Megan Crispin
Sí. Esa soy yo. Antes de empezar, abstenerse de hacer chistes malos sobre mi apellido.
Gracias.
Soy Megan, pero pueden decirme Meg. Y no, en mi hogar no cenamos pollo crispy todos los días.
Solo a veces...
En fin. Si estás leyendo esto, es porque viste mi penosa lista de metas para mi vida universitaria. Sí, sí. Suena patético. ¿Quién querría vivir una vida cliché, donde el inicio es aburrido, el conflicto es un tópico visto hasta en un diccionario y el final es predecible?
Qué estupidez.
Aunque no me hubiera quejado si al menos los últimos puntos de esa lista se hubieran cumplido. Es decir, imaginar a Trevor llamándome suya hace que mi boca se convierta en una cascada. O que Dante me rodeé la cintura con su musculoso brazo, provocando que mis piernas tiemblen...
Lo lamento.
Por más que me hubiera encantado, soy una persona satisfecha. Mis notas viajan del A al B y viceversa, mi mejor amiga es una chica de autoridad institucional —debido a su merecida popularidad— cuyo primo es mi crush desde que pisé este edificio y estoy acostumbrándome a las críticas del resto sobre mi cuerpo. Puede que tenga obesidad grado 2, pero un mes antes era obesidad grado 3, y una victoria es una victoria.
Como sea. Me encantaría decirles que logré todo lo que me propuse en mi lista (excepto odiar a Brooke), pero el presente es pesimista y mi futuro no se ve esperanzador. Aún así, apreciaré su compañía en esta nada cliché vida mía, porque si hay algo que sé que disfrutarán además del cliché barato, es mi intento por obtener uno.
Deseénme suerte.
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