanto la atención.

Se tocó el cuerpo con una de sus manitas de imperdible, seguía siendo él, o lo que fuera eso.

Entonces la mesa habló:

—¿Qué e’ lo que e’, chico? ¿Y tú qué cosa ere’?

Pinchito se quedó mirando su cuerpo un buen rato, se miró los pies, se miró los brazos, se miró la camisa, se tocó la cabeza con cuidado, como comprobando que seguía ahí.

—Yo… —dijo— yo, no sé qué soy.

Y entonces pasó algo inesperado.

Toda la habitación se río, no fue una burla fea, fue una risa grande, mezclada, desordenada. Se rieron los cuadernos con hojas temblando, se rieron los plumones rodando, se río la ropa desde el ropero, hasta los zapatos se rieron, golpeándose entre ellos debajo de la cama, excepto los lapiceros, que no dejaban de temblar; era miedo, un miedo tan serio que hasta parecían morderse los dientes.

Pinchito no entendía por qué, pero no se asustó. Esperó a que la risa se calmara. Cuando todo volvió a su lugar, Pinchito levantó la cabeza y, con la misma inocencia con la que había respondido, preguntó:

—¿Y tú… qué cosa eres?

—Yo soy una mesa —dijo, orgulloso—. A mí me hicieron en Puerto Rico, chico. Fuerte, de buena madera, de esa que aguanta de tó’.

Hizo una pausa corta, como recordando.

—Después me mandaron pa’ Nueva Yol… pa’ Nueva Yol mismito. Allá me compraron, me usaron, me rayaron, me llenaron de vaso’, de plato’, de golpe’.

La mesa suspiró, la madera crujiendo despacito.

—Cuando me hice viejo, pues ya tú sabe’, me trajeron pa’ acá. Me botaron, así, sin má’. Y después alguien me recogió de la basura, chico.

Se quedó callado un segundo.

—Y ahora mírame —dijo—. Aquí toy. Sosteniéndote a ti.

—¿y ellos que son? ¿por qué están así? —pregunto pinchito. Y sus manitas señalaron hacia un costando.

La mesa aun incrédula no dejaba de seguirlo con la mirada, porque pinchito no parecía sentir miedo de nadie, pero ¿por qué? ¿acaso le parecía normal la existencia?, Tal vez Pinchito no sabía que existía, y al no saberlo, existía mejor.

—Señalas a lo’ lapicero’ —dijo—, están así porque sienten miedo, mi’jo, quizá’ tan’ medio traumao’ porque el rey siempre le muerde la cabeza cuando hay algo que no entiende.

Y los lapiceros siguieron temblando.

—Aquí todo el mundo encaja en algún lugar, mi’jo. Por ejemplo: los lapiceros van dentro del porta lapiceros, hacen cosas de lapiceros como escribir y aguantar mordidas, y nunca se quejan, a pesar de que su cuarto sea media botella plástica mal cortada.

—¿Y yo, donde encajo? —pregunto pinchito.

«¿Dónde encajan los sujetos vendes, los de cabezas verdes? ¿Dónde encajan los raros verdes?, ¿Dónde los de camisa cuadrada? ¿Dónde encajas tú?» pensó la mensa.

luego echo un vistazo rápido por todo el cuerpo de pinchito y luego otro aún más rápido por toda la casa, nuevamente a pinchito y eso se repitió durante un rato.

—Tú más bien pareces un juguete, pero también parece formar parte de las agujas —contestó la mesa—. La verdad, mi’jo, yo no sé ni qué cosa tú ere. Asere, tú estás raro, raro de verdá. Creo que deberías ir primero donde los juguetes, aunque en esta casa no hay muchos. Están en la ciudad de la caja, con mi tamaño, desde aquí puedo verlos, pa’ allá al fondo. Dale, ve con cuidado. Buena suerte en tu viaje.

Pinchito agradeció y luego emprendió su caminata, paso por el lado de los lapiceros y estos escondieron la cara poniéndose uno detrás otros, bajo de la mesa resbalándose por encima del cable de un cargador y este gruño los dientes de la incomodidad. Estaba claro que tampoco era cargador.

Next Chapter