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LA VENTANA DE FOBOS

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Summary

​LA VENTANA DE FOBOS ​En el silencio de la locura, algo ha despertado para vigilar. ​María no habla. No se mueve. Desde hace años, su mundo se reduce a una habitación de un sanatorio y a una mirada perdida en el vacío. Para el detective David Jiménez, ella es la única clave para resolver una serie de crímenes atroces e inexplicables. Para la ciencia, es un enigma médico. ​Pero cuando David y la forense Josefina Ortiz intentan descifrar el misterio que rodea a la joven. Descubren que la demencia y el terror reaccionan a las emociones y parecen dictar sus propias leyes de justicia. ​En un mundo donde la lógica se desmorona, David deberá decidir hasta dónde está dispuesto a llegar para descubrir qué hay detrás de la mirada de María. Porque en ese sanatorio, el peligro no proviene de los pacientes, sino de aquello que nace cuando el sufrimiento humano cruza el umbral de lo imposible. ​Hay secretos que es mejor no mirar. Porque cuando observas a través de la ventana, lo que está del otro lado también te observa a ti.

Genre
Horror
Author
NM
Status
7mo ago
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capitulo Uno

La Roca ante la Tormenta

La sala estaba cargada de nervios. Dos pacientes habían peleado y los enfermeros tuvieron que intervenir. Aunque ya los habían separado, el resto seguía alterado: unos lloraban, otros gritaban amenazas, algunos se sacudían en convulsiones o caían en ataques de furia.

En medio de todo ese caos, una figura permanecía inmóvil. María Ramírez miraba fijamente el ventanal que daba al patio, como si nada de lo que ocurría a su alrededor pudiera alcanzarla.

María llevaba un año internada en el sanatorio mental Santa Catalina. Había llegado allí como parte de un programa penal, pues era la principal sospechosa de un crimen espantoso: su padre y sus dos hermanos habían aparecido muertos en la casa familiar, mientras ella cocinaba en la misma habitación. Los cuerpos mostraban señales de violencia brutal, golpes y desgarros hechos con las manos, sin armas de por medio.

Los médicos habían intentado hablar con ella, pero nunca obtuvieron respuesta. María no decía una sola palabra. Su silencio era tan profundo que parecía vivir en un mundo aparte, inaccesible para cualquiera.

Un enfermero, Salvador, se acercó y tomó la silla de ruedas. La sacó de la sala y avanzó por el pasillo, hasta que una enfermera lo interceptó.

-Hola, Salvador -lo saludó Laura.

-Buenas tardes, Laura. Justo iba a llevar a María a su habitación -respondió él.

Laura se inclinó hacia la paciente y le puso una mano en el hombro. -La jefa de enfermeras me pidió que la llevara con el doctor. Después del alboroto, quiere revisar si ha habido algún cambio en su comportamiento.

Salvador le cedió la silla con una sonrisa. -Claro que sí. Todos estamos pendientes del bienestar de nuestra pequeña María, ¿no es así?

Laura se despidió y se llevó a la paciente. Salvador las observó alejarse, levantando la mano izquierda en señal de despedida.

Pero su otra mano estaba cerrada en un puño tan apretado que los nudillos se habían puesto blancos. Se dio la vuelta y caminó despacio, murmurando para sí mismo:

-En otra ocasión será.

_______________________

La irregularidad

El doctor Hernández ajustó sus lentes mientras observaba las notas clínicas en la carpeta de María Ramírez. La paciente había sido llevada a su consultorio después del alboroto en la sala común. Laura, la enfermera, permanecía a un lado de la silla de ruedas, con gesto atento.

María seguía inmóvil, con la mirada perdida en un punto invisible. El silencio era tan espeso que parecía llenar el cuarto.

—He revisado sus estudios más recientes —dijo el doctor, con voz grave—. Hay algo que me llama la atención.

Laura arqueó las cejas. —¿Qué encontró?

El doctor señaló una imagen en blanco y negro sobre su escritorio. —Su amígdala. Está más grande de lo normal. No es un hallazgo común. Podría ser resultado de un trauma prolongado, de un estado de miedo constante. Es como si esa parte de su cerebro hubiera estado entrenándose para sostener el miedo… y no soltarlo nunca.

Laura miró a María, que seguía sin reaccionar. —¿Eso explica su silencio?

—No del todo —respondió Hernández—. Lo extraño es que, a pesar de su aparente desconexión, la actividad en esa región aunque es intensa, es local. Es como si estuviera… despierta, más que cualquier otra parte de su cerebro.

El doctor se inclinó hacia la paciente, buscando algún gesto, algún parpadeo. María permanecía quieta, pero por un instante, apenas perceptible, sus labios se movieron como si murmurara algo inaudible.

Laura retrocedió un paso. —¿La vio?

Hernández asintió lentamente. —Sí. Y lo más inquietante es que, según los registros, esa actividad no disminuye nunca. Es constante, como una fogata que no se apaga.

El silencio volvió a llenar la habitación. Afuera, el viento golpeaba las ventanas del sanatorio. Dentro, la amígdala de María ardía en secreto, sosteniendo algo que nadie más podía ver.

____________________

Bestia Urbana

Salvador caminaba por los pasillos del sanatorio rumbo al área de vestidores. Su turno estaba por terminar y tenía prisa por marcharse. Desde niño había sido grande y corpulento; con los años, el entrenamiento constante y la disciplina física lo habían convertido en un hombre fuerte, hábil en jiu-jitsu, un arte marcial que le resultaba útil en su trabajo. En un sanatorio mental, los pacientes podían desatar una fuerza salvaje, y él se enorgullecía de poder controlarlos.

Pero bajo esa fachada de profesional seguro, Salvador seguía siendo el mismo bravucón de sus años escolares: alguien que disfrutaba aprovecharse del débil y del indefenso. Ahora, parte de esos oscuros placeres los obtenía en su trabajo, sometiendo a personas vulnerables. Era un depredador social inteligente, siempre cuidadoso de mantener una apariencia educada y correcta en público.

En el pasillo se encontró con Laura, la enfermera que empujaba la silla de ruedas de María.

—Hola, Salvador. Sé que tu turno casi termina, pero ¿podrías ayudarme a llevar a María a su habitación? —pidió ella con una sonrisa cansada—. Me lastimé la muñeca hace unos días y no creo poder subirla a la cama sin ayuda.

—Desde luego, Laura. Será un placer ayudarte —respondió Salvador, mostrando una sonrisa amable, ensayada tantas veces frente al espejo para que incluso sus ojos parecieran sinceros.

Avanzaron juntos por los pasillos, conversando de temas triviales del sanatorio, hasta llegar al ala destinada a las pacientes femeninas. En esa sección, ningún enfermero podía estar presente sin la compañía de una enfermera o doctora, salvo en casos de emergencia.

La habitación de María estaba compartida con una mujer de edad avanzada que padecía demencia senil. La docilidad de ambas había sido la razón de que las emparejaran en ese cuarto.

Laura sacó un manojo de llaves y buscó la adecuada para abrir la puerta. En ese instante, Salvador inclinó la cabeza hasta quedar a la altura de la oreja de María. Con voz baja, casi un murmullo, le susurró:

—Pronto, muy pronto, mi querida loquita, tendremos la oportunidad de estar juntos. Te mostraré lo que un hombre puede hacer. Quién sabe… tal vez hasta te ayude a mejorar.

Mientras pronunciaba esas palabras, su mano se cerró con suavidad sobre el pecho de la paciente.

Cuando Laura finalmente abrió la puerta y permitió el acceso a la silla de ruedas, la máscara de hombre amable ya había vuelto al rostro de Salvador.

Ninguno de los dos notó que los labios de María se movían de manera casi imperceptible, pero constante, como si repitiera un rezo silencioso o dijera advertencias que nadie escucho.

_________________

Una Mente Rota

Dolores Fuentes era una septuagenaria fibrosa, delgada como un carrizo. Su postura seguía erguida y aún podía realizar todas sus tareas personales sin ayuda. El problema no estaba en su cuerpo, sino en su mente.

Dolores sufría una forma de demencia senil que le provocaba episodios de desconexión y pequeñas amnesias. Por lo demás, era una mujer encantadora que amaba tejer y escribir poesía. Laura, la enfermera, había llegado a sentir un verdadero cariño por ella, aunque el reglamento desaconsejaba ese tipo de vínculos. Era inevitable: Dolores tenía la educación y la clase de una dama, y resultaba difícil no encariñarse con ella.

—Buenas tardes, señora Dolores. ¿Cómo va esa poesía sobre el polvo de las mariposas? —preguntó el enfermero con amabilidad.

Salvador se inclinó y tomó a María suavemente por los hombros y las rodillas. Con un movimiento fluido la depositó con gentileza en la cama.

—¡Ah, te acordaste, Salvador! —respondió Dolores, complacida—. La poesía va bien, de hecho ya la terminé, pero como la escribí en hojas sueltas he perdido dos de ellas. En cuanto las encuentre te la mostraré, verás que te va a encantar.

—Será un placer. Bueno, Laura, si ya no me necesitas, me retiro para que puedan arropar a nuestra pequeña María. Con su permiso.

Laura y Dolores observaron las anchas espaldas de Salvador mientras se alejaba y cerraba la puerta.

—Es un muchacho muy amable. Espero que encuentre una buena mujer pronto. Hombres como él no deben desperdiciarse —dijo Dolores con tono filosófico.

Laura suspiró. —Yo también lo creo, señora Dolores. Pero es un poco descuidado en cuestión de mujeres… a veces me pregunto si no será gay.

Dolores la miró con picardía. —Ese muchacho no es gay. Cuando llegas a mi edad aprendes a “olfatearlos”. Solo hace falta que una linda muchacha, de preferencia enfermera, le dé un pequeño codazo y le diga: “Oye, guapo, ¿no vas a querer lo que está en el menú?”. Verás cómo funciona.

La anciana soltó una risilla. Laura se puso roja como un tomate. —¡Señora Dolores! Qué tonterías dice. Mejor venga y ayúdeme a acomodar a María.

Las dos mujeres arroparon a la paciente y la ayudaron a acostarse.

—Bueno, señora Dolores, las dejo para que descansen. Trate de no dormirse tan tarde y no teja sin luz adecuada, recuerde que puede dañar sus ojos.

—Sí, sí, mamá, me portaré bien —respondió Dolores con diversión.

Laura acomodó por última vez la sábana de María y se retiró.

—Los chicos de ahora se complican demasiado. Antes era más fácil: un joven guapo llegaba en su caballo, te tomaba por la cintura y te llevaba a su casa, donde quedabas al cuidado de sus padres. Días después se concertaba el matrimonio y asunto arreglado —dijo la anciana, con las manos en las caderas.

Entonces, una voz quebró la rutina.

—Él va a matar a Salvador…

Dolores se quedó helada. La voz de María había sonado clara en sus oídos.

—¿Qué? —preguntó, acercándose a la cama.

María murmuraba, apenas audible: —Él va a matar a Salvador… él va a matar a Salvador… él va a matar a Salvador…

Dolores se asustó. Se giró y abrió la puerta, gritando: —¡Laura!

La enfermera, que apenas se alejaba por el pasillo, regresó alarmada. —¿Qué pasa, señora? ¿Todo bien?

En ese instante, la mente de Dolores se desconectó. Su mirada se volvió turbia y observó a Laura como si la viera por primera vez. De repente, algunos engranajes volvieron a encajar, pero no en el orden correcto.

—Jejeje… no pasa nada, muchacha. Solo quería decirte que te pusieras un poco más de maquillaje y algo de perfume, para que seduzcas mejor a Salvador.

Laura se sonrojó y sonrió con incomodidad. —No debe meterse en la vida de los demás, señora Dolores. Ya tiene bastante con su situación. Duerma bien, recuerde que mañana hay visita familiar.

La enfermera se retiró, dejando a Dolores con la sensación de que algo se le escapaba, como si tuviera en la punta de la lengua una advertencia que debía haber dicho… pero que se desvanecía en la niebla de su memoria.

______________________

Sinfonía de Brutalidad

Salvador llegó a su casa después de una intensa sesión en el gimnasio.

Fiel a su rutina, arrojó la bolsa con el uniforme del trabajo sobre el sofá, encendió el equipo de sonido y dejó que su lista favorita —rock de los 80— inundara la casa. El volumen era fuerte, lo suficiente para envolver cada rincón, pero no tanto como para molestar a los vecinos. Salvador había elegido aquella vivienda por su ubicación estratégica: rodeada de patios, altos muros y protegida por una sólida puerta de herrería. Con orgullo la llamaba El Fuerte Salva.

Se dirigió a la ducha y dejó que el agua fría relajara sus músculos. Luego, vestido con ropa cómoda, caminó hacia la cocina. El entrenamiento siempre despertaba su apetito. Abrió la nevera, sacó vegetales y un corte de carne, y con el cuchillo que solía dejar clavado en la pieza de queso cortó un trozo que comenzó a masticar con calma.

Al girarse para llevar los ingredientes a la estufa, lo vio.

En la penumbra de la sala, un intruso se erguía. Era alto, casi dos metros, delgado, probablemente vestido con ropas ajustadas de un gris oscuro que se confundía con las sombras. Salvador no había encendido las luces al llegar, y la figura parecía surgir de la oscuridad misma.

El sujeto no portaba armas visibles. Salvador pensó con arrogancia: ‘Si vienes desarmado, cometiste un grave error. Incluso con un cuchillo no tendrías oportunidad’. Confiaba en sus cinco años de disciplina marcial, en su fuerza y en su habilidad para infligir dolor.

—Mira, chico —dijo con tono jactancioso—, si lo que quieres es robar, viniste al lugar equivocado. Ahora, si me pides disculpas por haber roto la puerta o una ventana, tal vez solo te rompa un hueso o dos antes de entregarte a la policía.

El intruso avanzó. Salvador se puso en guardia, preparado para lanzarse sobre él. En su mente ya había diseñado la estrategia, los movimientos, la cantidad de dolor que infligiría. Pero cuando la luz de la cocina iluminó la figura, su pensamiento se detuvo. Lo que veía no encajaba en ninguna lógica.

El agresor aprovechó la duda y se abalanzó. Salvador reaccionó por instinto, contraatacó, pero la fuerza del intruso era descomunal, imposible para su complexión delgada. Con facilidad lo empujó contra la nevera abierta, incrustando sus 110 kilos de peso contra el interior del refrigerador. El golpe lo dejó sin aire. Intentó aplicar una técnica de respiración para recuperar el control, pero una mano áspera y poderosa cubrió su boca y nariz, bloqueando toda entrada de oxígeno.

La mente de Salvador se concentró en sobrevivir. Con calma desesperada, tanteó detrás de él hasta encontrar el cuchillo clavado en el queso. Lo empuñó y lo hundió tres veces en el torso del atacante. El acero entraba y salía, pero no producía efecto alguno. La presión sobre su rostro seguía implacable.

Con la otra mano intentó liberarse, pero el intruso levantó su brazo libre y lo colocó sobre el pecho de Salvador. Los dedos se cerraron entre la cuarta y quinta costilla, desgarrando piel y cartílago, arrancando huesos con una fuerza devastadora. Salvador quiso gritar, pero la mano que lo sujetaba le robó el aire y la voz.

Por un instante, la mano que ejercía presión en su rostro se desplazó a su cuello. Salvador inhaló y tosió sangre, apenas consciente. Entonces vio el rostro de su atacante: un semblante imposible, de rasgos tensos y piel que parecía cuero endurecido. Sus ojos se abrieron desorbitados, incapaces de comprender lo que enfrentaba.

El intruso hundió la mano en el hueco sangrante de su torso y comenzó a arrancar trozos de carne, arrojándolos con indiferencia al suelo. El dolor se convirtió en un punto cegador, y la inconsciencia llegó como un alivio.

En la cocina, la música seguía sonando, pero lo único que dominaba el aire eran los sonidos húmedos de la carne al caer.

____________________

El Sabueso

El doctor Hernández llegó presuroso al sanatorio, una hora antes de su entrada habitual.

El detective David Jiménez estaba recargado en la pared frente a la puerta de su oficina, absorto en un videojuego portátil.

—Buenos días, detective —saludó el doctor al reconocerlo. No era la primera vez que aquel hombre lo esperaba allí.

David lo ignoró por un momento, torciendo el gesto mientras seguía concentrado en la pantalla.

—¡Maldita sea! Ya casi lo tenía… —exclamó con una actitud juvenil que contrastaba con su habitual dureza.

Guardó el aparato en el bolsillo de su chaqueta y, al levantar el rostro, el detective frío y severo había regresado.

—Buenos días, doctor. Lamento molestarlo, pero le aseguro que tengo buenas razones para estar aquí.

—Entiendo… ¿gusta pasar a la oficina? ¿Quiere un café?

—No, gracias. Por ahora con charlar está bien —respondió el detective en tono profesional.

Entraron. El doctor se acomodó detrás de su escritorio, mientras Jiménez permanecía de pie, sin tomar asiento.

—Y bien, ¿a qué debo su visita? Mi reporte sobre María aún está en proceso, pero si quiere puedo darle los avances que tengo hasta ahora.

El detective sacó un bolígrafo y comenzó a girarlo entre sus dedos con la destreza de quien ha practicado ese gesto durante años.

—Eso ya lo veremos más adelante, doctor. Por ahora tenemos una situación. Verá, el gobernador quiere dejar a su yerno en el poder. Nepotismo político, usted sabe cómo funcionan esas cosas. Pero el asesinato ocurrido durante su mandato en una comunidad agrícola sigue siendo una mancha en su historial. Usted sabe que en su campaña se enfocó en el sector agrario, en apoyar a la comunidad campesina. El pueblo exige justicia, y esa es la razón por la que tenemos a María aquí con usted.

El doctor iba a responder, pero el detective levantó la mano, cortándole la palabra.

—Ahora quiero explicarle mi situación. El gobernador presiona al fiscal del estado, el fiscal presiona a mi jefe, y mi jefe me presiona a mí. Yo, lamentablemente, no tengo a quién presionar. Eso me genera mucho estrés, y me convierte en candidato directo a ser su paciente si no hago algo al respecto, doctor.

Hernández lo miró con expectativa.

—Supongo que no lee los periódicos, ¿verdad, doctor?

El doctor negó con la cabeza.

—Hace bien. En estos tiempos los periódicos solo publican basura, mentiras pagadas por políticos… y, de vez en cuando, casos extraños de asesinato.

Jiménez sacó un ejemplar del diario de ese día y lo arrojó sobre el escritorio. En primera plana, con fotos censuradas por su violencia, se leía: Escalada de crímenes violentos. ¿Acaso tenemos un asesino en serie?

El título amarillista no impresionó al doctor, y las imágenes veladas tampoco.

Entonces el detective sacó un fajo de fotografías atadas con una banda elástica y lo dejó caer con fuerza sobre el periódico. Hernández desató el paquete y comenzó a revisar las imágenes. Sus ojos se abrieron con sorpresa al reconocer el cuerpo de Salvador. Y se abrieron aún más al ver las horribles heridas que había sufrido.

Jiménez apoyó ambas manos sobre el escritorio y se inclinó hacia él, como un halcón acechando a su presa.

—Ahora, doctor, quiero que use esos dos doctorados que tiene para ayudarme a resolver estas preguntas:

¿Cómo es posible que tengamos un segundo crimen con un modus operandi similar al de la familia de María?

¿Y cómo es posible que la víctima de ese crimen sea un enfermero de esta institución?

El doctor Hernández dejó caer las fotos sobre el escritorio. Sabía que le esperaba un día difícil.

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