Capítulo 1: El Despertar del Progenitor: Entre Sangre y Lirios
El frío en el Orfanato “San Jude del Valle” no era solo una cuestión de clima; era una presencia constante que se filtraba por las paredes de piedra húmeda y los techos remendados, una entidad invisible que se alimentaba del calor de los niños olvidados. Para Renian, sin embargo, el frío fue lo que le devolvió la conciencia, como un golpe de agua helada en mitad de un sueño eterno.
Sus últimos recuerdos eran borrosos, teñidos por el gris del agotamiento crónico: el zumbido monótono de los servidores en la oficina, el brillo azulado y parpadeante de la pantalla de su computadora a las cuatro de la mañana, y ese dolor punzante en el pecho, un rayo de fuego que lo dejó sin aliento. Había muerto por exceso de trabajo, consumido por la maquinaria de una vida moderna que no perdonaba la debilidad. Había sido un engranaje más que, al romperse, simplemente fue desechado.
Pero ahora, al abrir los ojos, no había luces de neón ni el rítmico tecleo de sus compañeros. Solo el penetrante olor a moho, a madera podrida y el sonido de respiraciones agitadas que se condensaban en el aire gélido.
—¿Renian? ¿Estás bien? Has estado gritando en sueños...
Renian giró la cabeza con lentitud, sintiendo sus articulaciones rígidas. A su lado estaba Mika, su compañero de penas y el único ser que parecía emitir un poco de calor en aquel agujero de miseria. Mika era lo que Renian más amaba en este mundo, o al menos, lo que los recuerdos de este cuerpo le dictaban con una fuerza desgarradora. Tenía un aspecto tan delicado que cualquiera juraría que era una niña de cabello plateado y ojos grandes y acuosos, pero Renian sabía la verdad: era un niño, un pequeño de constitución tan frágil que parecía hecho de cristal soplado.
En la novela original, “El Trono de Sangre y Rosas”, Mika moría de una fiebre mal tratada en este mismo invierno. Esa pérdida era el catalizador, el trauma que convertía al Renian original en un villano despiadado, un hombre que quemaba el mundo porque nadie se molestó en salvar su única luz.
Renian se levantó, sintiendo su cuerpo extraño, demasiado ligero, casi etéreo. Caminó hacia un fragmento de espejo roto que los huérfanos usaban para asearse, pegado a la pared con grasa y suciedad. Al verse, el aire se le escapó de los pulmones.
El rostro que le devolvía la mirada era de una belleza elegante y certificada, casi insultante para un lugar tan miserable. Su cabello no era oscuro como el de su vida anterior, sino de un dorado intenso y brillante, hilos de sol que parecían capturar la poca luz del amanecer. Sus ojos eran de un violeta profundo, dos amatistas que parecían iluminar la penumbra. Sus rasgos eran tan finos, su piel tan blanca y sus labios tan perfectamente delineados que parecía una mujer de una belleza legendaria, una aparición divina atrapada en un cuerpo de muchacho.
“No soy solo un extra...“, pensó con una mezcla de horror y fascinación. “Soy Renian Von Bloodrose. El villano desechable que muere antes del tercer arco para justificar el ascenso del protagonista”.
De repente, una luz carmesí, densa como la sangre recién derramada, estalló frente a sus ojos. Una interfaz translúcida flotaba en el aire, vibrando con una energía antigua.
[SISTEMA DE LINAJE ACTIVO]
Usuario: Renian
Identidad: Villano Desechable
Linaje: PROGENITOR ORIGINAL (Nivel 0 - Durmiente)
[ESTADÍSTICAS]
Fuerza (STR): 4
Agilidad (AGI): 7
Vitalidad (VIT): 3 (Estado Crítico: Desnutrición / Anemia)
Inteligencia (INT): 20 (Bonificación: Mente Moderna / Estratega)
Carisma (CHA): 30 (Nivel: Belleza Trascendental / Hechizo Visual)
El sistema palpitaba al ritmo de su corazón. “Progenitor Original”, murmuró en su mente. En la novela, la familia Bloodrose era una estirpe maldita, descendientes de una raza que los humanos habían intentado exterminar: los vampiros de sangre pura. Su belleza no era un regalo, era una trampa evolutiva para atraer a la presa.
—¡A formar, parásitos! —el grito de la Sra. Grimshaw despedazó el silencio.
La mujer entró a la habitación golpeando su bastón de madera contra las camas metálicas, un sonido chirriante que hacía doler los dientes. Era una mujer gorda, de cara rojiza por el alcohol y ojos cargados de una codicia que rozaba la locura. Detrás de ella, como sombras asustadas, venían los otros niños: Leo, el chico rudo que siempre intentaba quitarle la comida a los más débiles para sobrevivir un día más, y la pequeña Sasha, que no dejaba de temblar mientras se abrazaba a sí misma.
—Hoy viene el Duque Valerius —siseó la Grimshaw, deteniéndose frente a Renian. Al ver su rostro, una chispa de envidia pura y asco cruzó sus ojos. Odiaba esa belleza; la hacía sentir aún más deforme y miserable—. Si te atreves a levantar la cabeza y asustar a su Excelencia con esa cara de muñeca que tienes, te juro que no volverás a ver la luz del día. Te encerraré en el sótano con las ratas hasta que se coman esos ojos morados.
Mika se encogió detrás de Renian, temblando. En el pasado, Renian habría bajado la cabeza, pidiendo perdón en silencio para evitar los golpes. Pero el hombre que habitaba este cuerpo ahora ya había muerto una vez por ser sumiso al sistema. Ya no tenía miedo.
Renian no bajó la mirada. Al contrario, la sostuvo con una frialdad que heló la sangre de la encargada. Sintió una extraña presión en sus venas, un calor latente que pedía ser liberado, como si su propia sangre tuviera voluntad propia. Miró a Mika, quien se aferraba a su harapienta túnica con nudillos blancos, y luego volvió a la niñera.
—No se preocupe, Sra. Grimshaw —dijo Renian, su voz sonando como una campana de plata, melódica y peligrosa—. Hoy todos recibiremos exactamente lo que merecemos. El destino es muy puntual con sus deudas.
La mujer retrocedió un paso, desconcertada por la elocuencia y la dignidad de aquel “huérfano”. Pero antes de que pudiera alzar su bastón para castigar su insolencia, las trompetas exteriores anunciaron la llegada de los carruajes.
Renian sabía algo que ella no: la trama de la novela tenía un secreto oculto en este capítulo. El hombre que vendría hoy no era el Duque Valerius. El Duque era un cobarde que había enviado en su lugar a su invitado de honor: el Emperador Alaric en persona, disfrazado de noble menor para inspeccionar el estado de las provincias fronterizas. Alaric, el “Tirano de Hierro”, el hombre más peligroso y poderoso del continente, aquel que ejecutaba a los corruptos con sus propias manos.
Renian se mantuvo en el centro de la fila, con Mika pegado a su costado. Podía sentir la fragilidad del pequeño, una vibración sutil que recorría sus dedos. “No por mucho tiempo”, se juró a sí mismo. Sus ojos violetas, ahora más brillantes debido a la adrenalina de la transmigración, se clavaron en el pesado portón de hierro que crujía bajo el peso del invierno.
De repente, la pantalla carmesí de su visión periférica parpadeó violentamente. El color pasó de un rojo sangre a un dorado incandescente que casi lo ciega.
[ALERTA DEL SISTEMA: PRESENCIA DE RANGO ÉPICO DETECTADA] [ANÁLISIS DE DATOS...] [IDENTIFICACIÓN: EMPERADOR ALARIC VON DRACO] [ESTADO: INCÓGNITO / MODO INSPECCIÓN]
[MISIÓN PRINCIPAL ACTUALIZADA]
Objetivo: Sobrevivir a la Inspección Ducal y Captar el Interés del Soberano.
Dificultad: SSS (Debido al estado de salud del usuario).
Recompensa: Desbloqueo de “Sello de Sangre” + Desbloqueo de habilidades de Linaje (Nivel 1).
Renian apretó los dientes. Sus estadísticas de Vitalidad estaban en un vergonzoso 3. Básicamente, era un cadáver andante con una cara bonita. Si Alaric decidía que este orfanato era una pérdida de recursos o si la Sra. Grimshaw lograba presentarlo como un “error genético”, su vida terminaría antes de que el sistema pudiera siquiera reiniciarse.