Capitulo 1 - De regreso a Buenos Aires
(Primera persona – Isis)
Nunca me gustó volver a Buenos Aires.
No porque la ciudad fuera fea; todo lo contrario. Las avenidas anchas, los árboles inclinándose sobre las veredas y el río gris que parecía no terminar nunca siempre habían tenido algo melancólico que me resultaba familiar.
Pero volver significaba enfrentar recuerdos que había intentado dejar atrás. Europa había sido mi refugio, mi mundo durante años, y allí había perdido a alguien muy importante… alguien que ya no volvería. Su ausencia me pesaba aún más en cada paso que daba por esta ciudad, y mi regreso no era más que un intento de recomponerme entre sombras que no podía controlar del todo.
Cuando llegué al puerto, Tomás ya estaba allí, acompañado del chófer Roberto, que me conocía desde que era niña y siempre me trató con cariño. Ambos me recibieron con sonrisas cálidas. Tomás se adelantó y me abrazó fuerte, como si quisiera protegerme del peso de los años y de la distancia que nos había separado.
—¡Isis! —dijo con voz alegre—. Llegaste bien.
Lo abracé con fuerza, respirando su aroma familiar, reconfortante después de tantos años. Roberto sonrió a un lado, saludándome con un gesto silencioso pero lleno de afecto. Por un momento, me sentí niña de nuevo, segura y contenida.
Caminamos hasta la casa familiar. Las paredes altas y los ventanales antiguos conservaban la elegancia de siempre, con muebles que habían sobrevivido generaciones y cuadros que contaban historias de mi familia. La entrada estaba iluminada por faroles cálidos que dibujaban sombras sobre el camino de piedra. Cada rincón tenía ecos de mi infancia, y cada detalle me recordó lo que había perdido.
Al abrir la puerta, Elena, la mujer que había sido mi nana desde que tenía memoria y que ahora se encargaba de la casa, apareció de inmediato. Sus ojos brillaban con emoción al verme.
—Mi dulce niña… —susurró, emocionada.
La abracé con suavidad.
—Hola, Nana Elena —dije.
—Estás muy flaca —comentó de inmediato, como si los años no hubieran pasado.
—Sigo cantando, no muriéndome —respondí con una pequeña sonrisa.
Ella suspiró y me miró con una mezcla de preocupación y cariño.
—Isis… hay cosas que… —se detuvo, como si no encontrara las palabras—. Cosas que pasaron allá… en Europa.
Su mirada buscaba la mía, esperando que le diera permiso para hablar, pero yo no estaba lista para revivirlo. Sonreí apenas, intentando aliviar la tensión en sus ojos.
—Nana Elena… no hace falta —dije suavemente—. Ahora quiero disfrutar de estar en casa, ¿sí?
Ella asintió, aunque un brillo de tristeza permaneció en su mirada.
Nos dirigimos al comedor, donde todo estaba dispuesto para una cena sencilla pero acogedora. Elena se sentó con nosotros, como siempre, vigilante y afectuosa. Tomás comenzó a ponerme al corriente de lo que había pasado en nuestra ausencia: la madrastra no paraba de presumir que “su hija” volvía a Buenos Aires, y él me describió con humor cómo mi padre y ella casi todos los días iban a cenas sociales con políticos y la élite de la ciudad.
—Se la pasa diciendo que todos deben ver tu regreso —comentó Tomás con una sonrisa burlona—. Que la ciudad espera a la gran cantante europea…
—No me digas —dije, arqueando una ceja.
—Sí, y papá la acompaña a todas, claro —continuó, riendo—. Entre copas y charlas de poder, se sienten importantes.
Nana Elena frunció el ceño y puso el dedo sobre la mesa, mirándolo con severidad.
—Tomás, ¿y vos? También todas las noches de salida —lo regañó con cariño—. Siempre metido en líos, volviendo tarde.
Tomás levantó las manos y sonrió, divertido.
—Nana Elena… sabés cuánto te quiero. Pero sí, porque sé que cuando regreso a casa vos vas a arroparme —bromeó, provocando una risa contenida en ella.
No pude evitar cruzar los brazos, medio indignada, medio divertida.
—Y las veces que fuiste a Europa… siempre acompañado de una señorita diferente. Sí, Tomás… lo sé —dije, burlona pero con un dejo de reproche.
Tomás me lanzó una mirada cómplice y divertida, mientras Elena suspiraba, resignada a su humor.
Luego, el tema inevitable apareció. Tomás bajó un poco la voz.
—Debo excusar a papá… tenía una reunión interminable.
—No, Tomás. Déjalo así —lo interrumpí, firme.
Pero él insistió.
—No, Isis… creo que ya es hora de que lo perdones. Él hizo lo que pudo… aunque no haya estado cuando más lo necesitábamos.
Suspiré, dejando caer la servilleta sobre la mesa.
—No, Tomás. Él no estuvo. Él eligió no estar cuando mamá… cuando más lo necesitábamos. Tú lo sabes. Yo estuve. Él no. Eso no se perdona automáticamente.
Tomás bajó la mirada, suspirando. Por un momento, todo pareció detenido: los relojes, la música suave del comedor, incluso la luz que entraba por la ventana.
—Supongo que tenés razón… —dijo finalmente, con resignación—. Pero… también debo intentar entenderlo.
Asentí suavemente, tocando su mano. Por ahora, ese pequeño momento de comprensión era suficiente.
El silencio volvió a caer sobre la casa, cálido pero cargado de tensión. Sabía que la calma no duraría mucho. Algo en el aire me decía que lo peor aún estaba por llegar.