la puerta
Era de noche y Alex no paraba de teclear.
Hoteles baratos; Pasajes a la capital; Departamentos en alquiler cerca de la Academia;Foros donde desconocidos discutían cuánto costaba realmente vivir allí.
No lo hacía por necesidad.
Era más bien un pasatiempo, Una fantasía.
A veces imaginaba que tomaba un tren cualquiera, llegaba a la capital sin avisar a nadie y caminaba directo hasta las puertas de la Academia. Lo veía con tanta claridad que casi podía sentir el peso de la mochila en los hombros y el murmullo de los aspirantes esperando turno.
Quizá entraría.
Quizá despertara una afinidad.
Quizá, con algo de suerte, tendría una carrera brillante. Un futuro cómodo. Un nombre que la gente recordara.
Luego suspiraba, cerraba la pestaña del navegador y volvía a su vida normal.
Tampoco estaba tan mal.
Lejos del estrellato… pero también lejos de los peligros.
Porque entrar a la Academia significaba, tarde o temprano, enfrentarse a La Puerta.
Y la mayoría de los que lo intentaban no volvían.
Alex no sabía exactamente qué había del otro lado. Nadie lo sabía con certeza. La información sobre la Puerta siempre había estado rodeada de un hermetismo casi perfecto. Había rumores, reportes oficiales, fragmentos de entrevistas… y poco más.
Lo suficiente para alimentar la imaginación.
Pero no para entenderla.
—¿Te enteraste?
La voz de su madre llegó desde la puerta antes de que él pudiera reaccionar. Cuando levantó la vista, ella ya estaba dentro de la habitación.
—¡Mamá! —protestó Alex—. ¡Tocá antes de entrar!
—Ay, no exageres.
—En serio— gruñó alex en broma—
Ella ignoró completamente el reclamo.
—¿Escuchaste la noticia o no?
—No —respondió Alex, cruzándose de brazos—. ¿Qué pasó?
Su madre sonreía como si estuviera conteniendo algo enorme.
—Dicen que una comisión de la Academia va a venir al pueblo.
Alex parpadeó.
—¿Acá?
—Sí, acá.
—¿A Coal City?
—Eso dijeron.
Alex se quedó unos segundos procesandolo.
—Pero… ¿para qué?
—Ni idea —respondió ella encogiéndose de hombros—. Algo sobre un artefacto que encontraron.
No era el artefacto lo que tenía a su madre tan emocionada.
Era otra cosa.
—También dicen que viene él.
Alex levantó una ceja.
—¿Quién?
Ella lo miró como si la respuesta fuera obvia.
—El Conquistador.
Por un momento ninguno dijo nada.
Incluso después de casi dos siglos, ese nombre todavía tenía peso.
—Seguro es mentira —murmuró Alex.
—Eso dijeron la última vez que apareció en televisión.
No era imposible.
El Conquistador seguía vivo. O al menos eso aseguraban todos los registros.
El primer humano en completar la Puerta.
El único que había sobrevivido a todas sus variantes.
Cuando regresó, despertó con afinidad de luz.
Después de eso, todo cambió.
—Dos siglos… —dijo su madre pensativa—. Y parece que no envejeció ni un día.
—Las afinidades hacen cosas raras —respondió Alex.
—Igual quiero verlo.
—Claro que querés verlo— dijo Alex mientra se llenaba los ojos de picardia.
—¿Y vos no?
Alex no contestó.
Volvió a mirar la pantalla de la computadora.
Una página seguía abierta en una oferta ridícula de pasajes a la capital.
Su madre suspiró.
—Bueno, cuando salga la fecha exacta avisarán por el intercomunicador del barrio.
—Ajá.
Ella salió de la habitación murmurando algo sobre lo increíble que sería verlo en persona.
Alex se quedó en silencio.
Miró la palabra Academia en la pantalla.
Y por un instante volvió a imaginarlo.
Las puertas.
La prueba.
La Puerta real.
Sacudió la cabeza.
Fantasear era fácil.
Morir adentro no tanto.
El día pasó sin demasiadas complicaciones.
Al atardecer Alex salió de la casa justo cuando el sol comenzaba a esconderse detrás de las colinas negras de carbón.
—¡¿Tiene carga tu intercomunicador?! —gritó su madre desde la puerta.
—¡Sí, ma!
—¡No quiero que después digas que no te avisé!
Alex levantó una mano sin mirar atrás.
Caminaba rápido.
No era el único.
El pueblo entero estaba alterado.
En cada esquina había alguien hablando de lo mismo.
—Dicen que el artefacto salió de una excavación.
—No, que cayó del cielo.
—Mi primo trabaja en la mina y dice que ya lo están transportando.
Alex escuchaba fragmentos de conversación mientras pasaba.
La Academia visitando Coal City.
Eso solo ya era raro.
Pero si además venía el Conquistador…
Eso era otra historia.
Cuando llegó a la escuela ya estaba oscuro.
El edificio era pequeño, viejo y mal iluminado.
Las clases nocturnas reunían a los que no encajaban en ningún otro lado: chicos demasiado grandes para su grado, huérfanos, problemáticos, vagos… o simplemente gente que había tomado malas decisiones demasiado temprano.
Alex entró justo cuando el preceptor levantaba la vista.
—Llegás tarde.
—Sí, lo sé.
—Tenés suerte —dijo el hombre—. El profesor llamó. Dice que llega diez minutos tarde.
Alex suspiró aliviado.
—Sabés que no le caés bien.
—También lo sé.
El preceptor lo miró con cierta paciencia cansada.
—Alex… a la gente no le gusta que le demuestren que está equivocada.
El chico no respondió.
—Si creés que alguien dijo algo mal —continuó—, esperá al final de la clase. Se lo decís en privado.
Hizo una pausa.
—No delante de todos.
Alex forzó una sonrisa.
—Trataré de recordarlo.
Y caminó hacia el aula.
Los salones eran pequeños. Las sillas viejas. Las paredes estaban cubiertas de carteles educativos que nadie leía.
Alex se sentó en silencio en la última fila.
Nadie notó que había entrado.
No era que fuera particularmente sigiloso.
Simplemente tenía esa cualidad extraña de pasar desapercibido.
De chico solía imaginar que era un despierto con afinidad de invisibilidad.
Claro que eso no existía.
Pero a veces parecía bastante real.
La puerta del aula se abrió de golpe.
—¡Atención, jóvenes!
El profesor entró con paso brusco.
—Hoy toca repaso trimestral.
Se detuvo frente al pizarrón.
—¿Quién puede decirme cuántos eventos categoría terror existen en el mundo?
Silencio.
El profesor sonrió.
No era una sonrisa amable.
—¿Nadie?
Sus ojos brillaban con una alegría enfermiza.
—Bueno… entonces voy a elegir yo.
Señaló de repente a una chica en la primera fila.
—Vos— lo dijo como si fuera el golpe de gracia
La chica se tensó.
—Eh… ¿siete?
—¡Exacto! —gritó el profesor, casi decepcionado de que hubiera acertado—. Ahora decime el más importante.
Varias manos se levantaron.
Pero el profesor no miró a ninguna.
Sus ojos ya estaban clavados en la última fila.
En Alex.
—¿Y vos? —dijo—. ¿De casualidad sabés cuál es el más grande?
Alex suspiró.
—La Puerta.
—¿Y después?
—La Cueva… la Grieta… la Fosa… la Bruma… el Barco… el Sueño… y las Mellizas Escarlatas.
El aula quedó en silencio.
El profesor no parecía contento.
De hecho, parecía molesto.
Se dio vuelta lentamente hacia el pizarrón.
—¿Y alguno sabe… —dijo levantando las manos dramáticamente— cómo aparecieron?
Nadie respondió.
Hasta que una voz desde el fondo dijo:
—Simplemente aparecieron.
—¡¡NO!!
El grito hizo saltar a varios.
El profesor reía.
—No aparecieron.
Sus ojos brillaban de emoción.
—Entonces… ¿de dónde vinieron?
Silencio otra vez.
Alex habló sin pensar.
—Cayeron del cielo.
La risa del profesor murió en seco.
Giró lentamente la cabeza.
—Dimeí más.
Alex suspiró.
—Solo sabemos que llegaron a nuestro sistema solar antes de que la humanidad las detectara. Sabíamos dónde iban a caer… pero no qué eran.
El profesor lo miraba fijamente.
—continua— exclamo, esperando con anhelo el fallo
—La Puerta es la única que puede crear despiertos —continuó Alex—. Las demás siguen siendo un misterio.
Hizo una pausa.
—Ah… y dicen que algunos de la Cohorte del Dragón entraron en la Cueva hace cien años y nunca salieron.
El profesor se quedó en silencio unos segundos.
Luego sonrió.
—Parece que tenemos un nerd entre nosotros.
Las risas llenaron el aula.
Alex apoyó la frente en la mesa.
Le quedaban tres años más en esa escuela.
Tres años.
A veces se preguntaba si no sería más fácil intentar la Puerta.
Después de todo…
Morir en las garras de un monstruo desconocido sonaba casi mejor que soportar al profesor.