Capitulo 1
Laura entró a la oficina como siempre: tacones resonando con autoridad, falda lápiz negra ajustada marcando cada curva, blusa blanca ligeramente desabotonada en el primer botón, suficiente para que el collar plateado con colgante en forma de gota se hundiera tentadoramente entre su escote. El aire pareció cambiar cuando cruzó el umbral.
Allí estaba él: Daniel, el empleado modelo, treinta y tantos, siempre puntual, siempre correcto… pero hoy algo era diferente.
Sin lentes.
Sus ojos, normalmente escondidos tras cristales discretos, ahora se veían más grandes, más expresivos, con un toque vulnerable que contrastaba con su postura recta frente al escritorio. Laura se detuvo un segundo más de lo necesario, observándolo mientras él tecleaba concentrado.
—Buenos días, Daniel —dijo con voz baja, casi ronca.
—Buenos días, señora Montenegro —respondió él sin levantar la vista del monitor.
Ella sonrió para sí misma. Señora Montenegro. Le gustaba cómo sonaba en su boca.
Caminó hasta su escritorio, dejó caer deliberadamente un bolígrafo al suelo, justo al lado de la silla de él.
—Uy, qué torpe —murmuró fingiendo sorpresa—. ¿Me lo recoges, por favor?
Daniel se inclinó sin dudar, un gesto automático de cortesía. Al hacerlo, la tela del pantalón se tensó sobre su trasero firme, delineado perfectamente para los ojos hambrientos de Laura.
Ella no esperó ni un segundo.
Su mano derecha se posó con decisión sobre una de las nalgas, apretando con fuerza contenida pero sin disimulo. Los dedos se hundieron lo justo para que él sintiera la posesión.
Daniel se congeló, el bolígrafo todavía en la mano.
—Firme… —susurró ella cerca de su oído, voz aterciopelada y peligrosa—. Muy firme. Se nota que haces ejercicio, ¿verdad?
Él se enderezó de golpe, rojo hasta las orejas, el corazón latiéndole en la garganta.
—S-señora… yo… estoy casado —balbuceó, retrocediendo un paso.
Laura solo sonrió, ladeando la cabeza como si acabara de escuchar el chiste más inocente del mundo.
—Tranquilo, Daniel. Solo estaba… comprobando la calidad del material humano de mi equipo.
Desde ese día todo cambió.
Empezó a vestirse más provocativa cuando sabía que él estaría en la oficina: blusas más escotadas, faldas más cortas, tacones más altos. Se inclinaba “accidentalmente” sobre su escritorio para revisar informes, dejando que el perfume caro y el calor de su cuerpo lo envolvieran. Lo llamaba a su oficina para tareas innecesarias solo para verlo sudar bajo su mirada.
Y luego llegaron las noches.
La primera vez fue un martes a las 10:17 pm.
El teléfono de Daniel vibró sobre la mesa del comedor. Su esposa levantó la vista del plato.
—¿Quién es tan tarde? —preguntó ella.
—Es… del trabajo —mintió él, tragando saliva al ver el nombre en la pantalla: Laura Montenegro.
Contestó con mano temblorosa y se alejó hacia el pasillo.
—¿Sí, señora?
—Buenas noches, Daniel —ronroneó ella al otro lado—. No digas nada. Solo… quédate ahí. Con el celular pegado a la oreja.
—¿Q-qué?
—Shhh. Escucha.
Silencio. Solo su respiración. Profunda. Lenta. Luego un suspiro suave… que se convirtió en un gemido bajo, apenas contenido.
Daniel sintió que el mundo se detenía. Podía imaginarla perfectamente: recostada en alguna cama de sábanas caras, una mano entre las piernas, los labios entreabiertos mientras se tocaba pensando en él.
—Sigue respirando así… —susurró ella entre jadeos—. Me encanta cómo suena tu nerviosismo… tu vergüenza…
Otro gemido, más largo, más húmedo.
Daniel cerró los ojos con fuerza, el miembro traicionándolo bajo el pantalón de pijama mientras su esposa seguía cenando a pocos metros.
Laura aceleró el ritmo al otro lado de la línea, dejando escapar sonidos cada vez menos disimulados, hasta que un último gemido ronco marcó el clímax.
—Buenas noches, Daniel —dijo con voz satisfecha y perezosa—. Sueña conmigo.
Y colgó.
Él se quedó ahí, teléfono aún en la oreja, respiración agitada, cuerpo traicionado… y el terror creciendo en su pecho.
Porque sabía que esto apenas comenzaba.
Fin del Capítulo 1