Prólogo
Me desperté sudando, con el corazón latiendo a mil por hora, y la misma sensación de vacío que siempre dejaban mis sueños. Había fuego. Mucho fuego. Sombras que se movían entre las llamas, y un hombre… un hombre cubierto de ceniza que me miraba con unos ojos que no eran humanos.
“Kael”, susurró mi mente antes de que desapareciera. Pero yo no sabía quién era, ni cómo podía conocer ese nombre. Solo sentía que debía temerlo, que debía correr… aunque algo dentro de mí me decía que lo reconocía.
Mi habitación estaba en silencio. La luna entraba por la ventana, dibujando sombras en las paredes, pero nada podía borrar la sensación de que algo terrible me estaba observando incluso fuera del sueño. Cada vez que despertaba, la línea entre la realidad y lo que veía en mis pesadillas se hacía más difusa.
Papá ya no estaba para decirme que era solo un sueño. Lo perdí cuando tenía diecisiete años, y desde entonces, todas las noches parecían un recordatorio de que algo faltaba… de que él había dejado un hueco demasiado grande.
Me levanté de la cama, intentando sacudirme la pesadilla, pero el sabor metálico del miedo todavía estaba en mi boca. Caminé hacia la ventana y miré las luces lejanas de Valdora, mi hogar, territorio de humanos donde la magia estaba prohibida. Aquí nadie recordaba la guerra. Aquí nadie sabía de los héroes que alguna vez caminaron entre nosotros. Ni siquiera sabía que mi propio padre había sido uno de ellos.
—¿Por qué sigues soñando con eso? —susurré, aunque solo el silencio respondió.
Algo me empujaba a buscar respuestas. Algo me decía que mi destino no estaba en estas calles grises y tranquilas de Valdora. Que mi historia empezaba mucho más allá de lo que podía ver.
Y aunque no sabía cómo ni cuándo, sabía que tenía que ir a Lumaria… al lugar donde nació mi padre. Allí, entre las montañas y antiguas torres, quizá encontraría algo que me explicara quién era yo, quién había sido él, y por qué, incluso ahora, sentía que alguien me llamaba desde las sombras de mis sueños.
Porque algo me decía, en lo más profundo de mi pecho, que esos sueños no eran solo pesadillas. Eran advertencias.
Y yo estaba lista para escucharlas.
