Prólogo
El primer sonido que Baekhyun aprendió a reconocer en el hospital no fue el de las voces de las enfermeras ni el ruido de los carros metálicos recorriendo los pasillos durante la madrugada. Fue el latido irregular de su propio corazón resonando en los monitores, ese ritmo imperfecto que parecía recordarle cada segundo que su vida estaba sostenida por algo frágil, algo que en cualquier momento podía detenerse sin previo aviso. Al principio le daba miedo escucharlo, porque cada pausa demasiado larga entre un latido y otro lo hacía imaginar lo peor. Con el tiempo, sin embargo, ese sonido se volvió parte de su rutina, casi como un compañero constante que le recordaba que seguía vivo… aunque a veces no estuviera seguro de querer llamar vida a aquella existencia hecha de paredes blancas, medicamentos y días idénticos entre sí. Había aprendido a observar el mundo desde la ventana de su habitación como si fuera un espectador de una película que nunca podría protagonizar. Afuera la gente caminaba rápido, reía, discutía por teléfono, hacía planes para el futuro. Baekhyun, en cambio, llevaba tanto tiempo esperando un trasplante que el concepto mismo de futuro había empezado a sentirse como algo ajeno y abstracto, sin duda podía ser considerada una palabra bonita que pertenecía a otras personas.
Las noches eran siempre las peores. Cuando el hospital se quedaba en silencio y las luces del pasillo se atenuaban, Baekhyun tenía demasiado tiempo para pensar. Pensaba en todas las cosas que no había hecho todavía: viajar, enamorarse, cometer errores absurdos propios de la juventud, discutir con alguien y reconciliarse después. Cosas simples que para la mayoría de la gente eran normales, pero que para él parecían lujos imposibles. A veces se preguntaba cómo se sentiría tener un corazón que no doliera, uno que pudiera soportar correr bajo la lluvia o subir escaleras sin que el aire se volviera un enemigo. Otras veces se preguntaba algo mucho más oscuro: si tal vez sería más fácil dejar de esperar. Porque esperar era agotador, significaba mantener una esperanza que podría ser apagada al igual que una vela. Significaba esperar una llamada, esperar una noticia, esperar un milagro que dependía de que alguien más en el mundo dejara de vivir. Ese pensamiento siempre lo hacía sentir culpable y asqueado, porque su supervivencia estaba inevitablemente conectada con la tragedia de otra persona. De otra familia. Su felicidad y la de su familia dependía, literalmente, del sufrimiento de una madre, de un padre, hermanos, tíos, abuelos…
La tarde en que conoció a Chanyeol no parecía diferente a cualquier otra. Baekhyun estaba sentado en el borde de su cama mirando el cielo gris que se extendía más allá del vidrio de la ventana. Las nubes se movían lentamente, como si incluso ellas estuvieran cansadas. Había pasado gran parte del día discutiendo con una enfermera que no quería dejarlo caminar por el pasillo sin supervisión, y la frustración todavía seguía ardiendo en su pecho cuando escuchó una voz desconocida desde la puerta de la habitación. Era una voz profunda, ligeramente divertida, como si la persona detrás de ella encontrara algo curioso en la escena frente a sus ojos. Baekhyun giró la cabeza con fastidio, esperando ver a otro médico o a alguien que viniera a repetirle las mismas advertencias de siempre sobre descansar y no esforzarse demasiado. Pero lo que encontró fue un chico alto apoyado contra el marco de la puerta, con el cabello desordenado y una expresión que mezclaba curiosidad con una confianza casi irritante. Durante un segundo ninguno de los dos dijo nada, y en ese silencio breve Baekhyun no tenía forma de saber que ese momento aparentemente insignificante iba a cambiar el curso completo de su vida.
Si alguien le hubiera dicho en ese instante que ese chico terminaría convirtiéndose en la persona más importante de su mundo, Baekhyun probablemente se habría reído. Porque en ese momento todo lo que veía era a un desconocido entrometido en su habitación del hospital, alguien que parecía demasiado cómodo en un lugar que a él le resultaba sofocante. Sin embargo, había algo en la forma en que Chanyeol lo observaba que lo descolocaba ligeramente, como si no estuviera mirando a un paciente frágil sino a alguien completamente normal. Esa diferencia era tan sutil que Baekhyun no supo identificarla de inmediato, pero fue suficiente para sembrar una pequeña chispa de curiosidad. Y aunque todavía no lo sabía, ese encuentro sería el inicio de una historia que le enseñaría algo que nunca había considerado posible: que incluso un corazón que estaba fallando podía aprender a amar con una intensidad capaz de sobrevivir al dolor más profundo.