Capitulo 1
El aire olía a sal, bronceador barato y decisiones aceleradas. Justo lo que necesitaba. Con una mano arrastraba mi maleta y con la otra intentaba sostener el sombrero ridículamente grande que mi mejor amiga me había obligado a llevar. “Te hará ver como a los famosos”, me dijo. Parecía más bien un cono de tránsito con cinta beige.
Me llamo Julia, tengo 24 años recién cumplidos, piel dorada gracias a la playa de mi infancia y cabello castaño que nunca decide si quiere ser liso o rizado. Había pasado los últimos siete años de mi vida pegada a la misma persona: mi amor de colegio, mi primer todo, mi “para siempre” que terminó en un “te mereces a alguien mejor”... y sí, tenía razón, pero no por las razones románticas que él creía.
Así que aquí estaba yo, con un bikini nuevo, un par de vestidos demasiado cortos y la promesa silenciosa de “vivir la vida” durante esta semana en alta mar. ¿Reinventarme? Tal vez. ¿Embriagarme con margaritas y bailar hasta que las pestañas postizas se despegaran? Definitivamente.
—¡Cuidado! —gritó alguien.
Fue demasiado tarde.
Tropecé con mi propia maleta y terminé en el suelo, abrazando el piso brillante como si fuera un amante prohibido. Mis chanclas salieron disparadas en direcciones opuestas y, para rematar, un señor de uniforme azul con sonrisa de anuncio turístico me ofreció la mano con demasiada amabilidad.
—¿Primera vez en un crucero? —preguntó, con una sonrisa contenida. —¿Se nota? —respondí, mientras me levantaba con la dignidad rota pero la frente en alto.
La verdad es que sí, se notaba. Entre mi bolso desbordando bikinis y el mapa arrugado que no entendía, era obvio que estaba más perdida que un vegano en un asado.
Como pude tome mi maleta, le di un "gracias" apresurado y con el color subiendo por mis mejillas, camine rápido tratando que nadie mas notara mi aparatosa caída.
Ya instalada en el camarote —pequeño, pero con vistas al mar— me serví una copa de vino barato del minibar. No importaba que el barco apenas estuviera zarpando; el manual de “cómo superar a tu ex” claramente decía que el alcohol era obligatorio.
Me puse el bikini azul, ese que compré solo porque el dependiente me dijo que “destacaba mi bronceado”, y salí a explorar la cubierta superior. El sol me golpeó el rostro, y sentí que ese era el inicio de mi nueva vida: yo, libre, joven y con las piernas temblando porque todavía no me acostumbraba al movimiento del barco.
La vista era maravillosa, todos los turistas parecían estar listos para la diversión, niños corriendo, adultos apresurándose a llegar al bar para ordenar bebidas y el personal atento ante cualquier eventualidad.
Todo mi entorno estaba lleno de emoción, gritos y música. Sin embargo, hubo una persona que llamo mi atención.
Una figura estaba recostada en una silla, con un libro en las manos y un sombrero elegante que le cubría parte del rostro. No necesitaba verla completa para saber que era de esas mujeres que sabían lo que hacían con una mirada.
Cinco años mayor, quizá unos 29 o 30, con un vestido blanco de lino que apenas insinuaba la curva de sus hombros. Sus labios eran tan serenos como provocadores, y sus ojos —cuando levantó la vista del libro y me observó— eran un océano profundo en el que una chica como yo podía perderse sin pedir ayuda.
Ella era calma y tormenta. Yo, caos y carcajadas. Y sin saber por qué, por unos segundo sentí como si su mirada me atravesara por completa.
Rápidamente aparte la vista, confundida y con miedo de ver que aun seguía con sus ojos puestos en mí.
—Bienvenida al paraíso, Julia —me dije en voz baja.