Ajolote
El Centro de Conservación de Anfibios en Chapultepec quedaba a una caminata de quince minutos desde la estación del metro. Era su parte favorita de ida al trabajo; el parque despertando, los árboles filtraban la poca luz de la mañana creando sombras danzantes en el suelo, el aire se sentía más limpio y fresco que en las calles de la ciudad.
Que agradable.
Lía había descubierto su amor por los ajolotes casi por accidente. Después de terminar su carrera, había estado buscando trabajo en cualquier laboratorio o centro de investigación que la aceptara.
El Centro de Conservación había sido el único lugar que le había dado una oportunidad, inicialmente como voluntaria, sin paga y luego como empleada de tiempo completo cuando demostró que tenía un buen manejo en el área, su plus fue la conexión especial que compartía con estos anfibios.
Los ajolotes, criaturas endémicas regionales que estaban en peligro de extinción, se habían convertido en su pasión y de alguna manera, en sus confidentes. Había algo en esa naturaleza tranquila y su capacidad de regeneración que la fascinaba profundamente.
A menudo pensaba que ojalá los humanos pudieran regenerarse tan fácil como estos anfibios regeneraban sus extremidades.
Al llegar al centro, mostró su credencial al guardia de seguridad, quien ya la conocía bien y siempre la saludaba con una sonrisa amable.
“Buenos día, Lía”. Saludo sin intentar una conversación extensa que pudiera incomodarla. Lía apreciaba esa cortesía, le permitía mantener sus límites sin sentirse grosera.
El edificio del centro era discreto, diseñado para integrarse en armonía con el entorno natural del parque.
Siempre había pensado que era el tipo de lugar de trabajo ideal: limpio, tranquilo y con un propósito noble.
Se dirigió a los vestuarios para cambiarse a su ropa de trabajo: bata de laboratorio, guantes de nitrilo, y zapatos cerrados antiderrapantes.
“Buenos días, bichito”, una voz cantarina rompió la calma.
Lía no necesitó voltearse para saber quién era. Una sonrisa genuina -esa que rara vez mostraba- asomó por sus labios. Se giró y allí estaba Camille, una mujer alta, con un hermoso vestido rosa -el cuál tenía que esconder con la ropa de trabajo- y una sonrisa despreocupada.
“Hola, Camille”, respondió Lía, en un susurro suave comparado con la de su compañera.
“¿Otra vez llegando mil años antes? Deberías vivir aquí”, bromeó Camille, acercándose. Se detuvo a una distancia respetuosa, sin intentar abrazar o dar un toque en el brazo.
Camille era una de las pocas personas que entendía, sin necesidad de explicaciones, los límites de Lía.
La respetaba, y por eso Lía podía relajarse a su alrededor.
“Me gusta la calma de la mañana… y los ajolotes están más activos.”
“Hablando de tus bebés”. Caminando a un lado hacia la zona de los tanques. “El bicho blanco estuvo un poco apático ayer. Creo que te extrañaba.”
La preocupación nubló por un segundo a Lía. “¿Está bien? ¿Lo revisaste?”
“Relájate, mamá bicho. Está bien. Solo es su manera de hacer berrinche porque no eras tú quien lo alimentaba. Es un dramático.” Camille rio, esa risa contagiosa tan relajante.
Se separaron en el corredor principal. Camille se dirigió a la zona de observación y Lía a los tanques de conserva.
Los tanques de los ajolotes estaban en una sala climatizada con temperatura y humedad controladas. Era un ambiente sereno, con el sonido suave de los filtros de agua y la luz artificial que imitaba los ciclos naturales. Lía se acercó al primer tanque y sintió esa sensación familiar de paz que solo experimentaba aquí.
“Buenos días, pequeños”, murmuró a los ajolotes que nadaban perezosos en el agua.
Sabía que no podían entenderla, pero había desarrollado el hábito de hablarles como si fueran sus mascotas. Era una de las pocas veces durante el día en que se permitía hablar alto sin preocuparse de nada.
Su rutina en el centro incluía revisar la temperatura y pH del agua en cada tanque, verificar que los sistemas de filtración funcionaran correctamente, y observar a cada ajolote para detectar cualquier signo de enfermedad o estrés.
Mientras trabajaba, su mente poco a poco se liberó de las pesadillas.
Había algo terapéutico en cuidar de estas criaturas.
De cierto modo, se veía reflejada en ellos: seres que necesitaban condiciones muy específicas para prosperar, que podían ser fácilmente dañados por cambios bruscos en su entorno, pero que también tenían una resistencia notable cuando se les proporcionaba el cuidado y ambiente adecuado.
Los habían vuelto frágiles.
Un ajolote albino de ojos dorados estaba en su tanque especial, ligeramente separado de los demás. Era su favorito, aunque nunca lo admitiría abiertamente.
Este ejemplar en particular había llegado al centro en condiciones muy precarias, casi muerto y Lía había sido la única persona que había logrado que comiera y se recuperara. Desde entonces, el ajolote parecía reconocerla y se acercaba al cristal del tanque cuando ella se acercaba.
Le recordaba aquella leyenda familiar...
“Hola, precioso”, murmuró Lía, acercando un dedo al cristal. El ajolote nadó lentamente hacia ella, rozando el vidrio con su cabeza.
“Camille dice que estabas de mal humor. No seas tan malo con ella, solo quiere cuidarte.”
Lía continuó con sus tareas rutinarias, alimentando a cada ajolote con la cantidad exacta de lombrices y artemias que requerían según su tamaño y condición. Era un proceso que podía tomar hasta dos horas, pero a ella no le importaba. De hecho, prefería tomarse su tiempo, la prisa la ponía nerviosa, y los ajolotes parecían responder mejor cuando ella estaba calmada y relajada.
Alrededor de las 11 am, llegó el primer grupo de visitantes del día: una clase de primaria junto a su maestra y varios padres de familia. Lía los observó desde la distancia mientras su compañero de trabajo, un biólogo de unos cuarenta años con una paciencia infinita para los niños, les explicaba la importancia de conservar a los ajolotes.
A Lía le gustaba escuchar estas charlas, aunque rara vez participaba en ellas.
Le emocionaba ver cómo algunos niños se fascinaban genuinamente con estas criaturas, haciendo preguntas y mostrando interés en los animalitos.
En fin niños siendo niños.
Ocasionalmente, cuando algún niño se acercaba a los tanques con particular curiosidad, Lía se animaba a compartir algún dato interesante sobre los ajolotes, siempre manteniendo la distancia.
Había un niño en particular en el grupo de ese día, un pequeño de unos ocho años con ojos enormes y brillantes, que se había quedado fascinado con el ajolote albino. “¿Por qué esté se ve diferente?”, preguntó y Lía se acercó un poco.
“Es albino” Lía tenia ese algo que hacía que los niños quisieran hablar con ella. “Eso significa que nació sin pigmento, por eso es blanco y tiene los ojos dorados en lugar de negros. Es muy especial y necesita cuidados extra porque es más sensible a la luz”.
El niño asintió fascinado, como si la información fuera muy importante. “¿Está solo por eso?”
Los niños tendían a ser perspicaces.
“No está solo porque sea diferente”, respondió después de pensar un momento.
“Está solo porque necesita condiciones especiales para estar sano. Pero nosotros lo cuidamos y nos aseguramos de que se sienta bien.”
El niño sonrió y presionó su mano pequeña contra el cristal del tanque. Para sorpresa de Lía, el ajolote se acercó y parecía responder al gesto, tocando el cristal del otro lado con su pequeña extremidad.
Los niños y los animales eres maravillosos a su manera.
Después de que el grupo de visitantes se marchara, Lía continuó con sus tareas. Mientras trabajaba en el laboratorio preparando las mezclas nutritivas, llegó un gato gris de ojos verdes que frecuentaba el centro.
No era oficialmente la mascota del lugar, pero todos los empleados lo habían adoptado.
Un secreto a voces.
Era un gato callejero que había aparecido un día para quedarse.
Lía sospechaba que había sido abandonado porque era demasiado manso y confiado para haber vivido toda su vida en la calle.
“Hola, rayitas”, lo saludó mientras el felino se acercaba y se restregaba contra sus piernas.
Algo sobre los animales la tranquilizaba de una manera que las personas no lograban. Se agachó para acariciarlo, sintiendo la suavidad de su pelaje y escuchando su ronroneo satisfecho.
El gato la siguió mientras ella terminaba sus tareas, como si fuera su sombra.
Lía había desarrollado la costumbre de traerle pequeños premios: trocitos de pollo o pescado que guardaba especialmente para él.
No era política oficial del centro prohibir alimentar gatos callejeros, aunque recomendaban no hacerlo, pero todos hacían la vista gorda porque rayitas ayudaba a controlar la población de roedores en el área.
Alrededor de las 2 pm, Lía tomó su descanso para comer.
Se sentó en una pequeña área de descanso que tenía vista a los jardines del parque, donde podía comer tranquila mientras observaba a las personas que paseaban por los senderos.
Durante su almuerzo, reflexionó sobre su vida. Ya saben esos momentos existenciales que le dan a uno en lugares extraño, habían pasado dieciséis años desde que había huido de casa, y aunque el camino había sido increíblemente difícil, no se arrepentía de haber tomado esa decisión.
Reconstruir una vida que, si bien no era perfecta, era suya. Tenía un trabajo que la llenaba de satisfacción, un apartamento seguro, y la libertad de vivir bajo sus propios estándares.
Por supuesto, también tenía sus limitaciones. Las relaciones interpersonales seguían siendo un desafío enorme.
Camille era su excepción.
“Oye, ¿Me acompañas al museo de antropología saliendo del trabajo?” Camille se acercaba con la boca llena. “Hay una nueva exposición sobre ofrendas mortuorias mesoamericanas. Suena macabro y fascinante.”
Lía negó con la cabeza, tomando un sorbo de agua. “No creo, pasaré a visitar al profesor Hernández. Hace semanas que no voy”.
No le gustaba mentirle a Camille.
“Ah, el profe. Dale saludos de mi parte.” Camille sonrió. “Es uno de tus guias, no?”
Lía asintió con un suspiro. “Sí… mis guías". Su tatarabuela Regina siempre hablaba de guías, de espíritus que te ayudaban a seguir tu camino. Lía, aunque escéptica, no podía evitar sentir que aquellas tres personas que la ayudaron habían sido exactamente eso.
“Oye, hablando de guías y cosas míticas”. Camille siempre conspirando “¿Sigues soñando con tu dios oscuro y sexy?”
Ay que vergüenza~
Su «enamoramiento» por Tezcatlipoca era algo de lo que solo hablaba con Camille. “No es mi dios oscuro y sexy. Es…una figura interesante y sus historias…bueno son fascinantes.”
Romance.
Ese era territorio completamente inexplorado.
Cómo se podía ver…
Prefería seguir fantaseando con seres ficticios.
“Ay ajá y el hecho de que sea todo poderoso, sexy y una vieja chismosa, no tiene nada que ver con que fantasees con él, ¿verdad?”
“¡Camille!” reprendió avergonzada, era inútil. Camille era la única persona que podía bromear sobre su obsesión con personajes sin que ella se sintiera juzgada. Al contrario, le gustaba. Era un alivio sentirse aceptada.
“Está bien, está bien, no me burlo más de tu novio imaginario, Riley~", sonriendo Camille levanto las manos en señal de rendición. “Pero ya serio, es lindo, que tengas algo así en lo que creer. Algo que sea solo… tuyo.”
Lía asintió, mirando a la distancia. “Ujum"
Término su almuerzo y regresó al área de los ajolotes para continuar con sus tareas de la tarde. Tenía que limpiar varios tanques.
Los ajolotes eran extremadamente sensibles a los cambios en su ambiente, así que había que mantener condiciones muy específicas de temperatura, pH y limpieza en todo momento.
A veces canturreaba tan bajo que ni ella misma se escuchaba claramente, pero era una forma de relajarse
La tarde paso tranquila. Lía atendió a algunos visitantes, respondió algunas consultas por correo -programa de conservación-, y actualizó los registros de alimentación y comportamiento de cada ajolote.
Alrededor de las cuatro de la tarde, su jefe le recordó que su turno terminaba en media hora, pero Lía raramente se iba a tiempo. Le gustaba quedarse un poco más para asegurarse de que todos los ajolotes estuvieran cómodos para la noche, y también porque le costaba trabajo volver al mundo exterior.
Quizá por eso me lo recuerdan jeje.
Sus compañeros comenzaron a recoger sus cosas y a despedirse.
Camille se despidió con un “¡No te quedes mucho tiempo, bichito!” y se fue.
Mientras organizaba sus reportes del día y preparaba todo para el siguiente día, reflexionó sobre qué haría esa noche. Probablemente cocinaría algo rápido, leería un poco más de su novela, y tal vez vería videos de gatos antes de acostarse.
Bastante aburrida, predecible e incluso monótona, pero le gustaba.
Llegaron las seis de la tarde cuando finalmente comenzó a recoger sus cosas para irse.
El parque estaba hermoso en esa hora del día, con la luz dorada del atardecer apenas visible filtrándose entre las hojas de los árboles.
Lía decidió tomar un poco más de tiempo en el centro antes de ir al metro, se sentó en el borde del estanque de ajolotes que se ubicaba en la parte de afuera de los laboratorios, desde ahí se podía ver el área más arbolada del parque. Le gustaba estar entre la vegetación, la calma que trasmitía.
Mientras observaba, pensó en las historias que su tatarabuela solía contarle cuando era niña.
Historias sobre sus antepasados, una ciudad en medio de un lago donde los ajolotes eran sagrados.
A veces se preguntaba si su amor por los ajolotes tenía que ver con aquella leyenda.
Su tatarabuela le había contado que, en el pasado, un ancestro fue salvado por Xólotl y de esa manera burló a la muerte, de ahí que sus ancestros venerarán a Xólotl.
Xólotl también es conocido por ser una deidad que se convirtió en ajolote para evitar ser sacrificado para el ritual de la creación del quinto sol, aunque…al final lo atraparon y el ajolote fue el último animal en que se transformó.
Ese fue el porque estos anfibios fueran considerados sagrados, guardianes de los canales y representaban a un dios importante. Por supuesto, Lía no creía literalmente en esas historias -era una mujer de ciencia-, pero encontraba hermosa la idea de que sus antepasados hubieran venerado y protegido a las mismas criaturas que ella ahora cuidaba.