☆
🐄✧*。Durante los años, los híbridos dejaron de ser una rareza. Las ciudades se llenaron de orejas puntiagudas, colitas, cuerpos suaves y ojos enormes. Eran parte de la vida diaria. Comerciantes, ayudantes, reproductores. El mundo cambió. Y con él, las leyes.
Ahora, por mandato global, los humanos con alto valor genético debían tener hijos con híbridos. Era obligatorio formar familias. Mejorar la especie. Multiplicar lo "mejor de ambos mundos".
Y Max Verstappen, con su ADN excepcional y su historial inmaculado, no tuvo escapatoria.
—Te asignaron uno hermoso —le había dicho el doctor del centro de apareamiento—. Vaquita pura. Muy dócil. Inocente. Cuerpo completamente fértil.
El paquete llegó al día siguiente. En una caja blanca con documentos sellados. Adentro venía Checo.
Un híbrido vaquita de ojos grandes, piel de leche con manchitas oscuras, caderas generosas y un culo que parecía hecho para ser devorado. Pechos grandes, pesados, firmes. Muslos como almohadas. Coño tierno, rosado, oculto bajo un short institucional demasiado pequeño.
Y una vocecita chillona, dulzona.
—¿Tú eres Maxie? —preguntó apenas lo vio—. Ay, qué grandote eres... ¡hueles rico!
Max no respondió. Lo observó. Lo escaneó. Le revisó los papeles. Y lo dejó entrar. Ya lo habían advertido: berrinchudo, extremadamente afectivo, necesita contacto constante. Inexperto. Pero fértil.
La casa parecía tragarse a Checo. Caminaba como si pisara nubes. Tocaba todo. Miraba con fascinación. Se abrazaba a los marcos de las puertas como si fueran juguetes. Y cuando llegó al dormitorio, soltó un suspiro fuerte y se dejó caer en la cama.
—¿Esta es mi camita? ¡Es más grande que yo!
Max apenas lo miró. Dejó sus llaves en la mesa. Encendió la pantalla, sin mucho interés. No duró ni dos minutos.
Checo se levantó, bajó el short con torpeza, y se sentó sobre la cama. Abrió sus piernas con inocencia deliberada. Con ambas manos bajó la tela que cubría su entrepierna y la señaló con un dedito tembloroso.
—Aquí está mi coñito, Maxie... me dijeron que cuando llegara contigo... tú tenías que verlo... tocarlo... montarte...
El silencio fue inmediato.
Max giró la cabeza con lentitud. Se acercó. Lo miró. Vio esa piel brillante, esa abertura suave, gruesa, ligeramente húmeda, con manchitas oscuras en los bordes como si su coño también tuviera pecas. Le brillaban los ojos, ingenuo, orgulloso. Como si enseñarle el coño fuera lo mismo que regalarle un dibujo.
—¿Quién te dijo que hicieras eso? —preguntó Max, en voz baja.
—Los videos en la institución... nos enseñaron que si mostraba el coño, tú te ibas a poner encima y me ibas a querer mucho...
Max soltó una risa seca. Se arrodilló frente a él y le subió el short con fuerza, haciéndolo saltar.
—No, vaquita. No así. Eso no funciona conmigo. Aquí se hace cuando yo diga, como yo diga. Y ahora no.
Checo lo miró confundido. Se mordió el labio. Bajó las orejitas. Soltó un pequeño quejido.
—¿No me quieres, Maxie?
—No seas berrinchudo. Primero te vas a adaptar. A esta casa, a mis reglas. Después hablamos de lo demás. ¿Entendido?
El híbrido asintió, haciendo puchero. Max le dio una nalgada dura, que hizo rebotar toda esa carne suave y perfecta.
—¡Ay! —gimió Checo, entre sorprendido y excitado.
Max se levantó. Tragó saliva. Tenía la verga dura, pero no iba a tocarlo todavía. No a la primera.
La cocina era lo que más le gustaba. Todo brillaba. Los cubiertos eran elegantes. El refrigerador tenía luces que lo hacían reír cada vez que se abría.
Max lo encontró oliendo una caja de cereal, sentado en el suelo, con el short levantado a medias y la colita moviéndose sin control.
—¿Qué haces ahí?
—Estoy... investigando... huele a nueces, Maxie...
—¿Tienes hambre?
Checo se encogió de hombros.
—No sé. Solo quería ver. Pero... si tú comes conmigo, puedo tener hambre.
Max se sirvió café. Lo observó un rato. Había algo tan jodidamente dulce en esa vaquita, pero a la vez tan provocador. Era como tener en casa a un dulce con piernas.
—Vamos a desayunar. Y luego salimos.
—¿A dónde?
—A comprar ropa.
Checo se le acercó rápido, gateando. Le rodeó las piernas y lo abrazó por la cintura. Pegó su mejilla a su abdomen.
—¿No te gusta cómo me veo con esto?
—Claro que me gusta. Pero no es para que andes con ese culo descubierto todo el día. Me vas a volver loco si no te cubres.
El híbrido se rió, tímido. Le besó el torso por encima de la camiseta. Se aferró más fuerte a él.
—En la institución no me daban ropa bonita... quiero que tú me vistas, Maxie...
Max le acarició el cabello, jalándole suavemente una orejita.
—Entonces vamos. Te voy a comprar ropa. Y no te preocupes, vaquita... ya habrá tiempo para que me enseñes todo lo que aprendiste en esos videos...
Checo lo miró desde abajo, sonrojado, ilusionado.
—¿Sí?
—Sí. Pero primero: compras. Después... lo demás.
Checo se puso de pie y lo abrazó como si le acabaran de prometer el cielo. Tenía el coño escondido bajo el short, pero su calor traspasaba la tela. Max respiró hondo. Tendría que aguantarse... un poco más.
—Vamos, Maxie... ¡quiero verme bonito para ti!
🐄✧*。
Ir de compras con Checo fue una maldita experiencia sensorial.
Desde que salieron del auto, la vaquita no dejó de señalar vitrinas, de corretear de tienda en tienda, de pararse frente a los maniquíes con la boquita abierta y las orejas temblando de emoción. Y claro, donde fuera que pasaba, todo el mundo lo miraba.
Ese culo redondo y descomunal rebotando dentro de un short que ya no daba más. Las tetas pesadas sin sostén marcando la camiseta blanca como si fueran globos a punto de estallar. La colita moviéndose como si invitara. El olor dulzón de híbrido joven, fértil, brillante, mezclado con una inocencia que rayaba en lo absurdo. Era como si su cuerpo y su mente no estuvieran sincronizados. Como si fuera pecado verlo caminar, reír, brincar, hablar con diminutivos mientras su carne pedía ser montada.
—Maxie, ¿puedo llevar esta también? Tiene orejitas en el gorrito... miraaa, miraaa…
—Lo que quieras —resopló Max, cruzado de brazos.
No sabía cuántas bolsas llevaba ya. Ni cuántos conjuntos Checo había metido al carrito sin preguntar. Él simplemente pagaba. No le importaba. Solo quería salir de ahí antes de que alguien más se atreviera a acercarse demasiado.
Era suyo. Aunque aún no la hubiera tocado, esa maldita vaquita ya tenía dueño.
Checo eligió su ropa como quien escoge golosinas. Todo rosa, suave, con encajes, con moñitos, con aperturas ridículas y transparencias innecesarias. Max no había prestado atención. Apenas y revisaba las etiquetas. Simplemente pagaba.
De regreso en casa, Checo entró corriendo como si estuviera en una competencia. Soltó las bolsas por el camino, dejando una estela de telas, ropa interior y accesorios por todo el pasillo. Subió las escaleras brincando, con el corazón latiéndole tan fuerte que casi se oía en las paredes.
Max se quedó un momento en la cocina, guardando algunas cosas, sirviéndose agua, tratando de ignorar cómo su pantalón le apretaba la verga. Y no fue hasta que subió a dejarle unas cajas que entendió lo que Checo estaba haciendo.
El cuarto estaba en penumbra, con la cortina apenas abierta dejando entrar la luz roja del atardecer.
Y ahí estaba él.
En el centro de la cama, de rodillas, con un conjunto de encaje blanco que le apretaba las tetas y dejaba su coño apenas cubierto por una telita que parecía de azúcar.
Tenía las mejillas encendidas y la colita levantada.
—¿Te gusta, Maxie? Yo lo elegí... para ti...
Max sintió que se le fue el aire por un segundo. No podía dejar de mirarlo. La forma en que la tanga se perdía entre sus muslos, cómo el encaje dejaba ver lo rosado, húmedo y suave que era ese coño esponjoso. Las manchas en la piel marcando zonas que parecían dibujadas a mano. Las tetas rebotaban con cada respiración. Y esos ojos, enormes, suplicantes, necesitados.
Y aún así… no lo tocó.
Max se acercó. Le acarició una mejilla. Le plantó un beso en la frente, largo, suave. Como quien bendice algo que no se atreve a profanar.
—Te ves hermoso, vaquita. Pero anda, báñate. Yo preparo la cena.
Checo parpadeó. Confundido. Su colita bajó un poco. La sonrisa se desdibujó. Se levantó en silencio, caminando al baño sin decir nada. Y Max, con las manos en los bolsillos, respiró profundo. Cada músculo de su cuerpo gritaba por montarlo ahí mismo, hacerle gemir el nombre, dejarlo vacío y temblando. Pero no. No todavía.
El agua caliente golpeaba la piel blanca de Checo, pero no era eso lo que lo hacía sentir raro.
¿Acaso no se veía lindo? ¿Sexy? ¿Deseable?
¿No era eso lo que le habían dicho que pasaría? “Te asignarán un humano, y él querrá tocarte, montarte, llenarte. Es su instinto”.
Y sin embargo, Max no lo tocaba.
Ni cuando le mostró su coño.
Ni ahora, con el encaje pegado al cuerpo.
Tal vez... tal vez había algo mal en él.
Tal vez su olor no era lo suficientemente fuerte.
Tal vez su coño no sabía rico.
Tal vez no era bonito de verdad.
Y esa idea le estrujó el pecho como una garra invisible. Si Max no lo deseaba… todo lo demás se derrumbaría.
—¿Qué estoy haciendo mal…? —susurró, temblando bajo el agua.
Se abrazó a sí mismo, las orejitas caídas, la colita recogida entre las piernas.
Maxie no lo deseaba.
Y eso, para una vaquita criada para ser amada, cuidada y preñada... era devastador.
Mientras tanto, Max terminaba de cortar verduras. Su mandíbula tensa, su polla rígida, su mente dando vueltas. Sabía lo que Checo pensaba.
Pero si lo tocaba ahora…
Si lo cogía con esa lencería…
Si lo abría y se hundía en él…
Lo iba a romper.
Y no solo el cuerpo.
Checo no era solo una vaquita de cría. Era un puto sol: caprichoso, tierno, ruidoso, jodidamente perfecto. Max no quería usarlo. Quería hacerlo suyo. De verdad.
Pero Checo no lo entendía aún.
Y tendría que enseñarle.
Poco a poco.
Aunque eso le costara la maldita cordura.
🐄✧*。
Max notó que pasaba la hora y Checo no bajaba.
El aroma de la comida llenaba la casa, el reloj marcaba más de veinte minutos desde que gritó su nombre, y aún así, ni un paso, ni un chillidito, ni siquiera el rebote habitual de sus piecitos suaves sobre la madera. El silencio era extraño. Pesado.
Cerró el gas, limpió las manos con un trapo, y subió las escaleras con el ceño fruncido. Lo sabía. Lo sabía, joder. Había algo en la carita de Checo antes de meterse a bañar que le revolvió el pecho. Esa duda, como si todo lo aprendido no aplicara con él.
Empujó la puerta.
Checo estaba sentado al borde de la cama, con las piernas juntas, abrazándose a sí mismo. Llevaba puesta una pijamita nueva: pantalón de algodón color pastel y una blusita de tirantes tan fina que dejaba ver los pezones duros bajo la tela. El cabello aún húmedo, las orejitas caídas. Y los ojitos... jodidamente rojos.
Rojo de llanto.
—Checo…
El híbrido parpadeó, intentando sonreír.
—¿Tardaste, Maxie... la cena ya se enfrió?
Max no dijo nada. Se acercó lo tomó por los bracitos con cuidado, jalándolo hasta ponerlo de pie. Le acarició la mejilla. Suave. Notó el calor en la piel, las pestañas húmedas, las bolsas inflamadas bajo los ojos.
—¿Por qué no bajaste?
Checo se encogió de hombros. El gesto más falso del mundo.
—Estaba cansadito.
Max lo bajó cargando. No le dijo nada en el camino. Solo lo sostuvo firme, como si fuera de cristal. Lo sentó en la mesa, le calentó el plato y comieron en silencio. Checo apenas picó la comida. Bajaba la cabeza. Se chupaba el dedo, nervioso. No chillaba, no se quejaba como siempre. Estaba... roto por dentro.
Max lo observó durante toda la cena. Cada gesto. Cada microexpresión. Algo lo carcomía.
En la habitación, el ambiente era tenso. Checo se sentó con las piernas cruzadas sobre la cama, los dedos entrelazados en el regazo.
Hasta que ya no pudo más.
—¿Hay algo mal conmigo, Maxie?
La pregunta salió bajita, como si temiera que la respuesta lo hiciera pedazos.
Max lo miró desde la puerta del baño. Le dolió. En el centro del pecho. Como un disparo.
—¿Qué estás diciendo?
—Solo... quiero saber. Si tal vez... no te gusto. O... si soy raro. O si no huelo bien. O si mi coño no es bonito... —las palabras se deshacían entre sus labios—. En la institución... dijeron que los humanos no aguantaban. Que apenas veían a su híbrido se lanzaban encima. Pero tú... tú no me tocas, Maxie.
Max cruzó el cuarto en dos pasos. Se sentó a su lado. Le sostuvo la barbilla con firmeza.
—Tú no tienes nada mal, Checo.
La vaquita asintió, pero los ojos seguían bajos, sin brillo.
Max pensó. Maldijo internamente. Él no era bueno con las palabras. Pero sabía tocar. Sabía hacer sentir.
Le acarició el muslo. Y luego, lo jaló con cuidado para que se sentara entre sus piernas, de espaldas a él. Lo envolvió con sus brazos. Lo apretó fuerte. Su boca cerca de su oído.
—¿Quieres que te toque un poco?
Checo se quedó quieto unos segundos.
Y luego asintió. Con la cabeza bien bajita. Las mejillas ardiendo. Sin decir palabra.
Max deslizó una mano subió la blusita. Le acarició lento el abdomen, subiendo hasta acariciar uno de sus pechos. Pesado, redondo, suave. Checo jadeó bajito, como si algo se encendiera dentro de él. Max bajó la otra mano. Metió los dedos bajo el pantalón se encontró con su coño húmedo. Tibio. Palpitando.
Metió un dedo con cuidado.
El cuerpo de Checo tembló.
Estaba tan cerrado que apenas entró la yema. El interior se contrajo, caliente, resbaloso, estrecho como un puño de seda. Max suspiró contra su cuello.
—Shh... relájate, vaquita... solo soy yo…
Checo apretó las manos contra sus muslos. Se aferró a los brazos de Max. Su respiración se volvió más cortita. El gemido que soltó fue suave, cargado de alivio.
Max lo fue trabajando con calma. Besitos detrás de la oreja. La nariz frotando su mejilla. Uno de sus dedos acariciando por fuera, otro intentándolo por dentro. Y era difícil. Literalmente no le entraba. Tenía que empujar apenas, con suavidad, acariciando más que penetrando.
—Eres muy estrecho… —susurró Max con voz ronca.
—¿Eso es malo…?
—Eso es perfecto.
Checo gimió más fuerte. Max lo calmó con besos, con susurros, con la mano que le acariciaba el pezón y le apretaba la cadera. Lo tenía sobre sus piernas, empapando su pantalón, jadeando cada vez que el dedo se deslizaba un poco más.
Siguieron así. Lento. Sin prisa. Con la oscuridad envolviéndolos.
Hasta que el cuerpecito de Checo se aflojó.
Hasta que su respiración se hizo lenta.
Hasta que, con los labios entreabiertos y una sonrisa boba, se quedó dormido en brazos de Max.
Max lo miró por un largo rato. Tenía las mejillas coloradas, el coño mojado, las pestañas pegadas aún por el llanto. Y aún así... parecía feliz.
Lo acomodó con cuidado sobre la cama. Le subió el pantalón, le acarició la frente y apagó la luz.
Lo había entendido: Checo no necesitaba solo ser preñado.
Checo necesitaba ser amado. Deseado sin prisa. Tocado con devoción.
Y Max, jodidamente, iba a hacerlo bien.
🐄✧*。
La semana que siguió fue una lenta y extraña luna de miel, hecha de cosas simples.
Max entendió pronto que no bastaba con darle techo, ropa y comida a su vaquita: Checo necesitaba ser enseñado. Criado desde cero. Moldeado, no solo para la cama, sino para el mundo.
—Si tú quieres cariño, vaquita... también puedes darlo —le había dicho una noche, mientras lo abrazaba por detrás—. Puedes tocarme. Besarme. No tienes que esperar que yo lo haga todo.
Checo lo había mirado con los ojitos grandes, como si eso fuera una revelación sagrada.
—¿Puedo darte besitos yo también, Maxie?
—Claro que sí.
Y desde entonces, Checo se volvió más físico que nunca. Se le subía encima por las mañanas, lo abrazaba desde la espalda mientras cocinaba, le daba besitos ruidosos en la mejilla mientras Max estaba en videollamadas de trabajo. Era puro afecto malcriado. Se pegaba a él como una ventosa. Y Max… lo dejaba. Lo soportaba. Lo disfrutaba, en secreto.
También le enseñó a usar cosas básicas: el microondas, la cafetera, el cepillo del cabello, la lavadora. Cada nuevo objeto era una aventura. Una torpeza. Una sorpresa.
—¡Este aparato hace ruidos y se mueve solo, Maxie! —gritó Checo el día que metió sus panties a lavar—. ¡Creo que se enojó!
—No, Checo. Está centrifugando.
—¿Centriqué?
—Olvídalo.
Max también le dio a probar dulces. Grave error.
Un día, mientras hacían compras juntos, le ofreció un caramelo. Solo uno. De sabor fresa. Checo lo chupó con tanto entusiasmo que se sonrojó hasta las orejas. Y desde entonces... no quiso comer otra maldita cosa.
—No quiero arroz, Maxie... quiero gomitas...
—Comes eso y después comes las gomitas.
—Nooo… mi panza solo quiere azuquiiito…
(Así le digo yo a la azúcar 😔)
Max se cruzó de brazos, firme.
—Si no comes, no hay dulces. Te lo advierto.
Checo infló las mejillas. Se cruzó de brazos como un niño caprichoso. Hizo puchero.
—¡Eres malo!
—Soy tu humano. Y si no comes comida de verdad, te vas a enfermar, vaquita testaruda.
Al final comió. De mala gana. Y Max tuvo que esconder las dulceras. Esa misma noche, lo encontró metido en la alacena, a oscuras, con la boca y las manos llenas de malvaviscos. Se lo tuvo que sacar cargando, mientras lo regañaba a gritos y Checo lloriqueaba que solo quería “un poquitititito”.
El accidente ocurrió un miércoles.
Max salía de bañarse. Checo tenía prohibido entrar al baño cuando él estaba adentro, por razones obvias, pero esa tarde… la vaquita entró de golpe. Quería enseñarle algo: una nueva cinta para el cabello que había hecho con retazos de una camiseta vieja.
—¡Maxie! ¡Mira, mira lo que...!
La frase se cortó al instante.
Max acababa de salir de la regadera. Estaba de espaldas, secándose el cabello, completamente desnudo. Y al girar, Checo lo vio.
Todo.
El pecho húmedo, fuerte. La piel clara marcada por gotas calientes. Las venas en los brazos.
Y claro… la verga.
Colgando. Pesada. Semi-erecta por el calor.
Checo se quedó paralizado.
—...
Max ni se inmutó. Se tapó con la toalla con calma. Pero el daño ya estaba hecho.
Checo soltó un gritito.
—¡E-Eres… Maxie... eso... eso no cabe en nadie!
—¿Qué haces aquí? —preguntó Max, serio, saliendo del baño sin apuro.
—¡Solo quería enseñarte mi moñito nuevo… pero... pero… tu… tu cosa es como un brazo, Maxie!
(Cuestionarme lo que escribo es mi pasión)
Max soltó una risa seca mientras se ponía los pantalones.
—No exageres.
—¡No exagero! ¡Eso no entra en mi coñito! ¡Vas a romperme, vas a matarme, vas a dejarme abierta para siempre!
—Checo…
—¡Nunca había visto una tan grandota…! Ni en los videos… ni en los libros… ¿esa es especial? ¿Es porque eres tú?
—Checo, sal del cuarto. Ahora.
—¡Pero Maxiiiie!
Max lo sacó empujándolo con una sola mano. Lo dejó fuera, con la cinta en la mano y la cara más roja que nunca. Aún alcanzó a escucharle decir por lo bajo:
—...ay hasta susto me dio…
Esa noche Checo no paró de mirarlo cada vez que pasaba cerca. Con ojos grandes, expectantes. Como si buscara señales. Como si aún pensara en eso. Max, por su parte, intentó no darle importancia.
Pero sabía lo que pasaba: Checo ya había visto lo que lo esperaba.
Y ahora, más que nunca… lo quería.
Lo deseaba con esa mezcla de miedo y anhelo que lo hacía tan jodidamente irresistible.
Y Max sabía que esa vaquita no iba a aguantar mucho más.
Y él tampoco.
🐄✧*。
Había pasado un mes. Treinta días completos desde que Max recibió a la vaquita en su puerta, con los papeles de propiedad en la mano y esa carita rosada mirándolo como si fuera un dios.
Treinta días de enseñarle a usar una cuchara, a distinguir el timbre de la lavadora, a no llorar cuando se cortaba con una hoja de papel.
Treinta días de enseñarle a dar cariño, a no tener miedo de abrazar, a dejarse amar con más que las piernas abiertas.
Treinta días de aguantarse las ganas de arrancarle la ropa, de partirle el coño , de dejarlo preñado como el deber dictaba.
Max tenía un plan: esperaría el estro, el momento en que el cuerpo de Checo rogara por él. Era lo más seguro, lo más natural, lo más efectivo. Él lo iba a hacer bien.
Pero esa tarde... todo se fue a la mierda.
El sonido del correo entrante rompió el silencio en su tablet.
INSTITUTO DE REPRODUCCIÓN Y CONSERVACIÓN INTERESPECIE
Asunto: Notificación de seguimiento obligatorio – Híbrido asignado código CH-0111 (Nombre: Checo)
Estimado ciudadano Max Emilian Verstappen,
A un mes de la asignación del híbrido CH-0111, no se ha registrado evidencia alguna del proceso de fecundación ni muestras hormonales compatibles con etapa gestacional.
Le recordamos que según el Decreto 33.2-C sobre vinculación reproductiva inmediata, el periodo de cumplimiento es de 45 días desde la entrega del híbrido.
En caso de no presentar resultados en este plazo, el híbrido será retirado de su hogar y asignado a un nuevo portador apto.
Le sugerimos activar el proceso reproductivo inmediatamente.
— Dirección de Control Reproductivo, IRCI.
Max apretó los dientes. La mandíbula marcada, los nudillos tensos contra la mesa.
—¿Retirarlo?
¿Quitarle a Checo?
Golpeó la mesa con el puño, se levantó de golpe. Caminó hacia el cuarto de archivos. Tenía todo ahí: exámenes médicos, plan nutricional, hojas de adaptación, incluso los dibujos que Checo hacía por las tardes. Abrió la carpeta más importante: la que decía PROTOCOLO DE APAREAMIENTO – HÍBRIDO CH-0111.
Comenzó a revisar. Páginas y páginas. Niveles de fertilidad. Patrones de comportamiento. Instrucciones sobre control emocional, sobre besos, abrazos, contacto físico. Pero nada... nada sobre el estro. Ni una puta línea.
—¿Dónde está...? —gruñó, pasando hojas como un loco.
Había asumido que el celo vendría. Que Checo temblaría bajo su cuerpo, lo buscaría por instinto, que su coño se abriría como flor hambrienta, que lloraría de deseo. Pero ahora... ni siquiera sabía si tenía uno.
Tocaron la puerta. Suavecito. Esa forma infantil de llamar.
(No me funen checo fue criado de esa forma enferma por la institución)
—¿Maxie…? Ya terminó el capítulo de los animalitos. ¿Ahora qué hacemos?
Max cerró los ojos. Sintió hervirle la sangre.
No podía explicárselo. No podía decirle que si no lo preñaba, si no lo cogía como Dios mandaba, se lo iban a quitar. Que lo entregarían a otro humano, uno menos paciente, uno que lo montaría sin preguntar, que lo desgarraría sin ternura. Uno que no le daría besitos en la frente.
—¡Checo, vete a ver la tele! —rugió.
Silencio.
Del otro lado de la puerta, Checo se quedó quieto. Luego escuchó sus piecitos alejarse por el pasillo.
Max apretó el puente de la nariz. Inspiró fuerte.
Volvió a su tablet y buscó el número del instituto. Lo puso en altavoz.
—Gracias por comunicarse con el IRCI. Si su llamada es para informes reproductivos, presione uno...
Marcó. Esperó.
Una voz artificial atendió.
—Verstappen, Max. Asignación CH-0111. Necesito los documentos completos. No hay información sobre el estro de mi híbrido. Necesito saber si lo tiene. Y cuándo.
Teclado. Silencio. Una pausa.
—Señor Verstappen, su híbrido pertenece a la categoría semi-programada. No presenta ciclo de celo regular. La activación del estro debe hacerse mediante intervención manual o estimulación prolongada.
Max se quedó helado.
—¿Qué?
—El modelo CH-011fue diseñado para recibir el contacto humano y entrar en receptividad progresiva. No hay celo espontáneo. Requiere iniciación activa. Si espera un comportamiento instintivo... no llegará.
(Diseñado biológicamente)
Max colgó sin despedirse.
Miró la puerta.
No llegaría por sí solo.
No iba a temblar de fiebre.
No iba a suplicar por ser llenado... a menos que Max lo preparara.
Se sentó. De pronto, todo tenía sentido: las miradas de Checo, sus intentos torpes por mostrar el coño, su obsesión con que lo tocara. Estaba esperando dirección. No había sido rechazo lo que Max le dio ese día... había sido silencio. Un silencio que confundió a su vaquita, que lo hizo sentir no amado, no deseado.
Y ahora, si Max no lo tocaba… si no lo despertaba, si no lo moldeaba… lo perdería.
El tiempo se agotaba.
Y el cuerpo de Checo estaba ahí. Listo. Solo que no lo sabía todavía.
Max se pasó las manos por la cara. El corazón le latía con fuerza. La imagen de ese coño rosado, tierno, esa piel de leche con manchitas, esa boquita pidiéndole que lo ame...
Era hora.
Y esta vez... no iba a esperar.
🐄✧*。
La noche cayó espesa como miel, con ese silencio tibio que solo se da cuando algo está por romperse.
Max no dijo una palabra más del asunto. No mencionó correos, ni amenazas, ni decretos. Solo abrió la puerta con calma, buscó a Checo en el sofá —donde lo encontró dormido, abrazando un cojín con las mejillas manchadas de llanto seco—, lo cargó en brazos como si fuera lo más frágil del mundo.
—Perdóname por gritarte —susurró contra su cabello—. No fue tu culpa, vaquita.
Checo no respondió. Solo se frotó los ojos y se le enredó al cuello. Aceptó el baño sin quejarse. Max lo bañó despacio, con el agua caliente cayéndoles sobre la piel. Le enjabonó el cabello, le lavó la espalda, le acarició las piernas mientras lo enjuagaba, Checo apenas temblaba bajo sus dedos, con las orejitas gachas y el cuerpo dócil.
—¿Quieres ponerte algo bonito para dormir? —preguntó Max, una vez lo secó con una toalla grande.
Checo asintió con lentitud. Bajó la mirada. Fue al cajón donde guardaba su ropa nueva y escogió un conjunto que casi parecía de juguete: encaje rosita, fino, mínimo. Un bralet con moño al frente y una tanga con apertura en la entrepierna. Max no dijo nada. Solo se sentó en la cama a esperarlo.
Cuando Checo se acercó con eso puesto, Max supo que ya no podía esperar.
Se acostaron juntos. Max apagó la luz. El cuarto se llenó solo con el resplandor de la lámpara en la esquina, y la respiración delgada de Checo contra su pecho.
Ahí comenzó.
Un beso. Simple. Lento. En la frente. Luego en la mejilla. Luego la boca.
Checo tembló.
—¿Maxie?
—Shh... quiero tocarte un poquito, vaquita... ¿está bien?
Checo asintió, tragando saliva. Le rodeó el cuello con los brazos, como había visto en los vídeos. Cerró los ojos y entreabrió los labios, esperando.
Max le sostuvo la cadera y lo atrajo encima suyo. Las piernas de Checo quedaron abiertas sobre su abdomen, el encaje apenas cubriéndole el coño.
Las manos de Max empezaron a explorar: el contorno de su cintura, la curva de su espalda, la piel blanda del trasero. Le sobó los muslos gorditos con cariño, Checo empezó a reaccionar.
—Maxie... ¿así? —preguntó bajito, mientras se movía apenas, rozando sus pelvis.
—Así está bien, precioso. Sigue...
Max le acarició el vientre con los dedos abiertos. Luego subió hasta el pecho. Lo tomó con ambas manos. Le apretó los pezones con cuidado, pellizcando. Y Checo jadeó bajito.
—Ay... ay... eso se siente... bonito...
—Es bueno —le susurró Max—. Estás empezando a sentir. No pares.
Checo, emocionado, bajó una mano hasta su tanga. Mostró su coño humedecido y apenas hinchado.
—¿Lo ves, Maxie...? Ya empieza a hacerse esponjocito...
Max sintió una descarga correrle por la espalda. La respiración de Checo se volvía cada vez más rápida. Su cuello brillaba con sudor.
Max lo acomodo boca abajo,bajó la cabeza. Lo olió. Esa mezcla animal, floral, dulce. Una feromona que solo podía venir de híbrido a punto de entrar en celo.
Separó los labios de su coño con cariño. Rosado, grueso, mojado, casi palpitante. Checo lo miraba, con las manos temblorosas aferradas a la sábana.
Metió apenas la yema de un dedo.
Como la primera vez… no entró.
—Tienes que relajar, vaquita… —dijo contra su vientre.
—Pero… quiero que me hagas como en los vídeos, Maxie… —gimió Checo—. Quiero que me llenes… por favor…
—Lo haré. Pero primero… voy a prepararte.
Bajó la boca.
Le separó los muslos con firmeza. Le sujetó la cadera para que no se moviera. Y le pasó la lengua desde el centro hasta el botón, lento, firme, acariciando todo su coño con la boca como si lo adorara.
—¡Ayyy Maxieee!
Checo se arqueó, empapado. Su cuerpo se convulsionó con un placer que nunca antes había sentido. Max volvió a pasar la lengua. Otra vez. Y otra. Jugando con el clítoris, lamiendo con firmeza el pliegue interior, besando el huequito que se negaba a ceder.
Lo sintió hincharse bajo su boca. Más tibio. Más mojado.
Max abrió más las piernas de Checo y se concentró.
Boca.
Lengua.
Dedo acariciando el borde sin presionar.
Besos suaves.
Respiración caliente.
—¡Ay... Maxieee...! ¡Mi coño está hirviendo…!
Max sonrió contra su piel. Lo chupó más fuerte.
Checo gimió tan fuerte que su cuerpo tembló.
Ahí pasó.
El olor cambió.
El sabor se volvió más dulce.
Las feromonas explotaron.
Entró en celo.
Max lo sintió.
Literalmente.
El coño se le abrió. El calor subió. El cuerpo de Checo buscó su pelvis. Se le subió encima, moviéndose sin pensar, los ojos medio cerrados, la lengua entre los labios.
—Maxie... Maxie, ahora sí, ¿sí? —gimoteó—. Quiero que me hagas tuyo...
Max lo sostuvo por las caderas. Jadeaba. Su verga latía bajo el pantalón.
—Shhh… vamos despacio. Te prometí que lo haría bien. Vamos a prepararte primero…
Lo recostó. Abrió el botecito de lubricante y untó sus dedos. Volvió a ese coño tibio y ahora receptivo, y empujó lentamente.
Esta vez... el dedo entró.
Checo gimió de nuevo. Sus piernas temblaban. El ciclo había comenzado. Y Max sabía que duraría seis horas enteras. Seis horas que tenía que pasar con él. Calmarlo. Estimularlo. Cuidarlo. Llenarlo.
Hacerlo suyo.
Max iría despacio.
Como prometió.
Y lo haría gozar.
🐄✧*。
Checo se movía sobre la cama como un animalito desorientado, jadeando, empapado, con las mejillas rojas y los muslos temblorosos. Su coño chorreaba. Cada caricia de Max, cada dedo que entraba —con esfuerzo, con mimo, con devoción—, le arrancaba gemidos dulces, pegajosos, desesperados.
Max sabía lo que pasaba: su vaquita había caído de lleno en el estro.
Y estaba pidiéndolo.
El ciclo había comenzado. Su cuerpo era una máquina caliente, llorando humedad, demandando contacto. Max se había preparado para esto, había planeado hacerlo bien, con calma, con tiempo... pero Checo, ahora mismo, no quería tiempo.
Quería verga.
Quería a Max.
—Maxie... —gimoteó Checo, echando la cabeza hacia atrás, con el cabello mojado pegado a la cara—... por favor... ya no aguanto... dame algo...
—Ya casi, vaquita... solo necesito que…
Pero Checo no esperó.
Se arrastró hacia Max en la cama, a cuatro patas. Y con las manos temblorosas, bajó el pantalón de su humano. Lento. Con torpeza. Se le atoró en una rodilla, se rió bajito, y volvió a jalar hasta dejarlo desnudo de la cintura para abajo.
Ahí estaba.
Esa verga que había visto por accidente días atrás. Grande. Gorda. Con venas marcadas.
Pesada. Perfecta.
Max se quedó en silencio. Sosteniéndole la mirada. Con las pupilas dilatadas.
Y Checo, sin avisar, se inclinó y le dio un lametón en la punta.
—¿Checo...? —musitó Max, ronco.
—Vi que en los vídeos hacían esto también, Maxie… pero no decían que olía tan rico...
Le dio otro beso. Luego abrió la boca, chupó apenas la cabeza. Metió un poquito y luego se lo sacó. Tenía la lengua torpe. El cuello débil. Pero lo intentaba. Lo hacía con entrega, con inocencia, con las orejitas bajitas y los ojos brillando.
Max gimió.
—Ayy... vaquita...
Checo volvió a meterla, más profundo esta vez. Tosió. Se atragantó. La sacó cubierta de saliva.
—¡Es que no entra, Maxie! ¡Tu cosa es muy grandota!
Max se sentó con las piernas abiertas, el cuerpo temblando de placer. Le acarició el cabello, la nuca, las orejitas. Lo guió con cariño.
—No tienes que metértela toda... solo lame. Chupa suave. Así... eso es...
Checo obedeció. Y comenzó a usar su lengua como había aprendido con los dulces. Lo chupó como si fuera paleta. Lo acarició con la boca abierta, babeando sobre el tronco, haciendo sonidos obscenos que llenaban la habitación.
Max no podía creer lo que veía.
Su vaquita, desesperada, con las rodillas marcadas sobre la cama, gimiendo con la boca llena, lamiéndolo de abajo hacia arriba con las manitas en sus muslos. Le escurría el coño por la entrepierna. Olía a feromona pura.
Hasta que Checo se separó. Respiró agitado. Y con una sonrisa traviesa, le dijo:
—¿Quieres que te enseñe lo que también vi, Maxie?
Max alzó una ceja.
—¿Qué cosa?
Checo se puso de pie sobre la cama. Despacio.Se quitó el bralet.
Sus tetas cayeron pesadas, grandes, preciosas, rosadas en la punta.
Se agachó. Metió los dedos por la tanguita mojada. La bajó hasta las rodillas.
Y se quedó completamente desnudo, de pie, con las piernas abiertas.
—Me aprendí un showcito…
Max lo miró sin parpadear.
Checo comenzó a tocarse. Delante de él. Sin vergüenza.
Metió los dedos entre los labios de su coño. Los abrió, los lamió.
Se pellizcó los pezones. Se los sobó, con carita de yo no hago nada
Y luego se inclinó, apoyó las manos en las rodillas, sacó el trasero y lo movió.
Lo movió con ritmo.
—¿Así te gusta, Maxie…? Dime si así bailan las vaquitas para su humano…
—Me estás volviendo loco, Checo —gruñó Max, con la verga latiendo, roja, brillante—. Ven aquí.
Checo bajó gateando. Se subió sobre Max. Se frotó contra él . Lo abrazó. Le dio besitos en el pecho, en el cuello, en la boca. Se movía como si su cuerpo le ardiera por dentro.
—Quiero... que me hagas tuyo, Maxie… ya me siento rarito por dentro… mi coño está latiendo...
—Lo sé, vaquita. Lo sé…
Max lo besó con hambre. Le untó lubricante en el coño, volvió a jugarle con los dedos. Esta vez, entraron dos.
Checo se estremeció.
—¡Sí! ¡Sí! ¡Eso! Ay... Maxie... ¡me estás abriendo!
—Te estoy preparando. Vas a estar lista pronto.
—¿Y me vas a llenar?
—Te voy a partir, precioso. Pero con cuidado. Te lo prometo.
Checo sonrió. Estaba feliz. Feliz de ser deseado. De ser amado. De estar ahí, sobre Max, con el cuerpo rendido. Con el celo latiéndole desde el vientre hasta los pezones.
Max le besó el cuello, le lamió los pezones. Le mordió el hombro con ternura.
Y siguió preparándolo.
Deslizándole los dedos.
Abriéndolo.
Porque esa noche, Max iba a hacerlo suyo.
Pero lo haría bien.🐄✧*。
S.k.☆