Amando a mi guardaespaldas

Summary

​En el mundo de la alta alcurnia empresarial, Damián es conocido como el "Alfa de Hierro", el implacable dueño de Alpha Corp. Sin embargo, su imperio está construido sobre un secreto que podría destruirlo: es un Omega que, mediante supresores experimentales, altera su biología para proyectarse como el líder dominante que la sociedad exige. Su vida es un teatro de control absoluto, hasta que una noche de caos lo cambia todo. ​Tras un violento intento de secuestro, Damián es rescatado por Elian, un Alfa de mirada intensa y fuerza bruta que lo defiende sin saber quién es, movido únicamente por un instinto de protección que Damián jamás había sentido. Fascinado y extrañamente atraído por su salvador, Damián lo rastrea y lo nombra su guardaespaldas personal.

Genre
Lgbtq
Author
Sugey
Status
Ongoing
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
18+

El encuentro

El cielo de la ciudad estaba teñido de un violeta oscuro, anunciando una tormenta que amenazaba con romper el bochorno de la tarde. Caminaba rápido, con la capucha de mi sudadera gris cubriéndome parte del rostro. Había cometido un error imperdonable para alguien con mi posición: salir sin escolta. Pero la presión de ser el CEO de Alpha Corp., sumada a las náuseas que me provocaba la nueva dosis de supresores experimentales, me habían empujado a buscar aire.

Doble por un callejón que servía de atajo hacia la avenida principal, pero me detuvo en seco. Al final de la calle estrecha, dos camionetas negras bloqueaban la salida. Cuatro hombres, parecía que eran alfas y betas de complexión pesada, bajaron con paso decidido.

—No pongas las cosas difíciles, Valerius —siseó uno de ellos, acercándome un pañuelo que olía a químicos—. Solo queremos que nos acompañes a dar un paseo.

Intenté empujarlo, pero mis fuerzas no eran las de un Alfa real. Un tipo me inmovilizó por detrás y sentí el pánico genuino de un Omega subiendo por mi garganta. Iban a descubrirlo todo, si me llevaban, si me examinaban... Alpha Corp. caería conmigo.

De repente, un estruendo.

Algo —o alguien— impactó contra el contenedor de basura. Un hombre apareció de la nada, como una sombra desprendida de la noche. No dijo una palabra. El primer golpe que lanzó fue tan potente que el Alfa que me sujetaba salió despedido hacia atrás, soltándome en el acto

Me desplomé contra la pared de ladrillos, tratando de recuperar el aliento. Frente a mí, el desconocido se movía con una precisión aterradora. Esquivó un golpe, giró sobre sus talones y con un movimiento fluido, derribó a otros dos. Su aroma me golpeó de lleno: era un Alfa, pero no uno de esos tipos que usan su ferocidad para intimidar. Su olor era como el suelo después de la lluvia, algo terrenal, sólido y extrañamente tranquilizante.

En menos de un minuto, los cuatro estaban en el suelo, gimiendo de dolor o inconscientes. El desconocido se detuvo, con los puños cerrados y el pecho subiendo y bajando con fuerza.

Se giró hacia mí. Tenía un corte en el labio y la mirada más intensa que había visto en mi vida. En ese momento, debido al estrés, sentí que mi supresor fallaba por un milisegundo. Un rastro de mi verdadero aroma debió escapar, porque sus pupilas se dilataron y dio un paso hacia mí.

—¿Estás bien? —su voz era profunda, un barítono que me hizo vibrar el pecho.

Traté de ponerme de pie, recomponiendo mi fachada de frialdad. Limpié el polvo de mi abrigo caro y lo miré a los ojos, luchando por no mostrar cuánto me temblaban las piernas.

—Estoy ileso —respondí, forzando un tono autoritario—. Gracias. No deberías haberte arriesgado.

Él soltó una risa seca, casi divertida, mientras recogía su mochila del suelo.

—No suelo dejar que cuatro tipos abusen de uno solo. Vete a casa, el barrio no es seguro para alguien que viste como si valiera un millón de dólares.

Se dio la vuelta sin pedirme dinero, ni mi nombre, ni una medalla. Simplemente caminó hacia la salida del callejón, desapareciendo bajo la lluvia que empezaba a caer.

Me quedé allí, solo, con el corazón acelerado por una razón distinta al miedo. Saqué mi teléfono de inmediato y marqué a mi oficina.

—Isabella —dije, mi voz recuperando su filo de acero—. Quiero el historial completo del hombre que acaba de salir del callejón de la calle 12. Usa el reconocimiento facial de las cámaras de la zona

—¿Sucedió algo, señor Valerius? —preguntó ella, preocupada.

Miré hacia la oscuridad por donde él se había ido.

—He encontrado lo que necesitaba. Tráelo a mi oficina mañana. No importa lo que pida, ese hombre va a trabajar para mí.