Capítulo 1: EL EQUIPAJE DE LOS SUEÑOS
CAPÍTULO 1: EL EQUIPAJE DE LOS SUEÑOS
ÁNGEL :
El aire en la pequeña sala de estar de San Lorenzo siempre había olido a café de olla y a tierra húmeda, pero hoy, ese aroma me resultaba insoportable. Era un perfume de despedida. Mis maletas estaban listas cerca de la puerta, como dos monstruos de tela que me esperaban para devorar mi futuro.
—Ángel, todavía puedes decir que no —mi padre, con sus manos endurecidas por años de trabajo en el campo, jugueteaba nerviosamente con su gorra. Sus ojos, nublados por el cansancio y el miedo de ver a su hija menor marcharse, eran lo que más me dolía romper
—. Vendemos el tractor, pedimos una prórroga en el banco... no tienes que cargar con esto sola. Es mucha deuda para tus hombros.
Me acerqué a él, sintiendo cómo el corazón me golpeaba las costillas. Le tomé las manos, sintiendo las grietas en su piel, un mapa de todos los años que habían trabajado para que yo pudiera graduarme.
—Papá, lo he hecho por mí, pero sobre todo lo he hecho por ustedes —dije, tratando de que mi voz, aunque vibrante, no se quebrara—. No es una carga. Es mi oportunidad de devolverles un poco de lo mucho que me dieron. Si me quedo aquí viendo cómo el banco les quita la casa, no podré perdonármelo nunca. Londres es grande, pero yo tengo la educación que ustedes me dieron. Eso nadie me lo quita.
Mi madre, que hasta ese momento se había mantenido en silencio en la cocina, salió con los ojos hinchados. Se acercó y me tomó el rostro con suavidad. Sus dedos, fríos, recorrieron la línea de mis pómulos, deteniéndose en mis labios rosados.
Yo, con mi cabello negro cayéndome sobre los hombros, me sentía de pronto muy pequeña ante su mirada.
—Te ves tan pequeña, hija —susurró, con un hilo de voz que me desgarró—. Eres tan noble, tan... Ángel. El mundo allá afuera no valora la nobleza. Es un sitio donde la gente se devora entre sí. Por favor, prométeme que no dejarás que esa ciudad te robe quién eres. La belleza que tienes no es solo la de tu rostro, es la que llevas dentro. No permitas que la cambien por dinero, ni por ambición.
—Mamá, nadie me va a cambiar —respondí, aferrándome a su abrigo.
El llanto, que había estado conteniendo desde el amanecer, finalmente se rompió.
Mi padre nos envolvió a ambas en un abrazo que intentaba protegerme de lo que fuera que estuviera al otro lado de ese océano. Fue un abrazo de despedida de los que te dejan sin aire, de los que saben que, a partir de ahora, todo será distinto.
—Tu hermano Mateo te estará esperando en Londres —dijo mi padre, intentando recuperar la compostura mientras se limpiaba los ojos—. Él, conoce esa jungla. Pero si esa ciudad te trata mal, si las cosas no salen como planeas... haces tu maleta y vuelves.
Esta casa siempre será tuya, aunque sea sin techo.
—Volveré —les prometí, aunque ambos sabíamos que eso no era del todo cierto.
El camino al aeropuerto fue un silencio sepulcral. Cuando finalmente llegó el momento de cruzar la puerta de embarque, me giré una última vez.
Ellos estaban allí, pequeños, abrazados el uno al otro en medio del bullicio de la terminal, pareciendo mucho más ancianos que cuando me
desperté esa mañana.
Mi padre levantó la mano en un saludo rígido y mi madre, con los labios apretados en una línea dolorosa, me envió un beso al aire.
Al cruzar ese umbral, sentí que la Ángel de San Lorenzo se quedaba atrás.
Londres no tenía ni idea de lo que estaba a punto de llegar.
...
Londres me recibió con una bofetada de aire helado y una indiferencia que me cortó el aliento.
Mi pequeño departamento en el este era lo que Mateo había podido conseguir: una caja de zapatos con paredes que crujían y una ventana que miraba a un callejón sin salida.
Durante una semana, mis días fueron una rutina de rechazos. Caminaba por el City of London con mis mejores tacones, sintiendo cómo el pavimento mojado se colaba por las suelas mientras entregaba currículums en empresas que ni siquiera se dignaban a mirarme a los ojos.
Mi dinero, el poco que me quedaba después de pagar el alquiler y los pasajes, se estaba evaporando.
La soledad en una ciudad de millones de personas es, curiosamente, mucho más pesada que la soledad en el campo.
Fue la séptima noche, cuando el hambre y la angustia empezaban a pelear por el control de mi pecho, que encontré aquel anuncio. La página web era sobria, negra, con letras doradas que parecían burlarse de mi situación.
"Sterling Industries: Asistente de Presidencia."
Leí los requisitos tres veces:
* Excelente presencia.
* Dicción impecable.
* Soltera. Sin experiencia laboral.
¿Soltera? Era un requisito extraño, casi personal. Pero el nombre, Zayn Sterling, resonaba en los artículos de negocios de mi computadora como el de un rey moderno. Constructoras, acciones, poder... era el tipo de empresa que podía pagar la deuda de mis padres en un solo año.
Zayn Sterling era un hombre del que todos hablaban: elegante, con un físico imponente, tatuado y rodeado de un halo de misterio y arrogancia que se sentía hasta a través de la pantalla.
—Es una locura —susurré al vacío de mi cuarto, mirándome en el espejo del pasillo. Mis cejas pobladas se fruncieron mientras analizaba mi reflejo—. Si voy ahí y me rechazan, no tendré ni para el autobús de regreso.
Pero el miedo a volver a casa derrotada era más grande que el miedo al rechazo.
Saqué el poco dinero que me quedaba debajo del colchón.
Era suficiente para un vestido decente, algo que me hiciera sentir, aunque fuera por un momento, que yo también pertenecía a ese mundo de cristal.
Mañana no sería un día más. Mañana, por primera vez, vería cara a cara a lo que significaba el poder absoluto en Londres.
...
Esa misma noche después darme cuenta que no me alcanza para un vestido caro ni "decente" , después de , me puse manos a la obra. Abrí mi pequeña maleta, la única que me quedaba, y saqué lo poco que tenía. No era mucho, pero era lo suficientemente decente. Elegí un vestido negro que me quedaba justo por encima de las rodillas, de corte sencillo pero elegante, lo suficientemente ceñido para marcar mi figura sin ser vulgar.
Pasé horas frente al pequeño espejo del baño. Intenté domar mi cabello negro ondulado, que parecía tener vida propia, hasta lograr una caída natural sobre mis hombros que resaltara el contraste con mi piel blanca. Me maquillé con cuidado, apenas un poco de labial rosado para no parecer tan pálida y algo de rímel para enfatizar mis pestañas pobladas. Cuando terminé, me miré a fondo. No me veía como una millonaria, pero me veía como alguien que tenía dignidad.
...
A la mañana siguiente, el pulso me latía en las sienes mientras caminaba hacia la sede de Sterling Industries. El edificio era una mole de cristal y acero que se perdía entre las nubes del cielo londinense. Cada paso que daba sobre el suelo de mármol del lobby se sentía como una intrusión.
Al llegar al piso indicado, el corazón se me paró en seco.
La sala de espera estaba llena. Pero no de chicas como yo. Eran decenas de mujeres que parecían haber salido de una revista de alta costura.
Tacones de diseñador, abrigos de lana impecables, perfumes que costaban más que mi renta mensual y un aura de seguridad que me hizo sentir invisible. Escuché sus conversaciones: hablaban tres o cuatro idiomas, mencionaban sus años de experiencia en firmas internacionales, alardeaban de sus contactos.
Me sentí ridícula. Mi vestido, que la noche anterior me parecía sofisticado, ahora me gritaba: eres de pueblo.
Saqué mi teléfono, con las manos temblorosas, y le escribí a Maggie, mi amiga desde la infancia, la que me enviaba mensajes de ánimo desde que llegué.
“Maggie, no puedo hacer esto. Mira a estas mujeres. Tienen todo lo que yo no tengo: experiencia, dinero, clase. Me estoy yendo. No voy a hacer el ridículo.”
Mientras enviaba el mensaje, me di la vuelta hacia los ascensores, tratando de no llamar la atención.
—Ángel, por favor, no seas tonta. Quédate. Es una oportunidad única, no sabes qué pueden estar buscando realmente —respondió Maggie al instante.
—Es inútil, Maggie. Esta empresa es puro lujo y yo… yo soy demasiado barata para este lugar. No tengo nada que hacer aquí.
Seguí caminando, con la mirada clavada en el suelo de granito brillante, sintiendo las miradas de desdén de las recepcionistas. Ya estaba frente a las puertas del ascensor, presionando el botón con desesperación, deseando que ese metal frío se abriera y me tragara para devolverme a mi pequeño departamento.
Estaba tan concentrada en mi huida, en el alivio de dejar atrás esa atmósfera sofocante, que no vi la figura imponente que salía de la oficina principal con paso firme.
Solo sentí el impacto. Choqué de frente contra un pecho sólido, duro como el mármol, y el aroma a sándalo y cuero caro me envolvió por completo antes de que pudiera decir una palabra.
Mi bolso resbaló de mi hombro y mis papeles cayeron al suelo, esparciéndose por el pasillo.
—¿Es que no te enseñaron a mirar por dónde caminas? —dijo una voz grave, profunda y cargada de una soberbia que me erizó la piel.
Levanté la vista. Y entonces, todo mi mundo se detuvo.
El impacto contra aquel pecho sólido me devolvió a la realidad con un golpe seco. El aroma a sándalo y cuero, una fragancia tan cara como intimidante, me invadió los sentidos al instante. Mis papeles —mi humilde currículum, mis referencias y mi esperanza— volaron por el aire, aterrizando como hojas muertas sobre el pulcro suelo de mármol de Sterling Industries.
—¿Es que no tienes ojos? — Volvío a preguntar, con una estocada de autoridad que hizo que los vellos de mis brazos se erizaran.
Me agaché de inmediato, con las mejillas ardiendo por la vergüenza. Mi vestido negro, que tanto me había costado elegir, se sintió de pronto como una burla frente a la elegancia de aquel hombre que reconocí de inmediato por los artículos de Internet . Zayn Sterling estaba allí, imponente, con sus casi un metro noventa de altura, observándome con una frialdad que me dejó sin aliento.
Sus manos, con los dedos decorados por tatuajes que se perdían bajo los puños de su camisa de seda italiana, permanecían impasibles a sus costados.
No me ayudó a recoger nada. Solo me observaba, escaneándome con una mirada tan analítica y quirúrgica que sentí que podía ver a través de mi desesperación.
—Lo siento —balbuceé, con la voz quebrada. Mis dedos temblorosos atrapaban mis hojas, sintiéndome la persona más patética del edificio—. Solo... solo iba de salida. No volverá a pasar.
Él no se movió ni un milímetro.
Seguía bloqueando mi camino hacia el ascensor, su silueta recortada contra la luz fría del pasillo. Sus ojos, oscuros y cargados de un hastío soberbio, se posaron en mis pestañas pobladas y luego en mis labios, deteniéndose apenas un segundo antes de volver a mis ojos.
—¿De salida? —
preguntó, con un tono que mezclaba incredulidad y un desdén afilado—. Llevas diez minutos en mi empresa y ya te rindes. La mediocridad es una enfermedad, y parece que te ha contagiado muy rápido.
Sentí que el alma se me salía por la boca. No era solo el rechazo, era su arrogancia al hablarme.
Me puse en pie de un salto, abrazando mis papeles contra el pecho como si fueran un escudo.
—No es mediocridad, es sentido común —repliqué, sorprendiéndome a mí misma por el brillo de rabia que cruzó mi mirada—. He visto a las otras chicas en la sala de espera. Tienen experiencia, idiomas, y una clase que claramente yo no tengo. No voy a perder mi tiempo, ni el suyo, fingiendo algo que no soy.
Su rostro por unos segundo de iluminó.
Me dispuse a rodearlo, decidida a llegar al botón del ascensor, pero él dio un paso lateral, cerrándome el paso con una calma pasmosa.
Su presencia era como una pared de granito; no iba a dejarme pasar.
—No eres tú quien decide si pierdo mi tiempo —dijo, bajando la voz hasta un susurro áspero que me hizo temblar—. Veo tu desespero, tus manos temblando y esa forma tan patética en la que intentas mantener la dignidad. Eres la única que no está aquí actuando como una modelo de pasarela—
Sus ojos, fríos y calculadores, no me dejaron escapar.
Señaló con un gesto seco de su barbilla hacia la puerta de la sala de juntas de donde él había salido.
—Espera tu turno. Ya vas a pasar —sentenció, sin ofrecerme una sonrisa, sin una pizca de amabilidad—. Y si decides irte ahora, asegúrate de no mirar atrás, porque Sterling Industries no es un lugar para cobardes.
Se dio la vuelta y se alejó con paso firme, dejando que el eco de sus zapatos sobre el mármol marcara el ritmo de mi angustia.
Me quedé allí, paralizada frente al ascensor, con el corazón martilleando mi pecho.
Él no sabía quién era yo, ni siquiera sabía mi nombre, pero me acababa de encadenar a ese lugar.
Me obligué a respirar. Maggie tenía razón:
¿Qué tenía que perder si, de todas formas, ya me sentía derrotada?
Caminé de vuelta a la sala de espera, sintiendo las miradas críticas de las otras chicas sobre mi vestido sencillo, y me senté en la silla más alejada, esperando que mi nombre fuera llamado por el destino...
o por el mismo diablo.