Cicatriz

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Summary

​Nunca supe lo que era la protección. Nunca supe lo que era el amor incondicional. Solo conocí la soledad y la lucha constante contra un mundo que parecía empeñado en romperme. Y lo logró. Terminé fragmentada, convencida de que no había consuelo para alguien como yo. ​Así que corrí. ​Dejé todo atrás para convertirme en otra persona, en alguien sin pasado, en un lugar desconocido donde nadie pudiera juzgarme. Construí una vida nueva sobre los cimientos del miedo, esperando que la distancia fuera suficiente para curar mis heridas. ​Me equivoqué.

Genre
Romance
Author
jeiny
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

28 de diciembre del 2024.

Navidad.

Una época en la que se comparte tiempo en familia.

Imagina volver a tu infancia y despertar emocionado por la mañana para bajar y abrir tus regalos. Estás ansioso porque Papá Noel te ha traído lo que siempre deseaste, ya sea tu muñeca favorita que anunciaron en la televisión, un osito de peluche que te encantó en una tienda de juguetes, o incluso tu saga de libros favorita. ¿Por qué no? ¿A quién no le gustan los libros?

Yo solía leer durante cada Navidad desde los doce años, no porque aparecieran debajo del árbol.

No.

Los leía porque nunca tuve una Nochebuena o Navidad. Era como escapar a otra realidad, a un mundo en el que al menos sentía compañía a través de los personajes literarios. Cada página era una vía de escape de la triste realidad en la que me encontraba, sola y sin nadie a mi lado.

Sali de la cama con cansancio y dejé escapar un suspiro. Aún sentía el dolor en todo mi cuerpo por los golpes que sufrí en el accidente automovilístico.

Me acerqué al espejo en la habitación del hospital y al ver mi pierna, sentí un pinchazo de dolor en el pecho. La herida que se extendía a lo largo de mi rodilla era una evidencia tangible de que algo terrible había ocurrido. Pero no podía recordar el accidente, a pesar de que los médicos insistían en que yo fui responsable.

Cerré los ojos e intenté recordar cualquier detalle que me pudiera llevar a descubrir la verdad. Sin embargo, solo podía percibir fragmentos confusos e imágenes borrosas que se desvanecían rápidamente.

Recordaba estar semi-consciente, pero no escuché las sirenas de la ambulancia. Solo sentía a alguien sosteniéndome en sus brazos.

Después de eso, todo es un vacío.

Mis ojos volvieron a mi reflejo en el espejo y me pregunté cómo era posible que algo así hubiera ocurrido. ¿Cómo podía haber estado drogada si jamás había consumido drogas en mi vida? Todo esto era desconcertante y doloroso. Las lágrimas amenazaban con brotar, pero me obligué a contenerlas.

Estuve inconsciente durante dos días después del accidente, como si esas drogas me hubieran transportado a otro tiempo. Al despertar, sentía que algo me faltaba, como si una parte de mí hubiera quedado enterrada en ese automóvil, perdida en algún lugar de la carretera.

Era como si nunca hubiera experimentado todo el dolor previo al accidente. Como si todo fuera una terrible pesadilla por la que pasé. Los golpes que recibí, lo que me hicieron sentir, golpe tras golpe, ignorando mis súplicas, ellos lo hicieron, la forma en la que me torturaron.

Pero, ¿y si todo hubiese sido una creación de mi mente? ¿Una alucinación causada por las drogas que me habían suministrado? La posibilidad de que todo fuera una ilusión, una fabricación de mi propio cerebro para protegerme del dolor, se abrió paso en mi conciencia, como un destello de esperanza en medio de la desesperación.

Sin embargo, al examinar mi pierna herida, la cicatriz en carne viva, el recordatorio físico de los horrores vividos, la duda se desvaneció y la realidad se impuso con fuerza. Aquello había ocurrido, era real, y nada ni nadie podría borrarlo de mi vida.

Justo en ese instante, la voz amable de la enfermera me sacó de mis pensamientos. Había alguien esperando por mí, alguien que me llevaría lejos de aquel lugar, de aquel pasado doloroso que aún me atormentaba.

- Señorita Montoya -pronunció con su tono melódico y suave- Hay un chico preguntando por usted, se llama...

Antes de que pudiera terminar la frase, ya tenía la respuesta en mis labios.

- Román -afirmé con autoridad.

La enfermera sonrió y se retiró, dejándome a solas con el completo desconocido que pronto entraría por esa puerta. Mis ojos se posaron en ella mientras se cerraba con un chasquido, y una extraña mezcla de emociones me invadió.

Era un hombre alto y musculoso, pude notarlo mientras se acercaba lo suficiente como para saludarme.

- Hola, soy Román.

Sí, era realmente alto. Tenía una apariencia intimidante que me hizo dudar, pero desapareció cuando me sonrió amablemente.

Como si quisiera decir que puede parecer malo, pero en realidad es solo una fachada.

- Circe - extendí mi mano para estrecharla - Samuel me dijo que podría quedarme en tu casa por un tiempo. Espero que no te moleste.

- No te preocupes. Es un placer ayudar a un viejo amigo - rascó su barbilla, pensativo. - ¿Estás lista? Es un viaje largo. ¿Es todo lo que vas a llevar? - tomó la mochila que estaba en el sillón. Era lo único que necesitaba para alejarme de todo este caos, una pequeña mochila con ropa y algunos recuerdos rotos.

Salté de la cama con un poco de dolor. Mi cuerpo aún me dolía.

- ¿Estás bien?

Asentí rápidamente. Me miré una última vez en el espejo. Tenía un ojo morado, una pequeña cortada en la ceja izquierda y los labios inferiores rotos. Supongo que con el tiempo mi rostro cambiará de colores.

Me veía terrible, realmente mal.

Le sonreí a mi reflejo. Ahí se quedaba la pequeña Jess que había conocido toda mi vida. En esta pequeña habitación de hospital. Se quedaba aquí, en este pueblo que me vio crecer. Que formó parte de mí, pero ya no más.

Estaré bien, Jess, no voy a morir.

Esta no es la vida que deseaba para mí.

- Gus... - susurré con dolor al recordarlo.

No lo hagas. Nunca más.

- ¿Dijiste algo? - preguntó Román.

Solo negué. Él salió detrás de mí. Miré por última vez el hospital, sinceramente, será la última vez que esté en uno.

Quería olvidar el olor a medicamentos, el sonido de los médicos entrando y saliendo de los pasillos, la incómoda y molesta camilla en la que no se puede dormir. Pero lo que más odiaría sería ese sonido. Ese tic tac constante. Ese aparato que determinaba si seguías con vida o no.

No quería escucharlo.

- ¿No vas a despedirte de tu padre y hermano? - soltó Román, haciendo que yo frenara bruscamente y el aire se escapara de mis pulmones.

Sentí el tic tac resonar en mis oídos mientras el silencio se apoderaba del espacio.

- De mi padre ya me despedí hace unas semanas - balbuceé mientras abría lentamente la puerta del auto de Román. El crujido metálico se mezclaba con la pesadez que se sentía en el ambiente.

Román también entró, cerrando la puerta con un estruendo sordo.

El peso de mi relación con mi hermano pesaba sobre mis hombros, una carga que llevaba años arrastrando. Desde que éramos pequeños, siempre había existido distancia y frialdad entre nosotros. Nos ignorábamos mutuamente, como si fuéramos extraños que no compartían sangre. La tensión familiar se había vuelto insostenible y, en el fondo, sabía que una despedida no cambiaría nada.

- Respecto a mi hermano, nunca hablo con él - confesé con voz quebrada, dejando escapar la amargura acumulada en mi corazón. - No existo en su mundo y él no existe en el mío. No llevamos una buena relación. Jamás la hemos tenido. Así que no necesito despedirme de nadie. - Las palabras se deslizaron por mis labios con una tristeza contenida. Sentí un nudo en la garganta, pero me negué a dejar que las lágrimas brotaran. -Lo único que quiero es largarme de esta ciudad que me asfixia y de las personas que viven en ella .

Román forzó una sonrisa y apartó la mirada, aparentando buscar las llaves del auto. En realidad, él sabía exactamente dónde estaban, pero hacía ese acto para disimular su incomodidad.

Fui grosera, lo admito, y él no tenía la culpa.

-Lo siento.

Román suspiró antes de decir, con una voz suave y tranquilizadora:

-No te preocupes, entiendo cómo te sientes. Todos tenemos momentos difíciles en los que desearíamos poder olvidar. Sé que no puedo borrar tus recuerdos, pero puedo ofrecerte mi apoyo. Le prometi a Samuel que iba a cuidar bien de ti.

-Gracias- le sonreí.

El auto comenzó a moverse y cada calle que dejábamos atrás era un recuerdo que desaparecía de mi mente. Dejamos atrás los locales y las casas y solo quedó una carretera con hierba a los costados. Sentí una parte de mí alejándose cada vez más. Mis heridas se cerraban y aunque dolía, sentía ganas de gritar de alegría.

Tal vez hubiera regresado a San Antonio con mi mamá en vez de aventurarme en una ciudad desconocida como San Diego, California.

Pero ya no quería seguir siendo una persona invisible, llena de miedos y ataduras. Anhelaba vivir mis propias experiencias, desplegar mis alas y conocer a personas nuevas. Esta era mi oportunidad para dejar atrás a la antigua Jess y dar paso a una versión renovada de mí misma.

Estaba dispuesta a enfrentar cualquier obstáculo, pues prefería llevar cicatrices que recordaran las batallas superadas que cargar con heridas profundas e irreparables que siguiesen causando dolor.

El paisaje cambió gradualmente a medida que avanzábamos. Las montañas se convirtieron en laderas onduladas, y el sol brillaba en el cielo claro. La brisa fresca acariciaba mi rostro, llevándose con ella el pasado.

Estaré bien .me repetí una vez más,

Puede que esta no sea la vida que deseaba en un principio, pero estoy decidida a convertirla en algo hermoso y significativo para mi. No voy a dejar que el pasado me defina.

Una nueva Jess está en camino, y no puedo esperar para descubrir quién será.

Continuamos conduciendo en silencio durante horas, mientras el sol comenzaba a ponerse en el horizonte. Mis pensamientos iban y venían, tratando de asimilar todos los cambios que estaba experimentando en ese momento. A pesar de que estaba decidida a dejar atrás mi pasado, una parte de mí todavía sentía una mezcla de culpa y tristeza.

De repente, Román rompió el silencio.

-¿Te sientes mejor? -preguntó, manteniendo sus ojos en la carretera.

-Sí, definitivamente me siento mejor ahora -respondí con sinceridad. Era cierto, me sentía un poco más liviana, como si estuviera dejando atrás todas las cargas que llevaba en mi corazón.

Me recosté en el asiento, agradecida por la manta que Román me había dado. Cerré los ojos y me dejé llevar por el vaivén del auto. Pronto, el cansancio se apoderó de mí y me sumergí en un profundo sueño.

Desperté cuando Román detuvo el auto y abrió la puerta del piloto. Estábamos frente a un pequeño motel, iluminado por las luces tenues de neón.

-Vamos a descansar aquí -anunció Román mientras me ayudaba a salir del auto.

Miré a mi alrededor, tomando nota de la pequeña ciudad desconocida en la que nos encontrábamos. Era un lugar tranquilo, alejado del bullicio de la ciudad que tanto odiaba. Respiré profundamente, sintiendo una sensación de alivio correr por mis venas.

Entramos al motel y Román se encargó de hacer los trámites mientras yo esperaba en el recibidor. Miré a mi alrededor, notando la sencillez y modestia del lugar. Era un contraste tan grande con el ambiente sofisticado y frío del hospital.

Finalmente, Román regresó con una llave en la mano y me indicó la habitación que nos había asignado. Caminamos en silencio por el pasillo y abrió la puerta, revelando una habitación pequeña pero acogedora.

-Lo siento si es un poco humilde, no sabía qué tipo de lugar te gustaría -se disculpó Román mientras dejaba las maletas en el suelo.

-Bueno, para ser sincera, esto es mucho mejor de lo que estoy acostumbrada -respondí.

Ambos nos reímos y decidimos relajarnos un poco en la habitación. Me dejé caer boca arriba en la cama y observé a Román mientras se quitaba la chaqueta y se sentaba en el pequeño sillón. Permaneció allí, absorto en sus pensamientos, algo en su mente lo mantenía entretenido en su propia burbuja, al igual que a mí. También yo pensaba en muchas cosas, una tras otra. A veces sobreanalizaba tanto las cosas que las decía en voz alta para liberarlas de mi mente.

- ¿A dónde crees que van las personas cuando mueren? - la pregunta resonó en la habitación. No hubo respuesta, pensé que no lo había dicho en voz alta, así que seguí mirando el desgastado techo lleno de grietas debido a la falta de mantenimiento.

- No van a ningún lado. Simplemente mueren - la respuesta de Román fue rápida y carente de significado. Sentí una opresión en el pecho. ¿Realmente no van a ningún lugar?

- ¿Tú qué crees?

Frunciendo los labios pensativo, Román acomodó su barbilla en su mano. Se quitó el gorro de su sudadera, como si estuviera debatiendo en su mente, buscando algo adecuado para responderme.

- Hace un año perdí a mi mejor amiga - lo escuché decir. - Y hace unas semanas falleció mi amigo Davis. Era como un hermano - soltó una pequeña risa. - Y cuando ellos murieron, no creo que sus almas fueran a otro lugar... se quedaron aquí - señaló su pecho - muy adentro, en un rincón especial.

- ¿Te dolió perderlos?

- Como no tienes idea...¿Tú también has perdido a alguien?

- No - me apresuré a decir. - Solo tenía curiosidad.

¿Si había perdido a alguien? Para empezar, me había perdido a mí misma. Y ahora que estaba empezando a encontrarme, me parecía muy difícil, muy extraño y muy surrealista.

¡Hola y bienvenidos!

Permítanme presentarme, soy Jeiny. Inicialmente no tenía planeado compartir esto, pero he dedicado más de un año a trabajar en esta historia, atravesando altibajos pero sin rendirme.

Confío en el proceso y me encantaría que me conocieran un poco más. Para seguir de cerca los avances y explicaciones sobre la historia, los invito a seguirme en TikTok.

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