Hierro y Vacío

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Summary

Él forja acero para olvidar su pasado. Ella porta el vacío que podría destruir el futuro. Elian es un hombre hecho de cicatrices y silencio. Tras abandonar las guerras de los hombres, se refugió en una forja perdida en las Tierras del Pesar, jurando que el único fuego en su vida sería el del carbón. Pero el destino tiene el hábito de fundir los planes más sólidos. Cuando Lyra, una fugitiva de la Inquisición con ojos cargados de estrellas muertas, colapsa en su herrería, el metal se torna negro. Ella es la portadora del Fragmento de la Nada, una magia prohibida que la está devorando desde adentro. Para sobrevivir, necesita un arnés rúnico que solo un "Forjador de Almas" puede crear. Perseguidos por la Inquisición de la Luz y acechados por sombras que no descansan, Elian y Lyra deberán adentrarse en mazmorras olvidadas para estabilizar un poder que amenaza con desintegrarlos. En la oscuridad de las cuevas, donde el peligro acecha y la muerte es una promesa cercana, descubrirán quela conexión entre el hierro y la estrella es más que mística: es explosiva. Entre el calor de la piel y el frío del abismo, la verdadera batalla no será contra los Inquisidores, sino contra el deseo voraz que amenaza con consumirlos antes de que el mundo se apague. Fantasía Oscura | Romance de Alta Tensión | Magia Prohibida

Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capitulo 1: Ceniza y Fuego

Elian no buscaba la gloria de los caballeros; buscaba su hipocresía. Para él, un caballero no era más que un cadáver envuelto en plata, un títere de la Voluntad Mayor. Elian era un Herrero de Almas, el último de un linaje que no forjaba para hombres, sino para desafiar a los dioses. Su cuerpo, una topografía de quemaduras y músculos endurecidos por el mazo, era el templo de un solo propósito: forjar la Matadioses, una hoja capaz de cortar el hilo de la Gracia.

El martillo cayó con la fuerza de un veredicto. El metal chilló, una nota agónica que se perdió entre las vigas tiznadas de la herrería. Elian no sentía el calor; el calor era él. El sudor le trazaba surcos sobre las cicatrices del pecho, viejos mapas de guerras que nadie quería recordar. Para él, el carbón era la única verdad: se consume, brilla y muere.

Entonces, el aire cambió. El calor de la forja se encontró con una corriente gélida, un vacío que no debería existir.

—Me dijeron que aquí el hierro aún tiene alma —dijo una voz suave, pero cargada de una vibración metálica.

Elian no levantó la vista. Golpeó una vez más.

—El hierro no tiene alma, forastera. Solo tiene la forma que yo le obligo a tomar.

—Entonces oblígalo a protegerme. O a matarme. Lo que ocurra primero.

Elian dejó el martillo. Se giró, limpiándose las manos negras en el delantal de cuero. Frente a él, una joven envuelta en una túnica de seda azul, tan ancha que parecía esconder un cuerpo que se desvanecía. La capucha ocultaba su rostro, pero sus manos, blancas como el hueso y temblorosas, apretaban un báculo de madera retorcida con una gema que palpitaba en un violeta agónico.

—Una maga —escupió Elian con desprecio—. Traes el invierno a mi forja. Vete antes de que el fuego se apague.

—No puedo —Lyra dio un paso adelante, y por primera vez, la luz de las brasas iluminó su rostro. Era una belleza frágil, asediada por sombras bajo los ojos—. Me están cazando. Y lo que llevo dentro... se está rompiendo.

En ese momento, el metal que Elian acababa de forjar, un lingote de acero templado, se tornó negro. No el negro del enfriamiento, sino un negro absoluto, una ausencia de luz que empezó a absorber el brillo de la fragua. Elian retrocedió, su mano buscando instintivamente un espadón apoyado en el yunque.

—¿Qué eres? —rugió él.

—El vacío —susurró ella, y se desplomó

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Elian la recogió antes de que golpeara el suelo. Al tocarla, una sacudida eléctrica le recorrió el brazo. No era estática; era una advertencia. La llevó a su catre en la parte trasera de la forja.

No se fue de inmediato. Durante dos días, Elian luchó contra sí mismo.

Miraba su forja. Cada herramienta, cada yunque, cada marca de hollín era una cadena que él mismo había forjado para mantener a raya a sus demonios. Abandonar esto era abandonar su cordura. Pero cada vez que miraba a Lyra, veía la runa en su nuca: la misma marca de los "malditos" que él ocultaba. Y veía el metal negro. El mundo que había intentado ignorar había venido a buscarlo, y el metal mismo se lo estaba diciendo.

El tercer día, llegaron los jinetes. Tres hombres con capas grises y la insignia de la Inquisición de la Luz . No preguntaron; exigieron. Buscaron a la "hereje". Elian les mintió con la frialdad del acero, pero sabía que no se tragarían su historia. Volverían. Y si la encontraban, la quemarían a ella... y a él.

Elian miró a Lyra, que deliraba en el catre. Su báculo pulsaba, una baliza que la Inquisición no tardaría en rastrear.

—Maldita sea —gruñó Elian.

Tomó su espada, ala espada que había jurado no volver a usar, y la afiló. Luego, forjó una pieza final: una hebilla rúnica provisional. Pasó la noche empacando provisiones, ocultando las herramientas principales y, con un peso en el pecho que no tenía nada que ver con el metal, apagó el fuego de la fragua. Por primera vez en diez años, la herrería se enfrió.

Cargó a Lyra en sus brazos y se adentró en la noche, hacia las Tierras del Pesar. La forja, su refugio y su celda, se quedó atrás, en un silencio sepulcral.

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Caminaron días, evitando los caminos principales. Lyra recuperó la consciencia, pero estaba débil. Elian forjó el arnés final rústicamente en hogueras nocturnas, usando el báculo de ella como fuente de calor cuando las brasas no bastaban.

Llegaron a una cueva profunda, un refugio natural lejos de miradas indiscretas. Era hora de poner el arnés.

—Tengo que hacerlo —dijo ella, con voz trémula. Se quitó la túnica de seda azul.

Elian se congeló.

Bajo la seda, Lyra solo llevaba una prenda interior de lino fino, que hacía poco por ocultar su figura. Su piel era de un blanco níveo, tan pálida que parecía irradiar una luz fría. Era delgada, frágil en apariencia, pero había una elegancia felina en la curva de su espalda y la línea de su cuello.

Elian, acostumbrado a la tosquedad del hierro y el cuero, sintió que su mundo se tambaleaba. Sus ojos recorrieron la curva de su columna, la palidez de sus hombros. Su respiración se atascó. Un estremecimiento violento le recorrió el cuerpo, una ola de deseo primitivo que chocó contra su férrea autodisciplina. Cerró los puños con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos.

—Ponlo —pidió ella, sin mirarlo.

Elian se acercó. Sus manos, rudas y callosas, parecían monstruosas junto a la piel de Lyra. Con un cuidado extremo, colocó el arnés de cuero y metal sobre sus hombros. Sus dedos rozaron su piel.

Lyra soltó un jadeo ahogado, una vibración que Elian sintió en la punta de sus dedos. Ella inclinó la cabeza hacia atrás, chocando contra su pecho desnudo . El calor volcánico de él se encontró con el frío del vacío de ella.

—Estás ardiendo... —susurró ella.

Elian sentía el pulso de ella, rápido y asustado. Estaba tan cerca que podía oler su aroma a lavanda y flores silvestres. Su cuerpo gritaba que la tomara, que la acorralara contra la piedra, pero su mente, entrenada en la disciplina del martillo, se impuso. Ella estaba herida, bajo su protección. No sería un animal.

—Duerme, maga —respondió él, con la voz ronca, forzándose a retroceder—. Mañana seguiremos.

Esa noche, Elian no durmió. El recuerdo de su piel blanca y su aroma le quemaba la sangre. El deseo se había convertido en un yunque sobre el que su cordura estaba siendo golpeada sin piedad.

La paz se rompió al quinto día. No fueron jinetes, sino una emboscada silenciosa en un desfiladero. Los Inquisidores de la Luz Cenicienta cayeron como cuervos.

Elian se transformó. Ya no era el herrero huraño; era un torbellino de acero. Su espada cortaba el aire con un silbido mortal, protegiendo el cuerpo de Lyra con una ferocidad suicida. Ella, desde atrás, intentaba canalizar su poder, pero el Vacío era errático. Una flecha rozó el flanco de Elian, y otra cortó su hombro, tiñendo su piel de un rojo intenso que contrastaba con sus viejas cicatrices.

Con un último esfuerzo, Lyra desató una onda de choque purpúrea que desorientó a los atacantes, permitiéndoles escapar hacia las cuevas altas antes de que llegaran los refuerzos.

Se refugiaron en una gruta estrecha, protegida por la vegetación. Elian se desplomó contra la pared de piedra, respirando con dificultad. La sangre manaba de su hombro.

—Déjame... déjame curarte —susurró Lyra, acercándose. Sus manos temblaban, no de miedo, sino de una extraña urgencia.

Para acceder a la herida, tuvo que ayudarlo a quitarse lo que quedaba de su camisa. Elian quedó con el torso desnudo a la luz vacilante de una pequeña lámpara de aceite. Lyra se quedó sin aliento. De cerca, su cuerpo era una obra de arte tallada en violencia: los pectorales anchos, el abdomen marcado y ese laberinto de cicatrices que contaba una historia de supervivencia.

Ella comenzó a limpiar la sangre con un trozo de seda. El contacto de sus dedos fríos sobre la piel ardiente de Elian hizo que él soltara un gruñido bajo.

—Tu poder... me quema —dijo él, fijando sus ojos oscuros en los de ella. Lyra, era incapaz de apartar la vista de los labios de él.

Ya no había arneses, ni inquisidores, ni misiones. Solo quedaba la necesidad de sentir que estaban vivos después de haber rozado la muerte. Elian extendió una mano y rodeó la nuca de Lyra, atrayéndola hacia él. Cuando sus labios se encontraron, no fue un beso delicado; fue la ruptura de un dique.

La túnica de seda azul de Lyra resbaló por sus hombros, revelando su cuerpo níveo y perfecto bajo la luz mortecina. Elian la recorrió con la mirada, memorizando cada curva, cada rincón de esa piel que parecía hecha de luz de luna. Su mano, grande y callosa, bajó por su espalda, reclamando el territorio de sus caderas con una posición de dominio que hizo que Lyra arqueara la espalda, buscando más de él. En esa cueva fría, el fuego que ambos habían contenido durante días finalmente los consumió, fusionando el hierro y la estrella en un acto de posesión absoluta.

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A unos cientos de metros de la entrada de la cueva, agazapado entre las rocas y oculto por un hechizo de camuflaje menor, el Pícaro observaba el resplandor tenue que salía de la gruta. Jugaba con una de sus dagas, haciéndola girar entre sus dedos con una destreza aburrida.

—Vaya, vaya... —mascó una brizna de hierba, con una sonrisa cínica dibujada bajo su máscara—. Parece que el herrero ha encontrado una forma mejor de templar su acero que usar agua fría.

Guardó la daga con un movimiento seco. Sus ojos, agudos como los de un halcón, no se apartaron de la entrada. La Inquisición pagaba bien, pero el Pícaro sabía reconocer cuando el viento cambiaba de dirección. Esos dos eran una tormenta en ciernes, y él prefería seguir el rastro de la tempestad para ver qué tesoros dejaba a su paso antes de decidir si clavaba sus dagas en sus espaldas... o se unía a su danza.