Prologo: El precio de la luna
El dolor es lo único real ahora.
Cada respiración arde como si tragara fuego líquido. Mis piernas apenas me sostienen, pero no puedo detenerme. No puedo. Detrás de mí, los gritos de guerra de los soldados de Inti resuenan como truenos, y el cielo mismo parece arder con su furia solar.
Soy Mama Quilla, diosa de la Luna, protectora de las mareas y guardiana de los sueños. Alguna vez fui amada. Alguna vez fui suficiente.
Pero ya no.
Mi cabello plateado, que solía brillar como la luz de mil estrellas, ahora cuelga empapado en sangre y barro. Mis orejas puntiagudas, marca de mi linaje divino, están cortadas y sangrando. Mi traje ceremonial —tejido con hilos de luz lunar y constelaciones antiguas— está hecho jirones, desgarrado por las llamas y las espadas. Mi brazo izquierdo cuelga inútil a mi costado, roto en dos lugares. Puedo sentir los huesos moviéndose bajo mi piel con cada paso torpe que doy.
¿Cómo llegamos hasta aquí?
La pregunta me persigue tanto como los guerreros solares.
Inti. Mi esposo. Mi hermano. Mi igual.
Alguna vez gobernamos juntos: el Sol y la Luna en perfecto equilibrio. Pero el equilibrio no fue suficiente para él. Quería más. Más adoración. Más poder. Más control sobre los mortales que nos veneraban. Cuando me negué a someterme, cuando defendí el derecho de mi pueblo a vivir libres de su dominio absoluto, él lo tomó como traición.
Y así comenzó la guerra.
Ahora, después de años de batallas interminables, estamos perdiendo. Cada día perdemos más terreno. Cada noche entierro a más de los míos. Los guerreros lunares caen como hojas en otoño ante el poder implacable del Sol. Mis sacerdotisas lloran mientras sus templos arden. Mis seguidores gritan mi nombre mientras son convertidos en cenizas.
Y yo... yo ya no soy lo suficientemente fuerte para salvarlos.
“Si no hago esto, morirán todos. No tengo opción. No tengo... tiempo.”
El pensamiento me golpea con más fuerza que cualquier arma.
Tropiezo y caigo de rodillas. La sangre mancha la tierra bajo mis manos temblorosas. Por un instante, considero rendirme. Dejar que todo termine aquí.
Pero entonces escucho sus voces en mi mente: los niños que me rezan antes de dormir, las madres que imploran mi protección, los ancianos que aún creen en mí.
No puedo fallarles.
Me levanto.
Y corro.
El sonido de pasos pesados interrumpe mis pensamientos. Me doy la vuelta y mi corazón se hunde.
Cuatro guerreros de Inti emergen de entre los árboles quemados, rodeándome como lobos acorralando a su presa. Reconozco sus armas de inmediato: una maza brutal que brilla con energía carmesí, una onda trenzada que silba al girar, una lanza larga como una serpiente de fuego, y un arco con flechas que arden incluso sin ser disparadas.
El poder solar late en cada una de esas armas. Puedo sentirlo quemando el aire mismo.
—La diosa fugitiva —se burla el de la maza, su voz áspera como piedras chocando—. Nuestro dios estará complacido cuando le llevemos tu cabeza.
No respondo. No tengo aliento para desperdiciar en palabras.
Atacan.
El arquero dispara primero. La flecha atraviesa el aire como un cometa. Me arrojo al suelo justo a tiempo; siento el calor abrasador rozar mi espalda. El lancero embiste hacia mí mientras me levanto. Extiendo mi mano y la energía lunar brota de mis dedos, plateada y brillante, materializándose en un látigo de luz pura.
“Perdónenme por lo que debo hacer.”
Con un movimiento de muñeca, envuelvo el látigo alrededor del cuello del lancero y tiro. Su cuerpo se sacude violentamente hacia adelante, y su lanza atraviesa el pecho del arquero. Ambos caen al suelo sin un sonido.
Dos menos.
El de la maza ruge y se abalanza sobre mí con una fuerza descomunal. Me muevo con la velocidad desesperada de alguien que no tiene nada que perder, deslizándome bajo su golpe y apareciendo detrás del hombre de la onda. Él gira su arma, pero ya es demasiado tarde. El guerrero de la maza, cegado por su rabia, estrella su arma contra el cráneo de su compañero. El sonido es horrible. El cuerpo cae en un charco de sangre que se expande rápidamente.
Solo queda uno.
El de la maza y yo nos miramos. Hay miedo en sus ojos ahora. Pero también determinación.
Nos lanzamos el uno contra el otro al mismo tiempo. Esquivo su golpe final saltando alto, muy alto, y él se estrella contra un árbol con un crujido seco.
Silencio.
Respiro entrecortadamente, temblando de agotamiento. Está hecho. Puedo continuar.
Pero entonces siento el dolor agudo y abrasador en mi pierna izquierda.
Miro hacia abajo.
Una flecha solar sobresale de mi muslo, humeante y enterrada hasta la mitad. El arquero... antes de morir, alcanzó a disparar una última vez.
No tengo tiempo para el dolor.
Arranco la flecha con un grito ahogado y sigo corriendo.
Finalmente lo veo: el portal. Una grieta en la realidad misma, pulsando con una luz violácea enfermiza que no pertenece a este mundo ni al próximo. Es la entrada al Ukhu Pacha, el inframundo.
Sin pensar dos veces, me arrojo dentro.
La transición fue violenta.
Mama Quilla cayó del portal con un golpe sordo contra suelo frío y húmedo. A su alrededor, el mundo había cambiado por completo.
Almas vagaban sin rumbo, translúcidas y desorientadas, susurrando lamentos que hacían eco en la eternidad. Esqueletos caminaban erguidos como centinelas olvidados. Criaturas muertas de todo tipo —bestias antiguas, seres que nunca debieron existir— merodeaban por ese lugar sombrío.
Pero Mama Quilla no se detuvo.
Se levantó con dificultad, ignorando el dolor punzante en su pierna herida, y avanzó cojeando a través del reino de los muertos. Las almas se apartaban a su paso, reconociendo instintivamente a la divinidad viviente que caminaba entre ellas.
Finalmente llegó al palacio: una estructura colosal hecha de huesos antiguos y obsidiana negra que parecía absorber toda luz circundante.
Y allí, sentado tras un escritorio tallado con runas prohibidas, estaba Supay, el dios de los muertos.
Tenía las manos apoyadas sobre la mesa con una calma inquietante, sus ojos oscuros brillando con diversión mientras observaba a la diosa lunar entrar tambaleándose a su dominio.
Una sonrisa desquiciada cruzó su rostro.
—Vaya, vaya... si es la diosa de la luna, Mama Quilla —dijo Supay con voz suave pero cargada de malicia—. ¿Qué te trae a este desolado lugar... con tantas heridas?
Mama Quilla apretó los puños temblorosos, sus ojos azules ardiendo con desesperación apenas contenida.
—Ya sabes la situación —respondió cortante—. No me hagas preguntas sin sentido. He venido para que me ayudes. No puedo ganar esta guerra por mí misma... necesito proteger a los míos. Necesito más poder.
Su voz tembló al pronunciar esas últimas palabras.
“Necesito más poder... porque no soy suficiente.”
El pensamiento la atravesó como un cuchillo frío.
Supay se levantó lentamente de su silla y comenzó a caminar alrededor de ella con pasos calculados, como un depredador estudiando a su presa.
—Bueno... podría ayudarte —dijo arrastrando las palabras—. Ya que somos casi familia... y nos parecemos tanto... lo haré.
Hizo una pausa deliberada antes de continuar:
—Pero sabes que conlleva un precio, ¿verdad?
Mama Quilla cerró los ojos brevemente.
“Lo sabía desde antes de venir aquí.”
—Sí —dijo firmemente—. Lo sé. No tienes que decírmelo... no me importa perder mi vida para salvar a los míos.
La risa de Supay resonó por todo el palacio como campanas rotas.
—¿Y quién dice que será tu vida? —preguntó alzando la voz con cruel deleite—. Lo que quiero es la vida de tus descendientes. Tus hijos pagarán por esto.
Se detuvo frente a ella, mirándola directamente a los ojos:
—Cuando esté finalizado... al más pequeño de tus descendientes le saldrá una marca. Mi marca.
Caminó nuevamente hasta sentarse sobre el borde del escritorio con despreocupación teatral:
—Cuando crezca... lo que es mío vendrá a mí. Aun así... ¿quieres hacerlo?
Su sonrisa era pura maldad encarnada.
Mama Quilla sintió cómo cada palabra caía sobre ella como piedras pesadas aplastando su alma.
“Mis hijos... mis nietos... todos ellos pagarán por mi debilidad.”
El horror la recorrió entera.
“Pero si no lo hago... todos morirán ahora mismo.”
Era una elección imposible: sacrificar el futuro para salvar el presente.
Y sin embargo...
—Sí —susurró con voz quebrada—. Hazlo... por favor... dame más poder.
Supay sonrió triunfante en su interior. Se levantó lentamente y se acercó a ella hasta quedar frente a frente.
—Muy bien... más poder ¿eh? —dijo extendiendo su mano hacia ella—. Aquí tienes el poder.
Mama Quilla cerró los ojos con fuerza mientras una energía morada oscura brotaba de la palma extendida del dios. La energía serpenteó hacia ella como humo vivo y penetró su pecho con violencia insoportable.
Su cuerpo entero fue envuelto por esa oscuridad púrpura pulsante que quemaba y congelaba al mismo tiempo. Sus ojos azules se abrieron de golpe, brillando con una intensidad antinatural mientras el poder prohibido inundaba cada célula de su ser.
Gritó sin emitir sonido alguno.
Y entonces...
En otro lugar. En otro tiempo.
Una chica despertó bruscamente en su cama, jadeando desesperadamente mientras el sudor empapaba su frente.
Era casi idéntica a Mama Quilla: cabello plateado cayendo sobre sus hombros temblorosos, orejas ligeramente puntiagudas asomando entre mechones desordenados, ojos azules aún abiertos por el terror del sueño...
No.
No había sido un sueño.
Había sido un recuerdo.
La chica miró hacia abajo lentamente... y vio la marca negra pulsando débilmente en su piel bajo la luz tenue de la luna entrando por la ventana.
La marca ya había aparecido.
El pacto había comenzado a cobrarse su precio.