Capítulo 1
Un destello.
Un bosque.
Crujido de ramas secas bajo mis pies.
Corro, corro, y el bosque me envuelve, oscuro, extraño, gigantesco.
Mi respiración se entrecorta, el corazón golpea tan fuerte que casi lo escucho en mis oídos.
El viento susurra entre las hojas, como si algo me siguiera…
Un graznido seco me corta la garganta.
Alzo la vista y veo alas negras, brillando bajo la luz que se cuela entre los árboles.
Siento el golpe de las púas clavándose en mi mejilla.
El dolor quema.
La sangre baja, caliente, y no puedo parar de correr.
Un nombre… una voz que no entiendo, pero que me hiela la sangre: Lucien…¿Quién es? ¿Qué quiere?
Las ramas me raspan los brazos, el suelo se hunde bajo mis pies, y algo dentro de mí grita…No puedo mirar atrás, pero sé que me observa.
Siento que el bosque guarda secretos que no debo descubrir…
Y de repente… todo se vuelve borroso.
Solo el dolor en la mejilla y la sensación de que algo oscuro sigue ahí.
Siempre ahí. Me despierto antes que el sol.
No sé por qué, solo sé que aquel sueño volvió… ese borrón del bosque, el cuervo, la púa en mi mejilla, y ese susurro que parecían decir un nombre. En serio… me arruinaron el día.
No por el sueño en sí, sino porque me levanté temprano.
Y odio madrugar. Con todo mi corazón lo odio.
Mis sirvientas entran a mi cuarto, todas alarmadas por mis ojos abiertos y mi respiración acelerada.—¡Señorita! ¿Está bien? —pregunta una, mientras me ayuda a incorporarme.
Mis damas llegan también, curiosas y un poco asombradas.
Nunca me han visto despertar así, tan temprano, con el corazón latiendo a mil.
Y aunque estoy cansada y molesta, sonrío suavemente, porque sé lo que mi posición puede lograr.
—Tranquilas, todo está bien —digo, con la voz firme—. Solo tuve un mal sueño, nada más.
Ellas me creen, porque saben que sé manejar mi mundo.
Sé usar la posición que tengo, aprovechar cada ventaja que me da mi educación, mi familia, mi dinero… y sí, hasta mi libertad.
Me levanto de la cama, la cicatriz me pica levemente.
Ese recuerdo siempre vuelve cuando algo malo va a suceder, y hoy… siento que será un día distinto.
Miro por la ventana. El bosque está quieto, en la distancia.
Y aunque no puedo ir, algo allí todavía me llama…
Suspiro y me aparto de la ventana.
Si ya estoy despierta, lo mejor es bajar a desayunar antes de que alguien empiece a preguntarse si estoy enferma.
Las sirvientas me ayudan a vestirme mientras siguen mirándome como si hubiera ocurrido algo terrible.
—De verdad, estoy bien —les digo, rodando los ojos—. Solo me desperté temprano.
Eso parece sorprenderlas todavía más.
Salgo de mi habitación y bajo las escaleras hacia el comedor. El olor a pan recién horneado y té caliente llena el pasillo.
Normalmente, a esta hora yo seguiría dormida.
Cuando entro al comedor, todos levantan la vista.
Mi padre.
Mi madre.
Y mi hermano mayor, Alistair.
Por un momento nadie dice nada.
Solo me miran.
Frunzo ligeramente el ceño mientras camino hasta mi silla.
—¿Qué?
Alistair es el primero en reaccionar. Se reclina un poco en su silla, observándome con una sonrisa torcida.
—Esto sí que es nuevo —dice—. Elowen Montclair despierta antes de que el sol esté en lo más alto.
Le lanzo una mirada.
—No te acostumbres.
Me dejo caer en la silla y tomo un pedazo de pan.
—En serio, ¿qué pasa? ¿Por qué me miran así?
Mi madre es la primera en hablar.
—Buenos días, cariño —dice con una sonrisa suave.
—Buenos días —respondo, aunque sigo observándolos.
Mi padre todavía me mira como si estuviera tratando de descifrar algo.
—Buenos días, Elowen.
Pero algo en la mesa se siente… extraño.
Demasiado silencioso.
Alistair juega con su cuchillo sobre el plato sin empezar a comer. Mi madre revuelve el té con una cucharita. Mi padre apenas toca su desayuno.
Frunzo el ceño.
—¿Pasó algo?
Alistair se encoge de hombros.
—Nada… solo es raro verte despierta tan temprano.
Resoplo.
—Créeme, a mí también me parece raro.
Doy un mordisco al pan y mastico con desgana.
—En serio —digo después—. Me arruinaron el día con ese sueño.
Alistair levanta una ceja.
—¿Una pesadilla?
—Ni siquiera —respondo—. El problema no fue el sueño.
Me recuesto en la silla.
—El problema es que me desperté temprano. Y odio madrugar.
Alistair suelta una pequeña risa.
Pero noto algo extraño.
Aunque intenta actuar normal… su mirada se detiene un momento en mi mano.
Justo donde está la cicatriz.
Solo dura un segundo.
Pero lo noto.
Y por alguna razón, eso hace que la tensión en la mesa se sienta todavía más pesada. Bueno… el resto del día fue bastante normal.
La mayor parte se basó en mis deberes. Mis tutores insistían en que debía aprender absolutamente todo: historia, idiomas, etiqueta, política… cosas que, según ellos, serían “esenciales para mi futuro”.
A veces creo que solo lo hacen para mantenerme ocupada.
Cuando por fin terminé, hice lo que realmente quería hacer.
Leer.
La biblioteca de la casa siempre ha sido uno de mis lugares favoritos. Es tranquila, silenciosa… y tiene más libros de los que probablemente podría leer en toda mi vida.
Tomé uno y me senté cerca de una de las ventanas.
—Si te lo preguntas —dije sin levantar la vista del libro—, una de mis lecturas favoritas son los casos de Salem.
Pasé una página con calma.
—Aquellas mujeres asesinadas solo por saber las mismas cosas que los hombres… y por eso mismo las llamaron brujas.
Apoyé el codo en el brazo de la silla.
—La verdad, me parece bastante injusto.
La historia siempre me ha parecido curiosa.
Personas acusadas por miedo, por ignorancia… o simplemente porque alguien decidió que eran diferentes.
Cerré el libro un momento, pensativa.
—A veces creo que el mundo siempre ha tenido miedo de lo que no entiende.
Volví a abrir el libro.
—Y cuando algo da miedo… lo más fácil es llamarlo brujería
Pasé otra página del libro, pensativa.
—En realidad… ni siquiera es algo del pasado —murmuré.
Cerré el libro un momento y apoyé la barbilla en mi mano.
—Incluso ahora muchas personas no ven a las mujeres como verdaderas personas.
Suspiré suavemente.
—Solo como algo útil. Como una mula de carga.
Miré el libro frente a mí.
—Trabajar, obedecer, callar… y nada más.
Moví la cabeza con una pequeña mueca.
—Y cuando una mujer sabe demasiado, opina demasiado o simplemente no se comporta como esperan…
Golpeé suavemente la tapa del libro con los dedos.
—Entonces empiezan los problemas.
Guardé silencio un momento antes de continuar.
—Aunque… debo admitir que en mi casa no es así.
Mi padre nunca ha tratado a mi madre como si fuera menos que él.
Siempre la ha respetado.
Y conmigo tampoco ha sido diferente.
Me ha dado educación, libertad… incluso más de la que muchas chicas de mi edad podrían imaginar.
Una pequeña sonrisa apareció en mi rostro.
—Supongo que en eso tuve suerte.
Volví a abrir el libro y pasé otra página.
El silencio de la biblioteca volvió a envolverlo todo.
Luego de aquella lectura y crítica hacia los hombres, decidí dejar el libro de lado y volver a mi habitación.
Justo cuando pensaba hacerlo, una sirvienta apareció con un mensaje de mi padre.
Tenía una petición para mí esa noche.
Vestirme adecuadamente.
Como una dama.
Fruncí ligeramente el ceño.
—Qué raro… —murmuré para mí misma.
Pero bueno.
Tal vez iban a comprometer a Alistair.
No sería algo extraño.
Así que decidí arreglarme sola. Sentía que siempre hacía mejor las cosas sin demasiadas manos tocándome.
Encogí los hombros y abrí mi armario.
Tomé el vestido más bonito que tenía… aunque, siendo honesta, casi todos lo eran.
La ventaja de vivir en esta casa.
Elegí uno que me gustaba especialmente y luego busqué algunas joyas para acompañarlo.
Después vino la parte complicada.
Mi cabello.
Mi cabello ondulado era hermoso, sí… pero también absolutamente imposible de peinar sin que se desordenara otra vez.
Pasé más tiempo del que me gustaría admitir intentando acomodarlo.
—Perfecto… —murmuré finalmente, aunque sabía que en cualquier momento volvería a rebelarse.
Antes de salir, noté algo más.
Las sirvientas también estaban raras.
Demasiado silenciosas. Demasiado… cuidadosas.
Evitaban mirarme directamente.
Aunque, pensándolo bien, todos estaban raros hoy.
Mis padres.
Alistair.
Las sirvientas.
Todos.
Suspiré.
Nunca sé por qué no me cuentan nada.
Siempre hablan entre ellos, se miran de formas extrañas… como si supieran algo que yo no.
En fin.
Ese no es mi problema, ¿no?
Salí al pasillo.
Mi habitación, lamentablemente, estaba en el otro ala de la casa, así que tenía que cruzar casi todo el corredor para llegar al salón principal.
Mis pasos resonaban suavemente sobre el suelo pulido.
La casa estaba demasiado silenciosa.
Todo estaba perfectamente ordenado.
Más de lo normal.
Las mesas.
Los candelabros.
Las flores.
Incluso las cortinas parecían recién acomodadas, como si alguien hubiera preparado todo cuidadosamente para algo importante.
Fruncí ligeramente el ceño.
Qué raro.
Entonces, casi por instinto, miré hacia una de las grandes ventanas del pasillo.
Desde allí se veía el bosque.
Oscuro.
Inmóvil.
Las ramas de los árboles apenas se movían con el viento de la noche.
Y en medio de uno de los árboles más grandes…
Había un cuervo.
Estaba posado en una rama alta, completamente quieto.
Observando.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
No estaba segura de por qué.
Tal vez era la forma en que estaba allí.
Sin moverse.
Sin hacer ruido.
Como si estuviera… esperando.
Aparté la mirada de inmediato.
—Solo es un cuervo… —murmuré.
Pero la sensación incómoda no desapareció del todo.
Enderecé la espalda y continué caminando por el pasillo.
Después de todo…
lo que fuera que estuviera pasando esta noche,
claramente no tenía nada que ver con un simple cuervo.
O al menos…
eso esperaba
Al llegar al salón…
estaba vacío.
Me detuve en la entrada por un momento, mirando alrededor.
Las velas ya estaban encendidas, iluminando suavemente las largas mesas y los adornos que habían colocado con tanto cuidado. Todo estaba preparado… pero no había nadie.
Ni mis padres.
Ni Alistair.
Ni invitados.
Fruncí ligeramente el ceño.
Supuse que aún no habían llegado.
O tal vez yo había bajado demasiado pronto.
Solté un pequeño suspiro.
Entonces se me ocurrió la grandiosa idea de tomar un poco de aire fresco.
Aunque, siendo honesta, no lo recomiendo demasiado en medio de la noche.
Pero me sentía… extraña.
Confundida.
Como si algo en el aire no estuviera del todo bien.
Además, el vestido empezaba a incomodarme.
Y créanme, amo los vestidos.
Pero a veces pueden ser terriblemente incómodos.
Especialmente cuando sientes que todo el mundo espera algo de ti y ni siquiera sabes qué es.
Así que me dirigí hacia una de las puertas que daban al exterior y salí por unos momentos.
El aire de la noche era frío, pero agradable.
Respiré profundamente, dejando que el silencio del jardín calmara un poco esa sensación inquieta que no terminaba de irse.
Todo estaba oscuro.
Las sombras de los árboles se extendían sobre el suelo como brazos largos y retorcidos.
Y por un momento…
tuve la extraña sensación de que alguien me observaba.
Fruncí el ceño y miré alrededor.
Nada.
Solo el jardín.
Solo la noche.
Justo entonces escuché el sonido de un carruaje acercándose.
El ruido de las ruedas contra el camino de piedra rompió el silencio.
Me enderecé de inmediato.
—Bueno… supongo que llegaron —murmuré.
Y antes de que alguien pudiera verme afuera como si estuviera escapando de mi propia casa, entré rápidamente otra vez.
Después de todo…
parecía que la noche por fin iba a empezar.
Cuando regresé al salón, ya no estaba completamente vacío.
Solo había dos personas.
Un señor y una señora.
Me detuve un momento antes de avanzar.
Supuse que eran esposos.
Tenían un aspecto… algo intimidante, para ser sincera.
Sus vestiduras eran elegantes, demasiado elegantes incluso, y todo en ellos parecía perfectamente calculado: la postura recta, las miradas tranquilas, la forma en que observaban la sala como si nada escapara a su atención.
Pero lo que realmente llamó mi atención fue lo que colgaba de sus cuellos.
Un collar.
Un cuervo.
El ave estaba tallada con un detalle impresionante, con las alas ligeramente abiertas, como si estuviera a punto de alzar el vuelo.
Y sus ojos…
Parpadeé un momento para asegurarme de que mi vista no me estuviera jugando una mala pasada.
Porque, para ser honesta, a veces falla bastante.
Pero no.
No estaba equivocada.
Los ojos del cuervo eran dos gemas distintas.
Uno rojo.
El otro… color hazel.
Fruncí ligeramente el ceño.
No tenía idea de cómo alguien podía poner gemas tan pequeñas en algo así sin arruinarlo, pero tampoco era mi problema, ¿verdad?
Así que decidí no pensar demasiado en ello.
En pocas palabras, me acerqué y los saludé con el respeto que se espera de una dama.
Ellos respondieron con una leve inclinación de cabeza.
Era extraño.
Solo estaban ellos dos.
Nadie más.
La cena comenzó poco después.
Fue tranquila, incluso demasiado tranquila.
Las conversaciones eran cortas, medidas, y en más de una ocasión sentí que aquellas miradas volvían hacia mí, aunque cuando levantaba la vista fingían estar concentrados en otra cosa.
No pregunté nada.
Tampoco era mi lugar hacerlo.
Finalmente, cuando la cena terminó, el señor y la señora se levantaron.
Mis padres hicieron lo mismo.
Intercambiaron unas pocas palabras en voz baja y luego mis padres los guiaron fuera del salón.
—Iremos al despacho —dijo mi padre con calma.
Y así, sin más explicación, los cuatro desaparecieron por el pasillo que conducía a su oficina.
Suspiré y me recosté ligeramente en la silla.
Por lo menos no estaba completamente sola.
Alistair seguía allí.
Giré la cabeza hacia él con una pequeña sonrisa.
—Bueno… al menos estoy contigo —dije con un leve tono burlón.
Mi hermano soltó una pequeña risa.
—Qué honor —respondió con ironía—. Pensé que preferías a los misteriosos invitados.
—Por favor —repliqué—. Apenas dijeron dos palabras en toda la cena.
Alistair se encogió de hombros y tomó un sorbo de su copa.
Por un momento nos quedamos en silencio, hasta que volví a mirarlo con curiosidad.
—Oye… —dije, inclinándome un poco hacia él—. ¿Por qué no me habías contado que te iban a comprometer?
Él levantó una ceja.
—¿Comprometer?
Se veía genuinamente confundido.
Señalé con la cabeza hacia la puerta por donde nuestros padres habían desaparecido con los invitados.
—Sí… por eso vinieron esos señores, ¿no?
Justo cuando terminé de pronunciar aquellas palabras, la puerta del salón se abrió nuevamente.
Levanté la vista.
Mi padre había regresado.
Su expresión era seria.
Demasiado seria.
Mi hermano también lo vio, pero a diferencia de mí, no pareció sorprendido. Solo dejó su copa sobre la mesa con calma, como si ya esperara que algo así ocurriera.
Mi padre caminó unos pasos dentro del salón antes de detenerse frente a nosotros.
Sus ojos se posaron directamente en mí.
—Ven conmigo —dijo con calma—. Necesito hablar contigo en mi despacho.
Parpadeé.
—¿Conmigo?
No era lo que esperaba escuchar.
Miré brevemente a Alistair, buscando alguna explicación.
Pero él simplemente me sostuvo la mirada unos segundos y luego se encogió ligeramente de hombros.
No parecía confundido.
Más bien… parecía saber algo.
Algo que yo no.
Volví a mirar a mi padre.
Su expresión no había cambiado.
Seria.
Inquebrantable.
Suspiré suavemente y me levanté de la silla.
—Claro… —murmuré.
Caminé hacia él, sintiendo una extraña presión en el pecho.
Algo no estaba bien.
Podía sentirlo.
Y mientras salíamos del salón y caminábamos por el pasillo hacia su despacho…
no pude evitar pensar que aquella noche
acababa de tomar un rumbo que yo no entendía. Al llegar al despacho de mi padre, la puerta ya estaba entreabierta.
Mi padre la empujó suavemente y me indicó que entrara.
Lo hice.
Dentro estaban mi madre y aquella pareja.
El ambiente era… extraño.
Demasiado silencioso.
Como si algo importante estuviera a punto de ocurrir.
Pero lo más raro no era eso.
Lo más raro fue lo que vi cuando miré mejor la habitación.
No solo estaban ellos cuatro.
Había alguien más allí.
Una quinta persona.
De pie, un poco apartado del resto, casi oculto por la sombra que proyectaban las lámparas del despacho.
Fruncí ligeramente el ceño, intentando distinguir mejor su rostro.
No lo reconocí.
Y, aun así, algo en su presencia me resultaba inquietante.
Como si aquella persona ya supiera quién era yo.
Como si ya supiera algo sobre mí.
Entonces escuché el sonido de la puerta cerrándose detrás de mí.
Giré apenas la cabeza.
Mi padre estaba junto a ella.
Su mano aún descansaba sobre el pomo.
Su expresión era seria.
Más seria de lo que la había visto en toda la noche.
Entonces habló.
Y en el momento en que pronunció aquellas palabras…
sentí cómo el vestido comenzaba a asfixiarme.
Como si el aire en la habitación se hubiera vuelto demasiado pesado.
Mi pecho se tensó.
Mi respiración se volvió corta.
Y por un instante tuve la extraña sensación de que mi mente estaba a punto de colapsar.