Capítulo 1
Cuando lo vi suceder delante de mis ojos, el odio, el dolor, el llanto, el sentir que me quemaban vivo por dentro no se hizo esperar. Crecía dentro de mí como si de un tsunami se tratara. Me alivió en cierta medida. Y permanecí en blanco cuando me llevaron a la jaula gris.
Otros como yo, o eso creía, estaban ahí conmigo; no estaba solo. Jóvenes, niños, no pasaban de los 16 años. Sus ojos se veían vacíos; el dolor de haber perdido lo que les daba sentido se podía ver salir fuera de ellos. Me dio envidia. Esa mañana, cuando fui al baño, el espejo reflejó unos ojos marrones brillantes. No eran mis pupilas como las de ellos. ¿Acaso no había sufrido igual? ¿Ellos habían soportado más dolor que yo?
Ahí fue cuando lo vi. Estaba al lado del chico sin alma. Al contrario del vacío, en sus ojos estaba el odio, odio puro. No como el mío; el suyo era… ¿cómo expresarlo? Era verdadero. No pude apartar la mirada y al parecer él lo sintió.Me clavó la mirada con un odio que no era mío, y por un segundo envidié esa intensidad hasta el punto de que quise robársela.
Yo seguí en mi lugar, esperando lo siguiente. ¿Ahora qué pasaría? Sí, el odio y el rencor estaban en mí, pero estos no se mostraban en mis ojos.
“Los ojos son ventanas al alma”.
Eso fue lo que me dijeron. ¿Estaban equivocados ellos… o yo?
Cuando llamaron a todos, fuimos ubicados en filas. Cada cama individual en una sola habitación. El cuarto siguiente estaba lleno de máquinas de ejercicio. En el patio de las afueras se encontraban postes, algunos cubiertos con algodones amarillentos siendo amordazados con enormes sogas ya desgastadas. Palos de madera rotos y sanos se entrechocaban entre sí, yendo del manejo de algunos soldados. Su piel marrón por el sol fue fascinante de ver.
—Mantengan y no olviden el dolor que esos bárbaros les hicieron sufrir. Solo recordando el pasado forjarán su futuro y recordarán su dolor presente.
Los siguientes días fueron dolorosos. El entrenamiento al principio fue emocionante; me hizo crear la ilusión de que podría acabar con aquellos que acabaron con mi hogar.
Los días venideros fueron un infierno. Seguí las instrucciones que me decían que debía seguir.
“Cuando sientas que no puedes, recuerda tu dolor y el motivo por el que lo haces”.
No me funcionó.
El dolor seguía ahí, pero no era combustible suficiente.
Él estaba ahí, muy por delante mío. Sus ojos aún tenían ese odio dentro de él, aún más intenso. La envidia volvió a recorrer mi corazón. ¿Cómo? ¿Por qué él podía odiar de esa manera? Se supone que todos sufrimos lo mismo, ¿por qué él odia más?
Quise entender, pero cuando escuché su historia por terceros, lo único que invadió mi corazón fue rabia. No fue comprensión como creí que iba a hacer. No.
Aquel niño solo vio morir a su madre delante de él. Solo a su madre. Por Dios. ¿Era esa su motivación? ¿Su madre? Perdí a mi madre, padre, hermana de 5 años delante mío: los dos degollados y mi hermana violada delante mío, estrangulada mientras las risas se oían y ella me miraba con sus ojos siendo cubiertos de desolación y falta de luz ya sin vida en el proceso.
¿Él amaba más? ¿No amé a mi familia lo suficiente? Mis ojos seguían brillando. ¿Mi corazón fue frío por no sentir tal odio hacia los perpetradores?
Mierda, ¿qué es? ¿Qué me faltaba para sufrir igual que él? ¿Por qué él odiaba así y yo no?
Era un cobarde. No me atreví a acercarme a él. Era sobresaliente en la lucha, cosa en la que yo no lo era. Era promedio, ni bueno ni malo. Su odio lo ayudaba, estaba seguro. ¿No consideraba esto como trampa? Los demás con los ojos borrosos, sin brillo en ellos, también se esforzaban, pero no lo alcanzaban. Entre ellos estaba yo. Me esforcé mucho. Mis manos al principio formaron callos; me alegré. Después ampollas, sangre… pero le seguía adelante.
Cuando caí derrotado por su mano —de nuevo—, el impacto me dejó sin aire. Quedé de rodillas primero, luego con el culo en la tierra caliente, el polvo subiendo alrededor como humo. El sol pegaba directo en su espalda, recortándolo contra la luz; no pude verle la cara completa al principio. Solo vi la silueta, los hombros anchos para un chico de 16, el pecho subiendo y bajando rápido por el esfuerzo.
Se quedó de pie sobre mí un segundo más de lo necesario. Extendió la mano —no para ayudarme, sino para agarrarme del cuello de la camiseta y levantarme de un tirón. Sus dedos rozaron mi clavícula, ásperos por los callos, calientes como si aún llevaran el fuego de sus golpes. El contacto duró menos de un latido, pero sentí el pulso en su muñeca contra mi piel, rápido, irregular. ¿Era por el entrenamiento... o por el mismo odio que me clavaba?
Me puso de pie de golpe. Estábamos demasiado cerca. Su aliento me llegó a la cara, caliente y entrecortado, oliendo a sudor y tierra. No me soltó del todo; su mano seguía en mi camiseta, arrugada, como si no supiera si empujarme o retener.
—¿Otra vez? —gruñó, voz baja, ronca del esfuerzo—. No dependas de la motivación, maldito niño. Tus celos y la mierda que sientes llegan a mis ojos. Eres asqueroso.
Al contrario de sentir la humillación que podrían esperar, aun con algunos ojos viéndonos, no llegó. Me sorprendió el no sentir dicha emoción, que fue reemplazada con alegría y esperanza. Sabía que dirías palabras así; eso significaba que te comprendía aún más de lo que creía. Esperaba que dijeras ese tipo de palabras; si no, no serías tú. Y no esperarlo significaría que no te conocía. Eso sería aún peor.