El centinela del Umbral

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Summary

Mssm

Genre
Adventure
Author
Cecilia
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1: La muralla

Capítulo 1: La muralla

El viento azotaba las almenas de la ciudad con fuerza. No era un viento común: traía un olor metálico que se quedaba pegado en la garganta, como hierro oxidado después de la lluvia… o como sangre vieja.

Mateo lo notó apenas comenzó su turno.

Apoyó los brazos sobre la piedra oscura de la muralla y observó el horizonte cubierto por neblina. Con la otra mano acomodó la correa de su arma: un mangual pesado que colgaba junto a su pierna.

El peso siempre le resultaba tranquilizador. Era una sensación simple: si algo aparecía, él estaba listo.

Sus botas gastadas raspaban la piedra negra mientras caminaba por el muro. Había hecho esa ronda tantas veces que podría recorrerla con los ojos cerrados.

La muralla era lo único que separaba la ciudad del páramo. Y nadie confiaba en el páramo.

La piedra con la que estaba construida tampoco era común. Los ancianos decían que había sido extraída de las entrañas del mundo, una roca tan antigua que ni siquiera los libros sabían nombrarla.

Mateo nunca supo si aquello era cierto.

Pero sí sabía una cosa: desde que esa muralla existía, la ciudad había sobrevivido.

A sus veintiocho años tenía la mirada cansada de alguien que llevaba demasiado tiempo vigilando la oscuridad. Sus ojos grises recorrían la niebla acumulada al pie del muro.

Aquella niebla siempre aparecía al caer la noche.

Y siempre parecía moverse.

Más allá de ese límite se extendía una tierra vacía y silenciosa. Un lugar al que nadie iba. No porque estuviera prohibido, sino porque quienes lo intentaban nunca regresaban.

La ciudad era un círculo de luz en medio de un océano de sombras.

Mateo soltó un suspiro.

—Otra noche tranquila —murmuró.

Pero ni siquiera él se creyó esas palabras.

Las noches tranquilas en aquella ciudad nunca duraban demasiado.

Mientras caminaba por la muralla llevó una mano al pecho. Bajo la túnica colgaba un pequeño fragmento de cuarzo, sostenido por un cordón de cuero gastado.

Era lo único que le había dejado su padre.

Se lo había entregado años atrás, justo antes de desaparecer durante una patrulla.

—Guárdalo siempre contigo —le había dicho.

Nunca explicó por qué.

Mateo no volvió a verlo después de aquella noche.

El joven soldado sacó el colgante y lo observó bajo la luz temblorosa de las antorchas. El cristal estaba roto y opaco.

Nada especial.

Entonces algo cambió.

Primero fue una sensación extraña en el aire. Luego una presión incómoda en los oídos.

Mateo frunció el ceño.

El viento se detuvo de golpe.

La niebla comenzó a moverse.

El colgante en su mano empezó a vibrar.

Al principio apenas se sentía.

Luego el cristal comenzó a calentarse.

—¿Qué demonios…?

La niebla al pie de la muralla empezó a brillar con una luz blanca.

Una luz fría.

Enferma.

El suelo vibró.

Pero no fue un temblor de tierra. Era otra cosa… como si algo invisible estuviera desgarrando el aire.

Y entonces apareció.

Una línea de luz.

Delgada. Tan fina como un hilo.

Mateo se quedó inmóvil.

Había oído historias sobre grietas como esa. Pero siempre aparecían lejos, en el páramo.

Nunca tan cerca de la muralla.

La línea se abrió lentamente.

El sonido que produjo fue insoportable.

Un chirrido que parecía raspar directamente contra los huesos.

Algo comenzó a salir.

Primero apareció una mano.

Larga. Delgada. Blanca como el mármol.

Pero se movía como carne viva.

Mateo reaccionó sin pensarlo.

Saltó desde el parapeto hacia la plataforma inferior mientras hacía girar su mangual.

La bola de hierro con pinchos impactó contra la criatura con un golpe seco.

El monstruo se tambaleó.

Pero no cayó.

No tenía rostro.

Ni boca.

Solo una piel lisa y pálida.

En su espalda había pequeños orificios que se abrían y cerraban lentamente, como si respiraran.

La criatura emitió un silbido agudo.

Mateo atacó otra vez.

Pero el ser se movió con una rapidez imposible.

Esquivó el golpe con una gracia inquietante. Sus dedos terminaban en garras finas como agujas.

Mateo retrocedió un paso.

El sudor frío le recorrió la nuca.

—Aléjate —gruñó.

Entonces ocurrió algo que jamás había visto.

La criatura se detuvo.

Sus movimientos se volvieron rígidos, tensos.

Parecía escuchar algo que Mateo no podía oír.

Los orificios de su espalda se dilataron lentamente.

Luego levantó un brazo.

Y señaló hacia la ciudad.

Directamente hacia el centro.

Hacia la torre del Consejo.

Mateo frunció el ceño.

Aquello no tenía sentido.

Los monstruos no señalaban cosas.

Los monstruos atacaban.

La grieta detrás de la criatura comenzó a cerrarse.

El cuerpo del ser empezó a volverse transparente.

Antes de desaparecer inclinó ligeramente la cabeza.

Y por un instante, Mateo sintió algo extraño.

No era odio.

Era tristeza.

Luego desapareció.

La grieta se cerró.

El silencio volvió a la muralla.

Mateo permaneció inmóvil durante varios segundos.

Su corazón latía con fuerza.

Miró hacia el centro de la ciudad.

El colgante seguía vibrando.

Señalando en la misma dirección que la criatura.

Hacia la torre.

Algo estaba cambiando.

Y por primera vez en años, Mateo sintió miedo.