Mi Marciana

Summary

Años después, volvió a verla. La chica que dibujaba constelaciones con lunares. Él dejó un me gustas sin nombre. La que nunca supo que él la miraba como quien observa un planeta lejano. Él la amó en silencio durante años. Ella nunca lo supo. Hasta que una noche en Madrid, volvió. Una noche. Una copa. Una segunda oportunidad. ¿O una última órbita? Imagen editada por mí con herramientas digitales. Portada realizada por mí. ⚠️ Contenido para adultos (+18). Escena con implicaciones sexuales explícita. Lee con criterio. ✨ One shot AU | Reencuentro | Romance lento | SasuSaku Los personajes pertenecen a Masashi Kishimoto. Obra de ficción inspirada en personajes del universo Naruto. La historia, escenas y diálogos originales pertenecen a la autora. Prohibida su reproducción o distribución sin autorización. Publicada solo con fines creativos y no comerciales.

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Mi marciana

Madrid, España

Una noche de septiembre

La ciudad no dormía, pero Sasuke Uchiha sí quería hacerlo.

Había salido del trabajo tarde, como siempre, con la corbata deshecha, la camisa arrugada y la música apagada. El taxi lo había dejado en una calle secundaria de Malasaña, frente a un bar que no conocía pero que prometía silencio, oscuridad y anonimato. Eso era todo lo que necesitaba esa noche: desaparecer un poco.

Nada de ruido. Nada de luces. Solo whisky y sombra.

Entró sin pensar mucho. El bar estaba medio vacío, con un pianista improvisado tocando canciones tristes en una esquina. No había pantallas, ni multitudes. Solo la penumbra, el murmullo de las conversaciones dispersas, y una barra limpia que parecía un refugio.

Pidió lo de siempre. Doble. Sin hielo. Sin preguntas.

Llevaba cinco sorbos cuando la puerta se abrió.

Y entonces, el universo dejó de ser un accidente.

Sakura Haruno entró al bar como si flotara. Una visión envuelta en un abrigo color borgoña, con el cabello levemente ondulado cayéndole sobre los hombros como seda perfumada. Sus ojos brillaban como si llevaran estrellas atrapadas dentro. Tenía la belleza de lo imposible. De lo que no se espera ver una noche cualquiera.

Sasuke no supo si fue el destino, un hechizo, o una cruel coincidencia. Pero la vio. Y ella también lo vio a él.

-¿Sasuke?- preguntó, con una voz suave que tenía el eco de muchas memorias no dichas.

Él apenas asintió. El nombre le había golpeado el pecho como una piedra lanzada al agua: agudo y con eco. Sakura sonrió. Se acercó. Y se sentó a su lado, sin permiso.

-Hace siglos...

-Siete años -dijo él, sin mirarla directamente, pero sintiéndola como fuego cerca de la piel.

Ella río bajito, ladeando la cabeza. -¡Contaste los años! Eso es... inesperadamente tierno.

Sasuke bebió otro sorbo. No iba a admitir que había contado los meses también. Ni los sueños en los que ella aparecía.

-¿Tú por aquí?- preguntó ella, pidiéndole al camarero una copa de vino tinto con una sonrisa traviesa.

-Trabajo cerca. A veces me pierdo aquí, en este tipo de lugares. Ella lo miró con intensidad.

-Te queda bien perderte. - Y esa frase, dicha con la misma naturalidad con que se dice "buenas noches", lo atravesó por dentro. Porque él había estado perdido desde que ella se fue. Y ahora sentía que algo dentro de él... despertaba.

Sasuke no la miraba directamente, pero podía sentir cada partícula de su presencia. La manera en que se sentó, la curva de sus labios al hablar, el ligero cruce de piernas que parecía más un desafío que una postura casual.

-Estás igual -dijo él de repente, su voz más firme-. Aunque pareces más... peligrosa.

Sakura rió, con ese tipo de risa que hace que el mundo se curve un poco hacia ella.

-¿Y eso te gusta o te asusta?

-Ambas -respondió sin dudar-. Pero no pienso irme esta vez.

Ella lo miró con un gesto entre asombro y juego.

-¿Así de directo, Uchiha? ¿Qué fue de aquel Sasuke que apenas podía sostenerme la mirada?

-Murió de hambre -replicó él, girándose ahora por completo hacia ella-. De hambre por ti.

Sakura bajó la copa lentamente, como si esa confesión la hubiera saboreado más que el vino.

-Oh... vaya. Vas a hacer que me sonroje -susurró, aunque su sonrisa era la de alguien que ya sabía el efecto que causaba.

-Hazlo -retó él-. Quiero ver cómo se te pinta el rubor. Quiero ver todo lo que antes me perdí.

Ella se quedó unos segundos en silencio, clavando su mirada esmeralda en los ojos oscuros de Sasuke. Luego, ladeó la cabeza con teatralidad encantadora.

-¿Y si no soy la misma? ¿Y si esta Sakura es más salvaje, más libre, más... peligrosa que antes?

-Entonces mejor -contestó él sin pestañear-. Yo también dejé de tener miedo. Ya no te voy a mirar desde lejos. Esta vez voy a buscarte... y alcanzarte.

Sakura se echó hacia atrás con una risa suave, cruzando los brazos sobre la barra. Su abrigo se deslizó un poco de su hombro, revelando piel tibia y provocadora.

-Mira que hablar así a estas horas de la noche es un arma peligrosa. Podrías provocar cosas irreversibles.

-Espero que sí -respondió él, y su tono era bajo, como un secreto compartido.

-Dime, Sasuke... -se inclinó un poco más, hasta que su aliento le rozó la mejilla-, ¿piensas besarme esta noche o solo vas a incendiarme a palabras?

Él la miró. La miró como si el mundo se hubiera quedado mudo. Como si todo en él quisiera decir sí, pero su cuerpo no supiera por dónde empezar.

Y entonces lo hizo.

Acercó una mano a su rostro, apenas rozándole la mejilla con los dedos, bajando luego por su mandíbula.

-Solo si me prometes que esta vez no vas a irte sin despedirte.

Sakura entrecerró los ojos.

-Prometo quedarme... si me haces olvidar por qué me fui.

Y en ese instante, el mundo dejó de importar. Solo existían ellos, la música de fondo, el roce de dos pasados que colisionaban en un presente inevitable.

Sasuke la besó.

Y no fue un beso de reencuentro. Fue un reclamo. Una declaración. Una explosión lenta y profunda de todo lo que no se habían dicho en siete años.

Cuando se separaron, Sakura tenía las mejillas encendidas y los labios entreabiertos.

-Definitivamente -susurró- eres más interesante cuando te dejas llevar.

-Y tú eres adictiva -murmuró él, besándole ahora la comisura de los labios-. Como el vino... pero más peligroso.

Ella tomó su copa y bebió un sorbo, sin apartar la mirada de él.

-Entonces brindemos, Sasuke... por lo que no fue antes, y por lo que sí será esta vez.

Y él, con una sonrisa decidida, alzó su vaso.

-Por la marciana que volvió a la Tierra... justo cuando yo aprendí a volar.

Recuerdo: Universidad Complutense. Facultad de Medicina. Años atrás.

Sasuke la había conocido en clase de Fisiología. Ella llegaba siempre con el cabello revuelto por el viento, una bufanda mal anudada y un brillo en los ojos como si cada día fuera una nueva aventura. Hablaba con todo el mundo, preguntaba de más, se reía muy fuerte, y llevaba siempre bolígrafos de colores que usaba para subrayar hasta el aire.

Él era silencio. Precisión. Un espectador. Ella, una revolución con labios de fresa.

Nunca se hablaron demasiado. Compartieron grupo una sola vez, por sorteo, en una práctica de laboratorio donde él apenas habló y ella terminó haciendo bromas para aligerar el aire.

-¿Sabes que la lengua es el músculo más fuerte del cuerpo? -dijo Sakura mientras miraba el modelo anatómico.

-¿En serio? -preguntó Sasuke, apenas levantando una ceja.

-Lo suficiente como para destruir corazones -añadió con una sonrisa ladeada que él nunca olvidó.

Se cruzaban constantemente en la biblioteca: él en la sección de neurociencia, ella husmeando entre libros de anatomía como si buscara respuestas que no venían en ningún examen. Una tarde, ella le ofreció una galleta de chocolate sin decir palabra, solo sonriendo mientras le pasaba la servilleta como si fuera un tratado de paz. Él la aceptó. Y ese fue su primer gesto compartido, silencioso y dulce.

Otra vez, ella lo encontró en la cafetería solo, leyendo en su cuaderno de notas.

-¿Sabes que nunca sonríes? -le dijo, sentándose sin permiso frente a él.

Sasuke alzó la vista. -Sonrío cuando algo vale la pena.

-Entonces tendré que esforzarme -respondió Sakura, guiñándole un ojo. Luego sacó un bolígrafo rosa con purpurina y comenzó a escribir en su libreta como si nada.

Sasuke no sabía cómo procesar a alguien así. Alguien tan libre. Tan luminosa. Tan impredecible.

La miraba desde lejos, con esa devoción muda de quien no sabe amar, pero quiere aprender. Cada gesto de ella le parecía irrepetible. El modo en que pasaba las páginas con la punta de los dedos, como si acariciara el conocimiento. El modo en que se le escapaba una sonrisa cuando encontraba algo que entendía.

Una vez, pensó en confesarle lo que sentía. Fue un impulso después de verla dormida sobre sus apuntes en la biblioteca, con el rostro iluminado por el sol de las cuatro de la tarde. Le escribió un mensaje en su celular. Algo simple. Un "¿Te gustaría tomar un café conmigo mañana?" acompañado de un emoji torpe que ni siquiera usaba.

Lo borró antes de enviarlo.

Y luego... ella se fue. Prácticas en otro país. Un intercambio. Un adiós que nadie le dijo. Un día estaba allí, riéndose en los pasillos, y al otro, solo quedaba su silla vacía y el eco de sus historias.

Así fue como su marciana desapareció.

Sin despedida. Sin promesas.

Solo el recuerdo de una constelación que una vez cruzó su cielo.

Después de un par de copas, decidieron salir del bar. La noche los recibió con una brisa fresca y el murmullo lejano de una ciudad que nunca termina de apagarse. Caminaron por las calles adoquinadas de Malasaña, dejando que los pasos marcaran un ritmo suave, sin urgencias.

Sakura lo acompañó a casa. Caminaron en silencio por las calles de Madrid, con los dedos entrelazados y el corazón latiendo como si el universo les marcara el compás.

Sakura reía a ratos, con ese tono cálido que Sasuke había guardado durante años en un rincón polvoriento de la memoria. Él la escuchaba más que hablaba, como siempre, pero esa vez con una sonrisa leve, constante, como si por fin entendiera el idioma en que ella existía.

-¿Te acuerdas del laboratorio de Fisiología? -preguntó ella, pateando una hoja seca en la acera.

-Nunca me olvidé de esa clase. -Sasuke la miró de reojo, con una expresión que era mitad nostalgia y mitad rendición.

-¿Ni de mi chiste malo? ¿La lengua y los corazones? -rió.

-Ese... quedó grabado. Como casi todo lo que dijiste cerca de mí.

Ella se giró hacia él, caminando hacia atrás unos pasos, con la ciudad iluminándola como si supiera que era la estrella principal.

-Sabía que me espiabas en la biblioteca. Siempre te sentabas en la misma mesa cuando yo llegaba.

-No era espionaje. Era... órbita. -Sasuke se encogió de hombros-. Yo era un satélite. Tú eras el planeta.

Sakura se detuvo en seco.

-Dios... ¿desde cuándo dices cosas así?

-Desde que aprendí a hablar con el corazón -dijo él, acercándose-. Desde que dejaste de ser solo un recuerdo.

Ella lo miró en silencio por un segundo largo. Luego entrelazó sus dedos con los de él, como si esa fuera la respuesta más sensata del mundo.

Siguieron caminando, ahora más cerca. El viento jugaba con el dobladillo del abrigo de Sakura, con su cabello suelto. Madrid parecía una ciudad inventada solo para esa escena.

-Me fui porque tenía miedo de lo que podía pasar si me quedaba -confesó ella, sin mirarlo.

-Y yo me quedé con miedo de lo que no pasó -respondió Sasuke.

El silencio entre ellos no fue incómodo. Fue profundo. Compartido. Como una pausa antes del siguiente latido.

Doblaron por una calle tranquila, y la fachada del edificio de Sasuke apareció al fondo. No era particularmente especial, pero esa noche, bajo la luz dorada de una farola, parecía el final de una película que llevaba años sin rodarse.

Cuando llegaron a la puerta del edificio, Sakura se detuvo.

-Si me invitas a subir, no me iré hasta mañana -dijo, rozando su mejilla con la suya.

Sasuke respiró hondo. No por nervios. Sino porque por fin, el aire sabía distinto. Él también estaba listo para quedarse.

-Entonces no subas como visita. Sube como quien vuelve.

Y ella subió, con los ojos brillando como constelaciones.

Sakura no recordaba exactamente cómo terminaron allí. Después de caminar por las calles húmedas de Madrid, con el sabor del vino aún en los labios y las risas arrastrando confesiones a medio decir, la noche se volvió densa, cargada de algo no resuelto. Sasuke había abierto la puerta de su apartamento en silencio, como si su hogar también guardara secretos que no debía despertar.

El apartamento era sobrio, minimalista, con luz cálida y libros apilados de forma desordenada sobre los muebles, las estanterías que parecían tener más polvo que libros, como si no pasara mucho tiempo allí. Solo una foto enmarcada, vuelta hacia la pared, llamaba la atención en el mueble del fondo. Sakura no preguntó. Él tampoco explicó. El ambiente olía a cedro, café frío y algo que Sakura no supo identificar, pero que se sintió como hogar.

Entraron sin hablar mucho, como si las palabras fueran innecesarias, como si el eco de lo que no se dijeron hace años aún flotara entre ellos.

Él le ofreció té, pero ella negó con una sonrisa pícara.

-¿Quieres té o algo más fuerte? -preguntó Sasuke, con una media sonrisa que apenas se asomó.

-Algo que no me haga olvidar esta noche -respondió ella. -Lo que quiero ahora no se sirve en taza.

Se acercó a él, lentamente, con la determinación de quien ya no teme desear. Sasuke la recibió sin palabras, como si el lenguaje se hubiera quedado corto para todo lo que sentía. Se besaron de nuevo, más lento, más profundo, con la calma de quienes saben que no hay prisa porque ya no hay distancias.

Se sentaron en el suelo, junto a la ventana. Desde allí se veía parte de la ciudad dormida. Sakura se quitó los zapatos y dejó que sus piernas rozaran las de él sin querer evitarlo. Hablaron poco. A veces solo se miraban. A veces solo escuchaban la respiración del otro.

-Siempre pensé que, si alguna vez te volvía a ver así, no sabría qué decirte -dijo él, por fin.

-Y yo pensé que si te besaba no me romperías -respondió ella, y hubo un silencio largo. Un silencio de piel que se reconoce.

Sasuke se acercó sin prisas. Con dedos temblorosos, le apartó un mechón de cabello. Ella no se movió. Solo lo miró con los ojos llenos de años que no se dijeron nada. Cuando sus labios se encontraron, no fue un beso apasionado. Fue un reencuentro. Un recordatorio de lo que fueron, de lo que aún podría ser.

El beso fue suave al principio, un roce de labios que parecía explorar más que exigir. Pero pronto se intensificó, y Sasuke respondió con la misma pasión. Sus manos se movieron, explorando los contornos de sus cuerpos, como si intentaran memorizar cada curva y cada detalle.

Sakura se sentó sobre él, sus piernas a cada lado de sus caderas, y Sasuke la sostuvo con firmeza. Sus besos se volvieron más profundos, más urgentes, y sus respiraciones se entremezclaron en un ritmo acelerado. Las manos de Sasuke recorrieron su espalda, deslizando la cremallera de su vestido con facilidad, dejándolo caer al suelo.

Ella llevaba un conjunto de lencería negra que contrastaba perfectamente con su piel clara. Sasuke la miró con deseo, sus ojos recorriendo cada centímetro de su cuerpo. Sakura sonrió, satisfecha con su reacción, y se inclinó para besar su cuello, dejando un rastro de besos y mordiscos suaves que hicieron que Sasuke arqueara la espalda.

-Eres tan hermosa -murmuró él, su voz ronca de deseo.

-Y tú eres tan fuerte -respondió ella, sus manos explorando los músculos de su torso.

Sasuke la tumbó suavemente en el suelo, quedándose sobre ella. Sus labios se encontraron de nuevo, y esta vez el beso fue más intenso, más desesperado. Sus lenguas se enredaron en un baile sensual, y Sakura gimió suavemente cuando Sasuke comenzó a bajar por su cuerpo, dejando besos en su clavícula, sus pechos, su abdomen.

Cuando llegó a su lencería, Sasuke se detuvo, mirándola a los ojos como pidiendo permiso. Sakura asintió, y él sonrió antes de deslizar la prenda hacia abajo, revelando su cuerpo por completo. Sus pechos eran perfectos, y Sasuke no pudo resistirse a tomarlos en sus manos, masajeándolos suavemente mientras los besaba y lamía.

-Sasuke... -gimió ella, arqueando la espalda y enterrando sus dedos en su cabello.

-¿Qué pasa? -preguntó él, su aliento caliente contra su piel.

-No te detengas -suplicó ella, y Sasuke sonrió antes de bajar aún más, su boca buscando el centro de su placer.

Su lengua exploró su sexo con habilidad, y Sakura se retorció debajo de él, sus gemidos llenando la habitación. Sasuke la saboreó con deleite, su lengua moviéndose en círculos y patrones que la hicieron gritar su nombre. Cuando ella estuvo al borde del orgasmo, Sasuke se detuvo, mirándola con una sonrisa traviesa.

-¿Qué haces? -preguntó ella, frustrada.

-Quiero que sea perfecto -respondió él, y antes de que pudiera protestar, Sasuke se posicionó entre sus piernas, su erección palpitante y lista.

Entró en ella lentamente, llenándola por completo, y Sakura gimió de placer, sus uñas enterrándose en sus hombros. Sasuke comenzó a moverse con un ritmo constante, cada embestida llevándolos más cerca del borde. La habitación estaba llena de sus gemidos y suspiros, el sonido de sus cuerpos chocando en armonía.

-Sasuke... no puedo más -gimió Sakura, su voz quebrada.

-Yo tampoco -respondió él, y aceleró el ritmo, sus embestidas más profundas y desesperadas.

El orgasmo los golpeó al mismo tiempo, una explosión de placer que los dejó sin aliento. Sasuke se derrumbó sobre ella, su peso reconfortante, y Sakura lo abrazó con fuerza, sus corazones latiendo al unísono.

-¿Esto es real? -preguntó ella, su voz apenas un susurro.

-Más real de lo que jamás imaginé -respondió Sasuke, besando su frente.

Después, cuando ella ya estaba acostada en su cama, con su cabeza sobre el pecho de él, Sasuke le susurró algo que no se atrevía a decir en voz alta durante el día:

-Nunca dejé de escribir sobre ti... aunque no firmara los versos.

Sakura cerró los ojos. No necesitaba respuestas. No esa noche. Porque en esa cama, con sus pasados rotos entrelazados como sus cuerpos, lo único que importaba era que había fuego. Y por primera vez en mucho tiempo, ninguno huyó.

Años después, en un pequeño apartamento lleno de plantas, libros y fotos con fondo de galaxias pintadas por Sakura, Sasuke preparaba café en una cocina con ventanales grandes. Ella le leía el periódico, descalza, con su bata color lavanda.

-¿Sabes qué día es hoy?- preguntó ella, con voz traviesa.

-Sí. El día en que volviste a la Tierra.

Ella rio y se acercó por atrás, rodeándolo con los brazos.

-No. Es el día en que tú decidiste despegar.

Y se besaron como entonces, sabiendo que no todos los amores son a primera vista. Algunos tardan años. Algunos necesitan una canción. O un bar. O simplemente el valor de dejar de mirar desde lejos.

Porque cuando la marciana baja del cielo, hay que tener los brazos listos para sostenerla.

Y Sasuke, por fin, los tenía.