Kitana en Dead Island

Summary

La historia sigue a un grupo de supervivientes en el infierno zombi del Resort Royal Palms en la isla de Banoi. El grupo central está formado por los protagonistas canónicos del videojuego Dead Island (Xian Mei, Logan, Purna, Sam B) y el líder NPC Sinamoi. Sin embargo, la narrativa se complica con la llegada de guerreros dimensionales de otros universos de ficción: Kitana (Mortal Kombat), Hwoarang (Tekken), Ibuki (Street Fighter) y Kilik (Soul Calibur). Estos guerreros, arrancados de sus respectivos mundos y líneas temporales, se unen a los supervivientes locales, formando una alianza improbable pero poderosa. Juntos, no solo luchan por sobrevivir a las hordas de no muertos, sino que también intentan comprender el fenómeno que los reunió. La trama se centra en su lucha por establecer un bastión seguro (la Torre de Socorristas), rescatar a otros civiles y enfrentarse a las realidades más crudas de un apocalipsis, todo mientras forjan lazos de camaradería y lidian con la añoranza de sus hogares perdidos.

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1: Susurros en el Paraíso Podrido

El olor fue lo primero que la golpeó.

No era el familiar aroma a incienso y cerezos de la arena del Emperor’s Garden, ni el aire cargado de ozono y energía ancestral del Wu Shi Academy. Este era un hedor dulzón y penetrante, una mezcla nauseabunda de carne putrefacta, sangre seca y el salitre del océano. Un olor a muerte que se aferraba al interior de la nariz y la garganta.

Kitana abrió los ojos. El sol tropical, implacable, la cegó por un instante. El cielo era de un azul obscenamente vibrante, un lienzo perfecto salpicado de nubes algodonadas que contrastaba brutalmente con la escena de pesadilla a sus pies. Yacía sobre la suave arena blanca de una playa, pero la arena estaba manchada de rojo oscuro y marrón. El cuerpo de una mujer con un vestido de verano destrozado yacía a pocos metros, su mirada vacía clavada en el cielo, el cuello desgarrado por una herida que no era hecha por arma alguna.

Se incorporó con la fluidez de una guerrera, una mano buscando instintivamente los abanicos de acero en sus caderas. Allí estaban, fríos y familiares. Su mirada, entrenada para evaluar amenazas en milisegundos, escaneó el entorno. Estaba en un complejo turístico. Palmeras, tumbonas volcadas, sombrillas de colores brillantes perforadas y manchadas. Y ruido. No el silencio de la muerte, sino un constante gemir gutural, el sonido de arrastrar pies y gritos distantes que se mezclaban con el suave rumor de las olas.

¿Dónde estoy? ¿Qué infierno es este?

El último recuerdo claro era la batalla en los jardines del palacio. Un hechizo de magia caótica, una grieta en el aire que destellaba con energías que no eran de este mundo... y luego, un vacío. Una sensación de ser desgarrada y reconstruida en otro lugar. Outworld estaba plagada de rarezas, pero esto... esto era una profanación de la vida misma.

Un movimiento entre los arbustos de hibiscos, ahora rotos y ensangrentados, llamó su atención. Una figura se arrastraba hacia ella. Su piel tenía un tinte grisáceo y enfermizo, sus ropas, harapos de lo que fue un elegante atuendo vacacional. Caminaba con la torpeza de un muñeco roto, pero sus ojos... sus ojos ardían con un hambre insana. Una boca manchada de sangre goteaba saliva oscura.

Kitana se puso en guardia. No era un Tarkatan, ni un guerrero de Shao Kahn. Era algo... menos. Pero el instinto de muerte que emanaba era palpable. La criatura lanzó un gruñido y se abalanzó con una velocidad sorprendente para su apariencia decadente.

La princesa de Edenia no se inmutó. Con un movimiento que era pura coreografía, sus abanicos se desplegaron con un shink metálico. La hoja exterior del abanico derecho describió un arco plateado en el aire. No fue un corte profundo, sino preciso. La cabeza del ser, separada limpiamente del cuerpo, rodó por la arena antes de que el cuerpo cayera, convulsionándose y luego quedando inerte.

Observó el cadáver. No se disolvió en energía, no dejó un rastro de magia. Simplemente yació allí, real y mortal. ¿Zombis? ¿Criaturas resucitadas? El concepto era primitivo, casi risible, pero la realidad era repulsiva. Este no era un combate de honor, era una carnicería.

Decidió moverse. Pararse en la playa abierta era una invitación al desastre. Su entrenamiento como kunoichi, aunque no fuera su especialidad, le dictaba buscar terreno elevado, evaluar la situación. Se dirigió hacia los edificios del resort, moviéndose con una elegancia sigilosa que parecía fuera de lugar en el caos. Su atuendo, la coraza dorada y el azul cobalto, brillaba bajo el sol, un estandarte de un reino que sentía a años luz de distancia.

Mientras se adentraba en el laberinto de bungalows y senderos, el sonido de una lucha desesperada llegó a sus oídos agudizados. No solo gemidos, sino gritos humanos, golpes y el sonido distintivo de impactos de artes marciales.

Xian Mei jadeaba, apoyada contra la pared de uno de los lujosos bungalows. Su machete, “La Sonrisa del Dragón”, pesaba como un yunque en su mano. Había perdido la cuenta de cuántos de esos... cosas... había acabado. Su uniforme de recepcionista, la blusa blanca ahora irreconocible, estaba pegada a su piel por el sudor y la sangre ajena.

Tres de ellos la acorralaban. Dos caminantes lentos y uno de esos... rápidos. El Infectado. Este último era el verdadero problema. Se movía con una agilidad espasmódica y aterradora, escupiendo y gruñendo.

—¡Aléjense! —gritó, con una voz que quería sonar firme pero que delataba su agotamiento.

A su lado, un hombre que había conocido hacía apenas una hora luchaba con una ferocidad que igualaba a la de las bestias. Hwoarang. Su cabello rojo era un estandarte de rabia en medio del horror. No tenía arma, solo sus pies y puños, pero los usaba con una eficiencia letal. Una patada giratoria; destrozó la rodilla de un caminante, seguida de un talonazo que aplastó su cráneo con un sonido húmedo y crujiente.

—¡Maldita sea! ¡No paran de venir! —rugió Hwoarang, su acento coreano marcando cada palabra. Su respiración era pesada. Llevaba horas luchando, huyendo. Su ojo bueno, de un marrón intenso, brillaba con una furia concentrada. El otro, oculto bajo un vendaje, era un recordatorio mudo de una derrota pasada que palidecía ante esta pesadilla presente.

El Infectado aprovechó un descuido de Xian Mei, lanzándose hacia ella con las garras extendidas. La joven recepcionista levantó el machete, pero supo que sería demasiado lento. Cerrando los ojos, se preparó para el impacto.

Un silbido cortó el aire, un sonido limpio y agudo que no pertenecía a ese lugar. Algo plateado y circular pasó como un rayo junto a la oreja de Xian Mei y se clavó en la frente del Infectado con un thunk sordo. La criatura se detuvo en seco, un fino surco de sangre marcando donde el objeto había penetrado, antes de desplomarse.

Xian Mei abrió los ojos, atónita. Clavado en el cráneo del zombi había un objeto que nunca hubiera imaginado ver como arma: un abanico de metal, elegantemente decorado, cuyos paneles de tela azul real ondeaban suavemente en la brisa envenenada.

Antes de que pudiera reaccionar, una figura descendió desde el techo del bungalow con la gracia de un felino. Una mujer. Alta, esbelta, ataviada con una armadura que parecía de una ópera o un videojuego. Su cabello negro estaba recogido en un moño impecable, y sus ojos, de un marrón profundo, escanearon la escena con una calma desconcertante.

Kitana aterrizó en silencio, recuperando su abanico de un tirón limpio. Sin una palabra, se giró hacia los dos zombis restantes. Su movimiento fue un baile de muerte. El abanico izquierdo se desplegó, bloqueando los torpes golpes de un caminante mientras el derecho ejecutaba un corte horizontal que decapitó al otro. Luego, un giro elegante y un golpe de la punta del abanico en el templo del último zombi, cuyo cráneo cedió con un crujido seco.

El silencio, solo roto por los lejanos gemidos, volvió al callejón.

Hwoarang bajó la guardia, jadeando. Su mirada, inicialmente sorprendida, se tornó en una evaluación calculadora. No era gratitud lo que brillaba en sus ojos, sino el reconocimiento instantáneo de un luchador de élite ante otro.

—¿Quién diablos eres tú? —preguntó, su voz áspera.

Xian Mei, todavía temblando, miró a su salvadora. La elegancia, la precisión... era abrumadora.

—Tus...tus abanicos... —logró balbucear.

Kitana los cerró con un chasquido metálico, limpiando la sangre en un paño que sacó de su cinturón.

—Son herramientas, cómo cualquier otra —dijo, su voz serena, un contraste absoluto con el entorno—. ¿Están heridos?

—No... no gravemente —respondió Xian Mei, encontrando fuerza en la profesionalidad de la otra mujer—. Gracias. Pensé que... era el fin.

—El fin parece ser un lujo aquí —observó Kitana, mirando a su alrededor—. ¿Qué es este lugar? ¿Qué les sucede a estas personas?

—Es Banoi. El Resort Royal Palms. Y a estas personas... les sucedió esto —explicó Xian Mei con un gesto de amargura—. Un brote. Un virus. Los convierte en... eso.

—Un virus —repitió Kitana, asimilando la información. No era magia, ni una maldición de los Dioses Antiguos. Era una enfermedad. Algo terrenal y, en cierto modo, más aterrador.

—No tenemos tiempo para charla —interrumpió Hwoarang, señalando con la cabeza hacia el final del callejón, donde más sombras comenzaban a agruparse—. Si no nos movemos, pronto seremos el almuerzo de esos cabrones.

Kitana asintió. Por extraño que fuera este mundo, la lógica de la supervivencia era universal.

—De acuerdo. ¿Tienen un lugar seguro?

—Estamos intentando llegar a uno —dijo Xian Mei—. Hay un punto de reunión. Otros supervivientes.

—Entonces, lideren —Kitana hizo un gesto con la mano—. Yo cubriré la retaguardia.

El trío se abrió camino a través de los jardines del resort, convertidos en un campo de matanza. Hwoarang y Xian Mei iban al frente, ella con su machete cortando tendones y abriendo gargantas con eficiencia aprendida a la fuerza, él con una exhibición impresionante de Taekwondo. Sus patadas eran cohetes, giratorias, bajas, altas. Una patada en arco (f, f+4) derribaba a un zombi para que Xian Mei lo rematara. Un rápido string de patadas desde su postura Flamingo mantuvo a raya a un pequeño grupo, creando el espacio necesario para avanzar.

Kitana, detrás de ellos, era la tormenta silenciosa. Sus abanicos volaban, no como proyectiles torpes, sino como extensiones de su voluntad. Un lanzamiento preciso atravesaba el ojo de un caminante a diez metros de distancia. Cuando alguno se les acercaba por detrás, ella los recibía con una serie de movimientos fluidos: un giro evasivo (Square Wave), un corte rápido con el filo del abanico, y el zombi caía desmembrado. Era la muerte hecha coreografía, cada movimiento económico y letal.

El sonido de un disparo de escopeta, potente y autoritario, retumbó cerca. Al doblar una esquina, se toparon con otro grupo de supervivientes.

Logan Carter, sudoroso y con el ceño fruncido, recargaba su escopeta “El Veredicto”. Había un montón de cuerpos a sus pies, resultado de su puntería. A su lado, Purna, con su chaleco táctico y su actitud de veterana, disparaba con calma y precisión, cada tiro de su escopeta una declaración de experiencia. Sam B, sudando profusamente bajo su sudadera con capucha, blandía su mazo pesado “The Squasher”, aplastando cráneos con brutales golpes descendentes mientras mascullaba entre dientes.

—¡Eh, mira esto! —gritó Sam B al ver a Xian Mei y Hwoarang—. ¡Los niños prodigio sobrevivieron! ¿Y trajeron... una diosa griega del murder?

El grupo se unió instantáneamente, la necesidad superando cualquier formalidad. La lucha se intensificó. Los zombis, atraídos por el ruido, acudían en mayor número.

Purna, mientras recargaba, no podía apartar los ojos de Hwoarang. Veía a un chico joven, sin más protección que sus guantes y botas, enfrentándose a monstruos con una técnica que ella, como ex policía, reconocía como de clase mundial. Una patada giratoria de Hwoarang que destrozó a dos zombis a la vez le arrancó un gruñido de admiración.

—¡Cielos, chico! ¿Dónde aprendiste a pelear así?

Hwoarang, sin dejar de moverse, le lanzó una sonrisa arrogante y fugaz.

—En las calles de Seúl. ¡Y en el dojang!

Logan, por su parte, observó a Kitana. Vio cómo un abanico, lanzado en un arco imposible, rebotaba en la pared de un bungalow y seccionaba la pierna de un zombi que se acercaba sigilosamente a Sam B por la espalda, antes de que el mazo del rapero lo convirtiera en pasta.

—Eso ha sido... diferente —comentó Logan, secamente.

—Eficiente —corrigió Kitana, recuperando su arma con un movimiento de la muñeca que parecía desafiar la gravedad.

Sam B resopló, descargando su furia en un Thug, un zombi grande y corpulento, al que dejó hecho un amasijo con tres golpes consecutivos.

—Who do you Voodoo, bitch! —gritó, antes de girarse hacia Kitana—. Oye, hermana, cuando esto acabe, ¿me das unas clases? Esos abanicos son la leche.

Kitana no respondió, pero un leve asentimiento fue toda la confirmación que Sam B necesitó. Por primera vez en horas, alguien en el grupo esbozó algo parecido a una sonrisa.

Juntos, formaron una máquina de matar improvisada pero letal. La potencia de fuego de Purna y Logan, la fuerza bruta de Sam B, la agilidad mortal de Hwoarang y Xian Mei, y la elegancia devastadora de Kitana. Despejaron la zona, abriéndose paso hacia las colinas, hacia la relativa seguridad de los bungalows elevados.

Finalmente, llegaron a un bungalow en una posición privilegiada. Estaba parcialmente fortificado, con muebles de exterior volcados formando una barricada baja en la terraza. Desde dentro, una luz tenue y el sonido de voces contenidas.

—¡Es Sinamoi! —anunció Xian Mei, con un suspiro de alivio.

Un hombre asomó la cabeza por la puerta. Era Sinamoi. Su rostro, de piel morena y marcado por la preocupación, se iluminó al verlos. Sus rastas cortas estaban despeinadas, y su mirada, aunque cansada, era alerta y calmante.

—¡Por todos los santos! ¡Xian Mei! ¡Hwoarang! Y... más supervivientes. Rápido, entren —les hizo pasar.

El interior del bungalow era un caos organizado. Colchones en el suelo, pilas de comida enlatada, botellas de agua y un olor a sudor y desinfectante. En un rincón, un hombre mayor, con overol azul manchado de grasa y una gorra de béisbol, trabajaba en una barricada para una ventana. Era Mike, el encargado de mantenimiento. Asintió con la cabeza hacia los recién llegados, su expresión seria pero no hostil.

—Bien, ya somos más —dijo Mike, su voz era áspera por el desuso y la fatiga—. Más bocas que alimentar, pero también más brazos para defender este agujero.

Sinamoi cerró la puerta y se apoyó en ella, pasándose una mano por la cara.

—La situación es peor de lo que pensábamos. Las comunicaciones están caídas. No hay señal de rescate. Estos... infectados... están por todas partes. He logrado contactar con algunos otros grupos dispersos por radio, pero la cosa pinta mal.

Explicó el plan, señalando con el dedo en un mapa del resort extendido sobre una mesa de centro.

—El único lugar con visibilidad y una posición defensiva decente es la Torre de Socorristas, en la playa principal. Tenemos que llegar hasta allí. Reunir a todos los que podamos, conseguir suministros, y desde allí, quizás... quizás poder hacer una señal, encontrar una forma de escapar de esta maldita isla.

Mike se acercó, señalando el mapa con un dedo engrasado.

—Puedo reforzar las defensas de la torre. Hay materiales en el cobertizo de mantenimiento. Con un poco de suerte y mucho sudor, podemos hacerla casi inexpugnable... al menos contra esos —dijo, refiriéndose a los zombis.

—¿Y qué pasa con los que son rápidos? —preguntó Logan, con escepticismo—. Esos “Infectados”. Una barricada no los detendrá.

—No —admitió Sinamoi—. Pero nos dará tiempo. Y un punto alto para verlos venir. Es la mejor opción que tenemos.

Fue entonces cuando todas las miradas se volvieron hacia los recién llegados, especialmente hacia Kitana y Hwoarang, cuyas habilidades habían sido imposibles de ignorar.

—Creo que... nos presentamos —dijo Purna, tomando la iniciativa. Su tono era el de un oficial informando—. Yo soy Purna. Ex policía. Esta es Xian Mei, recepcionista del hotel. Logan, ex atleta. Sam B, músico. Y Hwoarang... —hizo una pausa, esperando a que él se presentara.

—Hwoarang —dijo él, simplemente, cruzando los brazos—. Luchador.

Sam B se rió entre dientes.

—Eso es quedarse corto, hermano. Yo soy Sam B. El tipo con el mazo. Un placer, incluso en el infierno.

Todos miraron a Kitana. Ella permanecía de pie, erguida y serena, como si estuviera en su sala del trono. La elegancia de su postura y su atuendo creaban una aura de autoridad que silenció la habitación.

—Yo soy Kitana —dijo, su voz clara y firme, sin rastro de duda—. Princesa del reino de Edenia.

Un silencio incómodo llenó la cabaña. Princesa. La palabra sonaba absurda, fuera de lugar. Sam B abrió la boca para hacer un comentario, pero la mirada de Kitana, cargada de una dignidad innata, lo detuvo.

—No sé cómo llegué a este lugar —continuó ella, su mirada recorriendo a cada uno de los presentes—. El mecanismo que me trajo aquí es un misterio para mí. Pero veo gente luchando por sobrevivir. Veo un mal que debe ser erradicado. Donde yo vengo, la justicia y la protección de los inocentes no son una opción; son un deber.

Hizo una pausa, dejando que sus palabras, tan formales como resonantes, calaran en la habitación.

—Mi reino puede estar lejos, pero mi espada... mis abanicos... están aquí. Mientras esté en esta isla, lucharé a su lado.

No hubo discusión. No hubo escepticismo que valiera ante la determinación absoluta en sus ojos y la evidencia de su poder. En ese momento, bajo la tenue luz de una lámpara de queroseno en una cabaña apestosa a muerte, una princesa de un mundo de fantasía se convertía en la más improbable, y quizás la más crucial, esperanza para un grupo de almas perdidas en su propio paraíso convertido en infierno.

El capítulo había terminado. La lucha, apenas comenzaba.