Escrito en las Estrellas

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Summary

Cuando Irene, una joven científica, comienza a trabajar en la corporación científica más avanzada del mundo, cree haber encontrado una oportunidad común: un empleo entre los impecables laboratorios de NeoGenesis. Sin embargo, detrás de esa fachada perfecta parece esconderse algo que no encaja. Algo que descubrirá mientras vive su día a día, conoce a nuevas personas y se convence de que está allí para ayudar... aunque pronto empezará a notar que nada es exactamente como lo pintan.

Genre
Fantasy
Author
Niram
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Así comenzó todo

El reloj marcaba las cinco en punto; era hora de despertarme. Ya era momento, suponía. Después de largos años investigando en soledad, había llegado el día de compartir mis conocimientos con alguien más.

Aunque siempre he preferido trabajar de manera independiente, esta vez debía aceptar ayuda si quería que mi investigación avanzara.

Me levanté y fui directo a la ducha. Necesitaba despejarme; detesto madrugar. Decidí ducharme con agua fría, así lograría despertarme de verdad, ya que el agua tibia solo conseguiría adormecerme. Fue una ducha rápida.

Intenté arreglarme lo más presentable posible. Estaría rodeada de personas importantes y quería causar una buena impresión. Mi idea era verme elegante, pero sin exagerar. Opté por una blusa de seda blanca, de corte sencillo pero refinado, pantalones azul marino y una chaqueta ajustada en tono gris claro. Completé el atuendo con unos mocasines negros, pendientes pequeños y un reloj de pulsera plateado. Recogí mi cabello en una coleta baja.

Al bajar al primer piso, encontré el desayuno preparado. Sobre la mesa había una pequeña nota que decía:

"Feliz primer día de trabajo. Te deseo lo mejor."

Sonreí.

Mi madre, una mujer amante de los viajes, había estado conmigo las últimas semanas. Gracias a uno de mis trabajos —un compuesto que lograba ralentizar el envejecimiento celular y extender la vida al menos cinco años— mi investigación había comenzado a ganar validez científica. Ella quiso acompañarme en un momento tan importante. Me habría gustado que mi padre estuviera también, pero vive lejos; aun así, me llamó para felicitarme.

Ese día, sin embargo, ella retomaba su propia vida.

Tomé el sándwich; su aroma era inconfundible. Solo con tocarlo podía imaginar el crujido al morderlo. También había preparado uno de sus batidos, con trocitos de fruta que le daban ese sabor tan natural que siempre le quedaba perfecto. Me hice un café, terminé de acomodar mis cosas y me preparé para salir.

Mientras cerraba la puerta de casa, no pude evitar pensar en lo que tanto había intentado evitar durante años: trabajar con otras personas.

La desconfianza no era nueva. Tiempo atrás, un compañero había robado parte de mi investigación, y desde entonces colaborar nunca volvió a resultarme sencillo.

Aun así, ese día debía intentarlo.

Salí de casa y allí estaba: un Toyota Camry negro. Mi padre decía que era el auto que una científica como yo debía tener. En su momento le dije que me parecía exagerado, pero él insistió en que era necesario.

Mi padre es, en muchos sentidos, lo opuesto a mi madre. Mientras ella ama viajar, él es un hombre sedentario. Aún no entiendo cómo alguna vez estuvieron casados, pero gracias a ellos somos tres hermanos. La separación fue dura, aunque con el tiempo aprendimos a vivir con ello.

Ahora está jubilado. Pasa sus días cerca de un lago, en una cabaña donde se dedica a pescar; un lugar perfecto para alguien como él.

Tomé las llaves y encendí el auto. Escuchar el motor arrancar por primera vez fue extrañamente agradable.

El trayecto me llevó a las afueras de la ciudad de Alencia, conocida por ser un importante centro de investigación científica, repleto de laboratorios y centros dedicados al estudio del envejecimiento. Entre ellos se encontraba NeoGenesis, una compañía privada con instalaciones alejadas del núcleo urbano, cerca del lago Crimwar.

Mientras conducía, no podía dejar de pensar en cómo debía presentarme, en qué decir o cómo comportarme. Ese fue mi único pensamiento hasta que llegué a mi destino: la gran empresa de Gregory Peck, un multimillonario obsesionado con demostrarle al mundo que el envejecimiento es una falla. Como él mismo decía: «La biología falla. Nosotros la corregimos.»

No creo del todo en esa idea. Tal vez suene hipócrita, considerando que gracias a investigaciones relacionadas con ese campo he ganado varios premios. Pero no se trata de incredulidad; se trata de aceptar que la muerte es inevitable. Lo que Gregory propone va más allá: busca la inmortalidad.

Yo nunca quise eso.

Mi trabajo siempre estuvo enfocado en algo mucho más simple y, al mismo tiempo, más humano: alargar la calidad de vida, no eternizarla. Encontrar tratamientos para enfermedades degenerativas, reparar células dañadas por el tiempo, devolver movilidad, memoria y dignidad a personas atrapadas en cuerpos que ya no les respondían..

El edificio destacaba de inmediato. Su fachada estaba cubierta casi por completo de cristales que reflejaban el cielo, dándole un aspecto luminoso y elegante. Tenía alrededor de diez pisos y, aunque no era exageradamente alto, resultaba imponente y, sobre todo, hermoso.

En la entrada me esperaba el señor Gregory. Era un hombre de estatura considerable, de piel ligeramente morena, con unos ojos color avellana tan claros que parecían dejar escapar destellos verdosos desde sus pupilas. Su cabello, castaño oscuro, estaba perfectamente cuidado.

—Hola, buenos días, señorita Irene —me dijo con una sonrisa cordial.

Le devolví el saludo de la misma manera.

—Hola, señor. Es un placer estar aquí…

A pesar de haber hablado con él anteriormente, no pude evitar sentirme nerviosa.

—No te preocupes —respondió—. Ven, sígueme. Te mostraré el laboratorio que podrás utilizar.

Lo seguí mientras me presentaba a distintas personas del lugar. Aquello me hacía sentir cada vez más incómoda; nunca me ha gustado llamar la atención, y mucho menos frente a tantas personas.

Reconocí a varios científicos con los que ya había coincidido en premiaciones, pero también conocí a otros nuevos. Entre ellos, una chica de complexión algo robusta llamó mi atención. Desde lejos parecía desbordar felicidad al verme, y pude notar cómo se acercaba poco a poco.

—Hola, doctora Irene. Soy Sofía Glant. De verdad, para mí es un enorme placer tenerla aquí. Soy una gran admiradora de su trabajo —dijo con una sonrisa que ocupaba casi todo su rostro.

Tenía una cara redondita que, de forma inevitable, me recordó a un hámster que tenía uno de mis sobrinos.

—Ella fue una de las responsables de que la señorita Klint entrara a trabajar en este lugar —añadió el señor Gregory.

—Ah, ya veo… entonces, gracias, doctora Sofía —respondí devolviéndole la sonrisa.

Después de las presentaciones, el señor Gregory me condujo hasta mi laboratorio. Estaba situado al fondo del piso seis, alejado del resto, y contaba con una vista directa al lago. Un rayo de luz entraba por los ventanales, iluminándolo todo.

En cuanto lo vi, pensé en mi padre. Le encantaría este lugar. Tomé una foto para enviársela más tarde y presumirle dónde estaba trabajando.

—Veo que te ha gustado —comentó.

—Quédate aquí y familiarízate con el espacio. En un rato vendrá alguien para que firmes el contrato y te explique lo básico de la empresa, así no te perderás.

Asentí y me di la vuelta para observar con detenimiento los implementos de trabajo. Eran equipos que nunca habría podido costear por mi cuenta, y precisamente por eso había tenido que pausar mi investigación durante tanto tiempo.

Pasaron un par de horas. Probé algunos de los nuevos instrumentos, apenas lo necesario para ir conociéndolos antes de dedicarme de lleno al trabajo. Mientras esperaba, tomé mi desayuno. Disfruté el pan aún tibio entre los dedos, la textura crujiente al morderlo y el sabor reconfortante que contrastaba con la frialdad impecable del laboratorio.

Miré el lago una vez más. Me transmitía una calma inesperada, aunque una pequeña parte de mí no pudo evitar pensar en lo tentador que sería lanzarme al agua y olvidarme del mundo por un rato.

Cuando, de pronto, sentí que alguien entraba al lugar donde me encontraba. Era una mujer algo mayor; no sabría decir su edad exacta, pero aparentaba rondar los treinta y tantos. Su presencia no pasó desapercibida. Vestía ropa ceñida a su cuerpo, demasiado calculada para un entorno clínico, como si cada detalle estuviera pensado para llamar la atención… o provocar una reacción específica.

No era el tipo de vestimenta que uno esperaría ver en un laboratorio.

Hola buenos dias -le dije-

Hola señorita Irene "Ven conmigo , que tienes que ir a firmar tu contrato," dijo ella de manera algo dura.

Se creía mucho, pensé para mí.

"Claro, guíame," le respondí de manera indiferente.

Fuimos directo al 8vo piso y pasamos por varias oficinas. Cuando paramos delante de una oficina con un letrero arriba que decía "Gerente de Recursos Humanos," toco la puerta, desde el interior escuché una voz que dijo: "Adelante."

"Aquí está la señorita Irene Klint."

"Muchas gracias, por favor, puedes retirarte."

En ese momento me quedé a solas en aquella oficina, un espacio tan amplio que fácilmente podría haber albergado mi sala y mi comedor juntos. Todo era demasiado grande, demasiado pulcro, como si incluso el aire estuviera bajo control.

Sentado frente al escritorio había un hombre de cabello negro, con unos ojos tan oscuros e inquisitivos que sentí, de forma irracional, que podían atravesarme. Su mirada no se apartó de mí ni un solo segundo; era intensa, casi depredadora, y bastó para que los nervios se apoderaran de mi cuerpo y mi mente se quedara en blanco.

Aun así, reuní el poco valor que me quedaba, tomé asiento en una de las sillas frente a él y, con la voz ligeramente temblorosa, dije:

—Buenos días.

—Buenos días —respondió él con un tono grave, casi indiferente, como si mi presencia le importara mucho menos de lo que debería.

—Firma los documentos que tienes frente a ti y puedes retirarte, por favor —añadió sin despegar la vista del computador.

¿Acaso le caía mal? ¿O había hecho algo que le hubiese disgustado sin darme cuenta?

Sin decir nada más, tomé la pluma que reposaba junto a los papeles y firmé.

—¿Eso es todo lo que tengo que firmar o hay algo más? —pregunté con un deje de altanería que ni yo misma supe de dónde salió.

Él alzó apenas la vista.

—No. Eso es todo. Puedes irte.

Me levanté y salí de la oficina. Sin embargo, justo antes de cerrar la puerta, alcancé a ver algo que me hizo dudar: una leve sonrisa se dibujó en su rostro, fugaz, casi imperceptible, como si mis palabras le hubieran resultado… graciosas.

Preferí ignorarlo y continué con mi día, intentando convencerme de que aquella incomodidad no era nada importante.

Mientras bajaba en el ascensor rumbo a la cafetería —me apetecía un buen batido de frutas, cualquiera que tuvieran allí—, el elevador se detuvo de pronto en el piso tres. Las puertas se abrieron y entró un chico alto, de piel clara y cabello rubio, de un tono sorprendentemente llamativo.

—Hola, buenos días. Debes de ser la chica nueva del piso siete —dijo con una sonrisa relajada, casi seductora.

Además de su presencia, desprendía la fragancia de un perfume caro, intenso pero agradable, uno de esos aromas que llaman la atención sin pedir permiso. Me sentí ligeramente incómoda; no estaba acostumbrada a recibir tanta atención, y menos tan temprano en el día.

—Hola… sí, soy Irene. Aunque no es el piso siete, es el seis —respondí—, pero gracias.

—Bienvenida, Irene. Es un placer conocerte. Soy Iván Soler —continuó—. Puedes buscarme cuando gustes si necesitas algo. Y disculpa si no me he presentado antes, he estado bastante ocupado con mis labores… pero lo tendré en cuenta para la próxima.

Su tono se volvió aún más animado mientras el ascensor descendía lentamente.

—Claro, ten por seguro que lo haré —le respondí, intentando sonar natural.

Después de eso, el silencio se apoderó del ascensor. Cada segundo pareció alargarse más de lo normal, hasta que finalmente el timbre anunció nuestra llegada y las puertas se abrieron.

—Hasta luego —dije al salir.

—Adiós, señorita Irene —escuché a mis espaldas antes de que las puertas se cerraran.

Llegué rápido a la cafetería y allí estaba en la sección de bebidas un batido de fresa lo primero que hice fue tomar uno de ellos, y pensé que sería mejor llevarlo mi laboratorio y tomarlo disfrutando de las vistas del lago, pero me encontré con Sofía la cual no perdió la oportunidad de hablarme

Hola doctora- me dijo ella

Hola doctora Sofía - le respondí

Tranquila creo que deberíamos hablarnos de manera más casual ya que de todas maneras seremos colegas ya que nos asignaron a él mismo proyecto.

En Serio vaya no esperaba que se me asignará tan rápido creí que estaría por lo menos varios meses sola.

Oh no para nada debido a su investigación nos basamos en varias cosas de ella y vamos por un excelente camino todo lo que había dicho en ella cuadraba con un margen de error muy bajo.Y por eso se te asignó a ese proyecto y creo que fue una excelente decisión la del jefe

Ya veo entonces espero que nos llevemos bien ya que trabajaremos juntas

Claro yo igual espero eso pero bueno te deje para que disfrutes de tu batido adios doc irene

se despidió y vi como se alejaba de a poco.

Así que decidí ir directo a mi laboratorio. Opté por subir por las escaleras; no tenía muchas ganas de volver a encontrarme con Iván y revivir otro momento incómodo.

Comencé a subir. Los dos primeros pisos fueron relativamente tranquilos, pero a medida que avanzaba, el cansancio empezó a pasar factura. Sentía las piernas arder y la respiración volverse pesada.

Definitivamente debería hacer más ejercicio, pensé, aunque ya era demasiado tarde para arrepentimientos.

Al llegar a ese piso me detuve, dudando. Podía seguir subiendo por las escaleras… o rendirme y tomar el ascensor. Tras unos segundos de indecisión, terminé de pie frente al elevador de color dorado, rogando internamente que no se demorara y llegara rápido.

Pero, por supuesto, la vida tenía otros planes.

—Hola, señorita Irene. Creo que nos volvemos a encontrar —escuché a mis espaldas.

Me giré lentamente. Iván estaba justo detrás de mí, con esa sonrisa segura que parecía no abandonarlo nunca.

—Sí… eso creo —respondí—. ¿O simplemente me estás siguiendo?

Preferí decir eso antes que quedarme en silencio otra vez.

Él soltó una risa ligera.

—Vaya, señorita Irene, eres bastante graciosa —dijo—. Pero no te preocupes, no soy ese tipo de persona. Aunque déjame decirte algo… tienes unos ojos muy lindos.

Me sonrojé de inmediato. No estaba acostumbrada a ese tipo de comentarios, y mucho menos a recibirlos con tanta naturalidad.

—Muchas gracias —murmuré, algo apenada.

Justo en ese momento, el ascensor llegó a mi piso. Salí casi de inmediato, agradecida por la interrupción. Antes de que las puertas se cerraran, alcancé a ver a Iván sonreírme una vez más mientras continuaba su camino hacia los pisos superiores.

Pasé el resto del día en mi oficina. Me salté el almuerzo para concentrarme en lo que realmente me interesaba y, poco a poco, logré relajarme mientras me adaptaba a los nuevos instrumentos. Era la primera vez que los utilizaba, pero el trabajo consiguió absorberme por completo.

Cuando llegó la hora de salida —ese día nos permitían retirarnos más temprano— bajé de inmediato, con la intención de no cruzarme con nadie. Y lo logré… o al menos eso creí.

Al llegar al parqueadero, lo vi.

Era el hombre de recursos humanos.

—Hola, señorita Irene. Lamento lo de esta mañana. Estuve algo ocupado con papeleo y no pude presentarme como corresponde —dijo con un tono demasiado controlado—. Soy Damián Vásquez. Como pudiste notar, soy el jefe de Recursos Humanos y también uno de los accionistas de la empresa.

No sabía si debía presentarme formalmente o simplemente ignorarlo. Su comportamiento de la mañana me había desagradado por completo, pero sabía que volvería a verlo más seguido.

—Hola… supongo. Nos vemos luego —respondí, mientras intentaba subir a mi auto.

En ese momento, todo el edificio comenzó a temblar. No fue un movimiento leve: las paredes vibraban con fuerza, las luces parpadeaban y por un instante creí que la estructura entera iba a venirse abajo. Me agaché instintivamente cerca de una de las columnas del estacionamiento, intentando mantener el equilibrio. Damián estaba a mi lado.

—¿Estás bien? —me preguntó.

—Sí… solo es un temblor —respondí, aunque la verdad estaba bastante nerviosa—. ¿Y tú? ¿Estás bien?

—Como puedes ver, estoy en perfectas condiciones —dijo con calma—. Fuera del polvo, todo está bien.

Algo no encajaba.

—¿Viste eso? —pregunté—. Desde afuera se vio una luz… una muy fuerte.

Damián frunció el ceño, como si no supiera de qué estaba hablando.

—¿Estás segura de que no te cayó alguna piedra en la cabeza? —dijo, soltando una risa burlona, como si estuviera bromeando.

Mi expresión debió cambiar por completo, porque su sonrisa se desvaneció al instante.

—Probablemente te confundiste —añadió—. Tal vez fueron las luces de algún auto o una lámpara del estacionamiento.

Quise creerle. O tal vez solo quise dejar el tema ahí.

—Supongo que fue eso —dije—. Bueno, si todo está bien, entonces me retiro.

Subí a mi auto, pero mientras cerraba la puerta sentí una punzada incómoda en el pecho. Me creí estúpida, pensé. Sabía que eso no había sido una confusión.

Arranqué el coche y, por el retrovisor, vi a Damián darse media vuelta y dirigirse hacia el ascensor. Supuse que iría a verificar que todo estuviera en orden. A diferencia de él, a mí ya no me importaba averiguarlo.

Encendí el motor y me fui directamente a casa..

Mientras iba de camino a casa, el teléfono comenzó a sonar. Era mi madre. Suspiré y bajé el volumen de la música; si no le contestaba, sabía que me tendría llamando toda la noche.

—Hola, hija. ¿Qué tal tu primer día? ¿Cómo fue la empresa… o mejor dicho, tus compañeros?

—Bien, mamá. Todo genial. Hice nuevos amigos —respondí. No eran realmente amigos, claro, pero sonaba mejor decirlo así.

—Qué alegría oír eso. ¿Y tu laboratorio? ¿Era como lo esperabas?

—Sí, mamá. Tiene todo lo que necesito para obtener los resultados que quiero… para comprobar que mi teoría es correcta.

—Me alegra escucharte tan feliz —dijo—. ¿Tu padre no te ha llamado todavía?

—No, ma. Tú sabes lo distraído que es. Seguro está pescando otra vez; es prácticamente lo único que hace últimamente.

—Sí, supongo que es lo único en lo que piensa —rió levemente—. Entonces, ¿nada nuevo de tu trabajo? ¿Algún chico interesante o algo así?

—Mmm… —dudé por un segundo. Pensé en lo ocurrido ese día, en el temblor, en la luz—. Mejor no decirle que en mi primer día casi se me viene un edificio encima.

—No, mamá. Todo ha ido de maravilla.

—Me alegra mucho, hija. Espero que mañana te vaya aún mejor. Te cuelgo por ahora, estoy en un partido de fútbol con unos amigos. Te llamo después. Cuídate.

—Está bien, mamá. Bye.

Colgué, pero la conversación no logró distraerme del todo. Aquella luz seguía rondando mi mente. No había sido producto de mi imaginación; estaba segura de lo que había visto.

Continué conduciendo hasta llegar a casa. En cuanto estacioné, solo pude pensar en una cosa: darme una ducha caliente en la tina, relajarme y pedir algo de comer. Ese día no tenía energías ni ánimos para cocinar.

Hoy, definitivamente, había sido demasiado largo.